Un intérprete del peronismo

Hugo del Carril: tango, cine y compromiso político

 

En el año 2018 el Museo Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) proyectó la filmografía completa, en su inicial condición de actor y posteriormente como director, de Hugo del Carril. Se exhibía por primera vez públicamente y en formato fílmico curada por el experto Fernando Martín Peña. Las funciones inspiraron a la periodista e investigadora en temas cinematográficos Daniela Kozak y a la doctora en Historia Florencia Calzón Flores. Ellas entendieron que, sobre esa obra, extensa y singular, quedaba mucho celuloide por revelar. Con sus aportes y los de otros cinco especialistas publicaron el libro Más allá de la estrella, nuevas miradas sobre Hugo del Carril (en adelante, HdC).

En su excelente prólogo, la curadora del Museo del Cine porteño Paula Félix-Didier afirma: “Escribir sobre cine también sirve para prolongar la vida de las películas”. Sobre este concepto irrefutable, esta amplia y profunda revisión de la trayectoria artística, cultural y política de HdC (llegado al mundo como Piero Bruno Hugo Fontana Bertani) es otra jubilosa forma de reconocerlo y recordarlo. Iniciado como cantor de tangos, llegó a destacarse en la joven radio de los años ’30, primero como speaker y más adelante como presentador de orquestas típicas. Después de la muerte de Carlos Gardel varios estudios de cine y discográficas de primera línea vieron en su figura y en sus condiciones al natural sucesor del ídolo fallecido en Medellín. Entre su primera aparición en la pantalla en Los muchachos de antes no usaban gomina, en 1937, y El canto cuenta su historia, estrenada en 1976, participó en 46 películas. En La cabalgata del circo, de 1945, compartió elenco con Eva Duarte y Libertad Lamarque y no son pocos los que aseveran que le tocó suavizar serias rispideces entre ambas. Como director se inició en 1949 con Historia del 900 y desde entonces hasta Yo maté a Facundo, de 1975, realizó 15 películas. Fue productor de 12 de ellas y participó en dos como guionista. Al iniciarse como director HdC inaugura una etapa caracterizada “por el carácter popular de su persona pública y por una estrecha vinculación con el imaginario peronista contemporáneo”.

Lo dirigieron Alberto de Zavalía, Luis Moglia Barth, Luis Bayón Herrera, Luis César Amadori y en varias ocasiones Manuel Romero. De ellos aprendió los rudimentos del oficio de director. En cuanto a su condición de actor, algunos críticos sostuvieron que “denotaba cierta frialdad, pero cuando cantaba ya era otro”. Todos coincidieron en resaltar “su aspecto varonil y su elegancia” y afirmaron que “encarnaba la masculinidad doliente del melodrama y representaba al héroe romántico que sufría por amor”.

“Galán de soberbia estampa, cantante extraordinario, hombre de una integridad excepcional”, lo perfila Paula Félix-Didier. Daniela Kozak apunta que en los tiempos de su debut como director Hugo ya era una estrella cinematográfica consagrada. Y agrega: “Desarrolló gran parte de su carrera como realizador en un período que coincidió con el fin del cine clásico-industrial y la transición hacia el cine moderno”. Su co-editora, Florencia Calzón Flores, admite que la muerte de Gardel agigantó la exposición y repercusión de HdC. “Galán cantor en la pantalla… recio, discreto, criollo… fue durante años el más popular y uno de los mejores pagos». Julia Kratje se ocupa en el libro de recorrer la filmografía, pero enfatizando el tratamiento de los personajes femeninos. Señala películas como El negro que tenía el alma blanca, La Quintrala, Más allá del olvido, Culpable, Amorina, La calesita y La sentencia, en las que es posible observar el despliegue de actrices como Ana María Lynch, Laura Hidalgo, Tita Merello, Fanny Navarro y Virginia Lago. Señala que en esas películas “proliferan los romances y las decepciones, los juegos de seducción y los desencantos amorosos, los crímenes aberrantes y las pasiones incontrolables”.

