Un fascista del siglo XXI

El poder constituyente de la excepción

           Bolsonaro recibe a John Bolton, el asesor de seguridad de Trump

1. El camino democrático al fascismo

Se ha vuelto un lugar común la afirmación de que todo poder es un “poder de excepción”. Sin embargo, dicha afirmación no explica la diferencia entre un régimen fascista y un régimen constitucional. “No hay ninguna diferencia”, replica quien cree en la normalidad de la “excepción”. Que vaya a decírselo a los ciudadanos brasileños, ante la inminencia de la asunción de Bolsonaro, y escuchará la respuesta: “¡Estás loco!”.

En la tradición del marxismo revolucionario, se rechaza la analogía entre el régimen democrático y el régimen fascista. La Tercera Internacional impuso, en los años ’20, esa semejanza (que rápidamente se convirtió en una identidad), y sabemos cómo terminó. Con igual atención y discernimiento, me parece, se debe considerar el concepto de poder constituyente: no puede ni confundirse ni mezclarse con la “excepción política”, con su ejercicio – como pretenden los cultores de la “autonomía de lo político” (quienes, en la senda de Carl Schmitt, no ven en el poder constituyente otra cosa que una figura de la “excepción”).

Respecto a lo que sucedió en Brasil, hay que notar, en primer lugar, el hecho de que el fascismo no llegó a través de un “golpe de Estado” clásico (desde el exterior de las instituciones democráticas), a través de la excepción (como más o menos ocurrió con los fascismos latinoamericanos, hasta Pinochet y los militares argentinos), sino desde el interior del proceso constitucional; no llegó a través de una ruptura de la legalidad constitucional, sino a través de la construcción constitucional de una nueva legitimidad. En segundo lugar, tiendo a creer que el gobierno fascistizante brasileño no ejercerá el poder mediante una mutación externa y violenta del régimen constitucional, sino mediante una leve reducción (salvo contra la población negra) de las libertades civiles y a través de la gobernanza de la Constitución existente. Es decir, a través de la puesta en movimiento de una suerte de “poder constituyente” al interior de la gobernanza – funcional, absorbido dentro de ella y, a la vez, capaz de determinar profundas modificaciones del tejido constitucional. Este camino perverso de la democracia, que ahora se estableció en Brasil pero que ya se había experimentado, en parte o in toto, en otras situaciones y países (Turquía y Egipto, por ejemplo, sin hablar de los ex-socialismos) debe ser sometido a la crítica – preguntándose qué es lo que significa hoy la “democracia representativa”, pero también la “democracia” en general, y a partir de ello, cómo, bajo qué formas y con cuáles objetivos deben moverse quienes pretenden edificar y defender una Constitución que respete la libertad,  que construya igualdad y proporcione sus condiciones; y preguntándose, finalmente, si aún es posible plantearse estas cuestiones, o si habrá que reconsiderar el propio tejido que sostiene estos interrogantes.

 

