Una mancha en el legajo

La madre de Kevin Benegas tras la condena a un prefecto

 

Cuando se disparó la guerra de balas entre dos bandas frente a su casa, Roxana Benegas intentaba cortar el agua de una canilla. Desesperada buscaba armar un parche con una cámara de bicicleta para frenar la inundación, mientras trataba de cubrir sus hijos. Kevin vio en ese momento en el modular, el parlante de música de uno de sus hermanos.

—Menos mal que los paraguayos no le dispararon.

Dijo. Y su madre dijo lo de siempre:

Fantasmín, dejá de fantasmear —. Y dijo: —Cuidate con tus hermanos, voy al baño y vuelvo.

Lo único que no cambió en esa casa es una ventana. Hace seis años, el lugar era un mono ambiente. Adelante, dormían seis chicos. En la parte de atrás, una cortina separaba el cuarto de Roxana y de Claudio. El lugar ahora está dividido en dos partes. Donde estaba la cortina hay una pared de cemento, pesada. Las camas pasaron al piso de arriba. Abajo hay una cocina. Y lo único que no cambió es la ventana. Los marcos todavía tienen incrustadas dos balas, y el vidrio por el que entró la 9 mm que se metió directo en la cabeza de Kevin, se fue partiendo de a poco, con los años, hasta que terminó de caer. Así quedó desde entonces. Una ventana con la mitad abierta. Sin vidrio. Un espacio donde corre viento como suspiro de ese fantasma.

 

Roxana Benegas, y atrás la ventana.

 

Durante esta semana terminó el juicio contra Daniel Andrés Stofd, un oficial de la Prefectura Naval Argentina, responsable del móvil 1232 que el 7 de septiembre de 2013 debió haber hecho algo para frenar esas balas. Stofd estuvo a quince metros del tiroteo, pero siempre dijo que no escuchó nada. Las pruebas más elocuentes sobre lo que hizo y no hizo son conocidas: nueve respuestas monocordes que hilvanó esa mañana ante el Comando Radioeléctrico. Hubo nueve llamados de vecinos al 911 entre las 8.30 y 9.30 de la mañana. El Comando se comunicó con el móvil 1232. Y Stofd respondía: Panorama es normal; negativo detonaciones, o no se aproxima nadie al móvil, cuando le decían que una de las personas del barrio lo esperaba en un punto fijo.

Stofd llegó a juicio acusado por incumplimiento de los deberes de funcionario público, y no por homicidio. El juez Edmundo Rabbione acaba de condenarlo a pagar una multa de 12.500 pesos, y a una inhabilitación especial de un año para ejercer cargos públicos. La fiscalía y querella ejercida por Luciano Ortiz Almonacid habían pedido pena de prisión y la extracción de testimonios para investigarlo como partícipe del homicidio. El juez desechó las dos opciones. Pero aún así, la sentencia aparece como avance. Primero por lo que es, una condena. Luego, porque proviene de un sistema judicial poco afecto a condenar uniformados. Y tercero, porque es una forma de respuesta del Poder Judicial al aumento de la violencia de las fuerzas de seguridad justificado por el Estado, una línea que dialoga con fallos como el de Neuquén al Servicio Penitenciario. Pero también por otros motivos. Ortiz Almonacid está convencido de que también es un mensaje al legislador, es decir al Congreso, porque la causa se encontró con un dilema: cómo encuadrar penalmente una imputación a un perfecto por esa participación no activa, en un contexto que todo el barrio entiende como zona liberada. Hubo tres horas de tiroteo, 107 vainas servidas sólo en torno a la casa del chico, 9 llamados al 911, dos móviles de Prefectura y dos de Gendarmería a una distancia menor a una cuadra, y sin intervención. La investigación llegó a condenar, hasta aquí, a tres integrantes de las bandas, y es la primera vez que avanzó sobre las fuerzas asentadas en la zona, un lugar de confluencia de Prefectura y Gendarmería, fuerzas federales que la el barrio entiende como co-responsables de la muerte de Kevin al  asegurar —por acción u omisión— esa zona liberada.

