Un alemán en mesa de entradas

La justicia penal actúa más por temor al error que por buscar la verdad

Palacio de tribunales en penumbras. Foto: Luis Angeletti.

 

Hay libros que se publican afuera y aquí ni nos enteramos. Ocurre muchas veces. Lo preocupante es cuando esos libros hablan de lo que pasa en la Argentina y encima son un aporte para comprender los procesos en los que estamos enredados. The Fear of Erring (que puede traducirse como El temor a equivocarse) es una de esos casos; se trata de un estudio antropológico jurídico sobre el funcionamiento de la justicia argentina. Ingo Rohrer, su autor, se encuentra por estos días en Buenos Aires y hablamos con él (ver entrevista al final).

Por lo pronto, El temor a equivocarse es una tesis medulosa, de más de 300 páginas, que caracteriza a la justicia argentina como un mundo cargado de desconfianza, en el que no reina la verdad sino el temor a actuar. No el temor al delito —que pertenece al mundo exterior— sino el temor a inclinarse por una apuesta más arriesgada, a errar en términos de cálculo y que ello traiga todo tipo de problemas. Se trata de un clima moral contextual en el que Rohrer intenta descifrar una lógica silenciosa que organiza el funcionamiento cotidiano de los tribunales y sus jueces; allí donde terminó logrando que lo aceptaran como a uno más, penetrando como observador de una mesa de entradas de un juzgado, desde donde entrevistó a cantidad de magistrados y analizó el trabajo en expedientes.

Lo interesante del asunto es cómo el autor va ingresando a su campo de estudio, cómo al principio los jueces lo miran como a alguien extraño, le exigen que exhiba credenciales y demuestre que no se trata de un espía, pero a medida que pasa el tiempo son los propios operadores quienes pasan de verlo como bicho raro a tratarlo como un trabajador más (vale aclarar que Rohrer maneja un buen español y llegó a estar cuatro años haciendo su etnografía de campo). No solo logra ganar la confianza social que le permite empatía para acceder a información para su tesis, sino que –a la larga– logra formar parte de sus rutinas o rituales de trabajadores, con los que hasta termina comiendo asados y haciéndose regalos en los cumpleaños.

El resto es un trabajo de campo en los territorios, viendo cómo impacta el servicio de justicia en villas y barrios vulnerables, a través de sus operadores descentralizados, sus prácticas e imaginarios.

Ganarse la confianza de la justicia en una investigación que gira en torno a la desconfianza de la justicia parece una paradoja llamativa, que termina siendo la clave para poder escribir el libro. Es el esfuerzo que este investigador alemán ha logrado superar para romper con el halo de opacidad que caracteriza a esta institución tan poco estudiada por la ciencia social local.

 

El libro de Ingo Rohrer, editado por la prestigiosa editorial Springer en 2024

 

 

Jueces con miedo y respuestas banales

La tesis de Rohrer es simple y perturbadora: el tipo de justicia penal observada no se mueve principalmente por la búsqueda de la verdad, sino por el temor a equivocarse, por el miedo a cometer errores y que eso exponga demasiado al magistrado. El expediente, la firma, el dictamen, la foja agregada o la prueba diferida no son sólo actos técnicos. Son mecanismos de autoprotección. Cada decisión judicial parece llevar inscrita una pregunta muda: ¿y si me equivoco?

Equivocarse en una decisión puede traer aparejada una sanción, exposición pública o carrera truncada. En ese clima, el temor se convierte en una técnica de gobierno invisible de cada acción judicial.

Este miedo proviene de una tradición que probablemente se gestó en dictaduras y que tuvo como cómplice al sistema judicial que, por lo general, no se metió, como parte del mecanismo de autoprotección-conservación. La construcción histórica de un tipo de cultura judicial que quedó atravesada por grados de desconfianza interna y miedo hacia lo que ocurre en el afuera. Su reacción: ser opaca, dubitativa, banal y desconfiada. Nadie termina de creer del todo en los demás: el juez desconfía del fiscal, el fiscal duda del defensor, el testigo duda del expediente, y así la sociedad desconfía de los jueces y estos de la sociedad.

Rohrer describe un universo de quiebre de confianza general, donde esa escasez abre paso a la ignorancia administrada. Si no hay una base de acuerdo en el que todos creen en todos, o tienen buena expectativa del otro, aquello que se juega en cada expediente es una medición calculada, y no una profundización sobre los hechos en sí que transitan por sus manos. De ahí también que la verdad de lo que esté en juego no sea tan importante para los jueces. Lo importante es parecer y actuar “como sí”.