2. Golpe de Estado institucional

Golpe de Estado constitucional y/o Golpe de Estado democrático: así puede denominarse lo que ocurrió en Brasil, e incorporarlo en una nueva tipología académica del derecho constitucional. El derrocamiento del poder legítimamente existente y su sustitución por un poder no legitimado por el sufragio universal, sino por un órgano del Estado, el Congreso, se realizó detrás de una máscara constitucional. Comenzó con el impeachment de la Presidenta y continuó con su sustitución –simplemente por la vía parlamentaria, excluyéndose una nueva elección general–, poco tiempo después de la renovación electoral de su mandato presidencial. El golpe de Estado prosiguió luego (lo que no es irrelevante) con la aprobación inmediata, por parte del Congreso, de algunas leyes características de un régimen neoliberal (entre las que resalta la que prohíbe el aumento del gasto público por un largo período) que, de manera expeditiva y traicionera, revocaron los paradigmas materiales de la Constitución vigente. La conexión entre el impeachment de Dilma por razones político-morales (corrupción) y la liquidación de la orientación política de su gobierno a través de la afirmación constitucional de un principio neoliberal, revela que su destitución tuvo un carácter político partidista, lo que la califica como un golpe de Estado – siguiéndose de ella una modificación radical de la dirección política del gobierno o, dicho con otras palabras, de la constitución material. Así se liberó el camino para evitar que, incluso en el caso de nuevas elecciones, una mayoría presidencial diversa (que las encuestas le atribuían a Lula) pudiera restablecer lo que ahora estaba constitucionalmente vedado: propuestas no liberales de redistribución del ingreso, o bien, dispositivos alternativos a la legitimidad económica nuevamente determinada. En apoyo de la continuación de una política liberal y, por lo tanto, en la línea de una renovación de las políticas estatales por fuera (y antes) de una legitimación popular, el poder judicial se movilizó a través de la condena y el encarcelamiento de Lula y, posteriormente, a través de su exclusión de la posibilidad de ser votado. No es casual que ese poder judicial haya sido inmediatamente cooptado por el gobierno de Bolsonaro. Finalmente, las elecciones se llevaron a cabo bajo la amenaza –una vez más no externa al proceso institucional– de una intervención del ejército nacional, en caso de que la izquierda triunfara en las elecciones. En este punto fue elegido el nuevo Presidente, un fascista del siglo XXI, restaurándose de este modo, a posteriori, la legitimación democrática del poder. Una restauración muy dudosa y, sin embargo, efectiva. En el gobierno que asumirá a comienzos de año, además del juez de la Lava Jato (la operación que, como ha declarado expresamente el juez Greco, nada tiene que ver con Mani Pulite), habrá un Chicago Boy al mando de las Finanzas y la Economía, en la Cancillería, un hombre ligado a la alt-right y a las políticas de Trump, mientras que al ejército le serán atribuidas las funciones de un Ministerio del Orden.

Este perverso camino-línea que va de la democracia al fascismo, organizado no por movimientos externos sino por las mismas instituciones del poder constitucional mediante la adecuación de los órganos de control a las líneas políticas de la extrema derecha (de la magistratura en particular); la revelación de un diseño coherente que recorre las instituciones, destruyendo todos los nexos e incidiendo sobre las nuevas conformaciones de las figuras formales de la Constitución y de la materialidad de su dirección política, que obtiene su garantía en el proceso de legitimación electoral, suprimiendo así cualquier carácter ético del principio democrático: todo esto impone –cuando la indignación se apacigüe, si eso ocurre– una reflexión sobre el tema mismo de la democracia.

Pero no es suficiente. El facho-populismo de Trump-Bolsonaro comete una violación ulterior de la democracia. La democracia directa es asumida, de manera masificada y mistificada por estos líderes fascistas, siendo transformada de modo de gobierno en figura de legitimación del gobierno. Los tweets de Trump interpretan esta conversión. Las redes sociales y los medios institucionales se vuelcan voluntariamente sobre esta función de legitimación. Es más, se puede decir (y la literatura sobre el tema es vastísima) que la producen, o al menos, la hacen posible. Cuando la indignación se haya aplacado, tendremos aún que plantear el problema de una libertad de expresión adosada al poder. Es el primero de los problemas que debe enfrentar un movimiento de resistencia, con la bandera “Libros sí, armas no” (como se comienza a decir en Brasil), porque tendrá que comenzar por liberar la libre expresión. Por cierto, la contradicción entre la libertad de expresión (constitucionalmente protegida) y el dinero (= propiedad = corrupción = uso criminal de de la falsedad por parte de los grandes medios…) parece irresoluble. Pero sólo lo es para quienes continúan viéndolo como un nudo gordiano y no confían en que una espada pueda cortarlo. Una fuerza política que quiera salir del fango en el que democracia y fascismo se encastran debe plantear ese problema como el primero a resolver.

 

3. Un problema general

En Estados Unidos hay en curso un proceso análogo al brasileño. La solidez democrática y el valor de la Constitución de ese país impiden, por ahora, que el proceso de transformación asuma el aspecto perverso y hasta grotesco de lo que ocurre en Brasil. En Estados Unidos, la presencia de fuerzas de oposición aún puede bloquear (o tornar incierta) la realización de una tendencia como la brasileña. Sin embargo, esto no suprime el hecho de que se está dando un proceso de consolidación reaccionaria del poder. Lo revela el fuerte desplazamiento del Partido Republicano hacia el núcleo duro trumpiano (detrás del cual está el supremacismo de la alt-right), los veinte años de orientación de la Corte Suprema en posiciones ultra conservadoras, la realización de colosales operaciones financieras para el control mediático del voto, etc.

