Un tiro en la sien

Guerrear contra Irán, una torpeza geopolítica trágica

Trump desató una fuerza inflacionaria y recesiva que devora el bienestar de su propio electorado.

 

Han transcurrido ya tres meses desde aquel bombardeo en el corazón de Irán, que la historia contemporánea recordará como el día en que la retórica del aspirante al Nobel de la Paz se estrelló contra la resistencia de un pueblo milenario cuyo rebote tuvo un impacto económico devastador a nivel mundial. El politólogo estadounidense Robert Pape señala que Irán es mucho más fuerte hoy que hace solo 40 días y su resiliencia frente a la guerra lanzada en su contra por Estados Unidos e Israel está cambiando el equilibrio del poder global y lo está convirtiendo en una potencia mundial ubicada al lado de China y Rusia, mientras que Estados Unidos está del otro lado. “Lo que está pasando con Irán es que, gracias a su ubicación geográfica combinada con una tecnología de drones que Estados Unidos no logra destruir, les está demostrando a otros países que es posible desmarcarse de la hegemonía estadounidense”. Mientras tanto, las esquizofrénicas negociaciones para lograr un acuerdo de paz entre Irán y Estados Unidos distraen la atención de las criminales acciones de Israel en el sur del Líbano, los bombardeos en Beirut, así como la orden de Netanyahu al Ejército israelí de tomar el control del 70% de la Franja de Gaza.

El efecto búmeran ha hecho trizas la promesa unívoca de Donald Trump de derrocar la inflación interna y cuidar el bolsillo de los estadounidenses, así como la de poner fin a las “guerras eternas” que desangraban el presupuesto de Washington. Las ondas expansivas están afectando seriamente a América Latina y el Caribe, en particular a varios de sus gobiernos aliados: Chile, Bolivia, Perú, la Argentina, Panamá y varios países centroamericanos y caribeños. No solo se trata del alza del precio del petróleo y del consiguiente aumento de los precios de los combustibles, sino también de la seguridad alimentaria y el precio de los alimentos. La inflación de la canasta básica alimentaria se ha disparado, y tracciona el descontento social y crecientes movilizaciones populares en varios de esos países.

 

Desobediencia debida

Ad portas de las elecciones de medio término de noviembre, Trump debe arrepentirse de haber desoído las advertencias de sus propios altos mandos militares —quienes le insistieron en que un ataque a la dirigencia iraní no sería un golpe quirúrgico controlable, sino el detonante de una conflagración abierta—. Pero el mandatario prefirió ceder a las presiones externas. La estrecha alianza política con el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, terminó por inclinar la balanza en la Oficina Oval tras las filtraciones de los archivos de inteligencia del caso Epstein, donde memorandos desclasificados del FBI apuntaban a un mandatario que estaba “atado de manos” para actuar siempre a favor de los intereses de Israel en el Medio Oriente.

La primera víctima de esta conflagración mal calculada ha sido la economía de Estados Unidos. La inflación anualizada de abril se disparó bruscamente al 3,8%, su nivel más alto en tres años, impulsada por un salto del 17,9% en los costos de la energía, que ha desatado una ola inflacionaria en el precio de los alimentos básicos y ha elevado la factura política de la ciudadanía al gobierno, tal como demuestran las últimas encuestas de The Economist/YouGov y Gallup, en las que se refleja que la aprobación de Trump bajó al 37%, y el rechazo a su gestión económica asciende al 63%.

Por otro lado, el 15 de mayo se produjo un terremoto institucional en la Reserva Federal (FED). En una acción inédita, Jerome Powell decidió permanecer en la Junta de Gobernadores tras expirar su mandato, mientras Kevin Warsh fue juramentado en la Casa Blanca como nuevo presidente de la FED. Aunque Trump lo nominó bajo la promesa de bajar agresivamente las tasas de interés, ello no será posible. Ante el temor de que la inflación provocada por la guerra obligue a la FED a subir las tasas antes de fin de año, los rendimientos de los bonos del gobierno a 10 y 30 años se dispararon a máximos históricos, lo que ha llevado a que muchas instituciones califiquen a la deuda estadounidense como una peligrosa “zona de peligro”.

