Un último tango en Yugoslavia

Una película maravillosamente inclasificable de Goran Paskaljevic, antónimo cinematográfico de Kusturica

 

Cuando hablamos del cine balcánico aparece, inevitablemente, el nombre de Emir Kusturica, consagrado con las exitosas Underground (1995) y Gato negro, gato blanco (1998). Pero el cine de la región tuvo otros realizadores magníficos como Goran Paskaljevic, quien falleció el año pasado en París dejando una filmografía maravillosa que no debe dejarse de lado.

Para quien haya visto el cine de Kusturica, basta decir que Paskaljevic es casi su antónimo cinematográfico. A diferencia de aquel, Paskaljevic nunca ambicionó crear la gran metáfora yugoslava, la hiperbólica síntesis de la historia y el destino de los eslavos del sur. En sus películas, su tierra no va a estallar en mil pedazos al ritmo de una orquesta frenética sino que será gente común la que sin fiesta de por medio deba acomodarse a un nuevo tiempo para el que no está preparada. Lamentablemente, en el mejor momento de su carrera (entre los ‘80 y ‘90) la exuberancia visual y el excitante pulso de Kusturica, sumado a su buena relación con la Argentina, eclipsó ante nuestros ojos el cine mucho más profundo, misterioso y humano de Goran Paskaljevic.

Sus diferencias con Kusturica no fueron solamente artísticas sino también ideológicas y políticas. Aunque nacido en Belgrado, Paskaljevic cuestionó fuertemente a Slobodan Milosevic, nunca se entendió con el nacionalismo serbio y decidió radicarse durante un tiempo en Francia. En algunas películas suyas, como Tiempo de milagros, Como barril de pólvora y La otra América, queda muy expuesto lo superfluo y peligroso de los fanatismos nacionalistas y religiosos que arrastrarían a serbios, bosnios y croatas a una tragedia colectiva. Son cintas que no caen en el refugio seguro del nacionalismo y sin embargo sólo son posibles y creíbles en el tiempo y en el lugar en el que fueron concebidas. Las tres fueron estrenadas en la Argentina, pero no son muchos los que las recuerdan.

 

El serbio Goran Paskaljevic (1947-2020), uno de los realizadores fundamentales del cine de Yugoslavia antes y después de su disolución.

 

Menos recordada aún resulta Tango Argentino, fechada en 1992, y eso que desde su título podría despertar al menos algo de curiosidad. Su historia transcurre entre la disolución de Yugoslavia y el comienzo de la guerra que marcó a fuego toda la década del ‘90. Casi como una alegoría de los cambios que se avecinan, vemos a una familia que sueña con construir un nuevo hogar fuera de Belgrado al tiempo que atraviesa este difícil lapso histórico. El padre de la familia es Otac (interpretado por “Miki” Manojlovic, inconfundible rostro de las ya citadas cintas de Kusturica y Paskaljevic), un músico de profesión que se reparte entre dar clases en un conservatorio y liderar una banda para tocar en bodas. Es un tipo bastante irresponsable que aprovecha su vida de músico errante para vivir sus aventuras extramatrimoniales mientras su mujer parece resignada, más preocupada por la frágil salud de su hija mayor. El hijo más pequeño, Nikola, es todo lo contrario a su padre: se muestra centrado, planificador y parece ser el único de la familia a la altura de las circunstancias. Y hete aquí el inteligente golpe de timón de Paskaljevic, porque en un principio la película parece que irá de la mano de papá Otac (¿a quién no le van a atraer las andanzas de un músico bohemio?) pero de golpe nos encontramos siguiendo al pequeño Nikola, el que se hará cargo del proyecto familiar.

 

El pequeño Nikola y su padre, interpretado por “Miki” Manojlovic, famoso por sus películas con Emir Kusturica.

 

En un momento determinado Nikola toma la responsabilidad de trabajar cuidando a un grupo de ancianos. Para cumplir con todos no tendrá mejor idea que juntarlos, construyendo así una especie de familia de la tercera edad capitaneada por un niño de apenas diez años. Es lo mejor que le podía haber pasado a estos ancianos: ahora no están tan solitarios, tienen ganas de hablar, de comunicarse, de darse sus buenas panzadas, beber, cantar y hasta coquetear sin perder la compostura. Se re descubren como seres con deseos y ganas de disfrutar la vida.

