LA PAX CORONAVÍRICA

¿Por qué nos tienen peleando cuando deberíamos estar todos remando?

 

Escucho y leo con optimismo a los pensadores y dirigentes que auguran que el mundo post Covid-19 será un mundo mejor. Que la sociedad, al menos la sociedad occidental ha comprendido raíz de esta tragedia que ni la salud ni muchos de los servicios relevantes para una sociedad no pueden estar en manos de privados. Que el tan denostado Estado ha recuperado su presencia en el imaginario de los ciudadanos. El mundo, tal y como lo conocíamos, ha cambiado

Como escribió magistralmente ayer Ignacio Ramonet, el director de Le Monde Diplomatique en un notable artículo, “angustiados, los ciudadanos vuelven sus ojos hacia la ciencia y los científicos —como antaño hacia la religión— implorando el descubrimiento de una vacuna salvadora cuyo proceso requerirá largos meses. Porque el sistema inmunitario humano necesita tiempo para producir anticuerpos, y algunos efectos secundarios peligrosos pueden tardar en manifestarse».

«La gente busca también refugio y protección en el Estado que, tras la pandemia, podría regresar con fuerza en detrimento del Mercado. En general, el miedo colectivo cuanto más traumático más aviva el deseo de Estado, de Autoridad, de Orientación. En cambio, las organizaciones internacionales y multilaterales de todo tipo (ONU, Cruz Roja Internacional, G7, G20, FMI, OTAN, Banco Mundial, OMC, etc.) no han estado a la altura de la tragedia, por su silencio o por su incongruencia. El planeta descubre, estupefacto, que no hay comandante a bordo… Desacreditada por su complicidad estructural con las multinacionales farmacéuticas, la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) ha carecido de suficiente autoridad para asumir, como le correspondía, la conducción de la lucha global contra la nueva plaga”.

Añade un par de párrafos más adelante: “El largo autismo neoliberal es ampliamente criticado, en particular a causa de sus políticas devastadoras de privatización a ultranza de los sistemas públicos de salud que han resultado criminales, y se revelan absurdas. Como ha dicho Yuval Noah Harari: «Los Gobiernos que ahorraron gastos en los últimos años recortando los servicios de salud, ahora gastarán mucho más a causa de la epidemia». Los gritos de agonía de los miles de enfermos muertos por no disponer de camas en las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) condenan para largo tiempo a los fanáticos de las privatizaciones, de los recortes y de las políticas de austeridad.

Se habla ahora abiertamente de nacionalizar, de relocalizar, de reindustrializar, de soberanía farmacéutica y sanitaria. La economía mundial se encuentra paralizada por la primera cuarentena global de la historia. En el mundo entero hay crisis, a la vez, de la demanda y de la oferta. Unos ciento setenta países (de los ciento noventa y cinco que existen) tendrán un crecimiento negativo en 2020. O sea, una peor tragedia económica que la Gran Recesión de 1929. Millones de empresarios y de trabajadores se preguntan si morirán del virus o de la quiebra y del paro. Nadie sabe quién se ocupará del campo, si se perderán las cosechas, si faltarán los alimentos, si regresaremos al racionamiento… El apocalipsis está golpeando a nuestra puerta.

La única lucecita de esperanza es que, con el planeta en modo pausa, el medio ambiente ha tenido un respiro. El aire es más transparente, la vegetación más expansiva, la vida animal más libre. Ha retrocedido la contaminación atmosférica que cada año mata a millones de personas. De pronto, la naturaleza ha vuelto a lucir tan hermosa… Como si el ultimátum a la Tierra que nos lanza el coronavirus fuese también una desesperada alerta final en nuestra ruta suicida hacia el cambio climático: «¡Ojo! Próxima parada: colapso».

En la escena geopolítica, la espectacular irrupción de un actor desconocido —el nuevo coronavirus— ha desbaratado por completo el tablero de ajedrez del sistema-mundo. En todos los frentes de guerra —Libia, Siria, Yemen, Afganistán, Sahel, Gaza, etc.—, los combates se han suspendido. La peste ha impuesto de facto, con más autoridad que el propio Consejo de Seguridad, una efectiva Pax Coronavírica.

