Un mundo al garete

El coronavirus fortalecerá al Estado, reforzará el nacionalismo y desplazará el poder de oeste a este

 

El 19 de marzo pasado, en una conferencia de prensa, un reportero le preguntó al Presidente de los Estados Unidos: “¿Qué les diría a los millones de americanos que actualmente se encuentran asustados por el coronavirus?” Su destemplada respuesta fue: “Les diría que eres un muy mal reportero y que la pregunta que acabas de hacer es pobre”. Un día después, de nuevo ante los medios, Donald Trump eligió rebautizar el flagelo. Lo llamó, sibilinamente, “el virus chino”.Lo que daba a entender que por una vía vicaria adjudicaba la responsabilidad  de la pandemia al gigante asiático. Y aclaró, además, que le hubiera gustado que China le comunicara “lo que estaba sucediendo adentro (de China). No lo supimos hasta que comenzó a publicarse”.

Es curiosa la demanda/excusa interpuesta por el Presidente. Que la inteligencia norteamericana y/o el Departamento de Estado no estuvieran al corriente de semejante problema es inaudito. Pero, claro, no era así. Según el Washington Post del 22 de marzo pasado, las agencias de inteligencia estatales (probablemente la CIA y la Oficina Nacional de Inteligencia; no las nombra explícitamente) habían advertido ya en enero, a la Casa Blanca y al Congreso, de la existencia del virus y de su peligrosidad. Cabe suponer, además, que la embajada norteamericana en China cumplió también con su básica misión de informar. Es dable imaginar, entonces, que Trump prefirió fingir demencia como dicen los mexicanos, lo que dejó mal parados tanto al aparato estatal de inteligencia cuanto a su cancillería (Departamento de Estado).

Por otra parte –y por si faltara evidencia de que el Presidente sí había sido informado— los Centros de Control y Prevención de Enfermedades norteamericanos fueron dando a conocer los casos de Covid-19 que se iban presentando, desde comienzos del mes de enero de 2020. En febrero se consignaron 15 afectados, lo que puso en evidencia un leve crecimiento. Recién el 27 de febrero  se creó un grupo de trabajo a cargo del seguimiento del problema, encabezado por el Vicepresidente Mike Pence. Y a finales de ese mes –el 29 de febrero— se registró en la ciudad de Seattle la primera muerte oficial atribuida a la pandemia. El 8 de marzo, sin embargo, el Seattle Sounders enfrentó en su estadio de fútbol al Columbus Crew, sin que se tomara ningún recaudo frente a la abierta afluencia de público.

Trump jugueteó con el anuncio de que iba a la utilizar la Ley de Producción para la Defensa con el objeto de aumentar la provisión de suministros médicos, pero no avanzó significativamente en este terreno. Hasta que finalmente –y presionado por numerosos gobernadores que lo instaban a enfrentar con más empuje al Covid-19— no tuvo más remedio que poner sus cartas sobre la mesa. El 24 de marzo comunicó que había que atender a la producción y al trabajo, y evitar que el freno de la economía condujera a una recesión. “Podemos hacer las dos cosas juntas”, enfatizó. Y agregó: “Nuestro pueblo quiere volver a trabajar; la cura no puede ser peor que la enfermedad”. Había echado ya a andar la iniciativa de volcar U$S 2 billones (trillions) al estímulo del sistema económico, que el 25 de marzo fue aprobada por el Congreso. Ahora bien, hacer las dos cosas con el mismo nivel de eficacia e intensidad no es posible pues no hay compatibilidad entre ambas. Si se mantiene la actividad económica se incrementan las condiciones de desenvolvimiento de la pandemia. Si por el contrario se privilegia el combate a ésta, inevitablemente cae el nivel de actividad económica. El dilema es de hierro, aun para los Estados Unidos.

