Una heroína de leyenda

Eli Gómez Alcorta la defendió como una leona y consiguió que la absolvieran en una farsa armada para condenarla. Aquí cuenta su admiración por Milagro.

La sala de juicio es pequeña, no tendrá más de 8×8. Las sillas están desvencijadas, los vidrios de las ventanas un tanto sucios, dos largos bancos de iglesia están destinados para el público. El estrado se encuentra elevado, por lo menos, 50 centímetros del piso, coronado en lo alto por  un crucifijo.

Apiñados, una veintena de periodistas aguardan el ingreso de Milagro, quien será juzgada por tercera vez en menos de un año.

Su voz potente irrumpe desde la puerta: “No a la reforma laboral. Los periodistas tengan independencia, no se dejen llevar por Gerardo Morales, que no toda la vida va a estar gobernando. Peleen por sus derechos. Tengan dignidad. Hoy vengo a una sentencia, directamente. Defiendan el país. Patria sí, colonia no. Basta de matar a los hermanos mapuches. Defiendan las tierras.”

Solo se escuchaban ruidos de flashes y un silencio ensordecedor de todos los que estábamos presentes.

Esa mujer rompía las reglas de la lógica judicial.

Denunciaba, exhortaba, se solidarizaba ante la mirada atónita del fiscal y de los funcionarios judiciales. Se trataba de un juicio con motivaciones políticas, a una presa política que desde que ingresó a esa sala oficinesca hizo lo que sabe hacer: política.

Cuando tres hombres bastante maduros (dos de ellos condenaron a Romina Tejerina) se sentaron en sus  distinguidas sillas, Milagro continuaba hablando: “¿por qué no hablamos de dónde derivó esta causa también, del estudio de Gerardo Morales? Entonces qué me vienen a decir que la justicia de Jujuy tiene independencia.”

Le pidieron una y otra vez que guardara las formas. Sólo se calló por un rato.

Dos horas después, cuando llegó el momento de prestar declaración indagatoria, en el medio de aquella ficción, Milagro arroja palabras certeras e inapelables:  “Señores jueces, terminemos esta farsa, llévenme al penal y allí notifíquenme por cédula la condena”.

El presidente del tribunal le contesta que no se dejarán influenciar.

La indagatoria se convierte en un diálogo, la imputada en denunciante, el juez en indagado.

Al iniciar el juicio, Milagro renuncia a su defensa técnica. Nos dice que no quiere que la defendamos porque corríamos riesgos de ser sancionados, como ya nos ha sucedido, incluso, en ese mismo proceso. Luego de una charla privada con ella, reafirmamos que de ningún modo la dejaremos sola. Somos militantes que trabajamos de abogados.

Durante las dos jornadas de debate el tribunal amenazó tres veces a la defensa de Milagro con sacarnos de la sala: por pedir reposición de decisiones del presidente, por oponernos a preguntas mal formuladas por el fiscal o por afirmar que no convalidaríamos la incorporación por lectura de la declaración de una testigo. En el debate esa mujer no recordaba nada de los hechos y ante nuestras preguntas contó que había sufrido hace trece años el ACV que apenas le permitía balbucear. No podría haber prestado hace tres años en la comisaria la declaración que aportó la policía.

También un policía declaró como testigo que no recordaba los hechos y el tribunal volvió a citarlo para el día siguiente. Milagro se molestó: “Yo dije que no quería los abogados, porque esto que están haciendo es una payasada. ¿Cómo puede ser que ayer no se acordaba nada y cómo de la noche a la mañana se va a acordar algo, salvo que a la noche lo hayan hecho recordar qué es lo que tiene que decir?”.

Mientras ella hablaba hicieron ingresar al testigo.

Juez: Discúlpeme señora Milagro, con el respeto, pero no me obligue a que… Colabore con el tribunal.

Milagro: Yo le voy a pedir que me lleven al penal y me notifica en el penal porque esto para mí, como ciudadana jujeña, argentina y latinoamericana es una vergüenza lo que están haciendo conmigo. Es una vergüenza lo que está haciendo este tribunal, se nota a la legua que es una persecución política lo que están haciendo conmigo.

Juez: Le solicito gentilmente señora…

Milagro: Traten de no hacer esta clase de burradas, me da indignación. Yo soy negra, pero no estúpida, esto de convocar a un testigo por segunda vez, para obligarlo a decir lo que ayer no se acordó, es una gansada, y les dije a los abogados que traten de no hablar mucho, porque si no me los van a sacar de la sala o le van a terminar sacando la matricula.

Y dirigiéndose a nosotros:

-¿Ahora me entienden porqué no quería que sean mis abogados? Ustedes tienen familia, tienen hijos para criar, tienen hijos para mandar a la escuela, y los terminan perjudicando a ustedes.

Juez: ¡Termínela!

Milagro: Si, sí, yo termino, pero simplemente quiero decir esto: la bronca es porque a mi me imputan por defender a una compañera.

Juez: Tratemos de proseguir.

Milagro: Si.

Juez: Gracias.

Milagro: De nada.

Otra heroína, Djamila Bouhired –militante anticolonialista del Frente de Liberación Nacional y luchadora por la libertad de Argelia del dominio francés-  enfrentó también un interrogatorio judicial.

Juez: Usted es francesa.

Djamila: Yo soy argelina.

Juez: Estás en una conspiración.

Djamila: Estoy en la resistencia.

Ambas, mujeres, políticas, invierten la acusaciones y la dirigen a los jueces, representantes de un orden cuyos valores cuestionan.

No hay acuerdo alguno, ni sobre las reglas del proceso (por eso Milagro habla cuando lo desea, por eso el juez dialoga con ella en su indagatoria) ni sobre la legitimidad del tribunal, que la imputada cuestiona afirmando que la condena se encuentra escrita. Milagro hace una autodefensa política, mientras el tribunal intenta guardar alguna forma para sostener que lo que se está llevando adelante es un juicio penal.

De demoler la inexistente prueba en su contra nos ocupamos sus defensores. Los jueces, el fiscal y la querella estaban cada vez más incómodos. ¿Cómo podrían cumplir con la misión? Por eso dudaron tanto antes de admitir que la audiencia fuera pública, y transmitida en vivo por las imprescindibles Cynthia García y Sabrina Roth.

Milagro, detenida ilegalmente hace 694 días, utiliza esa pequeña sala judicial para defender sus valores  –y de allí que en varias ocasiones habla de Perón y de Evita, de Patria o Colonia-, para denunciar la causa política subyacente al proceso, desafiando al mismo tiempo al sistema judicial; constituyendo el juicio en pantomima y su presencia en él, en un acto esencialmente político.

Hace poco leí un libro sobre la vida de Jorge Masetti en el que cuenta que cuando escuchó el nombre de Camilo Cienfuegos por primera vez, pensó que era un seudónimo. Cuando lo conoció comprendió que aquel hombre sólo podía llamarse así.  

Tampoco podría llamarse de otro modo esta mujer, colla, menuda, morocha, irreverente, luchadora.