Así como el mito soporta la traducción con cierta elegancia y entendible contenido, tales condiciones se tornan más improbables tratándose del género más delicado de la literatura: la poesía. Desde ya, ese viaje mágico y misterioso de un idioma a otro mucho depende de la capacidad y talento del traductor, como de las dificultades que el original sea capaz de contener, aún más allá de su calidad. Imagínese un tango lunfardo, una murga uruguaya o un recitado gauchesco transportado a cualquier lengua; el resultado puede resultar escalofriante. Cierto es que existen sublimes traducciones, tanto de idiomas lejanos en la geografía como propios distantes en el tiempo. De un modo o de otro, es inevitable la pérdida de matices durante el tránsito.
Obstáculos a menudo insuperables, en contadas oportunidades han logrado conservar su original dignidad. Acaso esto se deba a la potencia inherente a los textos originales, correlato de la rigurosidad constructiva ejercida por el autor. Es notable cómo, en la medida que menos se perciba la trabajosa filigrana contenida en el original, mayor será la belleza conservada. Sucede pocas veces. Una de ellas son algunas versiones en la generosa lengua castellana de la prolífica poética del tan francés Georges Brassens (Sète 1921- Paris 1981). Escrutador de un argot inscripto en todas sus células, deja a la posteridad una obra de tal perfección en el uso del lenguaje que parece una simple cascada de espontaneísmo coloquial. Rara acrobacia multiplicada por el acontecimiento que la poética brasseniana en su totalidad es confeccionada a fin de ser musicalizada: “Mezclo palabras con música, después las canto”
“Es diferente por completo a lo que se llama comúnmente poesía, que está hecha para ser recitada o leída. Cuando se escribe para el oído, uno está obligado a utilizar otro vocabulario, palabras que se aferren enseguida al oído. Por más que también sea posible con el disco, para el lector es es más fácil la posibilidad de volver atrás. Es diferente”. Con la generosidad y sin el prurito de explayarse hasta el detalle en su método de obseso trabajo, éste resulta uno del los tantos pormenores detallados por Brassens en la tan sintética como profunda biografía realizada por la historiadora del arte Cleméntine Deroudille (Bourg la Reine, 1974) para Gallimard en 2011, traducida al castellano por Lil Sclavo en 2024 y recién llegada a estas playas de la mano de una editorial argentina en versión española.

Brassens o la libertad recorre asimismo el coherente circuito anarquista del cantautor cuya existencia y obra jamás se aparta de su propia acción libertaria, a partir de una infancia de pobreza y una formación autodidacta que lo catapultó a ícono cultural en la posguerra. Nacido en Sète, pueblo de pescadores sobre el Mediterráneo, distrito de Montpellier; hijo de un albañil ateo y una napolitana santurrona, el niño Georges se aburre con ganas en un colegio católico, hasta que un joven profesor de literatura le da a conocer los versos de Verlaine, Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Villon y tantos otros. Admirador de la canción melódica francesa a partir de Charles Trenet, el contacto con el cine de Gary Cooper a Marlene Dietrich es solo un paso: “Eramos unos brutos de 14 ó 15 años y, en ese entonces, empezamos a adorar a los poetas. ¿Te das cuenta del vuelco?” Baño cultural, en absoluto le resulta un impedimento para sumarse a las tropelías de un grupete de atorrantes locales con los cuales realiza inocentes delitos que lo depositan tras las rejas durante una quincena.
De la experiencia hampona surge la materia prima de La mala reputación, una de sus canciones más célebres, resumen ideológico de su historial ("En mi pueblo sin pretensión/ tengo mala reputación/ En los feriados yo muy tranquilo/ en la catrera lo paso un kilo./ La música marca el paso/ pero yo no le hago caso./ Pero a la gente le sienta mal/ que haya un camino personal”). Como sucede en otras latitudes a lo largo de los tiempos, el cancionero plebeyo basa su repertorio en pequeñas historias, tradición que el music hall francés en general y Brassens en particular hacen carne con fuerza y pasión. Una muchacha adopta un gatito, ella le da la teta y todos los felinos del pueblo anhelan prenderse. Un gorila escapa de su jaula, encuentra al juez y lo viola. Pobre Martín trabaja la tierra, duerme en el campo, descansa en paz con dignidad. Los jóvenes enamorados se besan en los bancos públicos que están ahí para eso. Y todo así.
Estalla la guerra y el robusto joven de un metro ochenta y más de cien kilos es reclutado por el gobierno colaboracionista de Vichy y destinado a Alemania como mano de obra esclava junto a otros 170.000 hombres. Deserta y retorna, esta vez a Paris. Resiste escondido con un pequeño grupo anarquista, apartado de los Maquis conducidos por el Partido Comunista, debido a disidencias metodológicas. Se instala durante veinte años en el callejón Florimont, sin agua, gas ni electricidad, protegido por Jeanne Le Bonniec, amante treinta años mayor; mientras conserva su compañera eterna, Püpchen: “Tengo un sentido de la incomodidad por demás excepcional. Me importa un rábano la comodidad”. Y era verdad.

