UN MILAGRO DE AMOR

“No me quieras porque gané, necesito que me quieras para poder ganar”, Marcelo Bielsa

Si cualquier equipo de fútbol se sostiene por coordinación, manejo de la pelota y coraje, esta Argentina de mandíbula frágil es muy vulnerable a los cambios de ánimo. Pero algo se desbloqueó en el partido contra Nigeria. Algo que impulsó a la Argentina, la dotó de épica y la llevó a octavos de final. Los de afuera son de palo pero, a veces, pega en el palo y entra. Y es imposible separar la imagen de los miles de argentinos que, en un banderazo en la puerta del hotel, en las tribunas de San Petersburgo o a través del televisor creyeron en la Selección argentina, y la confianza que la Selección argentina tuvo en sí misma.

Ever Banega creyó en su fútbol y se comió la cancha. Ubicado en una línea distinta al resto del mediocampo, fue el escalón que faltaba para que la pelota llegara limpia a posiciones de ataque. Así, habilitó con precisos y preciosos pases a Tagliafico, a Di María e -inolvidable- a Lionel Messi en el gol que abrió el partido. Banega rejuveneció frente a nuestros ojos; o será que los años no restan sino que suman cuando se cree en uno mismo. Lionel Messi había pedido a Banega como compañero y acertó: lo adivinaron en la primera que recibió del volante en pase filtrado pero, en la segunda, le marcó la asistencia, picó, amagó, controló y definió como los dioses (si los dioses fueran diestros y no zurdos como Diego y él). Messi estrelló un tiro libre en el palo, presionó, se apoyó en los compañeros, se tiró a los pies cuando hizo falta y fue feliz. Fue él mismo, y es la mejor noticia. Con Cristian Pavón volvió a adivinarse un diálogo futbolístico que podrá ser explorado ahora que, sí, finalmente, hay futuro.

La confianza también transformó en héroe a Marcos Rojo. Porque fue a buscar una pelota al área en el minuto 85 y, aunque le quedó para la de palo, no dudó en pegarle al arco. Nos había hecho sufrir con alguna imprudencia y esa mano que pidió VAR, pero ya no nos acordamos. Alta autoestima mostró también el autor del centro, Gabriel Mercado: le salió un pase gol. ¿Idowu le ganó varias veces la espalda? Eso cuentan. Nicolás Otamendi fue el conductor del equipo en la última línea, algo de lo que vio Pep Guardiola cuando lo llamó Superman. Nicolás Tagliafico, tal vez el único titular que representa auténticamente una apuesta de Sampaoli, bloqueó al veloz Moses, respaldó al veloz Di María y no dejó de picar para triangular por izquierda.

Javier Mascherano fue sinónimo de amor propio. Arrancó el domingo, con una conferencia de prensa que enfocó a hinchas y futbolistas en la final anticipada y terminó con el rostro cruzado por un delta de sangre que aportó a la epopeya. En el medio, disputó de la primera a la última pelota y, aunque fue impreciso en muchas y le cobraron un dudoso penal, fue el líder que necesitaba el equipo. Enzo Pérez, su ladero, el que pasó de las vacaciones en Rio de Janeiro a fajarse con el nigeriano Ndidi, marcó con agresividad y concentración, y estuvo a la altura.

Gonzalo Higuaín, criticado y vulnerable, terminó el partido llorando. Tal vez fue porque tiró una chance a las nubes a 10 minutos del final o tal vez fue porque el “Pipaaaa, pipaaaa” que bajó de las tribunas en ese momento fue su reconciliación con el ácido hincha argentino, que le aplaudió su funcionalidad como pivot de espaldas a los centrales. En el otro extremo del equipo, vestido de naranja, Franco Armani, el tipo que debutó en la Selección a los 31 años, en un Mundial y por errores de un compañero. Desafío para gente con aplomo. Y ahí estuvo el arquero de River, seguro y tranquilo. Fue inolvidable su tapada a Ighalo en el minuto 82 y todo un símbolo el abrazo infinito a la pelota con el que terminó el partido. El público argentino fue un espejo en el que Argentina encontró el amor propio. La Selección pudo ganar porque la quisimos, y 40 millones de personas nos convertimos en un 10 feliz, un 5 ensangrentado y un botín empujando la pelota al gol.

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