En política internacional, la pavorosa gestión de esta crisis por el Presidente Donald Trump asesta un golpe muy duro al liderazgo mundial de los Estados Unidos, que no han sabido ayudarse ellos ni ayudar a nadie. China en cambio, después de un comienzo errático en el combate contra la nueva plaga, ha conseguido recobrarse, enviar ayuda a un centenar de países, y parece sobreponerse al mayor trauma sufrido por la humanidad desde hace siglos. El devenir del nuevo orden mundial podría estar jugándose en estos momentos”.

Vale el esfuerzo leerlo. Si bien advierto, como spoiler alert, que no es de los que calificaríamos de optimistas.

Todo el relato de horror televisado de esta pandemia, ¿puede cambiar al mundo desigual que conocíamos? Mi amigo Sabino Vaca Narvaja, que es un optimista por naturaleza, escribió hace unas semanas un párrafo impresionante en una nota en la que hablaba de un hipotético nuevo orden mundial. Pero este párrafo me impacto porque resumía muy bien lo que yo venia pensando con menos optimismo. Escribió Sabino: “Otros analistas saludan con fervor la creciente intervención de los gobiernos ante la crisis e imaginan una suerte de abandono progresivo de las políticas de cuño neoliberal y un retorno a una forma renovada de keynesianismo. Creo fervientemente que debe ser la decisión política del Estado la encargada de llevar adelante y profundizar las políticas públicas en tiempo de normalidad, con mayor razón en un momento como el que nos toca enfrentar».

«Pero sería un error identificar las políticas intervencionistas de los gobiernos enrolados detrás de severos programas de austeridad y ajuste estatal como el fin del neoliberalismo, como bien señaló en una reciente entrevista el economista griego Yanis Varoufakis. Para los gobiernos neoliberales, las crisis se han convertido en una forma de gobierno. Catástrofes como las que estamos viviendo pueden convertirse en un marco propicio para consolidar la lógica neoliberal. El miedo emerge como un gran disciplinador, decía Naomi Klein, y en situaciones de crisis muchos gobiernos se valen del pánico existente en la sociedad para imponer políticas que de otro modo serían muy cuestionadas de no existir una excepcionalidad. El pasado mes de marzo el Presidente Trump anunció un paquete de estímulo —básicamente corporativo— de 2 billones de dólares. Quizás porque le trajese algún recuerdo de la debacle del sistema financiero estadounidense de los años 2008-2009, cuando el Estado salió al rescate de las entidades financieras, el senador demócrata Charles Schumer votó en contra del proyecto de ley, argumentando que “(el paquete de medidas) no es en absoluto pro-trabajador y, en cambio, coloca a las corporaciones muy por delante de los trabajadores».

Algo de eso vemos estos días en la Argentina donde hay empresas que se endeudan para pagar el salario de sus trabajadores y otras que negocian la baja del salario de los trabajadores con un fervor que jamás negociaron la participación en las ganancias. Y otras empresas que ejercen su poder pagándole el sueldo en cuotas a los trabajadores, mientras que en esa misma semana reparten ganancias entre sus accionistas por 800 millones de pesos, como contó Ari Lijalad en El Destape.

Verán que el ajuste no llega a todos por igual. Y verán también que el poder sigue teniendo privilegios aun en la emergencia del Covid-19.

Ello sin contar que el Estado argentino dispuso una medida inédita: pagará el 50% de los salarios de las empresas. Entonces se topo con algo que las empresas hacen, que muchos saben y frente a lo cual pocos denuncian. Que son los altísimos niveles de empleo en negro y de trabajadores que están parcialmente en negro, y que reciben por salario un monto muy diferente al que se consigna en su recibo de sueldo.

Eso sin contar despidos que aun prohibidos siguen sucediendo, suspensiones y recortes decididos por las patronales. Y en un mundo donde el dinero es lo que te permite comer, moverte, comprar remedios, pocas cosas parecen mas aterrorizantes que verte privado de él, sobre todo si no tenés excedentes que te permitan afrontar un eventual periodo de carestía. Y déjenme decirles, después de cuatro años de gobierno neoliberal como el de Macri, si hay algo de lo que carecieron los trabajadores fue de capacidad de ahorro.

Ahora bien, los miles de trabajadores afectados no salieron a protestar por esa dura realidad que les ha sido impuesta por el poder de capital. Salieron a protestar y lo hicieron fuertemente por una amenaza casi por completo imaginaria.

