Un mundo posthumano

Hace ya muchos años que llevo a lavar mi ropa a la misma lavandería. Quienes allí me atienden me conocen lo suficiente como para sostener frecuentemente algunas charlas amigables. Una tarde en la que dejaba mi pedido, el dueño, que conversaba con otro hombre, me pidió que siendo médico le explicara a su amigo, que tenía la mujer embarazada, cuán importante era que en el parto le guardaran la sangre del cordón umbilical para tener células madre que pudieran servirle a ella o a su hijo si llegaran a tener una enfermedad. Quedé perplejo ante esa introducción abrupta de un tema tan serio y complejo en un contexto como el que estábamos, y luego ensayé una respuesta de ocasión. Pero aquel hecho me hizo pensar.
¿Cómo es que hoy los más recientes desarrollos de la ciencia y la tecnología pasan rápidamente a ser parte del lenguaje de la vida cotidiana, aún sin comprender muy bien los conceptos que se usan? ¿Cómo se forma la opinión pública para la demanda de las intervenciones de alta complejidad que se derivan de esos desarrollos? ¿Cuál es la responsabilidad de los científicos, los profesionales de la salud, las corporaciones que producen los dispositivos tecnológicos, los políticos y la sociedad en su conjunto, para que los beneficios del progreso científico se asocien a un progreso responsable en el bienestar no sólo individual sino a la vez comunitario? ¿Qué explicación y sentido hemos de dar a los cambios radicales que tan profundamente están reformulando nuestras ideas tradicionales sobre la vida y el vivir humanos?
Se dice que la causa mayor de este cambio radical consistiría en el nivel actual de desarrollo tecno-científico que permite la integración de cuatro tecnologías convergentes: las nanotecnologías que operan en una dimensión ultramicroscópica, las biotecnologías que permiten modificar la estructura genética, las tecnologías de la información con su acceso a los perfiles individuales y colectivos de opinión, y las tecnologías cognitivas que con la inteligencia artificial están desbordando las capacidades del cerebro humano.

Esta confluencia unitaria de la ciencia y la tecnología en la nanoescala de átomos y moléculas permitiría cambiar la estructura de la materia permitiendo el ensamblaje entre la materia orgánica y la materia inanimada (por ejemplo, biochips para implantes cerebrales), para generar una nueva naturaleza nunca antes conocida. Y este cambio permitiría dar lugar a una nueva fábrica de la estructura social que podría mejorar la especie si reordenamos los límites tradicionales del conocimiento con vías nuevas y directas de acceso a los fines del trabajo, la economía y las hasta ahora llamadas humanidades.
Operando en conjunto con los desarrollos de las matemáticas, la computación y los sistemas, estas cuatro tecnologías harían posible la mejora de nuestras actuaciones en aspectos tales como: mejorar la eficiencia en el trabajo y el aprendizaje; mejorar las capacidades sensoriales y cognitivas individuales; lograr cambios revolucionarios en la atención de la salud; mejorar la creatividad individual y grupal; desarrollar técnicas altamente efectivas de comunicación incluyendo la interacción cerebro-cerebro; perfeccionar las interfases entre humanos y máquinas; mejorar las capacidades humanas con propósitos de defensa; y mejorar el deterioro físico y cognitivo.
Se ha dicho también que esos cambios están teniendo tal magnitud que la idea misma del ser humano que se desarrolló desde la Antigüedad hasta nuestros días ha llegado a su fin. Así lo han propuesto sendos informes dirigidos a planificar políticas públicas en Estados Unidos y Europa, y otras publicaciones y productos culturales. Y así se desprende del pragmatismo de un filósofo como Richard Rorty al plantear la disyuntiva entre conocimiento y esperanza. Esto significaría que debemos dejar de lado a nuestros tradicionales conceptos de persona, hechos, evidencia y bien, porque se ha iniciado el tiempo del poshumanismo y con ello de la posverdad y la posmoral.
Este poshumanismo sería pleno cuando la transformación radical de la naturaleza humana llegue a dar lugar a individuos transhumanos. En este sentido, la propuesta del poshumanismo presenta puentes de enlace con algunas posiciones filosóficas, políticas y sociales, y se acompaña de productos culturales que muestran estos signos de la actualidad.

