Un presidente transhumano

Manipulación, mentiras y renuncia a los límites morales

 

Hace unos días, en una nueva edición de su diccionario, la Real Academia Española definió la posverdad como “distorsión deliberada de una realidad que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. Y cerró la definición con un ejemplo de uso: “Los demagogos son maestros de la posverdad”.

Aunque el diccionario todavía no ha incorporado al término posmoral, varios autores nos dan las claves para entenderlo como la creencia y el hábito de actuar guiados por el interés propio, el deseo y el bienestar individuales, sin sujetarse más que mínimamente a las normas colectivas y el bien común. A mi entender, así como la posverdad se define como contraria a la realidad en tanto fundamento de la verdad, la posmoral individualista se presenta como contraria al universalismo del deber que es fundamento de la ética. Y hay que recordarlo: la moral universalista más ampliamente compartida de todos los tiempos, sin distinción de raza, género, religión, ideas políticas, u otras diferencias, es la moral de los derechos humanos. Por eso es que la posmoral es, esencialmente, un negacionismo y destrucción de la moralidad protegida por los derechos humanos.

En ese marco hay que entender al poshumanismo de la posverdad y la posmoral como la ideología que usa a la tecnociencia como medio para la globalización de un nuevo liberalismo, que convierte toda realidad en mercancía, precio y mercado. Dicho de otro modo: el nuevo liberalismo es el fundamento histórico-político del poshumanismo. Pero si en el reino de los fines todo tiene un precio o una dignidad según Kant, la reducción de toda realidad a cosa con precio significa la exclusión de toda dignidad. Y si una ética de la vida como es la bioética no puede dejar de rechazar estos supuestos, cabe que nos preguntemos: ¿cómo se construye un mundo poshumano en el que la posverdad y la posmoral lleguen a ser los criterios para fundamentar nuestros juicios y nuestras acciones?

La construcción de un mundo poshumano no es una consecuencia simple del desarrollo tecnocientífico. Como bioeticista, soy necesariamente crítico de los aspectos negativos de la tecnociencia. Si la reproducción médicamente asistida es un gran avance del que todas las personas deben gozar en igualdad de condiciones y sin discriminación alguna; la elección de un niño por el color de sus ojos o de su piel, por alguno de sus rasgos o por diferencias que a él/ella no le resultan una gran carga para el goce de sus derechos, no es éticamente justificable. Y así como hay una finalidad justa en el investigar con bioimplantes cerebrales que permitan recuperar funciones perdidas, también es éticamente condenable que esos implantes se utilicen para controlar la información privada de las personas y así manipularlas. De allí que la tecnociencia pueda ser muy beneficiosa o muy dañina, según las decisiones de quienes las usen. Las verdades de la ciencia mediadas por las nuevas tecnologías sólo llegan a ser progreso, o injusticia y daño para las personas, cuando alguien se apropia de ellas y las usa para unos u otros fines.

Por eso es que el desarrollo tecnocientífico en sentido poshumanista requiere la intervención de diversos agentes sociales, económicos y políticos, que en modo activo o pasivo puedan colaborar en la planificación, desarrollo y ajustes de un proyecto que pretende introducir un cambio progresivo y radical del vivir humano. Aunque a la vez, y desde el inicio, esa construcción se propone en permanente dialéctica con una progresiva destrucción del mundo previo. Esos agentes de la construcción/destrucción poshumanista ocupan distintos lugares en la sociedad, pero los más importantes son los que tienen poder, y tanto más cuanto más poder tienen, al modo de los gerentes ejecutivos de las grandes corporaciones industriales o financieras (los señores del mercado), y de los presidentes de los estados-nación.

Aquí entendemos poder en el sentido que le dio Max Weber: “Poder es la probabilidad de que un actor dentro de una relación social esté en posición de realizar su propia voluntad, a pesar de las resistencias, e independientemente de las bases en las que resida tal probabilidad”. Para los que trabajamos en ética, la autonomía de la voluntad es una cuestión mayor (aunque no absoluta como promueve el poshumanismo), y es por eso que no podemos dejar de pensar en esos actores. Y aunque esa construcción/destrucción tenga un tiempo y alcance global, el estado de avance o retroceso de sus actividades ha de verse en los tiempos locales.