¿A qué se debe este el estado de histeria colectiva que llevó a miles de argentinos a hacer sonar las cacerolas porque, según informaban en una suerte de cadena nacional, el gobierno había ordenado liberar presos peligrosos y los estaba de hecho liberando?

Desde una cínica Patricia Bullrich agitando fantasmas, un paroxístico Luis Juez y otro alarmado y furibundo Luis y hasta dos delirantes eran protagonistas de entrevistas, citadas como fuente de referencia y transmitidas casi sin más interrupciones que las de los periodistas horrorizados asintiendo.

Pero todo lo que había era una brutal mentira.

¿Se estaban liberando a diestras y siniestra a presos peligrosos? La respuesta es que no. Pero ello merece una explicación.

Primero los numero generales [2]. Entre el 17 de marzo pasado y el 17 de abril salieron de las cárceles bonaerenses 2.244 presos. La mayoría, 1.607, fueron liberados por haber cumplido las penas que les fueron impuestas o porque ya estaban en periodo de libertad condicionales. Los otros 637 reclusos recibieron el beneficio del arresto domiciliario. De ese grupo, 439 lo hicieron por pertenecer al grupo de riesgo de contagio de Covid-19.

Expresa Gabriel Di Nicola en La Nación que “a modo comparativo surge que entre el 17 de marzo y 17 de abril de 2019 egresaron de las cárceles bonaerenses por pena cumplida, libertad condicional o libertad asistida, 1.713 presos. En tanto que fueron beneficiados con prisiones domiciliarias 30 detenidos, por lo que al sumar ambas variables se llega a la cifra de 1.743.”

Básicamente se verá que en el mismo periodo de 2019 se liberaron más presos que en el 2020. Pero nadie salió a tocar la cacerola en 2019.

Agreguemos que el sistema federal cuenta con “320 reclusos ‘externados’ de prisiones que dependen del Servicio Penitenciario Federal (SPF)”.

Verán que los números están bastante lejos de los 3.500 internos liberados en California y de los 1.100 presos enviados a domiciliaria en Nueva York, por citar dos Estados de Estados Unidos. Ni que hablar de los más de 4.000 liberados en el Reino Unido. Ni de los los 9.923 liberados al 13 de abril por Francia.

Es justo decir que algunos jueces liberaron a ciertos presos que indudablemente y a criterio de quien escribe esta nota no debieron haber liberado. Presos peligrosos, asesinos, violadores. Deberá analizarse en cada caso por qué lo hizo. Pero y principalmente las personas que salieron de prisión son mayoritariamente personas que o bien ya habían cumplido su pena o bien no estaban dentro de la categoría de presos peligrosos.

También es justo decir que las medidas de morigeración de las penas y las prisiones no se toman por un súbito y colectivo arranque de perdón universal. Se toman porque las cárceles son focos de contagio y, salvo que pretendamos encerrar a los miembros de los servicios penitenciarios, a los médicos, enfermeros, asistentes sociales, cocineros y a todos cuantos trabajen en una cárcel hasta que se vaya el coronavirus, difícilmente se pueda aislar una prisión. Y si no se aísla a todos allí dentro, inocentes y culpables, el virus primero ingresa a los penales y desde allí se esparce a buena parte de la sociedad. Y todavía a ningún gobierno le ha parecido del todo civilizado tapiar las cárceles, tirar las llaves y que sea lo que Dios quiera con quienes están ahí adentro.

¿Por qué entonces, si la información que acabo de contar está publicada y la he sacado de medios argentinos, una parte de la sociedad cayó en pánico? ¿Qué fantasmas agitaron y mas importante: por qué los agitaron?

La sociedad cayó en pánico porque estamos en cuarentena y una buena parte de nosotros pasamos los días ultra conectados, recibiendo información que asimilamos casi sin reflexionar sobre ella. Un experimento de ingeniería social inaudito, y que solo un genial George Orwell pudo imaginar cuando escribió 1984. ¿Oceanía está en guerra con Eurasia o con Asia Oriental?

Tal vez la respuesta sea que no está en guerra realmente. Porque los actos atroces que nos describieron realmente no pasaron. Pero nos asustamos. Nos asustamos y enojamos y salimos a cacerolear por algo que NO era cierto. Pero las cacerolas no sonaban contra los jueces que se habían equivocado. Las cacerolas sonaban contra el gobierno que está haciendo todo lo posible para mantenernos sanos y vivos. Contra el gobierno que está intentando pagar los sueldos de los trabajadores privados para que no los despidan. El gobierno que está pagando ayudas económicas para que los que no pueden salir a trabajar reciban asistencia económica. El gobierno que está haciendo todo lo que se puede hacer y al que los organismos internacionales felicitan por el modo en el que combate al Covid-19.

