Ucrania se agota

La guerra sin fin

 

Las fuerzas rusas tienen “claramente” la iniciativa, y la reafirman “semana a semana”, manifiesta John Mearsheimer, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Chicago y teórico de las relaciones de poder de las grandes potencias.

Mearsheimer plantea, en entrevista con Andrew Napolitano, que esta situación hará crisis en menos de un año, y la salida que a él le parece sensata es procurar algún estadio de negociación que cambie el horizonte. No parece ese el rumbo de los acontecimientos.

 

 

Hoy, Ucrania tiene equipos que recorren el territorio para hacer reclutamiento forzoso, porque se está quedando sin suficientes efectivos en filas. De los 41,5 millones de ucranianos que había en 2020, el 53,7% eran mujeres; la tasa de crecimiento es negativa en 324.000 muertes más que nacimientos por año; la población en edad militar, entre 20 y 34 años, era de cuatro millones de personas en 2020. La guerra produjo 9,7 millones de desplazados, con dos tercios de ellos emigrando fuera de las fronteras. Hay 14,6 millones de personas en territorio ucraniano que necesitan ayuda humanitaria y las bajas civiles y militares en los dos primeros años de guerra, entre muertos y heridos llegan, según la ONU, al medio millón de personas.

Esta guerra es más sangrienta para Rusia que las de Chechenia y Afganistán, con 5.000 a 8.000 soldados fuera de combate por mes. Las cifras de Ucrania son entre 100 y 150 soldados muertos y 800 heridos por día, según cifras actualizadas de la ONU. A esto se suman 15.000 desaparecidos, parte de los cuales pueden estar prisioneros.

La clave de esta guerra sigue siendo la que Moscú sostuvo desde la última década del siglo pasado: la expansión de la OTAN hacia el Este entraña para ellos una amenaza existencial. En la guerra de propaganda que apoyó las decisiones de Occidente se afirmaba lo contrario, logrando gran eficacia en la opinión pública. Ahora, para seguir el proceder de Moscú, el razonamiento de Mearsheimer y poder leer la situación que hoy se da en la guerra, es imprescindible atender a la otra campana.

Tras la implosión de la URSS en 1989 y su disolución en 1991, la tentación de Washington de expandir la OTAN hacia el Este concentró las discusiones de alto nivel de la Casa Blanca en el segundo año del primer gobierno de Bill Clinton, en 1994. El propio Clinton tenía muchas dudas, y halcones como George Kennan se oponían, pero desde la administración se lo apoyaban, como hizo Joe Biden, entonces presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado.

Una vez que se tomó la decisión política de ampliar la OTAN, las opiniones se alinearon y en 1999 ingresaron Polonia, Hungría y República Checa; en 2004 lo hicieron Rumania, Bulgaria, Eslovenia, Eslovaquia, Estonia, Letonia y Lituania. Rusia reiteraba que la expansión le resultaba inaceptable, pero carecía de medios y plafón político para oponerse y, además, Occidente (Mearsheimer entre ellos) entendía que  los rusos, evaluaban que el riesgo de seguridad para Rusia era bajo. En abril de 2008, una cumbre de la OTAN en Bucarest decidió la incorporación de Ucrania y Georgia a la alianza.

Rusia estableció con toda claridad que eso no era posible, y es de esa fecha el telegrama del entonces embajador en Moscú (y hoy jefe de la CIA) Bill Burns a la entonces secretaria de Estado, Condoleezza Rice, luego revelado por Julian Assange: “Njet means njet”. Los rusos declararon su Njet invadiendo Georgia el 7 de agosto de 2008, con el apoyo de las autoproclamadas repúblicas prorrusas de Osetia del Sur y Abjasia. Cinco días después, el Presidente ruso Dmitri Medvédev decretó el fin de las operaciones militares rusas y aceptó el plan de paz de la Unión Europea, que implicaba el retiro de ambos bandos a las posiciones previas al conflicto. Era un Njet fácil de entender. Era, dijera Burns en su memo, “la más roja y brillante de las líneas rojas” que no se debían cruzar. En ese contexto, se daba por sentado que Occidente comprendía a Ucrania.

Pero eso no fue aceptado por Estados Unidos que, en forma directa o indirecta, empezó a armar y a entrenar a los ucranianos. A finales de 2013, una rebelión de la población ucraniana culminó con la destitución del Primer Ministro prorruso Víktor Yanukóvich, en lo que el Kremlin consideró había sido un golpe de Estado. Se iniciaron manifestaciones de rusos étnicos y ucranianos rusófonos, opuestos a los eventos, que promovían estrechar vínculos con Rusia e incluso integrarse, y varios gobiernos regionales proponían referendos separatistas.

