Un nuevo héroe

Macri puso en vigencia la pena de muerte express con la eficacia de un CEO

 

El gobierno patrio ha incorporado un nuevo héroe, pero esta vez no se trata de un CEO. Es un hombre de modesta condición, que seguramente no fuga divisas ni hace buenos negocios valiéndose del control del Estado; pero sabe matar, en la calle.

Quienes dudaban del carácter democrático de los PROceres y creían que gobernaban con y para los ricos, comprueban ahora que el mejor equipo admite jugadores nacidos y criados en los suburbios sociales; y que han cumplido con un caro anhelo de la gente: según el ideólogo de la revolución, “la mayoría quiere la pena de muerte”. Más aún, los patriotas que han salvado a la República al conseguir que el Poder Judicial encarcele políticos y dirigentes opositores, merced al coraje de la capitana Bullrich obtienen también la tan reclamada seguridad: ahora la sociedad no tiene que defenderse de un individuo que delinque sino del Estado que asesina. Desplazamiento que tiene su explicación si se considera no como un hecho aislado, sino como parte de las campañas del Libertador.

Con los antipáticos términos de la contabilidad pensemos que al robar, el joven morocho y pobre que había venido con su mamá y cuatro hermanos desde el campo salteño e intentado sin suerte ganarse la vida jugando al fútbol, pasó en un instante de ser acreedor a ser deudor social; y el Estado, hasta ese momento deudor moroso que en nombre de la sociedad debió haberle facilitado la solución de problemas tan vitales como qué comer, dónde vivir y qué hacer, asumió abruptamente el rol de acreedor sin darle a Kukoc la oportunidad de pagar civilizadamente su deuda. Pretendió que se la cobraba con la vida, nada menos. Con lo cual, en lugar de reparar la ofensa que el joven había hecho al conjunto social agregó una afrenta mucho mayor.

 

 

Entonces vale la pena detenerse en el ritual condecoratorio que tuvo lugar en la Casa Rosada. No por la inexistente heroicidad del héroe, ni porque los fastos y sonrisas hayan ocultado el horror que importa el hecho que se exaltaba, y tampoco porque una de sus motivaciones haya sido estar a tono con lo que indican las encuestas; sino porque, contra la voluntad de los actores, fue una perfecta alegoría de la contradictoria realidad en la que vivimos: mostró a un deudor histórico y serial del Estado —de la sociedad— que al convertirse en gobierno se autocondonó una deuda multimillonaria, con la que se podría aliviar la crítica situación —aceleradamente degradada desde que Cambiamos— de miles de familias como la del joven cuyo asesinato se celebraba; mientras exige a sus nuevos subordinados la eliminación fulminante de aquellos de esa condición que se aventuraran en el delito transformándose en deudores sociales. El gran deudor de ayer, de hoy y de siempre, desplaza la mirada de los acreedores al verdugo implacable por él laureado y al deudor fugaz ya ejecutado.

Para completar, no podía faltar esa irresistible tradición nacional que consiste en que todo acto de guerra habrá de recibir la bendición eclesiástica, como durante la epopeya videlo-masseriana; la valiente acción de Chocobar (foto principal, junto a Bullrich) al matar por la espalda a quien huía desarmado después de robar debía tenerla, y la tuvo.

Si Macri pudo poner en vigencia la pena de muerte express con la eficacia de un CEO, se debe a que esta lógica perversa que supera el primitivismo de la Ley del Talión no sólo cuenta con el apoyo del Patricia-do, que sabe lo que quiere y sabe lo que hace. También tiene sustento en la ignorancia militante de amplios segmentos de las capas medias, aunque un sociólogo serio no metería todo el medio pelo jauretcheano en la misma bolsa. Más allá del odio de clase compartido, están, por un lado, los que piensan que Estados Unidos es una superpotencia porque en varios de sus Estados rige la pena de muerte (esos son irrecuperables); y, por otro, quienes atribuyen a este tipo de hechos aberrantes una capacidad intimidatoria que no tienen, y llegan a afirmar que Macri no reprime, previene; estos suponen que al presenciar el cuerpo inerme de los Kukoc, los candidatos al delito verán en él su destino y darán marcha atrás; desconocen que en ningún tiempo ni lugar las formas más crueles de la pena de muerte —si cabe tal gradación— han hecho retroceder al delito; niegan que, en materia de deudores sociales, cuando haya menos de los Macri habrá menos de los Kukoc. Si tan honorables ciudadanos consumieran buenas estadísticas, los proveedores de Durán Barba no depondrían datos tan lamentables.

Gramsci, héroe de verdad, señalaba que entre los actos de la escena política hay que distinguir aquellos que son orgánicos en tanto expresión de las determinaciones de la estructura. Tales acontecimientos —insistía— son los fundamentales para definir una estrategia “insurgente”, por encima de los hechos que son pura propaganda o meros cambios tácticos de las fuerzas del poder o “errores de los gobernantes”. Con la virtual implantación de la pena de muerte, nuestra escena política muestra un hecho orgánico/fundamental.

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