UN POCO DE LOCURA ESTÁ BIEN

Hebe vive en los pueblos insurrectos del mundo

 

Nada que festejar. De disponer de una pared blanca balconeando sobre la Plaza de Mayo escribiríamos: Año nuevo sin presxs políticxs. Y por si necesitara traducción: Milagro Sala Libre. ¿Nos queda alguna duda de que Hebe escribiría ese mensaje? Y si derrumbaran esa pared la escritura quedaría en los escombros. Desde una cárcel latente, una; revoloteando sobre la Plaza, la segunda; y aún otra, devolviendo los oscuros golpes de un sistema mafioso. Las tres, como un lenguaje sagrado, arte popular, rito pagano y poesía, insisten sobre los mismo: la lucha y la imaginación popular deben salir a encontrar su locura. Es deseo para el 2023.

 

Fidel y Ernesto se encuentran en la casa de María Antonia en México. El Granma aún no ha zarpado de Tuxpan y la lucha por la independencia está en sus instancias preparatorias. Guevara aún no es el Che y el devenir argentino de su identidad latinoamericana migrante aún no contempla la vertiente cubana. Luego de la cena toman café en el balcón, conversación que dura toda la noche. Fidel le cuenta de la expedición, de lo que tienen: dinero, poco o nada; combatientes, un puñado, una treintena. “¿Tú crees que estoy loco?”. “Un poco”. “Un poco de locura está bien”, es la frase de Fidel dirigida a Che, el argentino de Soderbergh.

Fuera de la ficción, ese mismo loco desde La Habana llama a Buenos Aires para hablar con otra loca, parte de las “14 mujeres, ingenuas y muy amargadas” que les devolvieron su propio horror a los genocidas, tal como los barbudos le devolvieron su propia ignominia al imperialismo. Le pregunta por su madre, antes de invitarla a viajar a Cuba. Lo cuenta la propia Hebe en la presentación de la cátedra libre “Fidel Castro” en la Universidad Nacional de José C. Paz en noviembre de 2018, con la respiración entrecortada de asmática que le conocemos, repasando las necesarias formas de lucha revolucionarias ante fieras imperecederas, sedientas de sangre. En la pedagogía de Hebe, la locura revolucionaria es menos un accidente que un devenir inevitable: una locura. ¿Y qué es la locura sino la señal propiciatoria de una imaginación distinta de habitar el mundo?

Esa misma locura se apoderó el domingo pasado de la Plaza de Mayo, se concentró alrededor de la pirámide, en otra ronda, para caminar una vez más con Hebe. En el Día de la Soberanía estaba sin estar por emprender otra caminata hacia parajes desconocidos, aunque podemos suponer que también allí imprimirá los signos de la locura y la revolución. La locura el domingo estaba también en la naturaleza, pues en un puñado de horas se alternaron en la Plaza las cuatro estaciones. Un viento frío con goterones en una Plaza convertida en pileta, en la que un nene travieso y con flequillo saltaba de un charco al otro: “¿Qué te dije de las zapatillas, Joaquín?”, admonición de una madre más próxima a un estímulo, mientras la ronda coreaba: “Hebe no se murió, Hebe no se murió, Hebe vive en el pueblo y en la lucha que la parió”. Luego, una llovizna fina entremezclada con otras humedades más humanas, marcó el momento de vocear: “A pesar de las bombas, de los fusilamientos, los compañeros muertos, los desaparecidos… ¡no nos han vencido!”. Ráfagas de viento inquietas y templadas con olor a río, dieron paso a las banderas y mensajes manuscritos que se colgaron en la reja y el cántico: “Yo voy a seguir la bandera de Evita… Cuando bajaste los cuadros todo empezó a cambiar, dijimos no al ALCA, también al FMI, a todos los gorilas, y al monopolio de Clarín”. El calor del verano llegó con la cifra imperecedera del dolor popular: “30.000 compañerxs desaparecidxs, presentes”. Los nombres –los que conocemos, pues hay tantos que aún deben ser descifrados– se conservan en las baldosas de la memoria, escritos al pie de arbolitos de troncos precarios que no dejan de plantarse para que crezcan, en chapas destruidas, sustraídas y repuestas con energía vitalista, desplegadas desde El Angosto hasta Cabo San Pío y desde Paso El Azufre hasta el Instituto Universitario Nacional de Derechos Humanos “Madres de Plaza de Mayo”. Esto es, a lo largo y a lo ancho de la memoria geográfica popular argentina.