 

 

En octubre de 1992, un grupo de bioeticistas de distintos países del mundo nos reunimos en Amsterdam para poner en marcha una asociación internacional de bioética nacida por iniciativa del filósofo australiano Peter Singer. A esa reunión llevamos desde Argentina la propuesta de realizar el segundo congreso en Buenos Aires. Dos años después, ya realizado, Singer me confesó que en el consejo directivo de la asociación, al aprobar nuestra propuesta, habían imaginado que haríamos una reunión emotivamente muy entusiasta pero académicamente débil. Sin embargo los resultados les demostraron que estaban equivocados, por el nivel de problematización crítica que habían presentado los representantes de los países de América Latina. Debía entenderse, entonces, que en nuestra América teníamos una adecuada y suficiente formación para debatir cuestiones éticas. Algo cercano a lo que antiguamente Sócrates ya le había contestado al sofista Protágoras, en cuanto a su supuesta habilidad para enseñar el arte de la política (y por ende la virtud de la justicia) en Grecia: “Yo creía, Protágoras, que esto no era enseñable (…) yo opino que los atenienses son sabios en cuanto a la administración de la ciudad (…) ya sea carpintero, herrero o zapatero, comerciante o patrón de barco, rico o pobre, noble o vulgar…”

Por aquel entonces Singer era profesor en la Monash University en Melbourne, pero en 1999 pasó a ocupar una cátedra de bioética en la Universidad de Princeton, una de las más prestigiosas de Estados Unidos. Singer se había ocupado en profundidad de muy diversos temas de bioética dando lugar con algunos de ellos a fuertes polémicas. Y aunque personalmente nunca compartí el utilitarismo de su filosofía siempre respeté con cierta admiración la integridad de su coherencia al defender sus convicciones con enfoque de justicia. En ese itinerario, y sin concesión alguna por su nuevo estatus a la obligación ética de decir verdad, Singer publicó en 2004 El presidente del Bien y del Mal. Las contradicciones éticas de George W.Bush.

El libro analiza la falsedad de las afirmaciones presidenciales sobre las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein; su incapacidad para reconocer errores; su falta de responsabilidad frente a los tratos crueles, inhumanos y degradantes de soldados estadounidenses; su rechazo al matrimonio entre homosexuales; la negación de fondos federales para las investigaciones con células madre; y su apoyo a la política anexionista de Israel; entre muchas otras conductas incorrectas. Para Singer, la dificultad de Bush para admitir que estaba equivocado era su convicción moral de saber discernir entre el bien y el mal, aunque parecieran importarle más los embriones congelados que los miles de hombres, mujeres y niños iraquíes muertos por su guerra contra Irak. Y afirma: “George W.Bush no sólo es el presidente de Estados Unidos, sino su moralista más destacado”.

 

Como la globalización del nuevo liberalismo ha globalizado no sólo el comercio y las finanzas internacionales sino y consecuentemente los modelos a imitar de las personas poderosas y sus actos, y entre ellas las de los presidentes y sus políticas; en Argentina es bueno que nos preguntemos si el presidente Mauricio Macri no es también un presidente del bien y del mal, con las contradicciones éticas de su arte de ganar. Hay muchas razones para creer que sí, aunque haya que matizar esta creencia. Un presidente argentino no tiene el poder ni sus decisiones tienen el alcance de las de un presidente de los Estados Unidos. Y sin embargo puede decirse que en un aspecto ideológicamente cualitativo, Macri propone una versión mejorada a la de Bush.

Por un lado comparte con Bush la posverdad de su distorsión deliberada de la realidad, manipulando creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública. (La contradicción entre sus políticas y sus afirmaciones de campaña, la retórica engañosa de sus discursos que han de ser leídos en espejo para ver la grafía original.) Por el otro, la posmoral de un hábito de actuar guiado por el interés propio de su clase (un gobierno para los ricos), el deseo y el bienestar individuales (el emprendedorismo), sujetándose mínimamente a las normas y el bien común (negacionismo e incumplimiento del sistema internacional de derechos humanos). Macri cree, como Bush, que no sólo es capaz de discernir entre el bien y el mal, sino que puede hacer que el bien se haga realidad por sus actos y con independencia de todo supuesto previo.