A los veinte años Brassens “rechaza la sociedad, vive al margen de la ley, pregona la abolición del gobierno”, se rige por los principios de ayuda mutua y cooperación, sigue el anarquismo de Kropotkin, Bakunin y Proudhon, funda el efímero Partido Prehistórico en su propio universo rodeado de amigos y libros. Encuentra en la literatura “algo que ya estaba en mí y yo ignoraba”. Se sumerge en tratados de versificación, manuales de gramática, ortografía y múltiples diccionarios; procura recuperar el tiempo perdido, estudia sintaxis y poética. En 1947 publica de su bolsillo un texto delirante y surrealista y, en 1950, una novela que queda inédita por tres años, hasta el momento de su consagración. Adapta a la canción poetas elegidos, de Victor Hugo a Lamartine. Mientras, trabaja sus propios temas: anota toda idea, elabora un plan para una canción, reparte las estrofas, resume el contenido, da forma al conjunto; pule, tacha, retoca, respeta en forma estricta las reglas de versificación, desarrolla una preocupación extrema por el ritmo, cincela versos, nada deja al azar, no ceja hasta hallar la palabra justa. Alguna canción le lleva diez años de trabajo, siempre con un puñado de personajes, tiernos o grotescos; un policía, una muchacha, un cura, erotismo.
“Para mi, el poema comienza siempre con un ritmo: primero el ritmo, luego vienen las letras, y después las ideas. Y de yapa, si tengo alguna, agrego un poco de filosofía. Pero en principio está el ritmo, no el verbo”. Aplastado por la vergüenza, animado por los amigotes, Brassens pasea ese bagaje por algunos bares y cabarets, sin despertar el entusiasmo del escaso público, como es lógico. Hasta el 24 de enero de 1952 en que la actriz y cantante Patachou se le planta al lado en el escenario, pese a que Brassens el pánico escénico le impide decir su nombre y el título de las canciones, incluso tras la repercusión que la decena de temas omite despedirse y se escabulle entre los cortinados. El éxito fue instalándose a mayor velocidad que el valor sobre las tablas, sin importarle el sismo externo de una sociedad pacata que censura la difusión de los temas, popularizados inicialmente en Bélgica y Suiza. En 1953 llegan los discos, la televisión y carradas de dinero, con el que no sabe qué hacer. Por fortuna, un buen amigo lo administra. Teme al dinero: “Hace que la gente cambie. Igual que la gloria, el dinero puede pudrir. No hay que perder el sentido común de las cosas. La realidad cotidiana de la gente que todas las mañanas se levanta para ir a trabajar, que gana salarios bajos, no debemos olvidarlo. De lo contrario, se produce un divorcio que no favorece a nadie”.
En 1954 compra un molino a cuarenta kilómetros de Paris donde funda una comunidad “donde las obligaciones, si es que existen, son aceptadas porque son elegidas”. En los años '70 ya es un bronce de la canción francesa, padre espiritual y material de una nueva generación de cantantes y pensadores. Socavado por el cáncer, encarga a Püpchen el reparto de su biblioteca, se interna discretamente en casa de un médico amigo, donde una noche de 1981se va “en puntas de pie… sin ningún alboroto… así como vine”.
Las setenta páginas biográficas de Brassens o la libertad, Clémentine Deroudille las complementa con otras cuarenta de testimonios y documentos del propio cantautor, cartas se amigos cercanos, un formidable perfil de la periodista Francoise Giraude, los profesores que le iniciaron en la literatura; apuntes de Boris Vian, Pierre Orlan, Charles Trenet, una crónica de Gabriel García Márquez, un diálogo con Jacques Brel y Léo Ferré; la necesaria bibliografía, guía se canciones y nombres aludidos. Un trabajo serio y consistente para una vida exquisita, comprometida, ejemplar.
FICHA TÉCNICA
Brassens o la libertad
Clémentine Deroudille
Traducción de Lil Sclavo

España, 1924
127 páginas
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