UN LÍDER SIN VOTOS

Postales de un funeral popular con gusto a poco

 

Siguieron un par de pasos y lo tocaron una vez más. El coche con el cuerpo de Diego aceleró en Paseo Colón y Moreno y las piernas de los que corrían se frenaron. Sólo cinco aguantaron esos últimos metros, unos cuantos quedaron atrás. Todos vieron cómo la corona llena de rosas desaparecía detrás de las motos. Era demasiado pronto. La despedida de un amor así no se termina en unas pocas horas. El ruido se iba con las sirenas y con los aplausos de quienes lo veían pasar. Hubo unos segundos de silencio y lágrimas hasta que los que lloraban cambiaron su llanto por cantos. Con los brazos en alto, regresaron a la Plaza, donde la onda expansiva del dolor había dejado a muchos miles desparramados en sus propias liturgias.

 

Foto: Luis Angeletti.

 

***

 

El miércoles, una hora después de que el mundo se detuviera, un nene de 8 años dejó el primer dibujo en la pared de la cancha de Argentinos, al lado de una enorme cara del Maradona del ‘86. Su papá puso la primera de las velas. Después pondrían decenas. También ramos, rosas, cartas, afiches, camisetas, banderas, cuadritos del Diego Cebollita, del Diego del Mundial de Sudáfrica, del Diego del año pasado con la camiseta del Bicho. Y hasta una vieja revista Gente del año ‘80 con él en la tapa. Cada uno le ofrendaba a su propio Diego. De a poco, como suceden las cosas en los barrios, el altar se armó sobre Boyacá, detrás de la tribuna que lo vio debutar en Primera.

 

Foto: Luis Angeletti.

 

A una cuadra, Eugenio lloraba frente a la televisión sin que nadie se diera cuenta. Tiene 92 años, hace cuatro que perdió a su esposa. Un canal de noticias le mostraba lo que escuchaba por su ventana. Había mucha gente. Llevaba meses guardado en su casa por miedo a contagiarse. Su hija abrió la puerta y lo vio.

–¿Te sentís bien? –le preguntó.

Él no le respondió y siguió mirando las imágenes.

–Quiero ir a la cancha –dijo casi en susurros.

–¿Querés ir a despedirlo? ¿Estás seguro? –volvió a preguntarle la hija y asintió con la cabeza.

Su silla de ruedas andaba despacio. Lo empujaba la señora que lo cuida y su hija iba adelante. A medida que lo veían venir, se iba haciendo un pasillo. La silla se frenó frente a los dibujos y las velas. Los bombos que sonaban con estruendo frenaron escalonados y el silencio llamó la atención de los que aún no habían visto la escena. El abuelo miraba el mural de Diego y todos lo miraban a él. Fue un poco más de un minuto hasta que un enorme aplauso los descongeló.

 

Foto: Luis Angeletti.

 

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Los homenajes a Maradona comenzaron en las calles cuando aún no se sabía que habría un funeral en la Casa Rosada. Se juntaron en La Paternal, en La Boca, en el Obelisco, en Fiorito, en la casa de Segurola y Habana, en Devoto. Al centro de la ciudad, donde se disfrutan los triunfos, llegaron todos los que no tenían brújula. Era un festejo que parecía destinado a estallar. Más de centro de la tribuna, más sanguíneo, más bravo también. Con cansancio, birras, vino, humo de parrilla y algo al límite. No era un duelo de un barrio sino de muchos barrios. Con camisetas de decenas de clubes –muchos muy rivales– convivieron unos cuantos hasta la madrugada, en un rito mucho más grande, que pasó por encima grietas eternas.

En la esquina del Obelisco, la pantalla de OCA mostraba el calentamiento de Diego en el Napoli, ése que siempre va musicalizado con Life is Life. Hasta que uno de los pibes con la camiseta de Temperley sacó un parlante y lo conectó a su celular. Enseguida un par les chistaron a los que cantaban para que se callaran. En un sonido sordo, se empezó a escuchar la voz de Víctor Hugo con su relato más conocido. Todos terminaron alrededor del parlante atrapados por la frase del final. “Gracias Dios por estas lágrimas, por el fútbol, por Maradona, por este Argentina 2, Inglaterra 0”, repicó con una tremenda nostalgia.

