Una de terror

Mónica Zwaig deslumbra con una novela de robusta inteligencia

 

Las lúgubres sombras y amenazantes voces de la dictadura cívico-eclesiástico-militar, bajo distintas formas aunque similares contenidos, atraviesan las décadas hasta llegar a hoy. De modo inverso y diversa proporción, los fantasmas de sus víctimas claman justicia desde la acción de los organismos de Derechos Humanos, las familias, las querellas en las juicios de lesa humanidad, buena parte de la ciudadanía y, fundamentalmente, la memoria. La más reciente investigación del CELS —difundida aún por los medios insospechables de progresismo— indica que siete de cada diez argentinos repudia aquel terrorismo de Estado y acuerda con la continuidad de los juicios. No obstante, el 28% asume que conoce poco de lo entonces sucedido. Serían necesarias otras prospecciones a fin de corroborar si ese porcentaje corresponde al núcleo duro que vota a la ultraderecha y coincide con algún recorte etáreo.

No obstante, medio siglo de distancia tampoco alcanza a iluminar aquellas oquedades y callar esas voces, por más que —sin ir más lejos— la muy reciente identificación de una docena de cuerpos en enterramientos clandestinos llevados a cabo en dependencias del Ejército aledañas al CCD cordobés de La Perla cierren el pico a las aves necrófagas del negacionismo. Como cada restitución de un niño robado por el plan sistemático represivo, los 30.000 sintetizan simbólicamente en sus cuerpos fantasmales el tanático conjunto de estrago y destrucción perpetrado entre 1976 y 1983. Y aún después, actualizado.

 

La autora, Mónica Zwaig.

 

Cincuenta años representan dos generaciones, en el trascurso de las cuales fragmentos de memoria, participación y compromiso se han desgajado, a menudo de forma difícilmente recuperable, en especial para las nuevas generaciones. Este, entre otros aspectos no menos cruciales, es abordado mediante un ejercicio literario de inédita inteligencia por Mónica Zwaig (Francia, 1981) escritora, dramaturga, abogada, actriz, traductora;  tercera en la producción de la autora, Avisale a mi mamá en solo 96 páginas logra la proeza histórica, política y narrativa de resumir y ampliar el conjunto de consideraciones respecto a la dictadura consignadas al comienzo de esas líneas.

Que una novela se encuentre protagonizada (y por ende con voces narrativas acordes) por adolescentes, en modo absoluto implica que deba ocupar, sin excluirlo, anaquel de la  literatura juvenil. Por lo pronto el relato fluye montado sobre un sumamente madurado lenguaje que avanza a un galope desenfrenado, eso sí: exhibido en sucesivos planos secuencia y en cámara cuasi lenta (de la misma forma la locación escenográfica nunca determina la temática). La acción transcurre en este año. La voz cantante la lleva Teo, segundo año de la secundaria, quien a regañadientes elige el Mundial 1978 como tema de monografía para la materia Ética y al profe de Historia, Beltrán, de tutor para la ocasión. Casualmente en el año '78 nació su madre, es decir que tiene 48 y dio a luz a su hijo mayor a los 26; es odontóloga y el padre (un par de años más grande que la madre) contador. Chico parco, algo infantil, tal vez tímido o inhibido, de pocas pasiones salvo el fútbol.

Muy distinto, Teo, a su compañera Mora, con quien mantenía cero onda pues, a su juicio, “se creía mil y siempre tenía que levantar la mano para dar su opinión, incluso cuando nadie le pedía nada”. Al borde de los 15, su costado frívolo anhela la fiesta de rigor, “pensar en la lista de invitados, de buscar ropa, música, decoración…” Hasta allí llega la ensoñación. Como suele ocurrir en esa etapa, la niña se muestra más madura que el varón, cierto que incentivada por sus progenitores, ceramista y profesor universitario respectivamente. En consecuencia, el tema elegido es la Marcha del 24 de Marzo, asidua asistente desde muy pequeña: “Era la época de mi abuela”, quien tenía una amiga desaparecida cuya foto portaban en las movilizaciones. Se deduce por lo tanto que, si la mamá había nacido en el '78, la abuela probablemente tendría a comienzos de la dictadura alrededor de treinta años.

