UN HOMBRE RECTO EN UN JUEGO TORCIDO

¿Puede ser que haya una conexión entre Malcolm X y la realidad argentina del siglo XXI?

 

Vi Malcolm X por primera vez hace casi treinta años. Estaba trabajando en Nueva York y decidí meterme en un cine de Harlem. ¿Qué mejor lugar para disfrutar del film que Spike Lee dedicó al más controvertido líder negro de los ’60: el yin al yang que representaba Martin Luther King, desde que este abogaba por la resistencia pacífica mientras que Malcolm instaba a defenderse de la violencia de los blancos by any means neccessary, o sea: por cualquier medio que hiciese falta? La película me encantó —era el único que no tenía piel negra en el cine: marrón y gracias, nunca me sentí más pálido—, porque la historia de Malcolm es increíble y porque Spike Lee estuvo a la altura del desafío. (Puede que Haz lo correcto sea mejor película, pero Malcolm X sigue siendo su film más trascendente.) Y sin embargo, me sacudió más en estos días, cuando volví a verla. El arranque es, literalmente, incendiario.

Lo primero que se ve es la bandera de los Estados Unidos. Después se oye a Malcolm (interpretado por Denzel Washington), lanzando uno de sus legendarios discursos:

Estoy acá para decirles que yo acuso al hombre blanco

Acuso al hombre blanco de ser el más grande asesino sobre la Tierra

Acuso al hombre blanco de ser el más grande secuestrador sobre la Tierra.

 

Malcolm X.

 

La bandera deja lugar a imágenes documentales en blanco y negro. Puede que el espectador actual no reconozca la escena a simple vista, pero en 1992 esas imágenes eran inconfundibles: la prueba de la paliza que una piara de canas le había aplicado al desarmado —y negro, por supuesto— Rodney King, en marzo del ’91. El tipo había recibido una descarga de 50.000 voltios y le habían pegado más de cincuenta bastonazos mientras seguía tirado en el piso. Poco más de un año después del incidente —o sea, siete meses antes del estreno de Malcolm X—, los policías acusados de usar fuerza excesiva fueron declarados inocentes y la ciudad de Los Ángeles estalló en un motín, durante el cual murieron 63 personas y resultaron heridas 2.400. De repente, las palabras que Malcolm había pronunciado a comienzos de los ’60 sortean el abismo del tiempo a través del puente del cine y ya no hablan de algo que había ocurrido, sino de algo que sigue ocurriendo. Y mientras en la pantalla estos hijos de puta muelen a palos a Rodney King, Malcolm lo explica todo:

No hay un solo lugar del mundo al que el hombre blanco pueda ir

y decir que ha creado paz y armonía.

Dondequiera que ha ido creó caos

Dondequiera que ha ido creó destrucción.

Así que lo acuso de ser el más grande ladrón y esclavista sobre la Tierra.

Él no puede negar los cargos

Porque nosotros somos la prueba viviente de la acusación.

Vos no sos un americano

Sos una víctima de América.

Nadie te dio a elegir la posibilidad de venir acá. Nadie te dijo:

‘Hombre de color, mujer de color, vení y ayudame a construir América’.

Te dijeron: ‘Negro, subí al bote. Voy a secuestrarte para que me ayudes a construir América’.

Nacer acá no te convierte en americano.

Vos sos uno de los 22 millones de negros que somos víctimas de América.

Vos y yo nunca vimos democracia

Todo lo que vimos fue hipocresía.

Nosotros no vemos el Sueño Americano

Todo lo que experimentamos es la Pesadilla Americana.

A continuación la bandera de los Estados Unidos se prende fuego en la pantalla. Y no queda de ella sino la parte de la tela que recubre la X de Malcolm, esa letra —el símbolo de la incógnita— que Malcolm adoptó como apellido, ante la imposibilidad de conocer el de sus verdaderos ancestros.