De una manera mucho más frágil, pero con aceleraciones a veces feroces, están ocurriendo procesos análogos también en Italia. Sin embargo, el horizonte político populista se expande en Europa y en América Latina. Esta expansión profundiza dramáticamente el problema que aquí planteamos: ¿cómo el fascismo se establece en y a través de las instituciones democráticas? Y, en segundo lugar, ¿qué es exactamente esta insurgencia fascistizante?

Procuraremos, a continuación, si no responder, introducir esta pregunta con más detenimiento. Contentémonos por ahora con definir este extraño fascismo, que se presenta en una profunda conjugación con el neoliberalismo. Mejor aún, tratemos de definir las dificultades que –según creemos– ha de encontrar en su desarrollo un nuevo experimento radical de las teorías de Chicago. Las actuales conversiones fascistizantes de la clase dirigente capitalista (no de toda, por el momento) parecen de hecho determinadas por la necesidad de sostener con una mayor fuerza, con todos los medios del Estado, constrictivamente, un desarrollo más neoliberal de la profunda crisis. Es importante subrayar esta usual deformidad: la fuerza del autoritarismo es convocada para sostener la crisis del liberalismo. Ahora bien, según esta perspectiva, el fascismo parece presentarse (aunque no solamente) como la fase dura del neoliberalismo, como una fuerte recuperación del soberanismo, como la inversión del slogan “primero el mercado, después el Estado”, en varias figuras, en los puntos donde el desarrollo choca con dificultades máximas, o donde sus dispositivos se quiebran, o mejor, donde enfrenta fuertes resistencias.

Es un reflejo reaccionario el que caracteriza a este fascismo. Esto lo distingue de los fascismos de los años ’20 y ’30 del siglo pasado, cuando los reaccionarios actuaban en el terreno político, mientras que en el terreno económico podían ser relativamente progresistas, pseudo keynesianos. Probablemente esta reacción sea, entonces, un síntoma de debilidad, un efecto de respuesta más que de ataque. Lo cual parece probarse por el hecho de que esta instancia fascista, más que una técnica totalitaria, intenta utilizar mecanismos flexibles para la transformación autoritaria del Estado, calibrando la gobernanza como una suerte de nuevo y perverso poder constituyente. Pero estas no son más que previsiones, que sólo la intensidad de la lucha de clases futura podrá confirmar o negar.

Todavía nos falta preguntar: ¿qué es este fascismo del siglo XXI? El del siglo XX quería destruir los soviets, en Rusia o en cualquier lugar del mundo donde se encontrasen. ¿Dónde están hoy los bolcheviques? Son obviamente fantaseados. Pero la fatiga del neoliberalismo para consolidarse y las crisis políticas que se suman a las económicas resucitan el miedo a los bolcheviques. Esa insistencia es asombrosa.

Para intentar racionalizarla, aventuremos una hipótesis que nos permita calificar estas tendencias fascistas en una época en la cual el desarrollo del modo de producción ha puesto a la multitud en el centro de la lucha de clases. Ahora bien, la multitud es un conjunto de singularidades, ligadas por la cooperación social. El elemento de la cooperación es para la multitud (especialmente en las metrópolis) el punto central de su existencia de clase. En términos productivos, ese poder cooperativo conduce a la multitud hacia lo común. Sin embargo, cuando intervienen fuertes tensiones que actúan sobre las singularidades (que componen la multitud) en términos, por ejemplo, de inseguridad económica o ambiental y de miedo al futuro, entonces la cooperación multitudinaria puede implosionar como defensa de la identidad. El fascismo del siglo XXI parece sostenerse sobre tales incidentes de la naturaleza cooperativa de la multitud.