 

Las palabras de Alipio Paoletti, la letra de su hija Ana, para despedir a Hebe.

 

El espíritu de la Plaza del domingo pasado no fue exactamente un festejo tal como lo imaginó alguna vez la propia Hebe, aunque la fiesta tampoco estuvo ausente, se mezcló con un sentimiento de congoja intermitente y extraordinaria. Acaso las marchas del 24 de marzo concentren ese mismo espíritu fluctuante.

Hebe es un símbolo de la Argentina popular para América Latina y el mundo. Sobre los símbolos los pueblos construyen su existencia. Hebe no murió, ahora vive en los pueblos insurrectos del mundo y su ausencia nos obliga a redoblar nuestra presencia para hacer memoria de sus palabras estridentes, sus acciones políticas. Hebe está dentro de la historia nacional y también la excede, como el pañuelo blanco de las Madres bordado en azul con la delicadeza artesanal de una mano, que se desborda sobre tantas otras cosas. Sobre un pañuelo más reciente teñido de verde, por caso. Todo símbolo, además, es sostenido por un ritual, como el de la Plaza del domingo pasado, conectado subterráneamente con otro ritual, el del 17 de noviembre en el estadio Maradona de La Plata. Allí Hebe fue huella de una ausencia. Su ausencia el domingo fue repuesta por una de las tantas imágenes socializadas en las redes: un dibujo en el que aparece corriendo en chinelas cual Diego en el Mundial de 1986 con una pelota acomodada en el muslo derecho gambeteando hacia la izquierda. Una de las tantas imágenes vituperada en las redes por las formas del fascismo intersticial vigente en la Argentina.

 

Ilustración: Claudio “Maléfico” Andaur. IG: maleficomix.

 

 

Hebe se excedió sobre tantas otras cosas y tantas otras geografías. Si bien la palabra generación tiene un peso ontologizante, pertenezco a la de lxs Hijxs y me acuerdo de alguna que otra imagen en blanco y negro de Hebe en Roma, con los diputados de la izquierda italiana, transmitida por Rai 3, un canal que a mediados de la década de 1980 seguía encuadrado en la atmósfera cultural del Partito Comunista Italiano. Son imágenes contemporáneas de otras en blanco y negro de Strassera fumando en el Juicio a las Juntas. Imágenes de la infancia que enlazaban, sin que lo supiera, dos países lejanos empalmados por una historia común de muchas declinaciones. Maradona es una de ellas, que anuda Fiorito con Nápoli. El Archivio Desaparecido. Storie di Desaparecidos italiani in America Latina es otro ejemplo reciente de la historia común de Italia y la Argentina. El viernes 20 de julio de 2001 Hebe participó en una asamblea en la ciudad de Génova, organizada en el lungomare de esa ciudad. El Estado italiano había matado a Carlo Giuliani y Hebe estaba ahí para denunciar la miseria planificada del neoliberalismo. Voceó “aparición con vida”, nos contó de los pañuelos que al comienzo habían sido pañales de gasa, de cómo las Madres socializaron la maternidad, y enfervorecida explicó que asesinatos como el de Carlo, como las desapariciones de las juventudes revolucionarias argentinas, generaban nueva vida. “Los indispensables nunca mueren”, dijo, y esto vale para ella también. Pocas horas después, en Génova, la lucha de clases recrudeció. Aún no lo sabíamos, pero la experiencia de via Tolemaide, del barrio Foce, de la escuela Diaz-Pertini y la tortura en Bolzaneto iba adhiriéndose a la experiencia de la Plaza de Mayo de 2001. El julio italiano había devenido el diciembre argentino, tampoco lo sabíamos. Luchas entrelazadas de la historia, unidas por una inspiración singular y ahora eterna: Hebe.

 

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