Una guerra tras otra

Para Israel, la vía diplomática no es opción

Foto de ataque israelí a objetivos en El Líbano.

 

Desde su creación en 1948, Israel ha estado involucrado en un gran número de guerras y conflictos armados en Medio Oriente. Algunas han sido guerras convencionales entre Estados, mientras que otros fueron conflictos prolongados, insurgencias en territorios ocupados o enfrentamientos con actores no estatales.

Entre las guerras más importantes, podemos contar la Guerra Árabe-Israelí (1948-1949) tras la creación del Estado de Israel, que enfrentó a Israel con Egipto, Siria, Jordania, Irak y otros países árabes. El resultado fue una victoria israelí que dio lugar a un proceso de limpieza étnica que le permitió a Israel expandir el territorio concedido por la ONU con la partición de Palestina. Otra guerra fue la crisis de Suez (1956), donde Israel, junto con Francia y Reino Unido, atacó Egipto para controlar el canal de Suez. Los países atacantes debieron retirarse bajo la presión internacional, especialmente de Estados Unidos. En 1967 tuvo lugar la Guerra de los Seis Días, donde Israel derrotó rápidamente a Egipto, Siria y Jordania, ocupando Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este, Sinaí y los Altos del Golán en Siria. 

En 1973 se produjo la Guerra de Yom Kipur (1973), donde Egipto y Siria atacaron por sorpresa a Israel, que a duras penas consiguió sobreponerse. Esta guerra permitió que Egipto recuperara la península del Sinaí y se abriera el camino a acuerdos de paz posteriores entre Israel y Egipto y Jordania. En 1982 se produjo la guerra en el Líbano cuando Israel invadió y ocupó aquel país durante dos años para combatir a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). En 2006 se produjo otra guerra en el Líbano donde Hezbolá enfrentó y detuvo un avance israelí. En 2025 se produjo la Guerra de los Doce Días contra Irán y el 28 de febrero de este año la guerra ilegal lanzada en alianza con Estados Unidos nuevamente contra Irán. A este largo inventario de guerras hay que añadir los levantamientos contra la ocupación: Primera Intifada (1987-1993) y Segunda Intifada (2000-2005) y los periódicos bombardeos sobre Gaza (como la Operación Plomo Fundido) hasta la ocupación de la Franja como consecuencia del atentado del 7 de octubre del 2023.

Este estado permanente de guerra, en donde Israel ha tomado casi siempre la iniciativa –a excepción de la Guerra de Yom Kipur y el ataque de Hamás en Gaza–, ha llamado la atención de muchos analistas, que intentan encontrar una explicación a un comportamiento bélico tan excepcional. Si partimos del hecho incuestionable de que el proyecto colonialista, acunado por el sionismo, de instalar un Estado judío en un territorio habitado conllevaba, necesaria e inevitablemente, una enorme cuota de violencia, nada debiera sorprendernos. Pero la pregunta intenta ir más allá, y pretende responder al siguiente interrogante. Sabiendo Israel que su presencia y la expansión posterior de su territorio no serían pacíficamente aceptadas por los países árabes, ¿por qué razón no ha buscado una solución política y diplomática que le permitiera alcanzar una paz duradera con sus vecinos árabes? Si bien esta pregunta puede resultar controvertida, nos basamos en el hecho indiscutible de que el esfuerzo diplomático más serio que se hizo hasta el momento fueron los Acuerdos de Oslo, que fracasaron por el boicot incuestionable de Israel. Al menos es la opinión de Shlomo Ben-Ami, ex ministro de Relaciones Exteriores de Israel en su ensayo Cicatrices de guerra, heridas de paz (Ediciones B, 2006), cuando afirma que “Netanyahu no canceló Oslo, pero lo vació de contenido mediante retrasos, reinterpretaciones y una implementación mínima (…) lo que reforzó la percepción palestina de que Israel no tenía intención real de permitir la creación de un Estado palestino”. Percepciones que han quedado plenamente confirmadas por las actuales manifestaciones, claras y terminantes, de oposición a la creación de un Estado palestino por parte de Netanyahu. 

