UNA COCINA DE CONTENIDOS EN CADA CASA

¿Qué desafíos nos esperan en el área de la cultura y de la comunicación?

 

En un pasaje de los Evangelios —aquel que dedica a las Bienaventuranzas—, Mateo razona así: nadie enciende una lámpara para esconderla debajo de una vasija dada vuelta. Más bien es al revés: la lámpara va encima del candelero, para alumbrar a los que viven en la casa. Una lógica que parece inapelable, a prueba de balas. Y sin embargo, eso es precisamente lo que este gobierno hace con la cultura argentina desde que asumió: taparla con una vasija para evitar que brille, y apostando además a que consuma el oxígeno de ese espacio cerrado y que su llama se apague.

Eso es lo que también está haciendo con casi todos los otros ámbitos de la vida del país: la producción y el trabajo, la Justicia, la educación, la salud... Pero por vocación y profesión, el área a la que soy más sensible — porque es la que frecuento como lector / oyente / espectador, y porque es aquella que recibe lo que elegí y amo producir— es la de la cultura y la comunicación. Sobre la cual el oscurantismo macrista descendió y desciende cada vez más, cubriéndola con su cono de sombras.

La emergencia más grande es la económica, que priva a millones de alimento, techo y medicamentos: eso está claro. En contextos como este, lo que denominamos consumos culturales es lo primero que desaparece de nuestros gastos. Pero sin embargo —aunque esto suene a paradoja, créanme que no lo es— cuando se asfixia la vida cultural, se acalla el disenso hasta límites orwellianos y se potencia la basura que circula por medios y redes hasta humillar al Huxley que escribió Un mundo feliz, la posibilidad de cambiar la situación económica de las mayorías se reduce drásticamente. El ciudadano alienado y distraido por contenidos frívolos o malintencionados es un esclavo que no sabe que es esclavo. El ciudadano angustiado y alimentado con noticias falsas es un siervo que se apura a renovar la sumisión ante su amo, tan pronto le indican que pase al cuarto oscuro.

 

En "Un mundo feliz", Huxley imaginó una felicidad química.

 

Si queremos un salto de calidad democrática que no sea cosmético y fugaz sino profundo y duradero, tiene que echar raíces en el nuevo panorama cultural. Algo que el oscurantismo macrista parece haber comprendido e instrumentado mejor que el campo popular. No hay mejor prueba que el shock que produjo en vastos sectores de la población, que tolera mansamente despojos dignos de escándalo pero además los justifica, mientras defiende a la mano de hierro que se los impone. Tanto en la clase media como en los sectores más vulnerables hay gente que padece una suerte de Síndrome de Estocolmo, sólo que colectivo. Para ayudarlos a despertar de ese trance, la cultura y la comunicación pueden ser más efectivos que la militancia política formal.

 

Los dolores de la (indi)gestión macrista

En mi experiencia, cada vez que se saca el tema de alguna crisis en el campo cultural, de lo único que se termina hablando es de guita. Tiene su lógica, y hoy más que nunca. La forma más efectiva de acallar ciertas voces es cerrando la canilla que las ayuda a producir obra. Y la (indi)gestión macrista ha sido muy efectiva a este respecto. Casi no nos queda cine. La industria editorial perdió todo apoyo estatal. Nuestra producción televisiva está entre las más pobres —en términos de dinero y de ideas— de América Latina. Los medios opositores se encuentran en terapia intensiva, atacados en maniobra de pinzas por presiones políticas y económicas. Los estatales no admiten el disenso ni la pluralidad, y los medios privados más populares —aquellos que ya en los '50 Walsh denominaba la cadena de desinformación— mucho menos.

Al mismo tiempo que reduce la producción cultural a su mínimo histórico (porque, entre otras cosas, sabe que siempre le será arisca), el gobierno fabrica a destajo contenidos Marca Acme que propala por los medios amigos y por las redes sociales que parecen diseñadas para su marketing. Estos nuevos medios son muy útiles a las características biodegradables de lo que pasa por nueva política: ideas-fuerza —lo que antes llamábamos slogans— que tornan innecesaria la elaboración o la argumentación, efecto inmediato y producción industrial (un contenido reemplaza a otro, la capacidad de concentración no es imprescindible) de piezas intercambiables que se valoran por su efecto y no por su verdad: la mentira que deseamos oír produce placer químico y desmoviliza, al igual que la droga soma que inventó Huxley en su distopía de 1931; la realidad, en cambio, suele ser incómoda, difícil de digerir, abrasiva al tacto.