 

4. Fascismo y neoliberalismo

Si en la época de Platón las constituciones democráticas resultaban inadecuadas para bloquear la crisis de la democracia, en la situación actual favorecen el ascenso del fascismo, generando corrupción.

Las modernas constituciones democráticas se organizaban gracias a la confrontación dinámica de intereses, eventualmente en coalición por derecha y por izquierda, en torno a un modelo de enemistad y de solución pacífica y normada de esa enemistad, bajo la hipótesis de una oposición equilibrada de los intereses contrastantes. Hoy, la globalización ha conducido hacia la homogeneización de la gobernanza a nivel mundial (se podría decir: hacia la homologación), siendo que gobernar en la globalización exige componer la relación entre constitución formal y material a través de la inserción, en la primera, de reglas que surgen de las relaciones monetarias multinacionales de las empresas en el mercado global – y por lo tanto, eliminar sustancialmente la confrontación/conflicto, interno a la propia constitución. El extremismo de centro, las grandes coaliciones, han sido, en este sentido, momentos fundamentales de la recomposición, a través de la gobernanza, de perfiles constitucionales globalmente extendidos. Pero esa fase terminó, y el recrudecimiento de los conflictos ha llevado a una crisis profunda de las fórmulas tradicionales de la gobernanza democrática-liberal. Se suceden, entonces, los experimentos de ruptura: America first, Brexit, y ahora Brazil first, Italia first…

La gobernanza (es decir, el conjunto de dispositivos que unitariamente configuraron el horizonte de los gobiernos nacionales y del gobierno global) se encuentra sujeta a cada vez más frecuentes incidentes constitucionales, que sobre todo tienen el efecto de obliterar los aspectos de democracia progresiva que las constituciones heredaron de la segunda post-guerra y del fin de la Guerra Fría. De este modo, se transforma la fisonomía de los Estados a costa de la democracia. La larga crisis de 2007 empeoró las cosas. Gobernar la crisis siempre implicó que la crisis le impuso sus exigencias a la democracia. Hoy podemos ponderar plenamente las consecuencias de esos incidentes. Cada vez más, las dinámicas dialécticas constitucionales son desconsideradas, las oposiciones son integradas a la gobernanza, el keynesianismo es destruido con el consenso de los keynesianos. Las eventuales operaciones de excepción se dan directamente al interior de la gobernanza democrática, como si respondieran a las articulaciones ocultas de un poder constituyente, más que a opciones y mecanismos controlables. Lo que quiero decir es que la transformación que estos movimientos sugieren es hoy comandada por un poder destructivo de la democracia.

Con la crisis y el debilitamiento del poder norteamericano –que había determinado cierto equilibrio global, al menos en el campo de su dominio– estos procesos se aceleraron, desparramando el caos por todas partes. El nuevo fascismo se instala dentro de este caos. Armándose del proyecto neoliberal para dominarlo, ¿hallará las condiciones para un desarrollo durable? Es muy difícil. En estas condiciones, el neoliberalismo se encuentra en una situación desesperada, si es que pretende restablecer el equilibrio. Habiendo dislocado o rechazado el viejo equilibrio constitucional democrático, ahora está expuesto al vacío. Necesita algo nuevo para responder a las nuevas dificultades, y sólo lo encuentra bajo la forma de autoritarismo, de renovado fascismo… Para sobrevivir a este salto al vacío, tiene que recurrir a instrumentos mediáticos e ideológicos, tiene que difamar y destruir a las fuerzas que lo han confrontado (a veces tímidamente, o incluso anticipando sus direcciones destructivas – esta crisis es prolongada y profunda, y las responsabilidades aún deben ser definidas). Esas fuerzas eran socialdemócratas, keynesianas. Pero los neoliberales que constituyen la nueva fórmula de gobierno fascistizante en Brasil las llaman comunistas y bolivarianas, propagadoras del caos. En Estados Unidos, son los tontos citadinos que subvierten la identidad nacional. Así, este fascismo fundado en el vacío ideológico se cualifica como falsificador de la memoria y restaurador reaccionario de identidades pasadas. Si se trata de un pasado esclavista, como en Estados Unidos, es preocupante; si se trata de un presente esclavista, como en Brasil, es más grave aún.