Justo contra ese gobierno, que no controla a los jueces porque desde el minuto uno declinó hacerlo. Justo contra ese gobierno fuimos a cacerolear.

Y mientras tanto el poder real, el que pagó para que te mintieran, para que te asustaran, para que te enojaran, ya te descontó el 25 % de tu salario. Y decidió pagártelo en cuotas, además.

¿Sabés por qué te quieren asustado enojado y caceroleando? ¿Sabés por qué nos tienen peleando cuando deberíamos estar todos remando?

Porque así como vos y como yo estamos dando la batalla para no enfermarnos y no morir, el poder real, ese que nunca te invita a sus festejos, ese que ni las sobras te da, ese poder esta también peleando. Pelea para que el mundo desigual que conocíamos no cambie. Para que siga tan desigual y tan injusto como era antes del Covid-19. Y en sus batallas, las armas que usa el poder somos vos y yo. Verdaderos escudos humanos que utilizan para proteger sus intereses.

¿Saben cuál es el desafío en estas épocas de coronavirus? No enfermarse y sobrevivir y que no se enfermen los demás. Y que no se mueran.

Y que luego de sobrevivir podamos hacer un mundo más justo, más humano. Un mundo donde no te mientan aquellos en los que confías tanto que les abrís todos los días la puerta de tu casa y de tu mente. Un mundo donde las cacerolas se usen para cocinar. Un mundo mejor. Aquí. Donde ya hubo tanto dolor.

 

 

 

 

 

 

[2] https://www.lanacion.com.ar/seguridad/carceles-bonaerenses-salieron-prision-2244-presos-439-nid2360195

17 Comentarios
  1. Ricardo Comeglio dice

    Si se busca en internet se puede encontrar muchos estudios y análisis relacionados con lo que pasó antes, durante y después de grandes epidemias en la historia del mundo y se podrá corroborar que LO QUE PASA HOY NO TIENE NADA DE NOVEDOSO NI ÚNICO, SINO QUE SIEMPRE PASÓ.

    A continuación una recopilación rápida de lo que yo encontré y considero valioso para tener presente con el objeto de estar informados para que nadie te engañe:

    El futuro nadie lo conoce ni lo puede predecir. A lo sumo se pueden prever consecuencias esperables para acciones concretas, pero de ahí a que esas consecuencias se produzcan hay un trecho por el que tiene que pasar la realidad de cada uno.
    La suma de las consecuencias individuales hará ese futuro.
    Veamos entonces los hechos y las acciones que se toman por esos hechos para luego determinar las consecuencias esperables.
    Hecho
    Las enfermedades mortales por infecciones estuvieron con la especie humana durante toda su existencia.
    Rabia: Hay indicios de su existencia en el 1.800 antes de Cristo. Viruela: Se cree que se originó en la India o en Egipto hace 3.000 años. Peste bubónica: La primera epidemia de la que se tiene registro fue la que afectó al Imperio Romano de Oriente (Imperio Bizantino). Peste negra: Aparece a finales de la Edad Media (1340-1400 d.C.). Cólera: Las primeras descripciones de la enfermedad se pueden ver en los escritos de Hipócrates (460-377 a. C.). Disentería: Fue mencionada por Hipócrates medio milenio antes de Cristo.
    Consecuencia
    Hubieron epidemias y pandemias que mataron a gran parte de la población mundial.
    La primera reacción humana a las terribles pandemias ha sido el pánico. Un miedo súbito, extraordinario, que oscurece la razón. Al pánico sigue la huida, como consecuencia inevitable. En medio del pánico, sin embargo, siempre han existido hombres curiosos que han antepuesto la observación a su propio temor. Se produjeron impactos que cambiaron la historia. Pero en todas las pandemias, este terror irracional ha hecho retroceder momentáneamente en algún punto a la medicina y a la humanidad, por detrás de logros y de conocimientos ya establecidos.
    La segunda reacción, ya en medio de la catástrofe es la búsqueda de una causalidad.
    Para el hombre primitivo -y aun para el moderno- hay simultáneamente una culpabilidad, de manera que la epidemia es siempre un castigo.
    Según el notable historiador médico Laín Entralgo, la peste negra tuvo tres consecuencias importantes, además de las políticas (terminó con la Guerra de Cien Años):
    * Una gran recesión en Europa, no sólo demográfica, sino económica.
    * Una exaltación de ciertas prácticas religiosas viciosas, la muerte nivela a ricos y a pobres.
    * Como contrapartida, otros viven una exaltación de los placeres mundanos, ante la fugacidad de la vida (carpe diem).
    La peste siempre exaltó en algunos los más nobles valores humanitarios, en otros despertó ideas malvadas.
    Las guerras se detienen.
    En 1350 los tártaros sitiaban Caffa, un puesto comercial genovés en el Mar Negro (hoy Feodosiya, en Ucrania). Los sitiadores habían viajado con la peste desde Catay (China) y a través de Mongolia. Su jefe, el khan Janibeg, concibió la brutal idea de catapultar sus cadáveres sobre las murallas de la ciudad: murieron así sitiados y sitiadores.
    En el siglo XIV eran populares las guerras entre Inglaterra y Francia, conformando lo que se llamó la guerra de cien años, pero un inesperado enemigo iba a diezmar ambos ejércitos y poner una larga pausa en la guerra: la peste negra.
    En definitiva las consecuencias fueron dos conceptos profilácticos: el aislamiento (huida) y el acordonamiento (cuarentena, protección de fronteras).
    Eludir a los enfermos. Sepultar o quemar a los muertos. Abandonar los lugares. Acordonar los lugares.
    La cuarentena en los siglos XV a XIX (8 a 30 días, según patología).
    Para los barcos había dos condiciones, patente limpia o patente sucia.
    Patente limpia: desembarco libre.
    Patente sucia: Objetos: sereneige en cubierta – Pasajeros sanos: al lazareto – Enfermos: al hospital.
    En el siglo XIX ya había fuertes polémicas sobre la utilidad de la cuarentena. En 1872, en Italia, 800 barcos permanecieron en cuarentena, con fuertes pérdidas económicas, sin que enfermara nadie a bordo. En 1799, Napoleón desembarcó sus tropas provenientes de Oriente, en Frejus, Francia, haciendo caso omiso de la cuarentena, pues el tiempo era oro. Inglaterra suspendió la cuarentena y la Academie francaise declaró que la fiebre amarilla y la peste no eran infecciosas. Pero EE.UU. demostró un éxito total evitando la importación de la fiebre amarilla, de manera que la cuarentena continuó en Europa hasta principios del siglo XX.
    Los cordones sanitarios en las fronteras eran más difíciles de mantener. En 1530 fueron quemados en Italia algunos comerciantes que burlaron el cordón. Dos siglos después, en 1720, Inglaterra estableció un cordón de hierro para varios de sus puertos, debiendo luego echar pie atrás, pues la falta de abastecimiento hacia el interior estaba provocando «una penuria real, por evitar una calamidad probable». Por decreto del gobierno alemán del 29 de enero de 1879 prohibiose el ingreso desde Rusia de: «ropas interiores y de camas y vestidos usados, cueros, pieles, vejigas e intestinos frescos o secos, fieltros, cepillos, plumas, caviar, peces y bálsamo de Sarepta». En 1996, se prohibió la internación en toda Europa de carne de vacuno desde las islas británicas y se asesina a todo el ganado en pie, por una publicación afirmando » que no se puede descartar la trasmisión de la enfermedad de las vacas locas al hombre», con lo cual parece ponerse en manifiesto cierto retroceso irracional.
    El imperio austro-húngaro llevó al extremo los cordones sanitarios en su frontera con Turquía, en el siglo XVIII. Cada hombre tenía la obligación de cuidar la frontera 149 días al año, de manera que en 1799 había 692 puestos, con 4.000 hombres, que aumentaban a 7.000 y hasta 11.000 si había casos en Estambul: estaban tan cerca uno de otro, que de día podían verse y de noche llamarse
    Cordón sanitario
    1374. Italia. Edicto de Reggio.
    1530. Italia. Quema de evasores.
    1879. Alemania. Prohibición del ingreso desde Rusia de ropas, pieles, cepillos, intestinos, peces, caviar y bálsamo de Serepta.
    1996. Europa. Prohibición del ingreso de carne desde las islas británicas.