 

 

Cuando el gobierno retorne a manos de una fuerza política de corte popular, habrá que tomar medidas urgentes también en esta área. Porque si no interviene muy activamente en la cultura y persuade a la sociedad de adoptar una agenda común —un relato-río, del cual se desprendan todas las conversaciones secundarias que sean contingentes—, llevar adelante contrarreloj las transformaciones que el pueblo espera y necesita se le va a hacer cuesta arriba — por no decir imposible.

Hay que devolver su provisión de oxígeno a las formas tradicionales de la cultura: el cine, los libros, el teatro, la televisión, la música. La emergencia económica tornará difícil que abunde el dinero, pero el Estado dispone de infinidad de variables (exenciones impositivas, por ejemplo) que brindarían inmediato alivio a la producción cultural. Y aunque se dispusiese de fondos suficientes, la decisión esencial no debería ser económica sino política: determinar el sentido del financiamiento posible. Durante los gobiernos kirchneristas se privilegió una política de subvenciones que apuntaba al pleno empleo de artistas y artífices culturales. Que no se la haya complementado con un direccionamiento estratégico terminó dando lugar a esta paradoja: un gobierno popular que invertía y mucho en la producción cultural, pero que sin embargo no contribuía a crear contenidos masivos. De este modo se generaba multiplicidad de obras en un espacio cultural enorme pero a la vez atomizado, mientras se cedía el mainstream —la creación de contenidos populares— al adversario político. ¿Cómo puede ser que, si se nos pregunta qué pelis fueron fenómenos masivos durante el kirchnerismo, las primeras que acudan a la mente sean las de Campanella — cuyos valores no pueden ser más ajenos a los de nuestro pueblo?

Si hubiésemos contado con un Favio joven durante las gobiernos kirchneristas, le habríamos permitido filmar pelis como sus tres primeras: de producción modesta y gran ambición artística. Cuando lo que necesitaríamos es financiarle un Juan Moreira o un Nazareno Cruz: obras de ambición equivalente pero con vocación de llegar a un gran público, de convertirse en un hecho cultural de esos que todo el mundo comenta en su casa, en el bondi o en la oficina. Y para eso, además de talento hace falta una política cultural que ayude a que los proyectos seleccionados a ese fin alcancen valores de producción internacionales. La raquítica producción actual no sólo no satisface la demanda del mercado interno: también nos impide instalarnos como polo cultural en el mundo, donde —por ejemplo— la enorme mayoría de nuestra producción audiovisual aparece como substandard en términos industriales.

 

El "Juan Moreira" de Favio: cine popular con contenido popular.

 

Los primeros gobiernos peronistas marcaron el camino: a mediados del siglo pasado, estaba claro que un gobierno popular debía contribuir también a crear un imaginario popular en el espectro audiovisual — que por aquel entonces se limitaba al cine y a la radio. Fue el tiempo en que brillaron Discépolo y del Carril, como en los '70 brillaron Favio y Solanas. Que en lo que va del siglo no haya habido artistas equivalentes en lo audiovisual (para encontrar repercusión masiva semejante hay que irse a otras disciplinas, como la música del Indio Solari o los espectáculos radiofónicos de Dolina), ¿significa que no existen hoy talentos semejantes, o más bien que no hemos sabido identificarlos y acompañarlos?

Pero aun cuando consiguiésemos financiar la producción artística, proteger a lxs talentos menos comerciales y crear un polo de producción de contenidos para el público masivo (películas, series, programas de entretenimiento, telenovelas y tiras), sólo habríamos cumplido con el treinta por ciento del objetivo necesario. Porque —y con esto volvemos a aquellas realidades que el gobierno actual parece haber entendido y asumido mejor que nosotros— en este siglo XXI ya no se verifica por un lado la producción cultural y en segundo término su difusión por los medios de comunicación: en el presente, la comunicación es en esencia el mainstream de la cultura. Ya no hay dos dimensiones aisladas, la cultura por acá y a continuación los medios que la recogen para diseminarla por el mundo. Hoy en día, la comunicación (o sea, aquello que ocurre en las redes y en los medios) es la cultura.

