Un árbol, un pájaro, una estrella

El testimonio de Juan Chico en el inicio del Juicio por la Verdad por la Masacre de Napalpí

 

Sus manos se miran, parecen vacías. Pero Juan amasa el olvido, lo transforma. Gira sus muñecas hacia arriba y el viento trae una verdad. Quien lo entrevista, ostenta una biblioteca llena de libros. Juan no se distrae. La antropología cede a su encantamiento y un solo mundo se construye. Juan sigue moviendo las manos y el olvido ya no está.

Su testimonio fue proyectado el martes pasado en la primera audiencia del Juicio por la Verdad por la masacre de indígenas ocurrida en la “Reducción de Indios de Napalpí”, sur del Chaco, en 1924. Los escucharon atentos la jueza Nilda Niremperger, las 200 personas presentes en el auditorio de la Casa de las Culturas, en el centro de Resistencia, donde se desarrolló la jornada, unas 3.000 personas que desde las 7.30 ocuparon la calle y todos los que se sumaron a las varias transmisiones en vivo que se hicieron por Internet.

“Lo que nosotros buscamos –dijo Juan– es que realmente la memoria, verdad y justicia también puedan llegar a los pueblos indígenas”. Y de inmediato agregó: “Generar conciencia social para ver de qué manera entre los argentinos, entre los grupos humanos que conformamos el Chaco y la Argentina, en algún momento, podemos cerrar esas heridas del pasado y que las masacres no ocurran contra ningún grupo humano”.

En esta misma audiencia, la jueza escuchó los alegatos de los fiscales federales y de los abogados de la Secretaría de Derechos Humanos y Géneros de Chaco y del Instituto del Aborigen Chaqueño (IDACH, que representa a los tres pueblos indígenas de la provincia: el moqoit, el qom y el wichí). Como el de Juan, también se proyectaron los testimonios que la fiscalía grabó hace unos años de dos longevos sobrevivientes de los hechos: Pedro Valquinta, fallecido en 2015, que habló en lengua moqoit, y Rosa Grilo, que tiene 114 años.

Representantes de 39 pueblos indígenas del país, autoridades nacionales, provinciales, académicos y periodistas estuvieron presentes. La noticia del juicio llegó a toda la prensa nacional, con gran legitimidad, y hasta cruzó el océano y el castellano, con notas en la agencia neoyorquina Associated Press y en los periódicos The Guardian de Nigeria, El País de España, Russia Today en español y Le Figaro en Francia. El juicio continúa el próximo martes y miércoles.

 

En la inauguración del Memorial de Napalpí.

 

El reencuentro

David García es pastor qom. Al comenzar la década de 1990, presidía una organización evangélica en Pampa del Indio. En 1992, conoció a Juan Chico en un evento religioso. La atracción fue inmediata. En los años siguientes, compartieron momentos y debates sobre la filosofía evangelista y judaica. Se perdieron y se volvieron a encontrar en Resistencia, cuando gobernaba el país Fernando de la Rúa. Trabajaban como albañiles y Juan ya investigaba sobre la masacre de Napalpí.

Juan ya no preguntó a David por los evangelios. Le interesaba conocer la cosmovisión de los pueblos indígenas. David le habló sobre los valores, la cultura y la espiritualidad de los hermanos qom. Compartían anécdotas y se reían. Y un día Juan lo convenció de iniciar la causa por Napalpí. Formaron la primera organización civil y, al poco tiempo, Juan hablaba sobre ello frente a los políticos blancos. Lo escuchó Francisco “Tete” Romero, ministro de Educación chaqueño, que sabe decir hoy que Juan le hizo replantearse el desafío de la descolonización.

David: “Yo me siento orgulloso porque pude aportar mucho en la vida de él, y que él pudiera caminar tan lejos, porque no cualquiera lo puede hacer, desde su concepción, él no se vendía con nadie, no era para hacer chiquilinadas o para pedir mercaderías, porque nuestra gente estaba alimentada de eso. Nos reíamos con Juan, porque nuestro objetivo era otra cosa”.

 

Juan escribiendo, en Napalpí.

 

La solidaridad

Juan Carlos Martínez es moqoit le’eec, porque tiene sangre moqoit, vilela, y qom. Es descendiente de víctimas de la masacre. Conoció a Juan en 2006 y no tardó en darse cuenta de que Juan sobrevolaba las diferencias entre las comunidades. Juan había ingresado al Instituto de Cultura, y lo invitó a sumarse.

Desde allí, iniciaron un trabajo abierto de capacitación en comunicación y cine para las comunidades, que los llevó a formar equipos de documentalistas indígenas en el marco de la nueva Ley de Medios y a crear la Coordinadora Audiovisual Indígena de la Argentina (CAIA), que Juan presidió. Desde la Dirección de Cine Indígena en el Instituto de Cultura, Juan promovió los primeros festivales itinerantes de cine indígena. La Nación Oculta, un documental sobre la relación de los pueblos indígenas del Chaco con los meteoritos, fue producto de ese trabajo.