En ese contexto, Rusia invadió, desoyendo advertencias de Occidente, “para garantizar la unidad de los ucranianos” y pasó a dominar Crimea y la ciudad de Sebastopol, donde tiene anclada su flota del Mar Negro. Eso no disuadió a Estados Unidos, que continuó desarrollando su apoyo antirruso a Ucrania a través de la OTAN. Para 2021, afirma Mearsheimer, Ucrania es de facto un miembro de la OTAN. Desde Moscú se intentó reabrir negociaciones para impedir ese desarrollo, pero, afirma Mearsheimer, la OTAN se negó a negociar seriamente, y el resultado es la guerra de febrero de 2022.

Hoy, la situación militar es, como ya se consignó, que Rusia tiene la iniciativa y esta solo crece, planteando a mediano plazo un descalabro de la resistencia ucraniana, que ya hace un tiempo que tuvo que dejar de lado la posibilidad de una ofensiva militar. Europa sigue apoyando a Ucrania, según el anuncio de Bruselas, de que enviará una ayuda de 1.000 millones de dólares. No se especificó si la ayuda será en especies entregadas, en créditos o en moneda, lo cual habla menos de reserva que de indecisión. A Europa le cuesta cada vez más juntar voluntades para ayudar a Ucrania, y no sólo por ahorrativos —que lo son— sino porque no tienen a la vista ni imaginan una alternativa.

El Presidente francés Emmanuel Macron adoptó la posición más belicista de todas, en una réplica gaullista, pero sin futuro del papel protagónico europeo. Habla de poner botas en tierra y atacar territorio ruso. Ese camino tiene la alternativa de ser un bluff o, si el ataque se produce y Rusia decide que es lo suficientemente grave como para contestar, aparece el famoso artículo 5 de la OTAN por el que un ataque a una es un ataque a todas. Volodímir Zelenski también lo pide, y hoy Estados Unidos lo considera. Para usar la opción, Occidente tendrá que hacerlo a través de militares propios o ceder los códigos de lanzamiento a los ucranianos, lo cual parece altamente improbable. Es fuerte la sospecha de que Occidente, Bruselas, Washington y más no encuentran una alternativa aceptable. Es cierto que un deponer las armas ahora deja a Occidente y en particular a Estados Unidos en una posición notoriamente más débil para otros asuntos, como lidiar con China, y ese es un costo que debe estar en la mesa donde se decida el rumbo. Y también debe estar el principio de la política rusa que Moscú se preocupó por enunciar en 2008: que Occidente domine Ucrania es para ellos una amenaza existencial.

O sea, Occidente iría a una guerra territorial que no excluye la opción atómica por un territorio que no tiene importancia estratégica para Occidente y menos en particular para Estados Unidos. No es una decisión que parezca sensata, pero el principio de que se sabe cuándo y cómo comienza la guerra, pero nunca cuándo y cómo termina, ha plagado la historia del mundo.

En el plano político, la situación es menos clara. La posición de Zelenski no es buena: no tiene mandato legal como Presidente, hay una creciente insatisfacción por la marcha de la guerra y el entusiasmo patriótico está en franca baja. Pero no hay alternativa a su figura, ni Estados Unidos ni Europa parecen quererla; es un matrimonio hasta el fin de los días. Y hay algo que Mearsheimer no menciona pero que también entra en la foto: Ucrania fue usada para esta guerra, sus tierras de cultivo están dañadas por la polución del mineral de las minas que trajeron las inundaciones (principalmente la destrucción de la represa de Kakhova, en junio de 2023), y su población viene sufriendo penurias, entre ellas violencia de género, tráfico de personas y robo de niños. Cómo quedará el país no se sabe; sólo se sabe que mucho peor de lo que estaba.

Así las cosas, el 20 de enero está en el calendario, y la posibilidad de que quien asuma la presidencia de Estados Unidos sea Donald Trump “provoca en Europa un miedo mortal”, dice Mearsheimer. “Dejó claro que esta vez no será como la del 2017-2021; que va con su equipo y con un plan detallado a desarrollar. Ese plan incluye relaciones personales con Putin, desinterés por Europa y en particular por Ucrania". Y aunque esta lograra un cese el fuego ya, sus necesidades económicas sólo pudieron ser satisfechas en dos tercios el año 2023, gracias a las donaciones. Las de este año quedan, cualquiera sea la opción, en el desamparo.

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