 

 

To communicate, or not to be

En cualquier otro momento, la escandalosa merma en términos de producción cinematográfica y televisiva habría sido percibida como una carencia, como un agujero indisimulable. Sin embargo, lo que está ocurriendo es, por un lado, que los espacios vacíos son cooptados por la producción internacional, con el beneplácito de un gobierno que se caracteriza por su entreguismo; y después, que la demanda popular de contenidos locales está siendo satisfecha por lo que circula en las redes — mensajes sociales, polémica, discusión política, música ligera en forma de tweets, gifs, historias de Instagram, podcasts, videos de YouTube y demás.

Por su misma naturaleza, la dinámica cultural es permeable a la energía de los más jóvenes. Y la cultura juvenil de hoy no pasa por el cine, ni por la TV abierta ni por los escenarios formales, sino por sus celulares, tablets y computadoras. Lo que no puede ser leído, visto, oído, disfrutado, producido y difundido por esos aparatos, no existe para ellos. Lo cual significa que se manejan con las mismas herramientas de comunicación que este gobierno manipula tan bien, y que por ende están particularmente expuestos a su influjo.

 

 

Hablamos de formas breves e instantáneas, llamativas antes que seductoras, de efecto adrenalínico, que admiten la analogía con el fenómeno punk: cualquiera puede usarlas, aunque carezca de formación académica; basta un acorde mal tocado para que nos sintamos interpelados por su energía, para que nuestros cuerpos respondan a su provocación aun antes de haber podido razonar al respecto. Son pura forma, que no precisa indefectiblemente de contenido, y por eso los poderosos de este mundo —que son habilísimos en eso de renovar el packaging de la realidad, disimulando que adentro de esos envases tan vistosos no hay nada, o hay veneno— los articulan tan bien a su servicio.

Los del campo popular debemos abrazar la diversidad del presente; dejar de ser conservadores en lo cultural, de apegarnos exclusivamente a las formas tradicionales, para tomar las formas nuevas por asalto. Nosotros, que somos empatía pura, estamos llamados a llenar esas tecnologías flamantes de contenido. Porque, mientras muchos piensan que sólo sirven para sus usos actuales —deslumbramiento sensorial, adicción al high permanente, sentimientos sin sensatez—, nosotros sabemos que una tecnología sólo puede ser medida por el empleo que hagamos de ella. No olvidemos que los Lumière, que inventaron el cinematógrafo, creían que no servía más que para espejar la realidad e impactar a un público ingenuo que compraba la fantasmagoría del tren que irrumpía humeando en la sala de proyección. Tuvieron que llegar otros, que entendieron mejor las potencialidades de la invención, para crear a través suyo obras de arte imperecedero y ayudarnos a reflexionar sobre la condición humana.

En estos días, los que creen manejar las redes se conducen con la misma miopía de los Lumière, y las explotan con la ansiedad cortoplacista de quien sólo busca rédito económico y político. A través de estos medios nuevos, el poder somete a las masas a un maratón de masturbación compulsiva, una sucesión interminable de excitaciones y agotamientos. Pero esas herramientas pueden ser redefinidas para usos más sofisticados, que nos permitan apreciar —e incluso profundizar— los infinitos matices de la experiencia humana.

Hay que lanzarse a llenar esos envases huecos de contenido; y el contenido es, por definición, nuestra área de excelencia. Por eso hay que lanzar una ofensiva en múltiples frentes en simultáneo.

 

 

Tenemos que hacer lo que esté a nuestro alcance para que vuelva a funcionar la factoría del arte local, en todas sus disciplinas y estilos, y para que sus creaciones vuelvan a estar al alcance de las mayorías. Porque, además de dar trabajo y crear un producto que alimente el mercado interno y circule por el mundo —donde el talento argentino es tan reconocido como nuestra carne, nuestros vinos y nuestro fútbol—, el arte popular tiene un efecto terapéutico sobre la sociedad, a la que ayuda a metabolizar las circunstancias que le tocan vivir, por dificultosas que sean. Un pueblo en contacto frecuente y familiar con el arte es un pueblo que, además de disfrutar, de permitirse el goce, puede proyectarse hacia el futuro.

Tenemos que producir contenidos populares, para no cederle el mainstream —que construye el imaginario colectivo del presente, las figuritas y las emociones a las que el pueblo apela para decodificar su realidad— a los fabricantes de sentido que trabajan al servicio de la causa antipopular. ¿Quién contaría sus desvelos, su cotidianeidad, sus anhelos, su resistencia, sus rebeldías, mejor que nosotros? Así como sabemos que no se debe dejar la información en manos de Magnetto y sus minions, tampoco podemos regalarle las ficciones que el pueblo ve en familia y comenta con sus relaciones y amigos y a las que usa como espejos para definirse por la positiva o por contraste.