Juan Carlos: “Juan quería que todos manejen la información, por eso muchos de nuestra generación tenemos este pensamiento, la información debe circular entre los tres pueblos del Chaco. Eso nos dio confianza y abrió la solidaridad. Siempre avisaba cuando iba y venía, nunca entraba escondido. Con él aprendimos a ser sinceros, sin que primaran los intereses personales, sino los del pueblo, de la comunidad”.

 

Juan, cuando el Equipo Argentino de Antropología Forense realizó las excavaciones en 2020.

 

Los puentes

Mariana Giordano es investigadora del Conicet en Chaco, una académica blanca. Juan y David tocaron la puerta de su oficina cuando supieron que ella había conseguido una colección invalorable de viejas fotografías tomadas por antropólogos europeos, que descansaban en el Instituto Iberoamericano de Berlín. Mariana compartía esa información con distintas comunidades de toda la provincia y Juan ya había escrito su libro Las voces de Napalpí, en colaboración con Mario Fernández, que David había traducido al qom.

Juan y David quedaron impactados. Las memorias de los abuelos reencarnaban en las imágenes: el avión letal y los trapos blancos que diferenciaban a “indios buenos” e “indios malos”. Iniciaron entonces un trabajo colaborativo, que nunca cesó. Llevaron las fotos a la comunidad de Colonia Aborigen, donde muchos abuelos se reconocieron de chicos y tantos jóvenes aprendieron sobre el genocidio. En una ocasión, Juan llevó las fotos a Du Graty, una colonia fortinera con mayoría de inmigrantes húngaros. Al regresar, propuso armar otra muestra conjunta de los moqoit y los inmigrantes gringos.

Mariana: “Era una persona que tomaba de cada uno lo mejor que podía encontrar. ‘Tenemos que lograr los diálogos’, decía. Era investigador, hacía gestión, activista por los derechos indígenas, visibilizó la masacre de Napalpí, y era realmente una persona de diálogo, que iba más allá de todos los personalismos y las cuestiones oscuras que todos podemos tener”.

 

El compromiso

Analía Noriega es trabajadora social. Conoció a Juan en 2010, en un Congreso sobre Derecho Indígena Internacional. Juan ya trabajaba sobre Napalpí. Estudiaba historia en la Universidad Nacional del Nordeste, era padre, laburante y militante. Ana lo invitó a ingresar a un proyecto de educación bilingüe, que se hacía en parejas pedagógicas. Estaban también Gabriela Morinigo y David García. Buscaban nuevas formas de enseñar la historia y la lengua en el aula. Juan pudo más: la enamoró de su causa y Ana se incorporó a la Organización Napalpí.

Desde 2015, junto a Mariana Giordano y muchos más, transformaron la asociación en Fundación, para trabajar exclusivamente la memoria, verdad, justicia y soberanía de los pueblos indígenas, desde el concepto de Genocidio. Se formó una red que incorporó a académicos de todo el país. Ana acompañó especialmente a Juan en su investigación sobre los combatientes indígenas de Malvinas.

Ana: “Eran las locuras de Juan, pero siempre con una mente fría, pensante, coherente. Sin arrodillarse nunca, siempre decía que no iba a vender la causa de Napalpí, porque las víctimas no murieron de rodillas. Juan nos enseñó a confiar en el otro, a hacer una construcción colectiva. No vivimos momentos fáciles, pero él contagiaba”.

 

Con Juan Segovia, escritor wichí.

 

La identidad

Raquel Esquivel es profesora qom. Forma parte del equipo de trabajo del Memorial de Napalpí, construido en 2020. Conoció a Juan el 16 de enero de 2008, cuando el gobernador Jorge Capitanich encabezó un acto en Machagay para pedir perdón por la masacre en nombre del Estado provincial. Ese día, Raquel habló con el maestro wichí Lekcot Zamora y éste le presentó a Juan. Se quedaron conversando toda la tarde y varios años más.

Juan vivía en Resistencia, pero volvía todo el tiempo a la Colonia Aborigen. Armaron encuentros de música, poesía y cine. Organizaron el proyecto del Memorial, que se inauguró cuando se recuperaron los restos de antepasados secuestrados en el Museo de La Plata, un proyecto que impulsó el antropólogo Fernando Pepe desde el INAI. Juan hablaba mucho sobre la vida y la muerte.

Raquel: “Costaba hablar con los abuelos, porque son hechos que dolieron mucho y todavía duelen, con sus consecuencias, pérdida de la identidad, la lengua, parte de la historia, porque no teníamos que contar quiénes éramos, la discriminación es un concepto que desde muy pequeña vivo y no se modificó, todavía hay personas que te llaman ‘indio’ y no duele, porque sabemos quiénes somos, lo que duele es que lo digan de forma despectiva”.