Otra muestra del desprecio de Israel por transitar la vía diplomática es la negativa a considerar la oferta de paz promovida por la Liga Árabe en 2002 y reiterada en distintos momentos posteriores (incluidos debates recientes hasta la década de 2020). Fue aprobada en 2002 en Beirut por todos los países árabes y se basa en el fin oficial del conflicto árabe-israelí mediante el reconocimiento diplomático de Israel y la normalización completa de relaciones comerciales y de todo tipo. Lo que se pide a cambio a Israel es la retirada de los territorios ocupados desde 1967 en Cisjordania, Gaza, Jerusalén Este y Altos del Golán, dando lugar a la creación de un Estado palestino independiente con capital en Jerusalén Este. También se reclama una solución para el problema de los refugiados palestinos basada en las resoluciones de las Naciones Unidas. Israel considera inaceptable el retorno de los refugiados palestinos porque supondría un riesgo para la supremacía racial judía.

 

 

La opinión de Avraham Burg

El tema de la excepcionalidad de Israel ha sido abordado en muchos ensayos que resultaría largo mencionar aquí. Pero, por su actualidad, son ilustrativas las opiniones del ex presidente de la Knesset y ex presidente de la Organización Sionista Mundial, Avraham Burg, realizadas en una larga entrevista concedida al entrevistador norteamericano Tucker Carlson, integrante del sector MAGA crítico de la guerra contra Irán.

 

 

El año pasado Burg, junto con decenas de personalidades de su país, emitió un comunicado en el que reclamaban al mundo sanciones contra Israel. La declaración denunciaba que el Estado israelí estaba “contemplando la expulsión de millones de palestinos de la Franja” y, por ello, exigía medidas contra los dirigentes israelíes hasta que implementen un alto el fuego permanente en el enclave. En un artículo titulado “Jews – Rebel. Now!!!”, publicado en Haaretz, instaba a los judíos del mundo a llevar a Israel ante la Corte Internacional de Justicia por los crímenes de guerra en Gaza, considerando que las acciones del Estado de Israel se habían desviado de los valores morales del judaísmo. 

Durante la entrevista concedida a Carlson, Burg aborda críticamente algunos rasgos de la sociedad israelí que explican su inclinación por las soluciones bélicas. Considera que la mayoría de los israelíes están convencidos de que Israel es una superpotencia y que, por lo tanto, quieren ganar, humillar y cancelar al rival. Cada Estado rival es considerado un émulo de Hitler, y agrega: "Esto ayuda a comprender la realidad de que cada década tenemos (que combatir) a un nuevo Adolf Hitler", mientras Israel nunca contempla la posibilidad del diálogo. La crítica la dirige también contra la actual oposición israelí que "simplemente compite con el gobierno para demostrar quién es más agresivo". Califica a la guerra contra Irán como "una segunda etapa de una guerra religiosa". "El 7 de octubre fue el primer desenlace de la guerra religiosa a gran escala entre el fundamentalismo judío del gobierno israelí y el fundamentalismo musulmán de Hamás". Sostiene que "Irán es la primera guerra mundial religioso-fundamentalista" en la que en el campo de batalla se enfrentan el fundamentalismo judío, el fundamentalismo cristiano y el fundamentalismo musulmán. En relación con la violencia de los colonos israelíes en Cisjordania, manifiesta que se “avergüenza profundamente”. “¿Dónde están los rabinos? ¿Dónde están los líderes espirituales? Quizás no vienen porque son los instigadores y eso fomenta su filosofía mesiánica“.