 

La onda expansiva hacia la seguridad alimentaria

Al clausurarse el estrecho de Ormuz, las grandes empresas navieras se vieron obligadas a desviar sus flotas, bordeando continentes enteros para evitar las zonas en conflicto, lo que ha disparado los costos de los fletes marítimos y las pólizas de seguro por “riesgo de guerra” para los buques de carga hasta en un 1.000%. Este estrangulamiento logístico internacional ha golpeado la base de la seguridad alimentaria mundial. Diversos organismos internacionales han advertido sobre impactos severos de hambruna generalizada en las naciones en desarrollo que no cuentan con subsidios estatales para amortiguar el golpe.

La ONU, así como la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) y la UNCTAD (su órgano sobre Comercio y Desarrollo) han alertado sobre la crisis alimentaria que está originando el incremento de los precios del petróleo. En general, no lo hacen solo pensando en los mayores costos que deben asumir los barcos y camiones, sino que hacen referencia a un “choque sistémico” donde el petróleo arrastra económicamente a toda la producción agrícola, a través de varios frentes interconectados:

1) el mercado del gas natural, indispensable para la producción de fertilizantes nitrogenados (urea y amoníaco), se indexa al precio del petróleo;

2) cuando el precio del petróleo se incrementa, a los países les resulta más rentable mezclar los combustibles con biocombustibles derivados de plantas (como el maíz, la caña de azúcar o la soya), lo que provoca que millones de hectáreas de cultivos dejen de producir alimento para producir “combustible”; y

3) el impacto de los precios del petróleo en la estructura de los costos agrícolas (tractores y cosechadoras que consumen enormes cantidades de diesel), riego a través de bombas de extracción de agua subterránea, secado de granos, refrigeración y empaques; y logística (contenedores) y fletes marítimos.

La FAO también advierte que el impacto en el precio del petróleo genera un efecto dominó: los agricultores, al ver la energía y los fertilizantes tan caros, deciden plantar menos o usar menos abono, lo que disminuye el rendimiento de las futuras cosechas y consolida la escasez de alimentos a largo plazo.

 

El efecto en América Latina y el Caribe

La región es una de las más vulnerables del mundo en la seguridad alimentaria debido a su fuerte dependencia de fertilizantes, toda vez que importa el 78% de los abonos químicos que utiliza en sus campos. Ninguna otra región en desarrollo integra la agricultura comercial masiva con una dependencia de importación tan extrema.

Centroamérica y el Caribe. Haití, Guatemala, Honduras y República Dominicana, entre otros, son importadores netos tanto de petróleo como de alimentos. El encarecimiento de los fletes marítimos y de los fertilizantes nitrogenados golpea directamente la producción interna de granos básicos como el maíz. En Guatemala y Haití, donde la desnutrición crónica y la pobreza ya son elevadas, el incremento de precios genera crisis alimentarias inmediatas. Algunos países de esa región, como Panamá, han recurrido a subsidiar los combustibles para mitigar las protestas sociales, pero Honduras, Guatemala o El Salvador, que no tienen margen fiscal para otorgar subsidios, están viendo cómo el costo de los fletes marítimos encarece toda la cadena de suministros. Así, la inflación de la canasta básica alimentaria se ha disparado y genera presiones sociales.

Países Andinos (Ecuador y Bolivia). Al haber desmantelado o recortado subsidios a los combustibles en periodos recientes, el traslado del alza del petróleo al precio del diesel ha sido muy brusco. Esto ha encarecido el transporte terrestre de alimentos y el costo de producción de la agricultura familiar. En este último país, a pocos meses de haber asumido la presidencia Rodrigo Paz, el gobierno enfrenta una creciente ola de protestas impulsadas por organizaciones obreras, campesinas e indígenas que cuestionan el rumbo de su gobierno. El descontento social se produce en medio de una inflación creciente, medidas económicas impopulares y tensiones dentro del propio oficialismo, motivadas en gran parte por el alza en los precios de los alimentos.

Chile. Al ser un importador neto de casi la totalidad del petróleo que consume, el encarecimiento de la energía impulsó la mayor subida mensual del índice inflacionario desde 2022, con un fuerte impacto en los precios de los alimentos, lo que se ha consolidado como uno de los principales motores del descontento y las protestas sociales actuales. El malestar por el precio de los alimentos y los combustibles se ha convertido en la principal fuente de presión política hacia el gobierno de José Antonio Kast, restándole margen de maniobra en sus planes de recorte fiscal.