    Inmunización
    Las epidemias permitieron a algunas personas inteligentes observar que quienes habían sobrevivido a la enfermedad, no volvían a enfermar. La práctica de la variolización, esto es, la inoculación en la piel del contenido de una pústula de un enfermo, era ya milenaria en India cuando Lady Montagu la popularizó en Europa. Muchos morían de la variolización. La visión genial de Jenner, en 1776, de que podía inmunizarse sin peligro reemplazando la pústula de viruela por una de vacuna, terminaría por imponerse.
    ¿Cómo se generan las epidemias? No había sífilis en Europa antes del siglo XV, al menos no en forma masiva: se culpó a América. No había SIDA antes de 1981: se culpó a Haití. No había cólera antes de 1830: se culpó a India. Pero en India, de acuerdo a registros británicos muy serios, nunca «había habido enfermedad semejante». Cuando ya era un dogma que sólo el serotipo O 1 de Vibrio cholerae provocaba la enfermedad, ha surgido ahora en Bengala un serotipo totalmente nuevo, el 0139, que amenaza causar una nueva pandemia. Entonces… ¿aparecen nuevas bacterias o se modifican las anteriores? ¿Vuelve el castigo divino?
    Culpar a otros: La historia siempre se repite y las mentiras también:
    La peste negra vino de Catay: los chinos fueron.
    La sífilis vino de las Indias: roña española, mal francés, peste napolitana.
    El SIDA nació en Haití.
    Reaparecen las escenas de terror con el Ébola en los hospitales africanos, donde no quieren atender a los enfermos. Los laboratorios rehúsan trabajar el virus, alegando insuficientes condiciones de seguridad. Con el conocimiento adquirido a través de siglos de terror y de mortandad, hoy los pasos son más acelerados, pero las reacciones son las mismas, como lo ilustra el SIDA, que recuerda a todas las pestes: la muerte al azar (cólera), el temor y el rechazo (el perro rabioso), la segregación y la muerte en vida (lepra), el castigo a la vida licenciosa (la sífilis), la muerte inevitable, lenta y contagiosa (tuberculosis) y los hombres de iglesia, abriendo sus brazos sin temor al contagio, allí donde los médicos vacilan.
    Sin embargo, de esta visión del pasado surge una visión optimista: siempre el hombre ha terminado por prevalecer frente a las más tremendas epidemias.
    La OMS dice al respecto:
    Es probable que el impacto de la epidemia en la estructura demográfica y la esperanza de vida de la población adulta acarreen cambios negativos a gran escala en las pautas de comportamiento económico y social. Además de la pérdida de ingresos y del desvío de éstos a gastos sanitarios, las familias recurren a diversas estrategias de «afrontamiento» que a la larga tienen efectos negativos, como la emigración, el trabajo infantil, la venta de bienes y el gasto de los ahorros. Las familias que sufren la enfermedad o muerte de uno o más de sus miembros han de soportar tanto los costos directos de los gastos médicos y funerarios como los indirectos del impacto de la enfermedad en la productividad.
    En los jóvenes, los efectos psicológicos que provoca ver morir a sus mayores inmediatos en gran número a edades tan tempranas y el temor consiguiente por su propio futuro son enormes y repercutirán hondamente en el desarrollo económico. Además, los padres (en su mayoría adultos jóvenes) mueren prematuramente, por lo que no pueden traspasar sus bienes y aptitudes a los hijos.
    Se debilita así el proceso de acumulación y transmisión del capital humano (la experiencia, las aptitudes y los conocimientos de las personas) de generación en generación.
    En muchos países las mujeres se enfrentan ya a graves penurias como consecuencia de la desigualdad, la discriminación y la victimización, por eso a las mujeres les afecta desproporcionadamente la enfermedad.
    En muchos países, los efectos acumulativos de la epidemia podrían tener consecuencias catastróficas en el crecimiento económico a largo plazo y menoscabar gravemente las perspectivas de reducir la pobreza.
    En el pasado, los estudios han malinterpretado los efectos de las epidemias al considerarlos similares a los de conmociones aisladas como catástrofes naturales o reveses económicos internacionales, que muchas economías pueden absorber y que escapan al control de los planificadores. También las predicciones han reflejado a menudo el supuesto de que los países más afectados tenían un exceso de mano de obra, y han señalado que una contracción de la masa laboral podría conducir a un uso más eficiente de la tierra y el capital. Se pensaba que, en realidad, el PIB per cápita aumentaría si el descenso del PIB fuera inferior al de la población. Se creía, asimismo, que la destrucción de la población activa y, por tanto, la reducción de la oferta de mano de obra debida a la epidemia podrían dar lugar a un aumento de la productividad individual de los trabajadores restantes, porque cada uno de ellos dispondría de más tierra y capital con los que trabajar. La consecuencia de estos supuestos e interpretaciones erróneas fue que no se realizaron revisiones nacionales e internacionales de las políticas económicas para tener en cuenta el impacto de las epidemias.
    La pandemia tendrá efectos generalizados que persistirán durante generaciones y que en muchos estudios económicos no se pueden apreciar. La enfermedad y la muerte prematura representan inversiones en capital humano desperdiciadas y, a escala mundial, reducen los incentivos para invertir en el futuro.
    La amenaza que supone la epidemia para la seguridad regional es otro ejemplo de impacto indirecto que puede perjudicar a actividades económicas como el turismo o los flujos de inversión extranjera.