 

La creatividad

Diego Vigay es fiscal federal ad hoc en el juicio. Conocía el trabajo de Juan y cuando la fiscalía tomó la decisión de abrir la investigación penal, lo llamó por teléfono. En menos de una semana, estaba sentado frente a una veintena de indígenas qom, para contarles sobre la iniciativa. Pocos días después, entrevistaban al anciano Valquinta. Diego motorizó con Juan las consultas a las comunidades para llegar a una instancia de juicio con amplia participación, por convicción y para cumplir con estándares internacionales para estas acciones reparatorias, redireccionando la potencialidad de los juicios civiles que se habían iniciado por estos hechos y subsanando todas sus limitaciones.

Diego: “Siempre me impresionó mucho la rapidez y lucidez que tenía para construir ese proceso de memoria, verdad y justicia del genocidio indígena. Así como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y los organismos han sabido encontrar caminos y herramientas para juzgar los crímenes del terrorismo de Estado, Juan tenía esa misma creatividad, lucidez y militancia y didáctica, partiendo de lugares muy difíciles”.

 

La síntesis

Slivana Pérez es psicóloga, actual secretaria de Derechos Humanos y Géneros de la provincia. La llegada del macrismo a la presidencia del país unió su camino con el de Juan. El punto de confluencia fue el Frente Patria Grande, un espacio político que aportó a la victoria del Frente de Todos en 2019.

Juan fue candidato a diputado nacional, abrió el camino para construir el actual equipo de la Secretaría que conduce Silvana, ejerció la vicepresidencia del Instituto de Cultura y luego llegó a la Dirección de Tierras del INAI, dándose la difícil tarea de atravesar el maltrecho camino de regularización de las propiedades indígenas en el país.

Silvana: “Me sentí inmediatamente conducida por Juan. Me impactó su serenidad y profunda inteligencia, que le permitía sintetizar los reclamos de los pueblos indígenas y sectores populares, de las mujeres, de la producción, ecológicos, desde una mirada propia, pero usando todas las herramientas existentes, incluso las que muchas veces son armas de colonización. Juan tenía una mirada de transformación del mundo, desde lo indígena, pero con un horizonte muy general”.

 

Juan y los escritores Lecko Zamora y Mariela Tulián.

 

La reparación

Juan falleció por Covid hace casi un año. En noviembre de 2018, las antropólogas Cecilia Hidalgo y Lena Dávila le hicieron una larga entrevista. Frente a su sorpresiva partida, este testimonio fue elegido por la fiscalía para formar la prueba del juicio. Aquella entrevista, que mencionamos al comenzar este relato, muestra a Juan en plenitud: “Gracias a gente como vos, todas las estrategias de silencio están fracasando”, le dijo Cecilia.

La jueza escuchó a Juan hablar sobre el negacionismo, la invisibilización, el racismo y el genocidio indígena. También, sobre la importancia de la colaboración entre lo académico y lo popular, de los archivos oficiales y el otro archivo que forman “nuestros viejos”. Juan opinó que sería reparador que los archivos volvieran a las comunidades, para que los “objetos de estudio” se humanicen.

En esa entrevista-testimonio, Juan mostró los puentes de comunicación entre las matanzas indígenas, las masacres obreras, las apropiaciones de bebés, las desapariciones, los lenguajes de la represión, la violencia de la última dictadura, los sufrimientos de los combatientes en Malvinas. “La cuestión indígena –aseguró– es muy transversal a los procesos independentistas, de defensa de soberanía y territorio a lo largo de nuestra historia”.

Juan habló sobre educación y cultura. Habló de la cosmovisión indígena y de la necesidad de defender la cultura propia, abrazándose a la cultura mundial. Napalpí no significa “cementerio”, explica, porque los muertos en la cultura qom no se van al cielo, al purgatorio o al infierno. Napalpí significa encuentro, porque los muertos se quedan entre los vivos, vuelven como pájaros y estrellas, como el agua y los árboles. También creía que el desafío es aprender sobre el Tigris y el Éufrates, pero también sobre nuestro Río Negro, nuestro Paraná, nuestro Pilcomayo. Trabajar en el aula El principito, y también La niña de cabellos largos, porque es nuestra cultura.

Juan habló de los casi 80.000 indígenas de la provincia, de sus 177 comunidades wichí, qom y moqoit. Dijo que su mayor orgullo era ser indígena, pero que también estaba orgulloso de ser chaqueño y argentino. Y si la historia está llena de puentes, también el presente y el futuro: “No podemos pensar un futuro posible sin territorio. Y eso no sólo se aplica a los pueblos indígenas, es para todos los argentinos, no podemos pensar en la educación, la vivienda y la salud si primero no nos garantizan el territorio donde se va a desarrollar nuestro proyecto de vida”.

Juan testimonia y deja un mandato: “Así como hubo una decisión política del Estado de exterminar a los pueblos indígenas, solamente una decisión de la misma envergadura puede intentar reparar el daño”. Juan amasa el olvido, lo transforma. Y se transforma él. Se convierte en un pájaro, en un árbol, en una estrella. Juan escribe poesía y dice que no quiere ser olvido, porque es un silencio que quiere hacerse escuchar, porque es un reclamo trunco, porque es memoria, recuerdo y grito de libertad, porque es Napalpí.

 

 

 

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