El martes 30 de junio, un oráculo se llevó a Daniel Melingo. La noticia abrió un cráter en nuestra canción ciudadana. Y ahora estoy acá para compartirte algunas impresiones.
Con los músicos Juan Pablo Gallardo y Rafael Villazón tuvimos la alegría de que Melingo nos cantara. Le escribimos Babilónica, un tango que cuenta la relación tóxica que uno suele tener con esta Pampa de hormigón llamada Buenos Aires. Babilónica no solo guarda su voz, también su clarinete. Quizá algún día vea la luz. La firmamos los cuatro. La escucho ahora y me sale decir: ¡qué bien le quedaban las esdrújulas, las consonantes líquidas junto a las licuantes, las frases rotas, las cacofonías!
Babilónica y ciega,
laberínticamente cruel,
en tu vientre sediento
yo soy tu mejor rehén.
Y aunque quiera escaparme
algo tuyo me enreda los pies.
Ay, mi diosa imperfecta
ya estás embriagándome.
Pampa de hormigón
tu roto corazón
se ha vuelto una adicción interminable.
Dame de probar
aquello que ocultás
¿o solo sos castigo y cal? (…)
El asunto es que la muerte de Melingo deja a la escena del tango actual sin una de sus lámparas luminosas. Sería un error reducir su legado al de un cantor, un compositor, un letrista o un performer (la fotografía de portada es del querido Jean Segura). Melingo hizo algo más difícil y, probablemente, más perdurable: fue uno de los principales artífices de esto que me animo a llamar “la reimantación del tango”. Hablo de aquellos protagonistas de la cultura rock que, a finales de los ‘90, quizá inconscientemente, ayudaron a que el tango volviera a convertirse en una experiencia posible para una generación que había crecido completamente fuera de él. Melingo no fue el único: Adriana Varela, Litto Nebbia desde su sello discográfico Melopea, Fernando Samalea desde el bandoneón, Palo Pandolfo, entre otros, también hicieron lo suyo.
Sin embargo, hay que decirlo: durante muchos años la figura de Melingo fue bastante resistida por los tangueros. Se discutió (yo discutí) si este hombre —formado en Los Abuelos de la Nada, Los Twist, Charly García, Lions in Love— era apenas un “paracaidista” o una mala copia de Edmundo Rivero. Esa discusión fue un infantilismo. Lo interesante, creo, es preguntarse: ¿qué hizo Melingo por o para el tango?
Mala Yunta
En 1997 apareció Mala Yunta, un programa que se emitía por la señal de cable Solo Tango los días jueves a las 21 horas. El ciclo comenzó el 14 de agosto de 1997 y finalizó el 6 de noviembre del mismo año. Su importancia —por lo menos dentro de los estudios de tango— todavía no ha sido valorada. Allí Melingo convocaba a músicos de rock a cantar tangos: “Es un proyecto con el viejo amor que tengo por el tango. Me encontré con el director del canal, que es un viejo amigo, y me ofreció hacer un programa semanal, de media hora, con gente de rock que se anime a cantar [tangos] (…) El objetivo era hacer algo diferente. Entonces fueron apareciendo solos: Palo Pandolfo (Los Visitantes) hizo cuatro temas propios, Fito Páez cantó cuatro compartidos conmigo. Horacio Fontova también. Hoy puede parecer un gesto menor, pero en aquel momento fue una pequeña revolución silenciosa; Melingo entendió que el tango no necesitaba parecerse al rock para enamorar a los jóvenes. Bastaba con que el rock dejara de verlo como una música ajena a la respiración cotidiana de la ciudad.
Siga cochero (Cadícamo – Melingo), Mala Yunta, 1997
Tangos Bajos
A la vez que producía Mala Yunta, Daniel Melingo comenzaba a construir el universo que cristalizaría en su disco Tangos Bajos (1998). Su nueva búsqueda poético-musical consistió en rescatar aquellos tangos embrionarios de principios del siglo XX al tiempo que musicalizaba a los poetas lunfardos de los años ‘20 y ’30. ¿Cuántos jóvenes a partir de los discos de Melingo descubrieron a Julián Centeya, Enrique Cadícamo, Carlos de la Púa? ¿Cuántos a Edmundo Rivero? Y a la vez se animaba a la creación autoral, poblando sus tangos y milongas de ambientes grotescos, humor negro, personajes rotos habitados por la locura, fantasmas urbanos, drogadictos:
Narigón.
Por los pagos de mi barrio
había un tipo que se las daba de guapo
pero su mente estaba revirada,
le decían: El Narigón
por lo mucho que aspiraba.
Salía de noche, volvía de día,
no tenía paz ese muchacho.
Pero todos le decían:
¡vas a tener que parar!
En simultáneo conformó su dupla compositiva con el poeta Luis Alposta y, lentamente, en pequeños reductos porteños, fue delineando un repertorio propio hasta encontrar su tono y sello. Refiriéndose a aquellos años, Alposta escribió: “Dueño de una expresividad propia en la que, prácticamente, es muy difícil reconocer influencias de otros cantores, el timbre y el color de su voz responden a lo que, tradicionalmente, se define y se conoce como ‘voz de tango’. Una voz de tango, sí, pero una voz distinta, alejada de todo estereotipo y sin alardes. Fiel a sí mismo, canta sus tangos como si hablara, infundiéndoles el ritmo de su propia respiración”.
En un bondi color humo. La dupla Melingo – Alposta.
Para ir cerrando estas impresiones veloces, subrayo la idea central de esta nota: si la reimantación del tango consistió en volver a atraer hacia su órbita a una generación que no tenía ninguna relación afectiva con el género, entonces Melingo ocupa un lugar central en esa historia, no porque haya sido el primero en cruzar las fronteras entre el rock y el tango, sino por comprender que ese cruce no debía resolverse por la vía de la hibridez. Melingo nunca hizo rock con bandoneón, ni intentó rejuvenecer al tango disfrazándolo de otra cosa; te gusten más o menos sus discos, hay siempre una verdad: Melingo.
¡Hasta la Victrola Siempre!
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