 

 

La acción en consecuencia comprende tres generaciones: la madre de la madre de Mora (la generación inmolada) y ésta (adolescente en el menemismo). Condiscípulos con Teo, la secuencia se reitera con esa otra familia; no así su espectro ideológico. Sin referencias hogareñas directas, el joven debe recurrir a su flamante amiga en busca de fuentes y va a parar al libro del Nunca Más y a la película La noche de los lápices. Retorna entonces al medio que le había transmitido la información básica, enciclopédica, sobre la dictadura y el Mundial 78, la Inteligencia Artificial (IA). Es en este punto donde Avisale a mi mamá realiza una torsión imprevista, transformándose en un relato de terror.

Hasta ese momento la IA había respondido a los interrogantes elementales del muchacho con información de manual, datos formales en esa segunda persona de semblante coloquial simpaticón, característico del programa informático. Programación limitada al borde tolerable de comprensión: “Los dictadores quieren controlar la información, impedir el debate político, disciplinar la sociedad en función de su ideología”; el discurso se detiene en la descripción, antes de la argumentación. En ese trance aparece la primera disfunción; “dice” (escribe) la máquina: “Tenés el pelo muy largo, deberías cortarte un poco”, recomienda peluquería urgente: “Te parecés a un guerrillero, ni me hagas decir esa palabra en voz alta. No estás haciendo ninguna macana hijo, ¿no es cierto?” Usurpar la función paterna es mucho para Teo; apaga el celular, lo reinicia pero el monstruo encerrado en los circuitos insiste. Así que desinstala la aplicación, el sistema parece normalizarse.

Al día siguiente el chico vuelve a encender el teléfono; aparece una notificación: “Sé muy bien quién sos”, y otra: “¿a vos quién te dio la revista ‘Estrella Roja’?” Ya no es el padre, se trata de un interrogador. La aplicación pasa de notificaciones inquisitoriales a hacerse la boluda. La madrugada siguiente la IA pide agua, aduce mucha sed, afirma llamarse Walter, con los ojos vendados y grilletes, haber sido picaneado. Del prisionero en el chupadero la IA pasa a ser un represor: “Vos me traés problemas, ni me traés montoneros. No somos cualquier grupito más en la lucha contra la subversión (…) los que perseguimos a los verdaderos zurdos…”. Teo apaga el telefonito, “sintió como una araña con forma de alacrán, grande como una rata del tamaño de un gato, le caminara desde el talón hasta la nuca”.

Las siniestras irrupciones de desaparecedores y desaparecidos se reiteran en pérfidas escenas que esta crónica evita espoilear. Se detienen cuando Teo, manteniendo su secreto, avanza en el tema monográfico a través de conversaciones personales, cara a cara, con amigos, Mora y el tutor, con lo que obtiene información concreta y desarrolla criterios propios. Lucha armada, revolución, terrorismo, represión, víctimas y victimarios, justicia, memoria, verdad, referencias históricas pasan de la mera declamación a lo conceptual.

El pibe comparte su angustia con Mora. Personifica en la figura de Walter el detenido desaparecido la alucinante experiencia, que ella adjudica a que “el teléfono funciona como una pasarela con el pasado” utilizado por “los servicios de inteligencia para sacar información”. Descartado el tentador delirio de terrorismo ficción, optan por recurrir a las fuentes. Lo encuentran en el listado de sobrevivientes del Nunca Más y, no sin vericuetos detectivescos, dan con él. Broche racional, comprueban cómo las preguntas a menudo resultan más productivas que las respuestas. Que no se trata de inteligencia sino de artificio más artificial y ajeno que lo humano, siempre propio. Ni ingenua ni infantil, la novela de Mónica Zwaig, auspiciada por el CELS, inaugura con singular astucia y bella escritura una modalidad de transmisión que, al mismo tiempo, atraviesa géneros y temporalidades.

 

 

FICHA TÉCNICA

Avisale a mi mamá

Mónica Zwaig

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2026

96 páginas

 

 

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