Este planteo que de tan novedoso se presume revolucionario, se podría desafiar diciendo que todo es vanidad y nada nuevo hay bajo el sol, ya que el sofista Protágoras, al entrenar con su vasta cultura a los candidatos a ser políticos en la Grecia antigua, ya postulaba que “el hombre es la medida de todas las cosas”, considerando que las diferentes percepciones sobre una misma realidad indicarían que no hay una única verdad o una única moral. Pero los sofistas, aunque se daban por profesión el enseñar la sabiduría, fueron considerados maestros de las cosas útiles (pragmáticos, diríamos hoy), que enseñaban el arte de la elocuencia y la persuasión convirtiendo los argumentos más débiles en los más fuertes, reformulando los significados con un juego de palabras lleno de trampas dialécticas al servicio de los intereses del que las usaba pero no de la verdad. Y aunque decían que la justicia residía en las razones y sus palabras (hoy diríamos: “Que lo decida la justicia”), para Hegel por este camino podía probarse todo, como ya había señalado Aristóteles al dar el nombre de sofismas a las argumentaciones falsas con apariencia de verdaderas. Hasta Bertrand Russell, frente al pragmatismo, concluyó diciendo: “Evidentemente esto no sirve para nada”.
Por eso es que pese a su encanto prometedor, a este ensueño de un mundo feliz, se le han observado serios problemas éticos, sociales y legales. Un científico a quien nadie podrá acusar de poner obstáculos a la ciencia y la tecnología ha dicho: «Las computadoras con Inteligencia Artificial se adelantarán a los humanos en algún punto dentro de los próximos 100 años (…) Cuando esto suceda, necesitaremos estar seguros de que las computadoras tengan fines alineados con los nuestros (…). Nuestro futuro es una carrera entre el creciente poder de la tecnología y la sabiduría con la cual la usemos». Ese científico fue Stephen Hawking en una conferencia dada en Londres en 2015. Pero dado que la cuestión de los fines es el fundamento del humanismo y la ética occidental desde sus orígenes, y que ya conocemos a los engaños sofísticos, el desarrollo tecnocientífico que imagina Hawking nunca podría llamarse poshumanismo.

Y sin embargo, para los poshumanistas la distinción entre medios y fines, que casi todos tomamos por buena, al ser tradicional estaría entre los conceptos a ser superados. Y de igual modo, al transformar la naturaleza humana habría que reformular la idea fundacional de la historia de la profesión médica que en el tratado hipocrático Sobre los lugares en el hombre afirma: “La naturaleza del cuerpo es el principio de la razón en medicina”.
Por todo eso es que la propuesta del poshumanismo supone una transmutación de los valores de un alcance aún mayor, si cabe, al propuesto por Nietzsche. Se trata del reino de la opinión y no del de hechos y evidencias; un reino de prueba y error y no de principios éticos; un reino en fin de la inutilidad de los conceptos de dignidad y derechos humanos en un mundo de individuos que ya no serán personas. Unas sociedades en las que será el poder de las corporaciones el que fije los fines, dado que en un mundo poshumano ya no tendrán sentido las democracias liberales como estados de derecho. Un nuevo mundo para cuya construcción se requieren nuevos sofistas de una nueva retórica para quienes quieran alcanzar el poder.
Como ha dicho Habermas en El futuro de la naturaleza humana: “Debido a que la investigación biogenética se ha aliado con los intereses de los inversores y las demandas de éxito de los gobiernos nacionales, el desarrollo biotécnico despliega una dinámica que amenaza con hacer desaparecer de la esfera pública los procesos detallados de clarificación normativa”. Cualquier analogía con procesos político-sociales actuales tiene toda su razón de ser. Por eso la disputa por el significado que ha de tener el desarrollo de la ciencia y la tecnología para un mundo de sujetos morales y de derecho ha de seguir abierta por el pensamiento crítico.

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1 comentario
  1. […] Juan Carlos Tealdi  Cohete a la luna, 16-12-2017 […]

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