 

Los gustos hay que dárselos en vida, sobre todo durante la vejez.

 

Con tan solo 90 minutos de duración, en esta película asoman varios temas habituales en el cine dramático pero que se redimensionan por su momento histórico y por el talento del director para tratarlos con naturalidad y gracia. Sobresale el de la imposibilidad de construir una comunidad sin el diálogo inter generacional. Cuando los adultos están absorbidos por sus propias confusiones terminan indiferentes (cuando no interesados materialmente) a lo que sucede con sus mayores, y por eso queda en los recién llegados a la vida (los niños) y los que están por marcharse (los viejos) la delicada tarea de amalgamar a tres generaciones.

 

El pequeño Nikola, su perro sordomudo y su familia sustituta.

 

Tango argentino es una de esas películas maravillosamente inclasificables. Lo mejor que nos puede pasar como espectadores es dejarnos llevar por esta aparente vaguedad ya que es justamente su mayor virtud. En una misma escena cohabitan el sufrimiento y el goce, la alborada y el ocaso, los proyectos infantiles con lo ineluctable de la muerte. Es una película que rezuma nostalgia (no en vano lleva la palabra Tango en su título) pero que a su vez advierte que esta puede ser tan peligrosa y paralizante como el nacionalismo.

Confieso saber poco y nada acerca del tango en Yugoslavia y en los Balcanes. Sólo que, como en tantos países europeos, el 2 x 4 metió la cola hace ya mucho tiempo, que hubo orquestas y cantores (muy a su modo, como corresponde) y que incluso algunas películas argentinas como La historia del Tango con Francisco Canaro o Mi último tango con Sarita Montiel fueron bien vistas en los pagos del Mariscal Tito (que, se cuenta, vivió algunos años en la ciudad de La Plata). En esta bellísima obra de Goran Paskaljevic el tango actúa como un heraldo de un tiempo pasado y luminoso que se resiste a quedar atrás. Un mundo al que pertenece uno de los cuatro viejitos por el que Nikola sentirá una especial predilección. Se trata de Popovic, viejo cantor que se presenta ante todos con su viejo éxito “Tango argentino” (en serbio “arguentina”). Nikola intentará incorporarlo a la deshilachada orquesta de su padre, lo cual derivará en un fracaso total. Ya nadie lo recuerda, ya nadie quiere tango en las bodas. Es triste, pero Popovic y su tango argentino ya no tienen lugar ni siquiera animando fiestas familiares.

 

El cantor de tango arguentino (si, pronunciado gui), interpretado por el legendario actor serbio Mija Aleksic.

 

Sé que hay muchos amantes de nuestra música argentina que objetan este tipo de participaciones y significados que se la da al tango en películas extranjeras. A mí por lo general me genera bastante alegría que el tango se manifieste en tantos lugares del mundo, y mucho más cuando adopta formas sonoras tan diferentes a las que tenía cuando zarpó desde el Río de la Plata. Frente a toda reacción protonacionalista en defensa de cierto purismo tanguero, deberá recordarse que esta película fue realizada en los años ‘90, en un trance muy importante para su director y su país. Fueron años también en los que el tango en la Argentina, si bien estaba lejos de extinguirse, no pasaba por un buen momento. Grandes maestros nos daban sus últimos compases y apenas asomaba una nueva generación de tangueros mientras que el disco más vendido dentro del género era aquel esperpento grabado por Julio Iglesias.

 

Afiche original, o sea en serbio, de Tango Argentino.

 

 

Título original: TANGO ARGENTINO / Serbia, 1992 / Duración 90 minutos / Color / Dirección: Goran Paskaljevic / Guión: Gordan Mihic / Música: Zoran Simjanovic / Fotografía: Ilan Spasic / Reparto: Miki Manojlovic, Nikola Zarkovic, Mija Aleksic.

 

 

 

 

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