 

 

 

 

Difícil concebir un comienzo más osado. O al menos así lo entiendo hoy, con casi treinta años más de experiencia en este mundo — y particularmente, en este país. Porque lo primero que me dispara la superposición de las imágenes de la violencia sobre Rodney King con la arenga flamígera de Malcolm es esta duda: si le cambiásemos unas palabras aquí y allá, ¿no aplicaría el mismo discurso como descripción del drama de los habitantes originales de América toda y del pueblo que desciende de ellos, los millones que mestizamos con su sangre? Esa pintura del sistema de opresión establecido por el hombre blanco, ¿no sirve también para contar la historia del pueblo argentino hasta estos días?

Aunque más no sea por obediencia al principio físico de la inercia, toda sociedad arrastra relatos que la vertebran políticamente aún cuando sus principios hayan prescrito, o se hayan probado fraudulentos. Parte de la notoriedad que Malcolm X adquirió se debe al hecho de que ningún hombre de color —y mucho menos uno tan elegante, educado y atractivo como él— se había animado a decir cosas semejantes. Sé que el símil le disgustaría, pero lo diré de todos modos porque es gráfico: funcionó como Toto, el perrito de Dorothy, cuando corrió la cortina y reveló que el Mago de Oz no era tal, sino un farsante cuyo poder dependía de un sistema de simulaciones. Lo que Malcolm hizo, en esencia, fue desgranar una serie de conceptos muy simples, pero que nunca antes habían sido verbalizados. Fue como si arrojase un ladrillo simbólico al escaparate de la megatienda blanca y le permitiese a millones ver la verdad de su situación por vez primera, de modo de tornar imposible una vuelta atrás.

Esto es lo que Malcolm explicó, desde su púlpito de ministro musulmán, la primera plana de los diarios y los programas de TV del prime time. Que los Estados Unidos no son una democracia real sino un sistema social rígido, donde los privilegios son exclusivos de la mayoría blanca. Que la minoría negra —así como la descendiente de los pueblos originarios— es explotada y carece de derechos de los que sólo gozan los blancos. Y que en tanto explotados, estos ciudadanos de segunda tienen derecho a defenderse de la violencia que es lo único que derrama desde lo alto de la pirámide: violencia simbólica, cultural, política, económica — y por supuesto, también física.

 

 

Malcolm X (Denzel Washington) le hace frente a los hombres de azul.

 

No se puede traspolar mecánicamente la experiencia de las minorías negra y originaria de los Estados Unidos a Latinoamérica, eso es evidente. Las diferencias son muchas. En primer lugar la población marrón, descendiente de los pueblos originarios, no es minoría sino mayoría en toda Latinoamérica. Segundo, el proceso de mestizaje ha sido más intenso aquí al sur: la distancia entre los campos raciales/sociales es menos nítida que en los Estados Unidos, matizada por infinitas gradaciones en los tonos de la piel. Pero me pregunto si esta dilución en términos de colores no contribuyó a aguar posturas políticas, persuadiéndonos de estar en condiciones de llevar adelante una democracia al estilo Primer Mundo, cuando —muy lejos de vivir en un país donde todos los ciudadanos gozamos de iguales derechos— estábamos a años luz de solucionar conflictos raciales/sociales que siguen en la raíz de nuestra identidad.

El cuento de la Argentina como crisol de razas, un caldero donde todo se habría fundido para obtener una materia común (sospechosamente manijeado por los sectores más conservadores, hay que recordarlo), no fue sino un barniz para disimular las imperfecciones de la madera original, y que no se notase tanto que este país casi nunca deja de ser manejado por aquellos que se creen sus dueños. Por eso necesitamos voces que sacudan el árbol como Malcolm lo hizo en su momento y describan brutalmente cuán lejos estamos de la democracia en la que pretendemos estar viviendo, mientras se nos sigue tratando en la práctica como ciudadanos de cuarta, indignos de un aire acondicionado y de un celular — y hasta de una vacuna.