Stofd no pasó inadvertido en el barrio.

—Vámonos —dijo—, que se maten entre ellos, después vendremos a buscar los cuerpos.

Aquí una animación que se vio en el juicio. Un cortometraje con eje en las llamadas, de Antonio Manco, camarógrafo italiano:

 

 

 

Roxana ahora está en su casa.

—¿Cómo viste la sentencia?

—Nosotros íbamos sabiendo que el resultado no iba ser muy agradable. Lo acusaban por incumplimiento de deberes y no como partícipe necesario. Creemos que si él se hubiese quedado, esto no hubiese pasado. Pero desgraciadamente no se quedó. A él le dieron un año de inhabilitación y una multa, una miseria, pero viendo cómo el Estado nos paga a las mujeres, es una fortuna. También es cierto que ninguna persona de las Fuerzas puede tener una mancha en el legajo, y él ahora la tiene. Y eso le hará difícil retomar un trabajo, por lo menos en las fuerzas de seguridad.

—También fue el primer funcionario imputado por el caso.

—Si. Hubo dos juicios y tres detenidos. Uno sigue preso (Lorenzo Sebastián Paredes Paredes). Los dos primeros (Milcíades Ramón Vázquez Quiroga y Francisco Darío Colman) tenían condenas a siete años, pasaron tres años y medio presos y fueron liberados. Queda preso Paredes Paredes que estaba prófugo y ahora está detenido por homicidio. Pero este juicio abrió otro abanico. La defensa del señor Stofd pidió lo que venimos pidiendo desde el comienzo: que la Justicia indague a los otros Prefectos y Gendarmes que vinieron y no se quedaron. Eso nos abre nuevas posibilidades.

—El juicio pareció mostrar una interna entre Gendarmería y Prefectura. ¿Cómo era esa relación?

—Creo que tanto unos como otros liberaron la zona. Dejaron la zona sabiendo qué podía llegar a pasar. Seguro iba a haber una pérdida, o más. Fue una sola, como todos sabemos. Y sobre la interna, ellos se tiran la pelota para delegar la responsabilidad. Ese día, había entre seis y ocho gendarmes y siete prefectos. En su momento, hubo algo hasta irónico porque el octavo perfecto que tendría que haber estado dijo que no se acercó porque había ido al baño. ¡Por eso no pudo llegar con el móvil a las intersecciones de la plaza!

Esa intersección es importante. Y vuelve una y otra vez al relato. La casa de Kevin estaba a quince metros de la intersección, una plaza abierta en el acceso al barrio con calles anchas por donde circulan los autos antes de que todo se convierta en corredores y pasillos. Los prefectos aseguraron haber llegado hasta ahí, en medio de las recorridas, pero dijeron que desde ese lugar no escucharon nada. También que llovía fuerte y que por eso tal vez no escucharon disparos que nadie pudo no escuchar a esa distancia, y aterrorizó a todo el barrio.

 

Plaza Kevin, la intersección, a quince metros de la casa de Kevin

 

La Plaza Kevin, porque así la llaman, aún está como estaba. En 2013 ya se llamaba de esa manera por las mismas razones que explican como constante la genealogía que se arma el barrio. El primer Kevin era un niño de cinco años muerto en 2009 por una bala perdida. «Otra bala perdida, como decimos desgraciadamente acá —dice Roxana— porque todas las balas se pierden en este lugar. La bala impactó en la cabeza de ese Kevin. Y desgraciadamente murió en el acto».

Kevin era amigo de su hijo. Y compartían el espacio de apoyo escolar de La Poderosa, la organización territorial que nació en este barrio. «Se encontraban para ir a los comedores o hacer alguna actividad popular como fútbol. Un día, mi hijo Kevin estaba en el espacio de Nacho (Levy, de La Poderosa). Cuando escucharon ese disparo, esa bala perdida, Kevin estaba del lado de adentro. Salió corriendo para ver qué había pasado. Volvió y le dijo a Nacho que habían matado a su amigo. Todavía no teníamos la herramienta de la revista, La Garganta, que surgió en 2010. Entonces, para simbolizar esa pérdida, Nacho hizo una Plaza. Ese lugar era un baldío, un juntadero de mugre, autos robados y quemados que se tiraban ahí. Lo que nunca nos imaginamos, ninguno, ni Nacho, ni nadie es que… —dice Roxana, baja la cabeza y se pone a contar con la mano— …cuatro años después, iba a fallecer nuestro Kevin. Y que esa iba a ser la Plaza de los Kevin».

