Un solo demonio tiene Uruguay

Lacalle recicla el relato del terrorismo de Estado para hacer creíble la impunidad

 

Una exposición de veinte minutos del historiador y politólogo Gerardo Caetano ante el Instituto Militar de Estudios Superiores (IMES) del Uruguay el 31 de agosto puso en evidencia como nunca las limitaciones premeditadas de la transición uruguaya, el cierre formal del relato oficial con que se venían afirmando bondades de la dictadura cívico-militar uruguaya en relación a otras de la región, y los avances de dos partidos políticos en la politización electoral de unas Fuerzas Armadas que siguen sin ser de la Nación. También, la responsabilidad de todos los partidos políticos en que hoy exista un partido militar, Cabildo Abierto, con un 11% de los votos y –según uno de sus propios diputados, Eduardo Lust– con la mitad de sus miembros con pasado como torturadores, y más. Lo puso en evidencia como nunca, porque nadie en el Uruguay lo había dicho ante una audiencia militar y respondiendo a su invitación.

Mucho y muchos indican –Caetano entre ellos– que el comandante en jefe de Ejército Gerardo Fregossi y el director del IMES, general Mario Moreira, fueron quienes tuvieron y promovieron la iniciativa, luego avalada por el ministro de Defensa, Javier García. Ellos plantearon la creación de la unidad didáctica “Conflictos y crisis en la segunda parte del siglo XX e inicio del siglo XXI”, que incluirá “insumos complementarios a su formación” acerca de “los procesos históricos desarrollados en el Uruguay en los últimos 60 años (1958-2020), vinculados a los aspectos y/o situaciones en las cuales las Fuerzas Armadas y el Ejército Nacional tuvieron una participación directa o indirecta, cuyas consecuencias perduran en la actualidad”, a ser impartido en la formación militar hasta oficiales superiores. Las otras dos fuerzas militares no compartieron la iniciativa.

Las revelaciones de las actas de los tribunales de honor a cinco criminales de lesa humanidad (Jorge Silveira, Ernesto Ramas, Gilberto Vázquez, Luis Maurente y José Gavazzo) en 2019 y 2020 mostraron el horror de los actos cometidos por el terrorismo de Estado y la pasividad de los integrantes de los tribunales militares. Y aunque el acento de lo que declaraban ante sus pares se puso para la opinión pública en la inhumanidad de esas acciones y no en que las realizaban por orden superior, la imagen institucional de la fuerza de tierra se vio fuertemente afectada.

Estos hechos están entre las motivaciones del mando del Ejército para lanzar la iniciativa del programa lectivo sobre historia reciente, que en principio apareció como positiva, afirma Caetano. “Y en ese sentido hay que darle una carta de crédito. No firmar un cheque en blanco, pero sí advertir que es el reconocimiento de que el discurso que prevalecía en el ejército hasta 2019 –porque bajo la comandancia de Manini Ríos (Guido, gestor y cabeza del partido militar Cabildo Abierto), todo eso se mantuvo– ya no podía seguir; el rey está desnudo. El negar que en Uruguay hubo detenidos-desaparecidos, tortura, etcétera, es un relato que este programa culmina oficialmente. En ese sentido hay un reconocimiento básico de verdad. Lo que pasa es que, claro, la exigencia de verdad va mucho más allá”.

 

Gerardo Caetano puso en evidencia las limitaciones premeditadas de la transición uruguaya. Foto: Federico Gutiérrez, La Diaria.

 

La frase más difundida de la exposición de Caetano fue: “Ustedes no deben recoger la mochila de aquellos que –utilizando el uniforme de la República– violentaron los derechos de la República”. Pero dijo más, y el hecho de que simples verdades democráticas no puedan ser pronunciadas en el ámbito militar sin despertar agresiones es la medida de la intolerancia que existe, hoy arropada en una cultura de impunidad lograda en casi cuatro décadas de institucionalidad republicana de medias tintas.

Dijo Caetano: “No tienen por qué hacerse solidarios con actos que violentan las reglas fundamentales de vuestras convicciones democráticas”; “No hay razón alguna que justifique la violación de la Constitución, y no hay razón alguna para ningún actor”; “Del mismo modo en que no creo en la teoría de los dos demonios, no creo que el único terrorismo haya sido el terrorismo de Estado, pero reitero que fue el más ilegítimo”; “Porque no puede ser que el Estado se vuelva contra sus ciudadanos para cometer tropelías inconcebibles, como la desaparición forzada de personas, la tortura, el sometimiento de civiles a la arbitrariedad de prácticas de justicia militar indebida, la coacción a las libertades individuales fundamentales, la apropiación de funciones políticas que solamente el soberano puede transferir”.