 

 

 

 

 

 

 

Ovejas entre lobos

La historia de Malcolm, cuyo apellido legal era Little, es un compendio de la trayectoria de la minoría negra en los Estados Unidos. Su madre nació a consecuencia de la violación de un blanco, razón por la cual su piel era más clara. Su padre era un militante, líder de una organización llamada Universal Negro Improvement Association en Omaha, Nebraska. La persecución del Ku-Klux-Klan obligó a los Little a mudarse de ciudad. Cuando Malcolm tenía seis, su padre murió en una circunstancia sospechosa: estaba tendido sobre las vías del tranvía que le pasó por encima. Poco después su madre sufrió un colapso nervioso y fue hospitalizada. Los servicios sociales separaron a los niños y los mandaron a hogares sustitutos.

Malcolm quería ser abogado —era un estudiante sobresaliente—, pero uno de sus profesores blancos le dijo que como era negro no tenía futuro y que le convenía dedicarse a la carpintería. Lejos de ello, Malcolm se convirtió en un delincuente. Trabajó para un pequeño hampón, fue chulo, drogadicto y ladrón y por supuesto, terminó preso. Fue en la cárcel donde un compañero lo inició en la fe musulmana y en la tarea social que venía haciendo Elijah Muhammad a través de una orga llamada Nación del Islam. Este hombre reclutaba pibes perdidos, usando las cárceles desbordantes de negros como cantera. Dar con Malcolm fue un golpe de fortuna, porque la mayoría de los reclutas de Elijah Muhammad no tenía la inteligencia, la formación, el talento oratorio ni el coraje de este muchacho. Que tardó nada en ascender en la estructura y llegar a segundo de don Elijah — un número dos infinitamente más presentable, elocuente y ambicioso que el número uno.

 

 

Malcolm Little, el delincuente.

 

 

Recurro otra vez al mecanismo que propuse. Si cambiásemos nombres, fechas y lugares, ¿no se parece el periplo de Malcolm a aquel de tantos pibes del Conurbano de hoy, con Marcos Paz reemplazando a las cárceles de Charlestown y Norfolk y con los evangelistas tomando la posta de los musulmanes? ¿Cuánto diferencia a Malcolm X de, por poner un ejemplo, el poeta y cineasta César González, más allá de las vocaciones contrapuestas? ¿No se desprendieron ambos del mismo tipo de papel cazamoscas que condena a generación tras generación de pibes pobres a la frustración constante y la condena social, por mera portación de piel?

Las situaciones se repiten y perpetúan en el tiempo, más allá de sus variantes, porque el sistema es el mismo: el capitalismo desaforado, que opera sin control legal, político ni social y considera que la condición de su progreso es la explotación de las infraclases. Acá no queda otra que acordar con Malcolm. En el seno de esa burbuja cultural que aún llamamos Occidente, las clases dominantes tienden a ser blancas y las sometidas tienden a ser negras, rojas, marrones… Y aun así uno supone que podría existir un capitalismo menos salvaje. De hecho China es hoy capitalista, aunque la dirección de sus negocios obedece a un interés político superior. (Lo del precio a pagar para que la visión política dirija la economía queda para otra conversación.) Pero en América da la sensación de que decir capitalismo desaforado sería redundante, porque la pulsión viral de nuestros multimillonarios, esa tendencia a devorar hasta destruir al organismo que los alberga, parece inherente al sistema.

 

 

Elijah Muhammad y su discípulo, Malcolm X

 

 

¿Se puede reformar al capitalismo desde adentro? Malcolm criticaba públicamente a Luther King, porque consideraba ingenua la pretensión de mejorar la situación de la minoría negra portándose como un chico bueno. Los avances de las últimas décadas en materia de derechos parecen cosméticos. La sociedad de los Estados Unidos sólo concede visa al éxito a aquellos negros que destacan en áreas que para los blancos son más esquivas: el deporte, la música, las artes visuales, el sentido del estilo. Pero en las calles, la realidad no varió mucho. Un estudio de 2015 estableció que un ciudadano negro tenía dos veces y media más posibilidades de ser muerto por un policía que un blanco. Si a Spike Lee se le ocurriese reestrenar Malcolm X el año que viene, cuando cumpla tres décadas, debería reemplazar las imágenes de la paliza a Rodney King por las más recientes del asesinato de George Floyd bajo la rodilla del policía Derek Chauvin. Todo el año 2020 estuvo atravesado por las protestas organizadas en torno al movimiento Black Lives Matter. No hay persona de esa minoría —hombres y mujeres sin distinción, pregúntenle si no a Breonna Taylor— que no repase mentalmente cada día qué hacer, o más bien qué no hacer, si resulta interceptada por un policía. Un gesto equívoco puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.

