Una noche con Baby Etchecopar

La Justicia penal juvenil y el lado B de un escarnio mediático

 

Un 24 de marzo ingresa al Centro Almafuerte de La Plata. Tiene 17 años. Lo traen esposado con las manos atrás, lleva una capucha negra en la cabeza, va en silla de ruedas. El Grupo Halcón, que lo viene trasladando desde el Conurbano, se mueve de a diez, con armas largas y en dos autos. Cuando lo bajan, lo hacen pararse recto. Para moverlo, F.L.V. siente que una turba de pies le patea los tobillos recién operados, hasta que pasa la puerta del instituto, donde le sacan la capucha y lo ingresan a una celda. Allí permanece solo con su dolor.

Once días antes, más precisamente el 12 de marzo, F.L.V. se acerca por sus propios medios al Hospital Diego Thompson de San Martín. Lleva dos impactos de bala en la pierna izquierda. Según los médicos que le sacan dos plomos calibre 22, está fuera de peligro. Como ocurre en estos casos, rápidamente interviene la policía y es asignado a la cama 525, en la que F.L.V. queda detenido.

En el transcurso de los once días que está internado, se encuentra doblemente esposado: del pie derecho a una cadena enredada al camastro y de un brazo al respaldar. En ese tiempo nadie lo lleva al baño, pues aun cuando lo pide a los dos policías que lo custodian, le dicen que se aguante. F.L.V. escucha que todos hablan de él: los dos polis, las camas cercanas, las enfermeras, en la televisión encendida todo el tiempo. Cuando F. L.V. duerme, siente que alguien lo fotografía. No puede distinguir bien si se trata de los paparazzi apostados en la puerta o si es la propia policía. Siente que entra y sale gente. La policía lo interroga tantas veces que pierde la cuenta.

Marta tuvo a F.L.V. cuando tenía quince años. Escucha la tele y se entera de que hablan de su hijo. Villa Melo es un pequeño asentamiento de Villa Martelli en el que instalaron la casilla hace unos años, y en el que sobrevive sola con sus otros dos hijos, de quince y seis años. Marta está autorizada a ver a F.L.V. durante una hora, en la que lo limpia y le pregunta qué pasó. Los policías no se mueven de su lado y le cronometran el tiempo.

L.V. nunca estuvo preso. Estudiaba hasta hace un año, ayudaba a su mamá y a sus hermanos. Tiene un abogado particular que Marta contrató y está viendo cómo pagar.

L.V. no declaró, espera de la Justicia de la provincia de Buenos Aires un trato acorde con los estándares de derechos humanos y, por sobre todo, un juicio justo.

El 24 de marzo de 2012 recorro el Almafuerte. El encuentro es puramente casual. Como es nuevo, todos ya lo mencionan como “El Baby Etchecopar”. Su relato es pausado, tranquilo. Siente satisfacción cuando me cuenta que al final pudo entrar al baño el último día, que le sacaron la cadena del pie.

 

 

 

Nos vemos en 2027

La historia con la que comencé esta nota fue publicada en el diario Página/12 hace nueve años, en el marco de un 24 de marzo. Me costó varias críticas, pero también todo tipo de amenazas anónimas telefónicas, vaya a saber de quién o de dónde.

Lo cierto es que aquí vuelvo a ella para dar cuenta de su continuidad en la vida de otros adolescentes que corren la misma suerte que Fernando Lucas Vázquez (entonces F.L.V.), a la vez víctima y victimario del conocido locutor Baby Etchecopar, que el 12 de marzo de 2012 fue asaltado en su casa y se defendió a los tiros, hiriendo en una pierna a Lucas con un arma de portación ilegal.

Yo no defendí a Lucas, lo hizo otro abogado. En todo caso, yo sólo me crucé al adolescente en el Centro Almafuerte cuando tenía 17 años, y apenas entablé un diálogo con él. En mi historia, que es absolutamente verídica, aquel cruce me bastó para contar el lado B del episodio y mandársela a un diario, y que ese diario la publicara.

El famoso locutor, acostumbrado a ser empresario de la mano dura, luego de haber sufrido en carne propia lo que pregonaba cotidianamente, podía dar cuenta –ahora más que nadie– del padecimiento de ser una verdadera víctima de los delincuentes. Entonces se volcó al escarnio público e hizo campaña para el linchamiento mediático del “menor”. Y así, la Justicia penal juvenil –sensible a esos rebotes– hizo lo que sabe hacer, sin mayores complejidades procesales.

La defensa estuvo en manos de un letrado que le hizo firmar a Lucas una condena exprés a 10 años, a través de un juicio abreviado (acuerdo de pena entre el fiscal, imputado y abogado defensor). Entonces, para evitar problemas de exposición (es decir, escándalo que pudiera hacer el locutor en un escenario de un juicio oral), la jueza homologó el acuerdo (extorsivo) de pena y la sentencia recayó en 9 años de prisión, con un cómputo de cumplimiento hasta 2022.

Lucas estuvo preso desde los 17, pasó del Almafuerte a un centro de máxima seguridad en Virrey del Pino y, más tarde, a una unidad penitenciaria de adultos. Por su buena conducta y por el régimen progresivo de la pena, hacia fines de 2018 accedió a salidas quincenales de trabajo. Tal derecho enfureció al locutor, que comenzó nuevamente sus diatribas contra la jueza que otorgó las salidas. Como es su costumbre, utilizó todos los medios para escrachar.

Entonces, llamativamente, la Comisaría de Villa Martelli volvió a detener a Lucas –ahora con 26 años– por el supuesto delito de “tentativa de robo”, basado en una precaria entidad probatoria y tufillo a armado policial. Episodio con el que el locutor volvió a la carga con las arengas, dedicándole un programa de radio entero al asunto, bajo el lema “yo te avisé, y vos no me escuchaste”. La remató con el llamado a la justicia popular: “Esto marca un antecedente y sirve para que el pueblo sepa que los jueces no nos respaldan de verdad».

Hoy Lucas volvió a la cárcel. El abogado que lo defiende le ofreció, junto al fiscal, hacer un nuevo acuerdo de juicio abreviado para la nueva causa, y con una pena unificada que lo hará salir recién en 2027.

 

 

 

*El autor es escritor y abogado.

 

 

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