“En una democracia –continuó Caetano– no gobierna Dios, no gobiernan los arios, no gobierna el proletariado, no gobierna ninguna clase social. En una democracia gobierna quien elige el soberano. Y en una democracia, el soberano es el pueblo. Por eso, la violación más grande de los derechos que provienen de la soberanía popular es el terrorismo de Estado. Y en Uruguay tuvimos terrorismo de Estado”; “Una institución genera historia, pero tiene que seleccionar qué historias hereda y cómo lo hace […] Lo que fue terrorismo –estatal o no estatal– fue terrorismo. Y deben ser condenados sus protagonistas”.

La transcripción de sus palabras no fue proporcionada por la institución, pese a los muchos pedidos hechos. Se conocen sus aspectos fundamentales –algo que Caetano corroboró– por la presencia en el acto de un periodista avispado, Leonardo Haberkorn, que las publicó en La Diaria.

La ola de improperios –argumentos, ninguno– que recibió por ello el destacado intelectual uruguayo, fue intensa en redes sociales, y tuvo su mayor exponente en una carta del terrorista de Estado, espía ilegal en democracia y hoy preso Eduardo Ferro, que publicó el semanario Búsqueda. También fue grande la ola de solidaridad con Caetano, notoriamente la de los dos generales convocantes y la de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos. Esta hizo notar el silencio al respecto del Presidente Luis Lacalle y del ministro de Defensa, Javier García. Lo notable respecto de García es que el ministro fue al acto, y aunque no estaba en el programa, no se privó de hablar, con palabras además de consideración hacia lo dicho por Caetano; algo de lo cual estará arrepentido. Tiempo después, lo enredaron en sopa de micrófonos con una pregunta directa sobre lo escrito por el criminal de lesa humanidad Ferro en relación a las palabras de Caetano: “Bueno, son distintas opiniones”, dijo. Y Caetano reflexiona: “Yo me hago cargo de que quienes impulsaron esto, Fregossi y Moreira, deben haber soportado críticas durísimas”.

García, que ingresó a la política en el ala progresista del Partido Nacional, el wilsonismo, hoy pone toda su capacidad al servicio del herrerismo en sus afanes por captar el voto militar. Ni él ni el Presidente Lacalle pierden oportunidad de hacerse presentes entre los uniformados. La lucha por el voto militar está en desarrollo.

“Es evidente que la llamada familia militar hoy está siendo objeto de una competencia político electoral, en la que claramente los grandes oponentes son el Partido Nacional y Cabildo Abierto. Si tú recorres los discursos tanto de García como del Presidente en relación al Ejército, tú verás sin duda alguna una competencia con Cabildo Abierto. También, digámoslo, esta operación Cabildo Abierto, el ex comandante en jefe Guido Manini Ríos convocando a la familia militar en una dirección político electoral, nació en el gobierno de José Mujica, que fue quien lo ascendió y nombró comandante en jefe –recuerda Caetano–. Luego perduró en el cargo hasta el tiempo electoral en forma poco creíble. Acordémonos de sus desbordes, de sus dichos, de sus declaraciones, de sus intervenciones. Acá hay una responsabilidad general, de la que ningún partido está ajeno. Es visible que hay una competencia actualizada por el voto de la familia militar entre el Partido Nacional y Cabildo Abierto; no cabe duda. Pero en términos más históricos, esa competencia incluye a todos los partidos”.

Desde su segunda presidencia, Tabaré Vázquez soportó las críticas de Manini a los otros dos poderes del Estado, sus desmanes, y cuando logró superarse en su desacato lo sancionó con un mes de arresto a rigor, que supuestamente cumplió durante un viaje oficial a España. Lo dio de baja por otro exabrupto, al filo de los plazos de inscripción para las elecciones nacionales. Y Manini se llevó consigo al escribano de Casa de Gobierno, Guillermo Domenech, quien atravesó los tres gobiernos sucesivos del Frente Amplio y hoy es senador de la República junto a Manini.