 

Martin Luther King y Malcolm X, durante su único encuentro.

 

¿No le pasaría lo mismo a cualquier morochito de acá, si lo abordase un patrullero de noche? Difícil que esta situación cambie, cuando la fuerza política que expresa las apetencias del poder ni siquiera disimula que para ella la justicia social es un disvalor; acaba de pedir sin sonrojarse que se privaticen las vacunas, lo cual equivale a privatizar el derecho a la salud. Con descaro, te dicen que la vida debería ser propiedad exclusiva de aquelles en condiciones de pagar por ella. ¿Se puede enfrentar a gente como esta con tácticas de Luther King? Es lo que venimos intentando desde hace años. Pero es difícil, porque la desproporción en materia de poder, y en particular de poder de difusión, es atroz; y la posibilidad de encontrar un área de entendimiento con gente cuyo ideal es antidemocrático —eso significa la prédica en favor de la exclusión y el privilegio respaldados por la represión—, es ilusoria. Si Luther King se enfrentase con medios y trolls como los nuestros viviría denunciado por los Gualdo Guolfs y los Yamil Tantontos por ocupación de espacio público durante una marcha, buchoneado por infiel en los programas de las Vivianas Casposas y bulleado por cagón en las redes.

La ruleta de este sistema está amañada. Mientras nos prestemos a su juego, siempre ganará la casa. ¿Qué perspectiva de éxito tenés, cuando estás empeñado en una partida contra un fullero profesional? Pero ojo, que no estoy proponiendo jugar sucio. Eso y pasarte al otro bando sería lo mismo. Otro estudio, este del año 2018, publicado por la Public Administration Review, dice que en efecto los ciudadanos de las minorías son asesinados desproporcionadamente por la policía en los Estados Unidos, pero que esos crímenes no son responsabilidad exclusiva de los policías blancos: una vez que se puso el uniforme, un policía negro se vuelve más policía que negro y puede matar a un brother con tanta frecuencia como un oficial carapálida. Una realidad que nosotros tenemos clara sin necesidad de estudios administrativos, porque nos consta que los polis que matan a nuestros negritos salen de los mismos barrios que el punguerío.

 

 

«Siete negros desarmados fusilados a sangre fría por la policía de Los Ángeles»: ¿noticias de ayer?

 

 

No digo de jugar sucio, pero sí de jugar fuerte. Porque se nos va la vida en la pulseada con un adversario político que tiene todos los recursos y ningún prurito. Gente que no sabe de fair play, y que si le cedés medio tranco pondría al pueblo entero a decir lo último que dijeron Eric Garner y George Floyd antes de morir: I can’t breathe, no puedo respirar. ¿Cómo se respira desde la miseria abyecta a la que nos reducirían si se lo permitimos? Por eso conviene pensar sobre los destinos de Luther King y de Malcolm X, que proponían métodos antitéticos y sin embargo terminaron del mismo modo: ambos fusilados. Detrás de ambos crímenes asoma la larga sombra de los organismos de seguridad de los Estados Unidos —hay un documental en Netflix que vale la pena, se llama Who Killed Malcolm X?—, y por eso el mensaje no deja lugar a dudas. A esta gente no le importa que los enfrentes por las buenas o que plantes bandera, poniéndote bravo. Lo que no quiere es que te opongas de ningún modo.

 

Los últimos segundos de vida de George Floyd.

 

 

Por eso tengo presente el consejo del tipo este de Nazaret, quien según Malcolm no era rubio y de ojos claros como en las estampitas sino negro; aquel que en Mateo 10, versículo 16 aclara que nos envió al mundo «como ovejas en medio de lobos».