Tenemos que redefinir el canon cultural de la Argentina, agregándole aquello que el poder le retaceó por razones políticas: la decisiva contribución de los artistas populares, de Discépolo al Indio Solari, pasando por Arlt, Oesterheld, los Walsh —Rodolfo y María Elena—, Favio, Osvaldo Soriano, Liliana Bodoc y tantos otros. Nuestra idea de nación como comunidad solidaria se expresa mejor a través de ellos, de sus juegos sensibles y de sus heroísmos colectivos, que de las fantasías solipsistas de Borges.

Tenemos que alimentar la potencia cultural de los jóvenes desde la infancia, y para eso hay que sincronizar esfuerzos con el sistema educativo que también se reinventa desde la consciencia de que hoy no hay educación sin (los nuevos medios de) comunicación. En los Estados Unidos de la posguerra, a mediados del siglo pasado, la conducción política del Estado entendió que para minimizar los efectos del shock en la juventud —la orfandad de los hijos de los caídos en batalla, las limitaciones económicas causadas por el efecto bélico— había que generar marcos de contención y canalización de la energía juvenil ya desde el sistema educativo. Fue entonces que instrumentaron Departamentos de Drama en cada escuela, permitiendo que los jóvenes encontrasen en los escenarios un lugar donde transformar su dolor y su rebeldía en arte. (Y generando, de paso, un efecto secundario al que también sacaron su jugo: de esas experiencias escolares salieron los James Dean, los Marlon Brando, los de Niro, y las Meryl Streep.) Hoy en día ni siquiera es necesario un escenario físico para ayudar a les pibes a sacar afuera sus obsesiones y sus dudas: basta con un teléfono que disponga de una cámara decente.

 

 

Y también tenemos —last, but not least— que intervenir de forma inteligente en el escenario de las comunicaciones. Tal vez sea esta la parada que se presenta más difícil, precisamente porque es aquella de la que dependen todas las iniciativas que acabo de mencionar. El campo antipopular es el dueño de casi todos los medios masivos, y peor aún: es el dueño de casi todos los cables por los que navegan los contenidos. En algún momento (más temprano que tarde, por favor) habrá que dar la pelea legal para democratizar, o sea desmonopolizar, ese escenario. Lo que hoy está a nuestro alcance es darnos una política de medios que, primero, sustente y ayude a crecer a aquellos que vienen expresando nuestras voces desde el desierto de la pauta y los anunciantes; y que de ser necesario cree nuevos, siempre sobre la base de un proyecto a largo plazo sin el cual la construcción política perdería sus pies. Así como no debemos regalarle a los minions la factoría de los sueños de nuestro pueblo, tampoco debemos dejar en sus manos el mainstream de la comunicación. Mientras tanto, como no podemos disputarle al adversario la posesión de la fábrica de soma, lo que sí está a nuestro alcance es interceptar sus envíos y alterar la fórmula; quiero decir, intervenir las formas breves que producen las nuevas tecnologías para despojarlas de sus efectos narcóticos, antipolíticos, y cargarlas de la multiplicidad de contenidos que en el campo popular producimos a destajo, hasta con los ojos cerrados.

Los herederos de Los siete locos, de Cambalache, de Operación masacre, de El Eternauta, del Moreira, de Dailan Kifki, de Oktubre, de No habrá más penas ni olvido, de La saga de los confines, serán concebidos, investigados, plasmados y/o difundidos a través de las nuevas tecnologías a los que las mayorías tienen acceso, porque esa es la masilla que les pibes moldean y a la vez es el horizonte sobre el cual proyectan su imaginacion. Ahí están las pantallas del futuro, por allí desfilarán las lecturas por venir, los nuevos manifiestos, las estéticas de ruptura, los sonidos de la rebelión. Ese es el idioma con el cual debemos familiarizarnos, los códigos a través de los cuales necesitamos expresarnos para que el proyecto político de las mayorías eche raíces y su luz brille como debe, alto y a la vista de todos, de una vez y para siempre.

 

 

(Una versión cruda de este texto fue presentada el viernes 7 de junio en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, en el contexto del ciclo PCN 2020: Políticas Culturales Nacionales. El disparador fue el tema CULTURA Y COMUNICACIÓN: ¿cómo integrarlas?)

 

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