La causa estableció que los tiros se prologaron entre las 8.30 y las 9.30, aunque el fiscal señaló que comenzaron por lo menos antes de las 7. Las bandas disputaban una casa frente a la de Roxana, un lugar que había sido allanado un mes antes y tenía un cartel de quiosco. Los que estaban adentro, buscaban retener el lugar. Los que estaban afuera, ocuparlo. Según el peritaje de la Policía Federal, hubo 107 vainas servidas en el piso, la mayoría 9 mm, y se probó la utilización, por lo menos, de diez armas distintas aún sin datos de filiación con las fuerzas de seguridad. La bala que mató a Kevin salió de la puerta de chapa de la casa-quiosco, hizo una línea vertical de arriba hacia abajo cuando Kevin estaba escondido bajo la mesa.

«Yo pensaba que estaba cubriéndose», dice Roxana. «Le digo: Nene no pasa nada, vení, ya estoy acá, con voz firme, como para que tome confianza, que venga y no sienta miedo. Desgraciadamente, cuando lo llamo no reacciona. Me agacho y siento esa respiración ahogada y ya veo el charco. Lo levanto, y pegué un grito:

—Le pegaron un tiro a mi hijo.

Dije, y los que estaban afuera desaparecieron como por arte de magia. No quedó nadie, ni para preguntar ni para ver cómo podían ayudar. Ese día llovía, pero no llovía torrencialmente, ni había tormenta eléctrica, como dijeron los prefectos. Lloviznaba y hacía frío».

Uno de sus hijos le alcanzó una campera. Roxana salió para la Plaza con el hijo en brazos, y caminó en dirección a la avenida sobre una alfombra de vainas. Un vecino tenía el auto en la Plaza y se ofreció a llevarla, es otro de las personas testigo de lo que pasó. Roxana contó lo que siguió miles de veces. Kevin se hizo película, documentales, herramienta de La Poderosa para llevar adelante las denuncias. Los médicos estuvieron 45 minutos con su hijo para intentar reanimarlo. «Mientras los médicos luchaban, yo le pedía a Dios que se lo llevara porque lo había visto —dice su madre—. Sobre mi cuerpo había caído parte de masa encefálica. Sabía que no iba a quedar bien. Que iba a quedar, por ejemplo, como un vegetal. Y si bien la muerte nos destruyó, eso hubiese sido peor».

 

El pasillo y la casa-quiosco

 

Detrás de Kevin, el barrio creó una organización de control popular a las fuerzas de seguridad. Una articulación integrada por vecinos, La Poderosa, el CELS y la Procuración. La Plaza mantuvo abierta una mesa de denuncias. Y uno de los primeros objetivos fue la identificación de los uniformados destinados al barrio como parte del operativo del Cinturón Sur. «La lucha se hizo para identificarlos: ellos nos paraban en la calle y nos pedían documentos y nosotros pedíamos eso mismo de ellos. Acá caminaban por afuera del barrio, pero adentro era para maltratar a nuestros pibes. Los hombres cacheaban a las mujeres, cuando no lo pueden hacer. Y cuándo querías hacer la denuncia, ¿a quién ibas a señalar? ¿Cuántas veces vinieron a hacer allanamientos sin órdenes, cuando no se puede hacer? Nosotras no pedimos que no hagan su trabajo, pero que lo hagan como tenían que hacerlo: con orden de allanamiento, a la luz del día, y no de madrugada, no caminando por arriba de los techos, no para reventar la casa de al lado, que no era la que tenían que allanar, porque casualmente se equivocaban».