Es así que el presidente Macri cree bueno nombrar por decreto a los jueces de la Suprema Corte de Justicia; quitar las pensiones a las personas con discapacidad; reducir los medicamentos a los ancianos; ajustar los ingresos de jubilados, pensionados, niños en situación de pobreza y veteranos de guerra; cuestionar a una jueza que prohibió a las fuerzas de seguridad que reprimieran la protesta social con armas de fuego; perdonar las millonarias deudas de su padre con el Estado; tener decenas de empresas registradas en guaridas fiscales sin considerar que ello fuera inmoralidad alguna; perseguir y encarcelar a sus opositores políticos; silenciar al periodismo y a toda palabra crítica de sus políticas; hacer juicio político a todo juez cuyas sentencias resulten contrarias a sus deseos; presionar hasta forzar la renuncia de la Procuradora General de la Nación; nombrar como responsable de la Oficina Anticorrupción a una persona condescendiente con su interés; y reclamar el volver a la época en que dar la voz de alto significaba entregarse, al evaluar el ejercicio de una represión seguida de la muerte por la espalda de un indígena mapuche. Pero Macri no es un presidente del bien y del mal con la simpleza de un hombre de Texas para quien el petróleo, las armas y el moralismo fueron sus ejes obvios.

Mauricio Macri es en realidad un presidente que pretende promover el cambio cultural que ha de llevar al futuro, mediante un estado de cambio y transformación progresiva para avanzar mediante la conversión de la dignidad en algo inútil, y el estudiado cultivo de la posverdad y la posmoral, hacia una lejana perfección superadora que sólo llegará con esa militancia. La insensibilidad hacia la dignidad humana, la distorsión de la realidad y el actuar por interés propio, son las características del transhumanismo, como etapa previa al poshumanismo. Mauricio Macri es un militante del nuevo liberalismo cuya ideología es el transhumanismo. Mauricio Macri es un presidente transhumano. Por eso es que a lo dicho por Singer y a la manipulación de los votos ciudadanos, el salvataje de bancos y empresas, la destitución de fiscales federales y el asedio al Departamento de Justicia de Bush hijo, Macri ha sabido asociarle en modo sofisticado la “Ley y Orden”, reducción de sueldos, espionaje y mentiras de Nixon; las privatizaciones, rebaja de impuestos, desregulación financiera, recesión para reducir la inflación, aumento de la deuda pública y construcción del enemigo como “imperio del Mal” que introdujo Reagan; en una amalgama de CEOs mejoradora del carácter empresario de Bush padre. Pero a la vez, y a diferencia, Macri ha hecho negocios y comparte su epistemología de la posverdad con Donald Trump, el presidente al que el Washington Post le enumeró 488 mentiras en sus primeros 100 días en la Casa Blanca, y comparte con él su alineación con el armamentismo y el anexionismo del estado de Israel.

 

 

Por eso, en esta etapa del liberalismo Macri mejora la ideología de Bush y la profundiza, reformulando aquella pesada petición nietszcheana de Más allá del Bien y del Mal, demasiado bíblica en su arbórea terminología, para reemplazarla con la etérea ligereza de una realidad ilusoria de globos en ascenso que puede alucinarse en ese creer que es lo que no es.

Ese avance hacia la construcción de un mundo poshumano se afirma sobre la retórica de una promesa propagandística del saciar todo deseo individual insatisfecho, sea este deseo de los pobres o de los ricos, de los viejos o de los jóvenes, pero medido no en cuanto clase o grupo social sino en tanto individuo encerrado en las fantasías que sólo se sostienen con el fascinado narcisismo de la propia imagen espejada en un escenario vacío de los otros, que son los que nos hacen humanos.

Es así que la exaltación mediática del individualismo egoísta por la manipulación, las mentiras y la renuncia a los límites morales, contraria a la noción de sujeto moral y de derecho, explica las razones de los votos a este transhumanismo en diferentes grupos sociales de la democracia liberal, incluyendo a los que las políticas del nuevo liberalismo perjudican objetivamente. Porque es sólo en esa fantasía autorreferencial donde puede sostenerse la negación de una realidad que no deja de ser colectiva. Una realidad que siempre ha terminado y terminará frustrando a todo insaciable principio del placer, a menos que nos volvamos psicóticos.

 

Juan Carlos Tealdi es médico.

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