Al menos hasta hace un par de décadas circulaba la leyenda, platicada o escrita, de que el Perú en general y la ciudad de Lima en particular es donde se ejerce la más excelsa lengua castellana (“fuera de España” es el conjuro preciso de aclarar so riesgo de que el emérito se presentifique). Relativa e incomprobable, con uruguayos y ecuatorianos a la saga, no solo la ristra de deslumbrantes escritores desde el Inca Garcilaso (1539-1616) a la fecha abonan tamaña tradición. El contacto coloquial contemporáneo con buena parte de la ciudadanía resulta una puerta de acceso a ese universo lingüístico escondido en todas partes.
No se trata solo de la musicalidad de la dicción, de la cadencia gramatical o de la amplitud del más modesto diccionario individual, que lo posee. Hay una generosidad en la diversa elección de las palabras, generadora de una empatía envolvente o, por el contrario, transmisora de un ánimo sin ambages. Sea consciente de ello o no, lo haga adrede o fluya, la prosa torrencial de Katya Adaui (Lima, 1977) es poseída por esa tradición que escribe como si hablara y viceversa; detalle último este, caldero donde se cuece una versión, un estilo. Esbozos de esa escritura indetenible ya aparecían en sus cuentos anteriores reunidos en 2021, enhebrados entre prodigios andinos y salpicaduras familiares.
Finalista del Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve, el certamen español que sabe merecer el mayor prestigio literario pese a su sencillo origen y modesto emolumento (en comparación con las cuantiosas sumas ofrecidas en los truchísimos concursos multinacionales), el flamante Un nombre para tu isla llega a estas playas y a toda Hispanoamérica. Asociada a los organizadores del premio, la editorial productora de la serie compensa sus esfuerzos merced al éxito de obras surgidas de nuevas plumas, prontamente catapultadas a la repercusión masiva merced a su inusual calidad. Concurso y edición que en estos tiempos constituyen una rara avis digna de mención.
En esta oportunidad, Adaui troca escenario, mantiene el ritmo del lenguaje y acelera los acontecimientos. Construye un libro que un intelecto impostado, espía de solapas, puesto en juez y policía, ningunearía con la sentencia de leerse demasiado rápido. Confundiría el creciente rodar en la ladera de la trama de cosas, sucesos, ideas, sensaciones, una tras otra, sin detenerse en el giro propio de la vida misma.
“Les gritaba: Retrocedan, muévanse. El árbol se arqueaba sobre el agua, como una caña de pescar cuya carnada acaba de ser mordida. El viento y las corrientes lo habían mecido y, en cada oscilación, desde que fue plantado o su carozo traído por azar. Inoculado a la tierra, ya se anunciaba su muerte. Las raíces expuestas, como una encía que ha retrocedido. Para eso, solo cirugía, me había dicho el dentista, pero es demasiado cruel para ganar apenas unos cuantos milímetros de carne. La copa se sumergió de un portazo, con el ruido feliz de la primera zabullida del verano y, cuando la nave grúa intentó sacarla chorreó y volvió a hundirse. Tenía un peso, no era hueco. Maniobraban nave, grúa y leñador, y el árbol suspendido tercamente, mirando el agua”.
Nada se queda quieto. Pasan cosas todo el tiempo; da respiro en movimiento. Alud en cámara lenta —si la astucia lectora lo dispone— instala objetos, personas y acciones articuladas; serpentinas del lenguaje reflejan fracciones del contorno sobre el espejo metálico de los rulos y giros. Otras escenas se componen y, tras suceder, desaparecen, aunque en su brillo, permanecen. Por esto, es inconveniente dejarse apurar por la juvenil premura de la frase, hecha para ser saboreada, hallar su deleite.
“Esperando a que desalojen el pasillo y se sienten, reconozco a una entrevistadora de la tele. Tiene programa propio en horario estelar y es experta en noticias falsas. Si hay una protesta contra el gobierno en pleno dentro de la ciudad, anunciará avistamientos de ovnis. Va saludando, una sonrisa impecable, no son dientes, son mayólicas de piscina, tan blancos que verás tu cara reflejada, incluso tus arrugas. Me saluda, mi cara en los incisivos. No estoy tan mal. Mi propia teoría de la conspiración me dice que ella es un amuleto, por ella no se caerá el avión, que sospeche si ahora mismo pasa conversando un grupo de monjas”.
En efecto, un viaje en avión inaugura Un nombre para tu isla y sus siete cuentos dispuestos como sucesivas historias de unas mismas, raras vacaciones estivales en diversas locaciones, protagonizadas por distintos personajes. Juegos de tiempos y espacios, encuentros y desencuentros envueltos en el tosco papel de lo cotidiano, frágil guarda de contenidos ocultos, acaso algo siniestros. La segunda historia llega a Brasil aferrada al título mismo: “Isla Grande”. Si el vuelo había sido de una mujer sola, ahora aparece una pareja cuarentona descubriendo un departamentito “ideal para tres”, con espacio restringido al detector de imperfecciones vs. insatisfacción plena: “No quiero viajar nunca más. No quiero ser turista. No quiero peces domesticados. No quiero gastar un dineral y pasarlo mal. No tengo que conocerlo todo”. Ante lo peor, conforta el mal.

Grupete de mamás momentáneamente liberadas de sus críos, otrora compañeras de trabajo, estados civiles surtidos, en plan marítimo de joda gastronómica y ver qué pasa; el árbol que se resiste a ser arrastrado por la corriente. Voz narrativa masculina, abogados, paternidades y tragedia. Otro: la hermanitud entre la evocación, la melancolía y el hartazgo. Finalmente, la mujer que levanta su departamento en Lima para afincarse en Buenos Aires de una vez por todas y comprobar en el cuerpo que la mínima ganancia demanda una pérdida, no necesariamente proporcional.
Si dejase resquicio donde colar tufillo autorreferente, Un nombre para tu isla se disolvería en la ciénaga de mediocridad narrativa que desborda la literalidad de estas playas. La alteridad descarnada vino a la Argentina en los petates de Katya Adaui para despabilar las telarañas que trabucan a la siguiente camada de escritores vernáculos. Al lector ávido le proporciona esa prosa musical, rica en sinónimos del habla peruana allí donde conserva y supera el idioma, para un mix enriquecedor en que lo porteñizante resulta apenas un sutil condimento.

FICHA TÉCNICA
Un nombre para tu isla
Katya Adaui
Editorial: Páginas de espuma
Buenos Aires – Madrid 2025
116 páginas
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