Ese estado de terror como las balas cotidianas fue cediendo. Lograron la identificación de más de la mitad de las consignas. «No de todos, pero fue un logro. Con eso, las mujeres sabían a quienes tenían que nombrar cuando querían hacer una denuncia por maltrato o por abuso. Todo hasta el cambio de gobierno».

—¿Qué pasó después?

—Es como cuando te dan el primer celular que te costó meses grabarte el número de memoria, y cuando lo logras, te lo robaron o lo perdiste. Así nos pasó a nosotros: con este Presidente, fue como que nos robaron el celular, con el número que nos costó tanto aprendernos de memoria. Ahora nos hacen ver que todo está avalado por el Presidente. Cuando sacaron la resolución para poder disparar antes del alto. O ahora, que dicen que hay una ley de derechos humanos para las fuerzas: ellos pueden matar impunemente, con permiso, y encima con una ley que los protege.

Sólo dos de los trece hijos de ella llevan su apellido. Rodrigo y Kevin. Cuando Kevin nació Roxana vivía con su segunda pareja. Sergio Molina hacía pinturas en láminas con aerosol. Después de cinco años se fue a probar trabajo a Brasil. Ya habían nacido los cuatro hijos de ambos: Ariel, Rodrigo, Priscila y Kevin. Ariel y Priscila llevan el apellido de Sergio. Rodrigo se llama Benegas porque nació mientras Sergio estaba de viaje en viaje y se pasaban los 45 días para inscribirlo. A Kevin lo anotó con su apellido porque a los 29 días se lo llevó a Brasil.

Es mediodía de jueves. Por el pasillo del barrio suena la bocina del churrero. Alguien pone música en una casa vecina. Se oye el ruido de una obra en construcción.

«Cuando Kevin nació, Sergio estaba en Brasil. Y yo hice una osadía. El estaba con otra pareja, la pareja lo dejó y cayó en un cuadro depresivo. Viajé de Buenos Aires a Córdoba donde vivían mis suegros, fui a buscar plata, volví, le dejé el dinero y los chicos a mis padres y me fui con Kevin a Brasil». Roxana hizo el documento y la partida de nacimiento con un trámite urgente. «¿Cómo explicaba que viajaba con un bebé recién nacido, a Brasil, cuál era la causa, motivo o el por qué?» Estuvieron en Río. Después, Uruguay. Vendieron pinturas. Ella ahorró dólares del uno a uno, y logró comprar la casa en el barrio.

—¿Qué están diciendo ustedes cuando hablan de zona liberada? Si hay llamados, como acá, y las fuerzas no acuden, y tiroteo, también están liberando una zona.

—Obviamente. Decimos liberar la zona porque vinieron y no se quedaron, fue justamente no acudir al llamado y no hacer nada. No quedarse, no indagar, no preguntar a los vecinos, no ver dónde era el tiroteo, qué podía pasar o no. Eso es también zona liberada.

Durante el alegato, Ortiz Almonacid planteo un paralelo entre la actuación de las fuerzas de seguridad de 2013 y las comisarías en dictadura. En aquel momento, la policía no hacía los secuestros porque su rol era liberar las zonas para garantizar el ingreso de las fuerzas armadas. Hoy en las causas de lesa humanidad se piensa la actuación de aquella policía como parte del aparato criminal. Un rol en una estructura. Es claro que aquí no hay dos estructuras del Estado. Por lo menos, no abiertamente. Pero la actuación o inacción de los uniformados termina garantizando de la misma manera una zona de exclusión con actuación de bandas, tiros y terror. ¿Por qué a eso se le dice incumplimiento de los deberes de funcionario público? A eso se refiere el abogado cuando dice que también esto es un mensaje al legislador.

El jueves sopló viento fuerte por la ventana cuando comenzó la tormenta. Y esa cortina que ocupa el vidrio de la bala se puso a volar. Afuera, dos prefectos salieron de la casa-quiosco, desde hace años con consigna de seguridad. A la noche el ministerio de Seguridad ordenó levantar la consigna. El viernes, el abogado de Roxana exigió urgente la restitución: Roxana queda expuesta a padecer cualquier violencia pocos días después del fallo contra una de las fuerzas de seguridad.

 

 

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