  2. HERNÁN DE ROSARIO dice

    Graciana Peñafort culmina su artículo de la siguiente manera: “¿Saben cuál es el desafío en estas épocas de coronavirus? No enfermarse y sobrevivir y que no se enfermen los demás. Y que no se mueran. Y que luego de sobrevivir podamos hacer un mundo más justo, más humano. Un mundo donde no te mientan aquellos en los que confías tanto que les abrís todos los días la puerta de tu casa y de tu mente. Un mundo donde las cacerolas se usen para cocinar. Un mundo mejor. Aquí. Donde ya hubo tanto dolor”. Estas palabras dejan al descubierto la utopía de la autora, su ideal. Apenas concluí la lectura rememoré lo que escribió José Ingenieros en “El hombre mediocre” sobre el ideal que, me parece, se adecua muy bien al colofón del escrito de Peñafort.

    Escribió Ingenieros:

    “Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en tí el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones, Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en tí quedas inerte: fría bazofia humana. Sólo vives por esa partícula de ensueño que te sobrepone a lo real. Ella es el lis de tu blasón, el penacho de tu temperamento. Innumerables signos la revelan—: cuando se te anuda la garganta al recordar la cicuta impuesta a Sócrates, la cruz izada para Cristo o la hoguera encendida a Bruno—; cuando te abstraes en lo infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de Montaigne o un discurso de Helvecio—; cuando el corazón se te estremece pensando en la desigual fortuna de esas pasiones en que fuiste alternativamente, el Romeo de tal Julieta y el Werther de tal Carlota—; cuando tus sienes se hielan de emoción al declamar una estrofa de Musset que rima acorde con tu sentir—; y cuando, en suma, admiras la mente preclara de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los héroes, inclinándote con igual veneración ante los creadores de Verdad o de Belleza. Todos no se extasían, como tú, ante un crepúsculo, no sueñan frente a una aurora o cimbran ante una tempestad; ni gustan de pasear con Dante, reír con Moliére, temblar con Shakespeare, crujir con Wagner; ni enmudecen ante el David, la Cena o el Partenón. Es de pocos esa inquietud de perseguir ávidamente alguna quimera, venerando a filósofos, artistas y pensadores que fundieron en síntesis suprema sus visiones del ser y de la eternidad, volando más allá de lo Real. Esos seres de tu estirpe, cuya imaginación se puebla de ideales y cuyo sentimiento polariza hacia ellos la personalidad entera, forman raza aparte en la humanidad: son idealistas. El Ideal es un gesto del espíritu hacia alguna perfección. Al poeta que definiera en esos términos, podría sintentizarlo así el filósofo: los Ideales son visiones que se anticipan al perfeccionamiento de la realidad. Sin ellos sería inexplicable la evolución humana. Esos hubo y los habrá siempre. Palpitan detrás de todo esfuerzo magnífico realizado por un hombre o por un pueblo. Son faros sucesivos en la evolución de los individuos y las razas.