Jesús recomendaba ser sencillos como palomas, pero astutos como serpientes.

 

 

 

 

 

 

Y… ¿dónde está el poder?

¿Soy yo, o necesitamos corregir nuestra visión para ajustarla a la realidad? Digo, porque a menudo discutimos como si fuésemos Suiza y existiese un proyecto de país consensuado al que todas las fuerzas respetan y aportan, cuando lidiamos contra factores antidemocráticos de poder con representación política, mientras la Argentina se parece más a la de Soweto en los ’60 que a la Berna de nuestros deseos. Exagero para fijar imágenes, como dice un amigo, pero no demasiado. La canasta básica aumentó casi un 40% durante el último año, y todos sabemos que a ningún laburante raso le aumentaron su sueldo en esa proporción. Una familia tipo necesita 60 lucas para no ser pobre y todos sabemos que para un toco de gente esa cifra es de ciencia-ficción. La medición del INDEC del primer semestre de 2020 dice que el 41% de la población es pobre, y todos sabemos que un año de pandemia llevó la cosa a un punto peor.

El 50% de nuestros pibes es pobre y el 10% vive en la indigencia. Esas no son cifras de país democrático. Son cifras de país colonial, elitista, atrasado, con futuro cantado de sumisión y enfermedad con un twist de violencia. Durante un par de días nos angustió el paradero de esta nena Maia, ¡pero la mitad de nuestros pibes y pibas están expuestos a los mismos males que ella: desnutrición, enfermedad, ignorancia, cero perspectivas de prosperar, indefensión ante todo tipo de violencias! Ya podríamos ir ordenándolos con vista al mañana en dos grandes grupos: los que se harán canas y los que se convertirán en blancos potenciales de la represión política/policial.

Esto no ocurre en el vacío, sino en el marco de un proceso mundial de crecimiento de fuerzas que proponen políticas racistas, de puro darwinismo social, aún dentro de sistemas democráticos organizados a partir del voto. Pero la mayoría de los países que miramos cuando prestamos atención a esos procesos —Francia, España, Estados Unidos— tienen un nivel de vida muy superior al nuestro; y si algún día, por obra de esas políticas, descendiesen a nuestro nivel, es de presumir que sus ciudades arderían más temprano que tarde. (En 2019, los chalecos amarillos pusieron Francia de cabeza por un alza en los combustibles. Si viviesen en la Argentina, tendrían que poner el país en trance pre-revolucionario todos los meses.) Nosotros ya estamos en el fondo del pozo, entre otras razones gracias al Fondo; y sin embargo, seguimos discutiendo a partir de premisas erróneas y haciendo política como si fuésemos noruegos.

 

 

Muhammad Ali y su amigo Malcolm X, al que terminó traicionando para después arrepentirse.

 

 

Necesitamos de muchas voces como la de Malcolm X, que arrojen ladrillos imaginarios al escaparate de nuestra presunción y nos muestren la cosa tal como es, tal como está.

Cristina viene haciéndolo desde hace años, pero buena parte de lo que dice no cala como debería —en el bando adversario por razones obvias pero también en el nuestro, donde se la admira o recela más de lo que se la piensa— porque, bueno: es Cristina. Y sin embargo se la pasa diciendo cosas que deberían recalibrar nuestra perspectiva y, en consecuencia, redefinir nuestras acciones.

Doy un ejemplo, nomás: cuando, charlando con la Negra Vernaci, dijo que un Presidente o Presidenta de la Argentina apenas tiene un veinticinco por ciento del poder real en el país, y gracias. Esto rebotó en los medios en su momento (octubre de 2017), pero ahí quedó, o al menos no recuerdo que mucha gente haya tirado de ese hilo para ver dónde conducía. Lo que yo pienso cuando mastico esa idea es, primero, que dado que la oposición al campo popular —tanto en las dictaduras como en los gobiernos electos que practicaron políticas antipopulares, regresivas— forma parte del poder real, cuando gobernó puso ese 25% al servicio del restante 75%. Y segundo, que los únicos momentos en que las mayorías tuvieron gobernantes que velaron por sus intereses como pudieron, porque contaban con una magra cuota de poder real, fueron aquellos en que la presidencia estuvo a cargo de peronistas que trabajaron de peronistas. Lo cual desmiente la Mentira Macrista No. 2.459.649 referida a los «70 años de peronismo» y nos larga duros con los 10 años del General y los 12 del kirchnerismo, con posibilidad de incorporar el primer tramo del gobierno de Alfonsín.