Potencias agrícolas y exportadoras netas de petróleo (Brasil, México, la Argentina y Colombia):

Brasil. Es una potencia agrícola global, pero importa el 85% de los fertilizantes que consume. Aunque exporta crudo, importa casi todo el diesel y el gas necesarios para sostener su maquinaria agropecuaria. Sin embargo, a diferencia de México, la Argentina y Colombia, Brasil ha logrado mitigar el choque gracias a una importante producción de crudo de su petrolera Petrobras y a una industria madura de biocombustibles.

México. Marcado por los Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá desde 1994, importa grandes cantidades de fertilizantes terminados para mantener su producción. Lo mismo ocurre con el petróleo: exporta el crudo e importa todos los combustibles. Agrupaciones agrícolas han advertido al gobierno federal sobre una escalada de protestas que incluye bloquear los accesos a los estadios durante el Mundial de Fútbol de 2026. Exigen precios de garantía justos y subsidios de emergencia para compensar el fuerte encarecimiento de la urea y otros agroquímicos importados. Se han registrado jornadas de movilización y paros nacionales de transportistas de carga y productores del campo.

Argentina. Depende del exterior para obtener el 60% de sus abonos químicos. A pesar de producir una parte, sigue siendo sumamente vulnerable. El 39% de sus fertilizantes nitrogenados importados proviene de Medio Oriente, por lo que el conflicto en el estrecho de Ormuz golpea directamente los costos de producción de sus campañas de trigo y maíz. Según el INDEC, en solo cuatro meses el país acumuló un 12,3% de inflación, superando la meta de todo el año fijada por el propio gobierno. El impacto de los precios de los alimentos se evidencia en un cambio drástico del consumo cotidiano; de hecho, el consumo per cápita de carne vacuna en el país ha tocado su nivel más bajo en las últimas dos décadas.

Colombia es afectada de forma mixta: por un lado aumentan sus ingresos fiscales petroleros, lo que genera un beneficio, pero con un repunte de inflación por alimento, ya que depende críticamente de la importación de insumos agrícolas para sus cultivos. Alimentos esenciales de la mesa colombiana como la papa, el tomate y la carne de res lideran los incrementos de precios debido a que es más costoso sembrar y transportar. El encarecimiento de los insumos importados y los combustibles han generado fricciones sociales. Gremios agropecuarios han convocado a jornadas de movilización en el marco del Paro Nacional Campesino, exigiendo subsidios gubernamentales de emergencia para frenar la asfixia financiera que sufren los pequeños productores ante los altos costos de producción.

Perú. Ha duplicado su nivel inflacionario por el fuerte impacto en combustibles e importación de alimentos básicos (100% del trigo, 75% del maíz amarillo duro y 80% de las grasas y aceites). Si bien es exportador neto de alimentos, sus envíos son productos “de lujo” para las élites básicamente estadounidenses (berries, mangos, espárragos). El país está sufriendo repercusiones directas por el encarecimiento global del petróleo y los fertilizantes, lo que ha desatado un Paro Agrario Nacional de cinco días esta semana y bloqueo de vías, en varias regiones del país, que continúan.

 

Conclusión

Al optar por el camino de la guerra, Trump ha desatado una fuerza inflacionaria y recesiva que hoy devora el bienestar de su propio electorado en las gasolineras y supermercados estadounidenses, con una fuerza expansiva de alto voltaje a la región y al mundo. El FMI y el Banco Mundial han emitido informes macroeconómicos en los que han recortado drásticamente sus proyecciones iniciales de crecimiento global y han advertido que el mundo se encamina a un oscuro periodo de estanflación.

La tragedia de América Latina y el Caribe es que, en su conjunto, es una superpotencia exportadora neta de alimentos, pero carece de la infraestructura industrial para fabricar sus propios fertilizantes, dependiendo del gas, el petróleo y los fletes de otras regiones. Lo mismo sucede con los países exportadores de petróleo en la región. El incremento drástico de los precios internacionales del petróleo es una suerte de trampa económica. Aunque reciben más dinero en efectivo por vender petróleo crudo, el balance final suele terminar en números rojos debido a su incapacidad crónica para refinar y a las masivas importaciones de combustibles caros.

La guerra contra Irán no fue un golpe quirúrgico; fue una torpeza geopolítica de escala planetaria cuyo búmeran económico ha regresado con una poderosa fuerza destructiva. En este complejo escenario queda claro que el verdadero peligro para el orden internacional proviene de la soberbia mal calculada de quienes se creen los dueños absolutos del tablero mundial.

 

 

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