Pasado el acto en el IMES, se conoció el programa sólo porque en diciembre se le dio estado parlamentario, ya que necesitaba la aprobación del Parlamento. “Yo no conozco los programas anteriores, y éste debe tener elementos positivos en tanto incluiría elementos que en los anteriores programas no estaban ni en sueños”, estima Caetano. Valora expresamente la bibliografía de la materia, por amplia, diversa y equilibrada en sus visiones. “Pero en el programa persiste, primero, un enfoque parcial de cómo se llega a la dictadura, donde el principal responsable es el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. Ya ni siquiera es la teoría de los dos demonios, sino la del único demonio”. Es que en sus precisiones y vaguedades, el Ejército logra un programa de estudios del período en el que ellos no son los malos, no son siquiera uno de los demonios.

El MLN-Tupamaros es analizado extensamente desde su origen en 1963 en cada uno de sus operativos mayores, en sus relaciones internacionales y en su derrota. En cambio, el Partido Comunista del Uruguay (PCU) no es nombrado sino como “Actuación de un partido político en el periodo a ser analizado (1958- 2020)”, y por la bibliografía del curso se entiende que es el PCU. Esta fuerza política tuvo 18 muertos por la represión en la calle (uno en Buenos Aires), 16 muertos en torturas y 23 detenidos-desaparecidos, entre otras muchas víctimas en decenas de miles de afiliados. Y aunque la represión contra el PCU fue constante en los años previos, a partir de 1975 fue objeto de un largo operativo represivo –duró hasta 1983– bautizado Operación Morgan. El nombre era porque iban expresamente tras el dinero del PCU; uno de los detenidos-desaparecidos fue su secretario de Finanzas, Eduardo Bleier.

“No se analiza con igual profundidad qué estaba pasando en las Fuerzas Armadas desde hace bastante tiempo, por lo menos desde la posguerra en adelante. Y por otra parte, lo que no es propiamente analizado es la dictadura, sus consecuencias en distintos planos: económicas, sociales y en materia de derechos humanos. Si bien la dictadura está referida, es como un flash”. No en vano, la transición uruguaya es calificada por el politólogo e historiador como “la más elusiva”, algo que ejemplifica con el nombre etéreo que se le pone a las cosas: la dictadura es “período de gobierno de facto”, y el avance es que este programa de estudios la llama “dictadura”. La ley de impunidad de 1986 “se nombra de manera increíble, propia del realismo mágico, como de ‘caducidad de la pretensión punitiva del Estado’”, señala Caetano.

Con ese criterio elusivo, este nuevo programa menciona la doctrina de seguridad nacional, pero no se la relaciona con el accionar represivo; la Operación Cóndor no existió. La tortura, la prisión prolongada como criterio represivo, la transmisión del terrorismo de Estado a la sociedad a través de las visitas a la cárcel y demás, los robos de objetos y de inmuebles, lo padecido por la sociedad y su clasificación en categorías que excluían de derechos, las casas destinadas a la tortura (al día de hoy no todas se conocen) y un largo etcétera, ni se mencionan. Y tampoco las consecuencias efectivas de la participación de las Fuerzas Armadas y particularmente del Ejército en una dictadura que dura más de una década, no está.

Lo que sí está es la disputa política por consolidar a las fuerzas de derecha, que los militares tienden a integrar; este reciclar del relato militar para hacer creíble la impunidad confluye con la actualidad. El Presidente Luis Lacalle se reunió con Pedro Bordaberry, que en su momento quiso reingresar a la actividad política en el Partido Colorado pero el ex Presidente Julio María Sanguinetti se lo impidió. Lacalle le dijo a Bordaberry que sería un gusto para él que encabezara la fórmula presidencial del Partido Colorado en las próximas elecciones, dando por retirado a Sanguinetti, su actual socio en la coalición gobernante y hoy con 86 años. También le ofreció a Bordaberry el Ministerio de Relaciones Exteriores, que supo ocupar el economista neoliberal hecho colorado Ernesto Talvi por cuatro meses, hasta que vio que la política no era su palo. Hoy lo ocupa un amigo de Lacalle, Francisco Bustillo, blanco como corresponde, que iría a un organismo internacional. Aparentemente, la estrategia de Lacalle es debilitar a Cabildo con un competidor claramente de derecha pero no populista, que tuvo la capacidad política inicial de superar ante la opinión pública el hecho de ser hijo del ex dictador Juan María Bordaberry. Si logró eso, bien le puede restar adeptos a Manini.

 

Lacalle y Pedro Bordaberry en 2019.

 

 

 

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