 

Malcolm X, después del atentado que incendió su casa y puso en riesgo la vida de su familia.

 

 

Pero lo que importa acá no es la etiqueta política como el hecho de que en setenta y pico de años pudo defenderse la voluntad del pueblo durante veintidós y monedas, y con un poder de maniobra limitado. Lo cual desmiente la definición de la Argentina como país soberano de gobierno republicano, democrático, representativo y federal. La mayor parte del tiempo somos un país sometido a los caprichos del poder real, oligárquico, poco o nada representativo y asquerosamente unitario. Lo cual debería reconfigurar el lugar desde el que hablamos y por ende nuestro discurso. Cuando lidiamos con una oposición cuyo anhelo es la aniquilación del movimiento político más popular del último siglo, no podemos seguir hablando como partido político que forma parte de un juego consolidado donde todos respetamos las mismas reglas. Más bien hay que retroceder casilleros y volver a dar batalla desde el lugar del movimiento político-social que sigue luchando por ser aceptado, y de una vez por todas respetado, por el establishment político; un lugar más parecido a aquel desde el que bregaba y todavía brega la minoría negra en los Estados Unidos… ¡aún cuando nosotros seamos, por condición social antes que política, abrumadora mayoría!

 

 

 

El país de los simios

Malcolm X está basada en el libro autobiográfico que escribió junto a un señor llamado Alex Haley. Once años más tarde, Haley cambió de registro y publicó una novela que, una vez convertida en miniserie, sacudió la conciencia de la minoría negra. Se llamaba Raíces y era la saga de una familia que iniciaba en África, con el secuestro del jovencito Kunta Kinte para ser vendido como esclavo en los Estados Unidos. Durante algún tiempo Malcolm sostuvo la idea de Elijah Muhammad de que la solución al problema era que todos los negros de América regresasen a su hogar ancestral, al África. Pero el pensamiento de Malcolm evolucionó. Parte del atractivo de la autobiografía y del film es que no disimulan sus marchas y contramarchas ni tapan sus despistes.

 

 

Malcolm X durante el viaje que lo llevó a La Meca.

 

Después de peregrinar a La Meca, Malcolm viró a un pensamiento universalista. Ya no volvió a decir que los blancos eran el diablo, sino que la visión de «blancos de ojos azules y africanos de piel negra» interactuando como hermanos le llevó a pensar que el Islam podía ser instrumental a una instancia superadora. En 1964 dijo en un discurso que la opción era the ballot or the bullet, el voto o la bala, instando a la minoría negra a ir a las urnas —esto sigue siendo un problema aún hoy, la forma en que esa comunidad se desentiende de un proceso democrático en el cual, por razones atendibles, no termina de creer— porque si no votaban, y votaban bien, el destino inescapable seguiría siendo la represión. Durante esos años de actuación pública Malcolm no hizo guita, ni siquiera su casa era suya. Terminó perdiéndola días antes de morir, cuando le lanzaron bombas incendiarias mientras su mujer y sus cuatro hijas dormían. Definitivamente era, como dice el documental sobre su asesinato, a straight man in a crooked game: un hombre recto en medio de un juego torcido, o sucio.

Difícil saber a qué alturas habría llegado el pensamiento de Malcolm, dado que lo acribillaron a los 39 años. No sé qué les pasó a ustedes, pero a esa edad mi pensamiento era una masa de gas, algo inconsistente. Por eso sé que recalcular no es un problema sino un derecho; porque de la claridad de la visión depende la precisión de las respuestas. Hoy protestamos desde una posición inusual, incómoda: la de una fuerza que ganó las elecciones en primera vuelta, por generosa diferencia, y sin embargo no cuenta con los resortes de poder de los que debería disponer.