 

 

Lecturas de la pandemia

En la inmediata coyuntura sobresalen la caída del nivel de actividad, de los ingresos de trabajadores y de las empresas, de los ingresos fiscales, del comercio exterior, de las bolsas, etc. También se ha advertido con preocupación que el desarrollo de la peste ha mostrado que las cadenas de suministros y las redes de distribución mundiales que acompañaron el desenvolvimiento global son vulnerables y disponen de escasa capacidad de respuesta en el caso de que se produzcan interrupciones. La interdependencia que predominó en el período inicial de desenvolvimiento de la globalización se ha ido perdiendo por el camino. La expansión de la producción hacia diversas regiones del mundo en busca de reducir costos se ha visto alterada: por guerras de precios, desacoples comerciales y tensiones geopolíticas, entre otros factores que afectan el flujo de suministros. El parate de la actividad económica que impone la pandemia ha agravado en mucho esta situación. Asimismo, las redes de distribución mundiales basadas en el criterio de “justo a tiempo”, constituidas para aminorar o incluso evitar los costos de almacenamiento han sido también muy afectadas por las interrupciones causadas por la peste. No sería improbable que estas pautas de acción se suprimieran y sustituyeran. Lo cual cambiaría el rostro de las relaciones económicas internacionales en una medida difícil de estimar hoy.

Hay, por otra parte, suficiente evidencia que muestra que desde 2008 en adelante  la economía globalizada ha ido a los tumbos. La crisis económico-financiera de ese año, las dificultades al interior de la Unión Europea, que fue arrastrando desavenencias económicas, sociales y políticas que terminaron en una ola de gobiernos de derecha e incluso en la consumación del Brexit, son capítulos de una declinante trayectoria de la globalización. La capacidad regulatoria de la mano invisible del mercado fue perdiendo consistencia, hecho que la pandemia vino a agravar. Pero además ha mostrado la importancia del accionar estatal y consolidado la dura competencia geopolítica instalada desde hace algún tiempo ya en el mundo. Ronda en el aire la idea de que el modelo de globalización en curso con sustento neoliberal está prácticamente agotado.

Respecto de esto último, dos reconocidos investigadores han hecho muy interesantes  declaraciones recogidas por la revista Foreign Policy del 20 de marzo pasado. Stephen Walt, destacado catedrático de Harvard en el campo de las relaciones internacionales, sostuvo: “La pandemia fortalecerá al Estado y reforzará el nacionalismo… También acelerará el cambio de poder e influencia del oeste al este… En resumen, Covid-19 creará un mundo menos abierto, menos próspero y menos libre. No tenía que ser así, pero la combinación de un virus mortal, una planificación inadecuada y un liderazgo incompetente ha colocado a la humanidad en un camino nuevo y preocupante”. Por su parte, Robin Niblett, director de la británica Chatham House (Royal Institute of International Affairs), dijo: “Parece muy poco probable en este contexto que el mundo vuelva a la idea de una globalización mutuamente beneficiosa, que se definió a principios del siglo XXI. Y sin el incentivo de proteger los beneficios compartidos de la integración económica mundial, la arquitectura de la gobernanza económica global establecida en el siglo XX se atrofiará rápidamente”.

Ambas consideraciones, provenientes de figuras altamente competentes de instituciones académicas occidentales de primer orden, son terminantes.

 

 

Final

Un mundo que ya venía al garete se encuentra hoy a las puertas de un cambio significativo. La alusión de Niblett a “un liderazgo incompetente” remite a Trump, que no reparó en tomar decisiones desatinadas. La última de ellas ha sido la de darle más importancia a la actividad económica que a la gente, una opción éticamente cuestionable y políticamente riesgosa. Probablemente deberá recular y correr con el costo político correspondiente pues si bien consiguió el  apoyo parlamentario de la oposición, la responsabilidad mayor es suya.

La atrofia de la gobernanza económica global se hallaba ya en curso con anterioridad a la pandemia. Y es probable que demande una reconfiguración como imagina Niblett. Sería mucho mejor para todos los que habitamos el mundo que este proceso fuera colaborativo y no de enfrentamiento y pugna. Que primase, por ejemplo, el criterio que condujo al acuerdo de 5 + 1 con Irán, firmado por Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China –todas potencias nucleares— más Alemania, con el gobierno persa. Y que no se afirmara el bochornoso incremento de la inseguridad mundial, que produjo Trump al abandonarlo.

Por último: el 3 de noviembre de este año habrá elecciones en Estados Unidos, que serán cruciales. Se enfrentarán Donald Trump y, muy probablemente, Joe Biden, que viene liderando la interna demócrata. Habrá que prenderle velas a todos los santos para que este último gane y, eventualmente, se abra una opción colaborativa de reconversión a escala mundial.

 

 

 

 

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