 

Foto: Luis Angeletti.

 

***

 

En la esquina de La Bombonera ya era de noche. Había otro altar donde hacer fila para dejar ofrendas. Se veía una lámina de un Diego muy joven, con la camiseta y el pantalón de Boca apretados. Alguien le enganchó una rosa a un costado. Diego se reía en la imagen. Cierta dulzura en su mueca contrastaba con lo que sucedía alrededor. Allí el duelo era azul y amarillo. La cancha, las paredes, los locales, las chapas y el sentimiento de propiedad que los hinchas tenían. Gritaban por el Diego xeneize, el que vieron en la cancha y en el palco y que en los mayores desconciertos siempre encontraba el camino de regreso a La Boca. La parrilla de Quique estaba cerrada pero desde la terraza aparecieron cinco hinchas y desplegaron una enorme bandera con el escudo de Boca y la imagen de Maradona. Salieron bengalas amarillas y el humo se mezcló con esas luces. Tronaron los himnos bosteros destinados al Diez y terminaron con ese que dice que la Doce le agradece todo lo que Diego se merece. Tres pibes que llegaron en moto al final del festejo comenzaron a acelerarlas hasta que provocaron explosiones. Subió la adrenalina. Era en Buenos Aires pero podría ser en Cali, San Pablo o Nápoles. La tristeza se convirtió en algo distinto. Sacaron a la calle unos parlantes y sonó la canción de Rodrigo. Brandsen estaba cortada y se pogueaba con cuarteto. En esta cuadra no había pandemia. Se mezclaban, se abrazaban y brindaban. Se iban a quedar toda la noche hasta que abriera la Rosada.

 

Foto: Luis Angeletti.

 

***

 

Eran las siete de la mañana del jueves en Plaza de Mayo. La cola ya tenía varias cuadras. Federico Ayala (38) salió con los ojos vidriosos de la Casa de Gobierno. Había pasado la noche en la fila arrastrando un cuadro de Diego de un metro y medio, con una camiseta y una bufanda celeste. “Hace un par de días me quedé sin trabajo porque cerró la pizzería Nápoles, la que está frente al Congreso. Ayer (por el miércoles) estábamos todos adentro y nos cayó la noticia. Primero quedé medio atontado, no me sobraba el ánimo. Pero al rato descolgué de las paredes todo lo que llevo puesto y me fui al Obelisco”, contó. Se quedó hasta la medianoche y luego se fue para el Cabildo. A eso de las 5.30 la fila se empezó a armar y se puso a la altura de la AFIP, sobre Hipólito Yrigoyen. “Cada uno de los que están acá tiene algo personal con Maradona. Para mí, Diego fue un amistoso en Posadas, en el ‘92, después del Mundial de Italia. Era a beneficio del hospital de allá. Fuimos a verlo con mi abuelo, que nos compró a mí y a mi hermano una docena de mandarinas. Diego es ese recuerdo, el olor de mandarinas, ese nene de 10 años que yo era y que lo miraba encantado en una cancha explotada. Se va un poquito de todos nosotros con él”, se emocionó Federico.