El no interesarse y “no saber” puede ser funcional al sistema de administración de justicia. Saber demasiado sobre el caso y comprometerse con su solución puede implicar asumir responsabilidades hacia afuera y despertar desconfianza. Abrir conflictos innecesarios, precipitar decisiones irreversibles de aquellos que pueden empezar a mirar raro el actuar. Administrar la ignorancia permite diferir, dilatar y posponer. El desconocimiento se vuelve una forma de gobierno burocrático de la justicia argentina.

En términos de la justicia penal, dictar una privación de libertad es mucho más fácil que excarcelar. Frente a una sociedad que desconfía de la “puerta giratoria”, y de gobiernos que asumen posturas de populismo punitivo, los jueces que asumen en serio las garantías constitucionales tienden a ser señalados y acusados como garantistas. En los hechos, el temor a errar se convierte en un cálculo, el mantenimiento del encierro “por si acaso” es la posibilidad más rutinaria.

 

Una justicia plana, sin compromiso ni imaginación

El libro intenta dar respuesta de por qué hay tantos jueces en nuestro país que no se interesan –a fondo– en lo que tratan a diario en los casos. Y eso es de algún modo funcional a que no se jueguen en sus decisiones, que asuman tendencias más conservadores, reproductoras de lo dado. De allí que la capacidad de imaginación sea escasa o limitada. Se trata de un cálculo, una medición bajo temor. Se usan citas de fallos y se administran clichés en las sentencias, sin demasiada capacidad argumentativa. Los fundamentos de los actos son más bien pobres intelectualmente.

De allí surge el tercer elemento que estructura la justicia: la imaginación. El sistema produce narraciones plausibles, demasiado planas, burocráticas del tratamiento de los casos en función de la poca confianza en las relaciones judiciales y la ignorancia de los hechos. Los expedientes son entonces historias demasiado ordenadas, pero con poca riqueza, ceñidas a los formulismos banales de los jueces. Así, la justicia aparece menos como una máquina de verdad que como una fábrica de relatos institucionales meramente aceptables.

Lo interesante de la tesis es que no acusa ni moraliza. Rohrer no presenta a los operadores judiciales como cínicos ni corruptos. Son tan solo una manga de burócratas. Muestra cómo las prácticas defensivas surgen de un entorno institucional cargado de riesgos. En ese contexto, el miedo al equivocarse se convierte en una forma de prudencia institucionalizada.

Por eso la prudencia de los jueces tiene un precio. Cuando el objetivo principal es evitar el error, la decisión fuerte se vuelve peligrosa (los jueces honestos, comprometidos y jugados son una verdadera excepción en la Argentina, por eso están en permanente tensión y en la mira de ser destituidos y disciplinados). El sistema entonces se inclina hacia los burócratas, hacia la dilación, la formalidad excesiva y la proliferación de papeles. El expediente crece como una muralla de documentos que protege al funcionario tanto como aleja a la justicia de los hechos.

La etnografía de Rohrer logra capturar una paradoja: la justicia, que debería esclarecer, a veces se oscurece a sí misma. El conocimiento circula lentamente, fragmentado entre oficinas, secretarías y tribunales. Cada actor sabe algo, pero nadie sabe todo. De esta manera, describe una justicia donde la racionalidad legal convive con emociones institucionales: el miedo, la desconfianza y la cautela modelan las decisiones tanto más que los códigos y las leyes.

En definitiva, un alemán que viene a nuestras pampas para involucrarse en la trama de la justicia y decirnos lo vergonzoso que es su funcionamiento interno y cuánto le falta para ser más transparente y democratizarse. Un texto fundamental. Ojalá contemos pronto con traducción y una edición local.

 

 

Rutinas para no correr riesgos

Ingo Rohrer es doctor en antropología, especialista en estudios legales por la Universidad de Friburgo, Alemania, y estuvo cuatro años inmerso entre las instituciones judiciales argentinas

 

El autor, Ingo Rohrer.

 

¿Qué te trajo a realizar una investigación sobre el funcionamiento de la cultura interna de la justicia argentina?

Mi interés en la Argentina surge desde el día que advertí que su justicia (su Poder Judicial) se encuentra permanentemente en el centro de grandes disputas políticas y que, justamente por eso, enfrenta un nivel muy extendido de desconfianza. La justicia tiene una importancia social fundamental, y creo que es realmente importante comprender su cultura interna para poder impulsar —informado de la mejor manera— cambios sociales.

 De acuerdo a tu investigación, ¿cómo toman decisiones los jueces penales argentinos?

Estoy convencido de que los jueces en la Argentina toman decisiones, como también ocurre en otros lugares, sobre la base de pruebas verificables. Sin embargo, en mi trabajo subrayo el papel que desempeñan determinados imaginarios sociales —es decir, representaciones sobre el mundo social— a lo largo de todo el proceso, ya que influyen y configuran el desarrollo de un procedimiento mucho antes de que se dicte una sentencia. También los empleados legales influyen el curso del proceso a través de sus propios imaginarios sociales. Por eso, en lugar de observar únicamente el momento de la decisión final, considero fundamental hacer visible y reflexionar sobre la importancia de los imaginarios sociales a lo largo de todo el proceso y sobre las consecuencias que estos pueden tener.