    La imaginación los enciende en continuo contraste con la experiencia, anticipándose a sus datos. Esa es la ley del devenir humano: la realidad, yerma de suyo, recibe vida y calor de los ideales, sin cuya influencia yacería inerte y los evos serían mudos. Los hechos son puntos de partida; los ideales son faros luminosos que de trecho en trecho alumbran la ruta. La historia es una infinita inquietud de perfecciones, que grandes hombres presienten o simbolizan. Frente a ellos, en cada momento de la peregrinación humana, la mediocridad se revela por una incapacidad de ideales. Hablaremos en el lenguaje de nuestra filosofía. Al antiguo idealismo dogmático que los ideologistas pusieron en las «ideas absolutas», rígidas y aprioristas, nosotros oponemos un idealismo exprimental que se refiere a los «ideales de perfección», incesantemente renovados, plásticos, evolutivos como la vida misma. Acaso parezca extraño; mas no perderá con ello. Ganará, ciertamente. Tergiversado por los miopes y los fanáticos, el idealismo se rebaja. Tras un siglo de envilecimiento mediocrático, encaminado a la sórdida nivelación de todas las diferencias, siéntese en muchos el afán de rebelarse contra toda mediocridad plebeya: yerran los que miran al pasado, poniendo al rumbo hacia prejuicios muertos y vistiendo al idealismo con andrajos que son su mortaja. Esos ideales viven de la Verdad, que se va haciendo; ni puede ser vital ninguno que la contradiga en su punto del tiempo. Es ceguera, también, oponer a la imaginación de lo futuro la experiencia de lo presente, la Verdad al Ideal, como si conviniera apagar las luces del camino para no desviarse de la meta. Es falso; la imaginación conduce por mano a la experiencia. Que, sola, no anda. La evolución humana es un perfeccionamiento continuo del hombre para adaptarse a la naturaleza, que evoluciona a su vez. Para ello necesita conocer la realidad ambiente y prever el sentido de las propias adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas refléjanse en la mente humana como «ideales.» Un hombre, un grupo o una raza son «idealistas» cuando circunstancias ineludibles determinan su imaginación a concebir un perfeccionamiento posible: un Ideal. Son formaciones naturales. Aparecen cuando el pensar alcanza tal desarrollo que la imaginación puede anticiparse a la experiencia.

    No son entidades misteriosamente infundidas en los hombres, ni nacen del azar. Se forman como todos los fenómenos: son efectos de causas, accidentes en la evolución universal. Y es fácil explicarlo, si se comprende. Nuestro sistema solar es un punto en el cosmos; en ese punto es un simple detalle el planeta que habitamos; en ese detalle la vida es un transitorio equilibrio de la superficie; entre las complicaciones de ese equilibrio la especie humana data de un período brevísimo: en el hombre se desarrolla la función de pensar como un perfeccionamiento. Una de sus formas es la imaginación, que permite generalizar los datos de la experiencia, anticipando sus resultados posibles y abstrayendo de ella «ideales» de perfección. Así la filosofía científica, en vez de negarlos, afirma su realidad como formaciones naturales y los reintegra a su concepción monista del Universo. Un Ideal es un punto y un momento entre los infinitos posibles que pueblan el espacio y el tiempo. Evolucionar es variar. Toda variación es adquirida por temperamentos predispuestos; las variaciones útiles tienden a conservarse. La imaginación abstrae de los hechos ciertos caracteres comunes, elaborando ideas generales que permiten concebir el sentido probable de la evolución: así se elaboran los «ideales». Ellos no son apriorísticos; son inducidos de una vasta experiencia. Sobre ella se empina la imaginación para prever el sentido en que varía la humanidad. Todo ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el pasado y el porvenir. Los ideales son creencias Su fuerza estriba en sus elementos afectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en que los creemos. Por eso la representación abstracta de las variaciones naturales del hombre adquiere un valor moral: las más provechosas a la especie son concebidas como perfeccionamientos. Lo futuro se identifica con lo perfecto. Así los «ideales», por ser visiones anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el instrumento natural de todo progreso humano. Mientras la instrucción se limita a extender las nociones que la experiencia actual considera más exactas, la educación consiste en sugerir los ideales que se presumen propicios a la perfección. El concepto de lo mejor está implicado en la vida misma, que tiende a perfeccionarse. Aristóteles enseñaba que la actividad es un movimiento del ser hacia la propia «entelequia»: su estado perfecto. Lo que existe tiende naturalmente a él y esa tendencia es presentida por los seres imaginativos. Lo mismo que todas las funciones de la mente, la formación de ideales está sometida a un determinismo, que por ser complejo no es menos absoluto”.

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