La Plaza ya estaba despierta. Llegó mucha gente. Las vallas la partieron en dos. Del lado de Yrigoyen estaba la fila que entraba a ver a Diego, que se perdía por Avenida de Mayo. Desde allá llegaban los sonidos de cancha, gritos por los empujones y las canciones. Pero a medida que iban pasando por la puerta central de la Rosada salían con la emotividad cambiada. Ya no volvían a cantar, se quedaban mirando para atrás, como si esos 30 segundos frente al féretro les hubieran robado la energía. Vanina Quiroga llevaba el barbijo puesto pero los ojos rojos y mojados. Tiene 21 años, un flequillo marcado, una campera de cuero negra y una matera con su termo. Su cara muy blanca con pecas aniñadas parecía fuera de contexto cuando dijo que vino sola de madrugada, en dos colectivos y tren desde San Miguel. “Sentía que el dolor que tenía se iba a pasar si lo compartía con otros que lo quisieran como yo. Cuando yo nací, él ya no jugaba, pero vi muchos de sus partidos. En la cancha del club donde nosotras hacemos fútbol 5 tenemos un mural con la cara de Diego, que nos mira cómo jugamos. Diego quería mucho a la Argentina, a su pueblo, creo que un poco nos quería a nosotros sin que lo hayamos conocido”, dijo y al menos sonrió un poco.

Albino Haedo (68) contó que ya lleva varios velorios encima y que había decidido no ir a ninguno más. Pero aclaró que éste era el de Diego y que su hija Sandra (35) iba a venir con o sin él. Llegaron de Glew a las 4 de la mañana. “Yo viví en Fiorito, pegado a Villa Albertina. Imaginate que no podía dejar de venir. Los funerales populares son más tristes porque los que lloran son los pobres. Yo estuve en el Congreso cuando murió el General, después en el de Kirchner. Acá también le venimos a decir adiós a un líder. Un líder sin votos, pero también elegido por nosotros”. Sandra lo miró con ternura y lo tomó del brazo. “Va a ser muy triste, durará meses. Hoy tenemos unas ganas de llorar tremendas pero después volveremos a recordarlo con alegría”, se esperanzó ella.

 

Foto: Luis Angeletti.

 

Desde que pisaban la Rosada hasta que salían sólo transcurría algo más de un minuto y medio. La pasada era apurada por guardias que no querían que el ritmo se detuviera frente a la familia y los funcionarios. Los que salían decían que necesitaban más tiempo, que en el mareo casi no habían podido verlo. Tomás Marchiano (25) entró por primera vez a las 6 de la mañana. A las 11 había pasado tres veces y volvía a hacer la cola. Es hincha de Gimnasia y en este tiempo vivió los partidos atrás del sillón de Maradona, cerca del alambrado. “Es el último acto multitudinario que va a tener Diego. Hasta que cierren voy a tratar de pasar de nuevo. Puede sonar loco pero hoy me pintó así. Cada vez que entré vi algo distinto. Primero estaba el cajón más solo. Después vi a Dalma y Gianinna. Después, a Claudia con Alberto. Son imágenes que no se van a borrar”.

 

Foto: Luis Angeletti.

 

Adentro, las ofrendas le daban color al cajón. A los custodios, vencidos por las horas de trabajo, les costaba más decir que no y apurar a los que pasaban. Las flores y las camisetas, que habían estado prohibidas, ahora caían del otro lado del separador. Afuera el sol ya lastimaba, militantes de los movimientos sociales regalaban agua a los que iban saliendo. El cansancio en la larga fila aumentó la impaciencia. Las corridas parecían olas que empezaban en 9 de Julio y que desbordaban varias cuadras de Avenida de Mayo. Era preciso un día más para que los que recién estaban por Constitución pudieran pasar a ver a Maradona pero sólo había unas pocas horas.

 

Foto: Luis Angeletti.

 

Después vinieron las balas de goma, el gas pimienta, el abordaje a la Rosada y la puerta que se cerró. La resistencia duró hasta que se dieron cuenta de que no iba a haber bises. Fue una lástima pero estaba muy anunciado. Poco a poco, los policías, los funcionarios armaron el operativo salida. El consuelo de muchos era verlo pasar y se corrieron al Bajo para el último encuentro. Se abrió la reja, el coche Peugeot negro salió rodeado de las motos. Las sirenas alertaban de que ahí venía. Así se fue Diego. Como vivió. Abrazado por el caos pero, sobre todo, por su gente.

 

Foto: Luis Angeletti.

 

 

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