 

 

 

 

 

 

Por su lado, Fernando Martín Peña menciona y elogia su “independencia artística, su amplitud temática y su coherencia ideológica”. Una trinidad de virtudes que, según Peña, generó “una obra solo comparable a las de Leopoldo Torre Nilsson y Leonardo Favio “. Un efecto colateral de la Segunda Guerra Mundial fue la escasez de insumos industriales básicos. Esas carencias paralizaron al cine mundial a partir de las dificultades de conseguir celuloide virgen. En esos años, México, con el guiño de los Estados Unidos pasó a ser un faro de la realización y producción de cine hispanoparlante. Una publicación especializada tituló: “México, capital del cine en español”. En esas circunstancias HdC fue uno de los muchos intérpretes argentinos que emigraron hacia el Distrito Federal mexicano. De ese periplo trata el texto de Alejandro Kelly Hopfenblatt. “A comienzos de la década del ‘40 Del Carril era una de las principales figuras del entretenimiento argentino, con proyección regional”. En México y para la compañía Films Mundiales, el galán cantor protagonizó entre 1946 y 1947 tres películas: El socio, La noche y tú y A media luz. “Al retornar a la Argentina –dice Kelly– volvió a los personajes y universos del tango, de antes de su partida”. Varias películas de HdC –en especial las producidas por el sello Lumiton y dirigidas por Manuel Romero– llegaron a la España atenazada y atemorizada por la cruenta guerra civil. De esta etapa, que incluye el inicio del franquismo en el poder, se explaya en el libro Emeterio Diez Puertas. Allí narra las enormes dificultades que estas películas tuvieron con la censura. La vida es un tango eludió la tijera estatal pero tropezó con las decisiones de la Iglesia. Madreselva (dirigida por Luis César Amadori, con HdC como cabeza de elenco) sufrió la amputación de varias escenas en donde había unos cándidos besos. Mucho más adelante la férrea censura franquista prohibió la exhibición de su película-emblema Las aguas bajan turbias (estrenada allí con el nombre de El infierno verde) alegando que “alentaba la lucha de clases y mostraba la miseria de sectores desfavorecidos”. Los productores solicitaron reconsideración, pero los veedores insistieron en sus severas objeciones: “Brutal, inmoral, inaceptable, extemporánea”, dictaron. Recién pudo verse en 1954, como una transacción para que una delegación española participara en el primer festival de cine de Mar del Plata. Pero las restricciones españolas parecen poco frente a los inconvenientes que, en los años siguientes, durante el peronismo y después del derrocamiento de Perón sufrió en su propio país.

 

Las aguas bajan turbias fue su película-emblema.

 

 

 

Apoldología

En 1949 HdC prestó su voz para una canción partidaria que el tiempo transformaría en símbolo y en himno. Grabó con una orquesta dirigida por el maestro Domingo Marafiotti la encendida letra ideada por Oscar Ivanissevich. La marcha de Los muchachos peronistas atronó por primera vez en la Plaza de Mayo, entonada por más de 100.000 voces el Día de la Lealtad de 1949. Antes HdC había grabado otros dos temas de índole política. En 1948, Canto al trabajo, que se convertiría en representación musical de la CGT y también la marcha del sindicato de Luz y Fuerza. La impresionante repercusión de la canción partidaria por antonomasia le hizo decir en una ocasión: “Grabé más de cien tangos, pero hasta que me muera me van a recordar por la marcha”. “Un artista popular en el laberinto peronista” titula Juan Manuel Romero su participación en el libro. En ese artículo analiza varios ejes de la innegable condición política de HdC. Del mismo modo que Cátulo Castillo, Enrique Santos Discépolo y Homero Manzi supieron conectar al mundo del tango con el peronismo, HdC se sumó a “ese espacio de sociabilidad en el que se fundían la bohemia tanguera, el mundo del cine y el compromiso político de los artistas populares”.

