Ya van 50 años de la prohibición de uso público del Río de la Plata, que impidió bañarse en sus aguas. Se han destruido todas las playas y cambiado el borde de sus riberas; así avanzó la privatización del río, con la codicia inmobiliaria detrás.
Testimonio uno
Durante años, miles de trabajadores acudían al río en búsqueda de goce y placer:
“Una noche de sábado de verano. El pequeño lugar donde se vive con dignidad, pero sin cielo ni intimidad, es un remedo del infierno. La losa del techo hierve, y allí dormimos seis personas; lo bueno era saber que al amanecer habría río”.
Hay tantos años sin río como su denominada reconquista, que comenzó en 1920, con la construcción de sus balnearios y costanera. Cincuenta años de disfrute popular duró la felicidad y ahora van otros cincuenta años de olvido.
La clausura de la “bañabilidad” (neologismo acuñado por quienes lo queremos de baño pleno) es una ordenanza municipal de la Capital Federal de diciembre de 1975, que creemos tiene otras intenciones, más sociales y políticas que la calidad del agua.
No hubo en los 70 ni un solo estudio certero sobre la situación de la contaminación de las aguas ni decisión de autoridad alguna del Estado, competente en el tema.
Testimonio II
Esta es la versión de uno de los últimos bañistas niños, por aquellos años.
“El ritual era siempre el mismo: ropas livianas, las mallas por debajo, una cesta con alimentos frugales y el equipo de mate. Las playas eran amplias y dependían de la creciente. Se solían armar islas de arena blanca en el río, que cuando este crecía desaparecían; allí pasábamos el día entero”.
La alarma de contaminación provino de un municipio ribereño, San Isidro, en 1975.
Se basó en el mal aspecto que tenía el agua del río. De ahí pasó a la comuna porteña. Norberto “el Beto” Imbelloni, a cargo de la Dirección General de Saneamiento, inició una campaña de prevención y declaró: “Hemos hecho un muestreo cada diez cuadras y los resultados son estos: contaminación cien por ciento; gérmenes y materia fecal en partes iguales” (Última Hora, "Hasta el Río de la Plata está sucio. No bañarse", 5 de diciembre de 1975).
El Concejo Deliberante porteño aprobó la ordenanza 32.176, el 22 de diciembre de 1975. ¿Esta es la fecha real de la prohibición? ¿Una ordenanza municipal de la Capital Federal fue la responsable? Deberíamos aclarar que esa ordenanza se promulgó el 5 de febrero de 1976, avanzada ya la temporada; fue una vigencia limitada para ese año. Los diarios de la época nos indican que no existía ninguna prohibición real y que las multitudes se seguían volcando a las riberas.
Los diarios titulaban en esos días: “Cómo nos preservan la vida los bañeros” (Crónica, 7 de enero de 1976); reiteran la advertencia: ¡No bañarse en el río! (Crónica, 3 de enero de 1977), notas que son un indicio sobre la continuidad de los balnearios ribereños. Si bien las clases populares no tuvieron un programa de recuperación de la ribera, sí mostraron una tenaz resistencia a ser desalojadas.
Para la temporada '76-'77, las autoridades sanitarias de la provincia de Buenos Aires anunciaron que el río no estaba contaminado.
En la siguiente, la '77-'78, el brigadier general Osvaldo Cacciatore, al frente de la comuna porteña, sancionó y promulgó una ordenanza que impuso multa o arresto de 15 días a quien violase la prohibición del baño en el río.
Ya las habituales crónicas populares del verano rioplatense no figuraron bajo ningún tópico de interés periodístico.
Testimonio III
Un documento al que atender y del cual se pasa por alto su importante contenido ambiental es la “Carta Abierta a la Junta Militar” de Rodolfo Walsh. Politizar el ambiente y ambientalizar la política parece un concepto surgido de esa dramática misiva. Sin dudas, su mirada política y vital era integral. Una gran deuda de nuestras militancias políticas. En ella nos dice: “Ciudades a media luz, barrios enteros sin agua porque las industrias monopólicas saquean las napas subterráneas, millares de cuadras convertidas en un solo bache porque ustedes sólo pavimentan los barrios militares y adornan la Plaza de Mayo, el río más grande del mundo contaminado en todas sus playas porque los socios del ministro Martínez de Hoz arrojan en él sus residuos industriales, y la única medida de gobierno que ustedes han tomado es prohibir a la gente que se bañe”.
El abandono del río tuvo como objetivo expulsar a las clases populares. Así, diversos proyectos de especulación inmobiliaria despejaban esa molesta dimensión social. Es cuando se llevó adelante el proyecto de la autopista ribereña para el conurbano norte, que tenía muy en claro a quién se dirigía: “Para tranquilizar a quienes suponen que el futuro de la costa del Plata estaría signado por abigarrados camiones rumbo al picnic, gordas de batón y estridentes encuentros de pelota paleta. Según cómo van las cosas, el más pesimista cálculo de probabilidades indica que el colectivo será reemplazado por un auto japonés; la humeante parrilla por el horno portátil a microondas, y (cosa lamentable) los discos de Gardel por cassettes de La Cameratta Bariloche” (Costa Norte, "El CEAMSE y las gordas de batón", 17 de julio de 1981).
Luego del 24 de marzo de 1976, el río nunca se recuperó y fue escenario de espectáculos de terror que, como los vuelos de la muerte, le sumaron un macabro estigma.
Tal vez no haya sido en diciembre de 1975, durante el agonizante tercer gobierno peronista, cuando se estableció la prohibición, sino lo que todos ya sabíamos: fue la dictadura. Una fecha simbólica, el 20 de diciembre de 1977, y una figura dictatorial, el brigadier general Osvaldo Cacciattore.
Este artículo trata de encontrar cuáles fueron los motivos que invisibilizaron nuestro río. Poder tomar conciencia de cómo se construye esa negación.
Hay que evitar que nuestro Río de la Plata siga siendo un accidente en el horizonte.
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