 

El cuerpo de Malcolm X es retirado del Audobon Ballroom, donde lo fusilaron durante un acto.

 

 

La cabeza de uno de los tres Poderes del Estado —el Poder Judicial— responde a intereses sectoriales, corporativos, en vez de a la ley; y no hay trípode que se mantenga erguido si le falta una pata. Esto nos coloca en la rara situación de defender la acción de un gobierno y a la vez presionar en actitud de resistencia, lo cual suena absurdo pero no puede ser más real. Votamos a la fuerza política que está en la Rosada pero militamos como si siguiésemos en el llano, porque nos faltan herramientas que la oposición comprometió —endeudándonos, fugando guita a lo pavo, creando un Poder Judicial que opera contra la voluntad popular—, lo cual impide al Frente de Todos terminar de asumir el rol que se le otorgó cuando ganó las elecciones. Nos dieron las llaves de la casa, sí, pero la encontramos llena de squatters que bloquean el rincón donde están la caldera y el tablero de la luz. La situación se parece a la de los primeros años de Alfonsín, cuando el peso de la institución presidencial era tenue y los poderosos que sostuvieron la dictadura lamían sus heridas, pero aun así seguían metiendo mano en el tablero: ganamos las elecciones, pero todavía estamos lejos de ganar el poder. Somos gobierno e insurrección a la vez.

Por eso hay que apurarse a denunciar los comportamientos antidemocráticos como tales —por ejemplo la privatización de las vacunas, tanto en la práctica de Horacio Noolvides Larrenta como en la propuesta mercantilista de Pato Bullshit—, desde que tratan de enajenar un bien que debe estar al alcance de todos los argentinos; y movilizar a las fuerzas partidarias y sociales que sí son democráticas, para aislar esa cosmovisión antes de que termine de naturalizarse.

 

 

Seguir creyendo que ciertos hechos tienen una lectura unívoca es ingenuo. Nosotros vemos las imágenes de la policía montada persiguiendo niños en Jujuy y pensamos qué horror, pero hay un sector minoritario que al contemplar lo mismo aplaude y piensa: ¡qué bien! Nosotros sufrimos por Maia cuando estaba perdida y nos preocupa qué será de ella, pero hay un sector minoritario que se caga en todos y todas las Maias y considera que el Estado no debe gastar un peso en su suerte. Nosotros nos arrancamos los pelos cuando Larrenta cierra un hospital del PAMI en plena pandemia, pero hay un sector minoritario que combate todo lo que huela a justicia social.

Cuando Pierre Boulle escribió El planeta de los simios no previó que en un recodo de Latinoamérica la historia sería recibida como un relato realista. La fábula de los monos que consideran a los humanos como una especie inferior es el pan de cada día entre nosotros. Nada les gustaría más que encadenarnos, someternos a tarea forzada y encarcelarnos. Por eso hay que flexionar nuestra musculatura de movimiento, apelar a la Constitución que establece la igualdad de derechos y empujar a los portadores del gen elitista y autoritario a los márgenes del sistema. No puede existir nadie que exprese esa ideología en el seno de los partidos. Cuando la totalidad de las fuerzas y dirigentes políticos reafirme su respeto a nuestra ley mayor, que compele al Estado a velar por el bien de todos y no de unos pocos; cuando se meta en caja a una casta empresarial que no sobreviviría en otro país porque no se le permitirían las prácticas rapaces que son su único know how; recién entonces se podrá encarar la discusión del proyecto de país a ser desarrollado, gobierne quien gobierne.

La distancia que nos separa del país soberano, republicano, democrático, representativo y federal de las definiciones es la misma que nos separa de la utopía. Cuanto antes lo tengamos claro más rápido nos pondremos en movimiento, marchando sobre la línea recta que urge recorrer para acabar con el país torcido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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