 

 

 

 

Al inicio de la década del ‘50 leyó la novela El río oscuro, la aventura de los yerbatales vírgenes que Alfredo Varela había publicado en 1943. El contacto con ese libro, que contenía más realidad que ficción, lo inspiró y lo movilizó para lo que sería su próximo y gran proyecto cinematográfico: Las aguas bajan turbias. Varela era un intelectual, militante del Partido Comunista argentino y había caído preso. En la cárcel de Villa Devoto compartió reclusión con Héctor Roberto Chavero, otro artista de izquierda conocido por su alias Atahualpa Yupanqui. Hasta allí llegó HdC, acompañado por su guionista de cabecera Eduardo Borrás, con el propósito de discutir aspectos de la producción y de la adaptación del original. Eso fastidió a Raúl Alejandro Apold, a cargo de la influyente subsecretaría de Prensa y Difusión del peronismo. El funcionario objetó el proyecto y puso palos hasta donde pudo. HdC consiguió llegar a Perón, le hizo llegar la novela y el guión y de inmediato obtuvo un feliz salvoconducto. “Dale para adelante”, lo impulsó el Presidente que, incluso, intervino también en la liberación de Varela en mayo de 1952. No terminó ahí el contencioso. HdC sufrió la cancelación de actuaciones y recitales y otro destrato aún más doloroso: Apold le encargó al cantante Héctor Mauré la grabación de una nueva versión de Los muchachos peronistas. La película se estrenó el 9 de octubre de 1952 en el cine Gran Rex y se mantuvo nueve semanas en cartelera. En ese tiempo, recaudó algo más de 1.200.000 pesos de la época. No fue esta su única aproximación hacia un cine de índole social y político. En 1959 estrenó Las tierras blancas, basada en la novela de Juan José Manauta, otro escritor de izquierda, y en 1961 filmó Esta tierra es mía, sobre la lucha por una existencia laboral digna de los obreros algodoneros del Chaco.

El golpe de estado que derrocó a Perón en 1955 acarreó otros calvarios para HdC. Acusado de cargos incongruentes purgó cárcel en la penitenciaría de la avenida Las Heras. Cuenta la historia que ni uno de los días que pasó en prisión dejó de cantar, cada mañana, la marcha que tan popular lo había hecho, por entonces prohibida, igual que otros símbolos peronistas. Era una forma de alentar a otros compañeros presos y a él mismo. De a poco se repuso. Hasta el final de su vida (en agosto de 1989), y mientras trataba de reinventarse en el cine, nunca abandonó al tango. En los tiempos más amargos sus presentaciones personales lo ayudaron a sobrevivir. En 1961 filmó junto a Tita Merello la comedia dramática Amorina. Igual que él, Tita sufrió persecución y ninguneo tras la caída de Perón. En la última dictadura tampoco lo dejaron tranquilo. La intervención militar en el gremio de Luz y Fuerza le destruyó su documental En marcha. Por suerte, el Archivo General de la Nación recuperó una versión completa del trabajo. En el libro, Daniela Kozak respalda con datos una dramática negligencia: la Argentina perdió el 90 % de su cine mudo y el 50% de la etapa sonora. Buena parte de las películas de HdC padecieron esta triste política de daño lastimosamente auto infligido. Entre otras, Surcos de sangre, La Quintrala y Una cita con la vida, basada en la novela Calles de tango de Bernardo Verbitsky.

Acierta el libro en caracterizar a Hugo del Carril como “figura única en la cultura argentina” y en seguir su extenso y rico derrotero primero como cantante de tangos, luego actor, posteriormente productor independiente (en 1953, como una forma de romper el monopolio de Artistas Argentinos Asociados se asocia con Lucas Demare, Mario Soffici, Daniel Tinayre y Luis César Amadori en Cinematográfica Cinco) y director. Se podría afirmar que Leonardo Favio siguió sus pasos. Fue inicialmente actor, luego director de películas fundamentales, productor y cantante popularísimo y, como si fuera poco, nunca dejó de ser peronista. Favio dijo de Hugo del Carril: “Él nos abrió los ojos, nos enseñó que los artistas no éramos minusválidos políticos”.

 

 

Su versión de ‘Los muchachos peronistas’ invita a cantar la marcha.

 

 

 

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