 

5. No hay que tener miedo

Mis amigos brasileños se preguntan cómo fue posible la victoria de Bolsonaro, por qué sus conciudadanos lo votaron tan masivamente. La respuesta es simple: ellos no votaron por el fascismo, sino más bien por el fin de la corrupción y de la inseguridad, en una coyuntura crítica para su vida que, en realidad, una parte de la población le imputaba al PT. No es difícil pensar que la motivación racista y la defensa de la familia (ver la absurda polémica sobre la cuestión de género) conformaron el coágulo fascista de ese malestar. Es una profecía fácil decir que, como ya señalamos, Bolsonaro no logrará instituir su gobierno como régimen. Al obstáculo mencionado relativo a la conjugación de fascismo y liberalismo, se agrega una dificultad interna específica: frente a los impedimentos tácticos creados por la dispersión de votos en el Congreso, estarán obligados a seguir comprando la mayoría parlamentaria evangélica o de otros mercenarios; el precio a pagar a los ruralistas por el apoyo electoral, por el sostén del gobierno, y en la negociación de los límites ecológicos a la expansión de sus intereses, será aún más alto; las propuestas extremas de privatización del patrimonio público encontrarán la hostilidad del ejército en nombre de la nación, etc. No le va a resultar fácil avanzar. E incluso la consolidación de esta victoria va a ser difícil, muy difícil: chocará contradictoriamente con las mismas constantes de la economía brasileña (abierta a los mercados internacionales de alimentos y energía, cerrada sobre límites ecológicos de enorme importancia, empujada por una fuerte dinámica productiva debido a la amplitud del mercado laboral). Estamos –según parece– en un margen en el cual las promesas de la victoria de Bolsonaro colisionan con las intenciones de sus partidarios neoliberales. ¿Cómo podrán equilibrarse? No estamos en los años ’30, cuando el fascismo se organizaba en torno a una planificación que favorecía a la gran industria (de guerra) y al gran capital bancario – pero con un excedente, que representaba inmediatos beneficios sociales para el proletariado.

Lo que nos hace temblar, luego de la victoria de Bolsonaro, es prever los desastres que este gobierno va a producir de todos modos, puesto que es incapaz de desarrollar otro proyecto político que no sea una razzia contra los pobres, los negros y, de manera general, un programa antisocial (como lo muestra su propuesta ultraliberal). Militarista, homofóbico, machista, guiado por el odio hacia una población mayoritariamente negra (estamos muy lejos del 54% de blancos del censo del 2000), Bolsonaro se verá expuesto al empuje demográfico no-blanco, que no para de crecer. El desastre que se avecina es enorme, y sus consecuencias serán prolongadas.

¿Qué hacer, entonces? Hay que parar de llorar, hay que poner manos a la obra, confortándose con la conciencia de que el cuadro fascista aún es débil. ¿En qué sentido, con qué espíritu hay que comenzar a trabajar? Las provocaciones ya son numerosas, y en el futuro se multiplicarán. En las universidades aparecen escuadrones y grupos de derecha que arman listas de comunistas, los programas escolares comenzaron a llenarse de invocaciones a un pasado esclavista, etc. No hay que tener miedo. No tener miedo deviene el elemento central para la construcción de una resistencia.

El fascismo se apoya en el miedo. Aquí despierta y cultiva el miedo del negro y del comunista. Pero esta dupla es símbolo de la vida, y su lucha es señal de liberación. Los partidos de izquierda, comenzando por el irrecuperable PT, están en crisis. Es en la relación y en la recomposición política de los negros y los comunistas puede construirse una izquierda radicalmente antifascista. Este pasaje es fundamental. No hay antifascismo en Brasil sin una recomposición política de los comunistas blancos y de la población negra. Es innecesario agregar que la chispa de esa recomposición, hoy, son los movimientos feministas. Son movimientos mayoritarios, y la mayoría no tiene miedo.

 

 

1 comentario
  1. paikali dice

    vivo en brasil desde hace 30 años concuerdo plenamente en este analisi.
    sera duro pero sera necesesario.
    gracias por tu aanalisis

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