Burg señala que su confianza en Netanyahu es "mínima incluso en el mejor de los casos", y alerta sobre la posibilidad de que extremistas judíos ataquen lugares sagrados musulmanes en Jerusalén, lo que podría unir al mundo musulmán en contra de Israel. "Eso significaría el fin de la justificación de la existencia del Estado de Israel. Incitaría a las masas en el mundo musulmán y podría derrocar regímenes... El orden mundial dejaría de ser reconocido por nosotros. Es mucho más volátil y explosivo que un arma nuclear". Burg afirma que la primera vez que consideró la posibilidad de que Israel utilizara armas nucleares fue al escuchar a Carlson abordar el tema. Por ese motivo sostiene que "el resultado de esta guerra debería ser un Oriente Medio libre de armas de destrucción masiva, lo cual también se le impondrá a Israel", añadiendo que el Presidente estadounidense Donald Trump podría imponerle esto a Israel "de la noche a la mañana". "Soy judío", dice Burg. "Ser judío implica muchas cosas. Una de ellas es estar comprometido con la cultura del desacuerdo... Considero que mi papel en la vida es ofrecer una perspectiva diferente y ser lo suficientemente valiente y expresivo para que la gente sepa que existe una alternativa".

 

 

Paradojas de la nueva guerra

La nueva guerra de agresión lanzada por Israel y Estados Unidos contra Irán ofrece muchas paradojas. Se inicia con el argumento del riesgo que supone que Irán acceda a la bomba nuclear, pero la promueven Estados que ya poseen armamento nuclear, por lo que la expansión de la guerra nos pone al borde de una catástrofe nuclear. La opinión pública internacional tampoco se ha formulado la pregunta correcta de si no ha sido el boicot al acuerdo nuclear, conseguido en 2015 por Obama, el factor que derivó en la Guerra de los Doce Días del año pasado y en la guerra actual. La retirada de Estados Unidos del acuerdo, bajo la presión de Netanyahu, terminó logrando el efecto contrario, al acelerar el programa nuclear de Irán. Otra muestra de la arrebatada decisión de Trump es un significativo párrafo de la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos del año 2025 que dice: "Los días en que el Medio Oriente dominaba la política exterior estadounidense, tanto en la planificación a largo plazo como en la ejecución diaria, han terminado, afortunadamente". 

Otra paradoja afecta al sionismo que prometió un Estado a los judíos donde quedaran a salvo de las persecuciones antisemitas y, en la actualidad, debido a las iniciativas del sionismo mesiánico ha convertido a Israel en el lugar más inseguro del mundo. El secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, acaba de anunciar al finalizar la reunión del G-7 que el conflicto terminará en "semanas, no meses", como si una guerra fuera una oferta de rebajas de unos grandes almacenes. En la declaración final del G-7 no se menciona la palabra guerra, sino que se habla de la “situación” en Irán y Medio Oriente. En esta suerte de ceguera voluntaria los firmantes destacaron la importancia de mitigar las consecuencias del conflicto para los países de la región, las poblaciones civiles y las infraestructuras críticas, pasando por alto que ha sido justamente Donald Trump quien ha amenazado a Irán con destruir todas sus centrales eléctricas, acción que según el Estatuto de Roma, configura un claro crimen de guerra.

Los factores humanos son siempre un ingrediente fundamental en las guerras. En la guerra contra Irán abundan. Al narcisismo maligno de Trump, se añade la personalidad psicopática de Netanyahu y el mesianismo de los partidos ultra religiosos israelíes. El sionismo, a pesar de su origen laico, ha terminado siendo un movimiento mesiánico que cultiva un odio racial hacia los palestinos. Por citar un ejemplo reciente, el miércoles pasado un diputado del partido de extrema derecha Otzma Yehudit declaró ante la Knesset que "en Jenin no hay civiles inocentes ni niños inocentes" después de que una familia palestina con dos hijos fuera asesinada a tiros sin motivo alguno por las fuerzas israelíes en Cisjordania.

Ese mesianismo es el más peligroso porque, además de poseer el arma nuclear, ha sido capaz de desarrollar una enorme capacidad militar usando las nuevas tecnologías, por lo que aspira al rediseño de las fronteras para alcanzar la fantasía del Gran Israel. Por este motivo, Israel nunca ha querido definir cuáles son sus fronteras. Es en este dato básico, más que en los factores psicológicos, donde se encuentra la explicación que permite entender las razones por las que Israel nunca ha optado por la vía diplomática para alcanzar la paz.

 

 

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