En términos etnográficos, ¿cómo se te ocurrió comparar a los jueces y sus juzgados con el funcionamiento concreto de los operadores de justicia en los barrios?

La justicia es un campo muy heterogéneo, con una gran variedad de actores que adhieren a diferentes filosofías jurídicas, visiones políticas o escuelas teóricas. Además, las distintas ramas del derecho también se diferencian entre sí. Como etnógrafo, intento considerar la mayor diversidad posible de perspectivas dentro de un campo para mostrar precisamente esa variabilidad, así como las contradicciones inherentes, las divisiones y los conflictos que lo atraviesan.

¿Qué significa tener miedo a equivocarse, en ambos supuestos: en el juzgado y en los territorios?

En el ámbito judicial, el miedo a cometer un error aparece sobre todo en el contexto de su cultura competitiva, en el cual los juristas se encuentran en una especie de competencia intelectual entre sí. Predomina una cultura en la que constantemente se busca demostrar ante los colegas que uno es especialmente inteligente, perspicaz o talentoso. En los territorios, en cambio, el miedo se relaciona mucho más con las consecuencias que un error puede tener fuera del campo jurídico, es decir con los efectos concretos que una decisión equivocada puede producir en la vida de las personas involucradas en un proceso.

Uno de los hallazgos más citados en tu libro es que el error más temido no sería condenar injustamente sino liberar a alguien que luego cometa un delito. ¿En otros países cómo funciona esto?

Me resulta difícil responder cómo funciona esto en otros países, ya que no he realizado un estudio comparativo. Sin embargo, en la Argentina me llamó la atención que, en la cultura jurídica —como también en otros ámbitos de la sociedad—, la desconfianza básica hacia los demás suele ser entendida como una actitud positiva e incluso necesaria. Equivocarse respecto de otra persona o ser engañado parece generar un temor tan grande que, “por las dudas”, se termina aceptando más fácilmente el riesgo de privar a alguien de su libertad.

¿Seguir la rutina institucional protege al decisor? Porque se supone que, si todos hacen lo mismo, el error quedaría diluido, y el juez reduce así su responsabilidad subjetiva haciendo lo mismo que el resto.

Seguir rutinas facilita la acción en contexto competitivo, complejo y a menudo poco transparente. Esto también es necesario, ya que existe una enorme presión de eficiencia que pesa sobre el sistema judicial y, por lo tanto, sobre los jueces individuales. Actuar por fuera de las rutinas implica riesgos que muchas personas no están dispuestas a asumir.

¿Crees que hay impregnado en la cultura judicial argentina algo así como una un miedo a errar de los jueces, que los limita, y entonces premia la prudencia extrema para no exponerse a perder su cargo?

Creo que la autoridad y el respeto que poseen los jueces dentro del sistema judicial dependen en gran medida de una jerarquía del saber. Esa jerarquía se pone en riesgo cada vez que alguien no parece inteligente, toma malas decisiones o comete errores. Durante mi investigación tuve con frecuencia la impresión de que lo que más se teme es una pérdida de prestigio o de “rostro” frente a los colegas, más que la posibilidad concreta de perder el cargo.

¿La falta de imaginación, compromiso y creatividad de los jueces argentinos está directamente relacionada con su miedo a errar y a perder el cargo?

En la justicia argentina, la extendida preocupación por cometer errores y perder la posición dentro de la jerarquía de los “inteligentes” limita la imaginación proyectiva, ya que dentro de esa jerarquía se valora sobre todo el pensamiento racional. Sin embargo, durante mi investigación conocí a muchos juristas que son muy imaginativos y creativos cuando se trata de reconstruir hechos del pasado. Esa creatividad retrospectiva es ampliamente aceptada dentro del campo jurídico. En cambio, la creatividad orientada hacia el futuro —y, por lo tanto, con un potencial transformador— no suele ser valorada. Quizás porque innovar también significa exponerse al riesgo de equivocarse.

¿El libro se va a traducir y publicar en la Argentina?

Deseo mucho que esto se concrete y lo considero absolutamente necesario para que el libro desarrolle un impacto en la Argentina. Actualmente estoy explorando posibilidades para lograr una publicación en español en una editorial argentina.

¿Qué te trae de nuevo por aquí?

Me interesa investigar el sector de la agroindustria en la Argentina, que cumple un papel económico muy importante, pero cuya dimensión social y cultural todavía ha sido relativamente poco explorada desde una perspectiva etnográfica.

 

 

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