Una sangre impura

Las extremas derechas crecen en los países más importantes de la Unión Europea

 

En su primer número de mayo, la venerable revista liberal británica The Economist publicó dos reportajes de interés. El primero fue una conversación con el vicejefe de la inteligencia militar ucraniana, quien reconoció que su país carece de municiones y de personal; ahora depende totalmente de la asistencia exterior para continuar la guerra. Pero continuar no implica pasar a la ofensiva, ni menos aún tener perspectivas de éxito. “Nuestro problema es muy simple: no tenemos armas”, declaró el general Skibilksky.

La otra nota fue una entrevista con el Presidente francés Emmanuel Macron y alcanzó gran repercusión global. Macron afirmó allí que si Rusia rompía las líneas defensivas de Ucrania (algo que los analistas dan por descontado) y el gobierno de este país lo solicitaba, los europeos debían considerar el envío de tropas para enfrentar a Putin. De otro modo, aseguraba el Presidente, Europa se adentraría en un oscuro futuro.

Pocos países del continente recibieron con beneplácito la inventiva de Macron; su mayor socio, Alemania, lo relativizó abiertamente, por decir lo menos. De su parte, Putin deploró sus declaraciones tanto de palabra como en los hechos: ordenó unos ejercicios con armas atómicas tácticas en las proximidades de la frontera de Ucrania. El objetivo de esos proyectiles puede ser otro país; Francia, por ejemplo.

 

Belicismo electoral

¿Cuál fue la motivación de Macron para lazar semejante propuesta que tan negativos resultados arrojó? La respuesta tiene un alcance regional antes que global: las próximas elecciones europeas. Todas las encuestas, si podemos darles crédito (¿en qué cálculos políticos podemos confiar hoy en día?), auguran un impactante triunfo de las extremas derechas a nivel continental. La irredenta Marine Le Pen triunfaría en Francia con su Rassemblement National (Agrupamiento nacional) heredero edípico y más urbano del Frente Nacional de su impresentable padre Jean Marie. China es un problema para Macron, según asegura a The Economist, pero “lo que me mata en Francia como en Europa es el espíritu de derrota”. Habla de Ucrania, pero también de su país. En filigrana, lanza un mensaje a los electores.

Del otro lado del Rin, la formación ultra Alternative für Deutschland (AfD) superaría a la actual coalición en el gobierno y también a la tradicional Democracia Cristiana (DC), el partido con el cual Angela Merkel gobernó durante la mayor parte de este siglo la República Federal. Un desprendimiento de la DC por derecha, aunque menor, también podría hacer un buen papel, al menos a nivel estadual. Se trata de la WerteUnion (Unión por Valores). Fue fundada este año y la encabeza Hans-Georg Maassen, ex-presidente de una agencia de inteligencia alemana, la Oficina para la Protección de la Constitución, que ahora –según dicen– lo sigue de cerca. Quizá no sea para tanto. Entre bueyes no hay cornadas.

Los dos países más importantes de la Unión Europea, Francia y Alemania, parecen amenazados por la extrema derecha; el primero está gobernado por una derecha nueva, financiera, el segundo se halla en manos de una coalición denominada semáforo por sus colores partidarios dado que reúne a rojos socialdemócratas, verdes ecologistas y amarillos liberales. En los papeles es una agrupación que defiende a los asalariados (rojo), el ambiente (verde) y el equilibrio fiscal (amarillo). En realidad erosionó los salarios, intoxicó el ambiente sustituyendo el gas ruso por el carbón o importó gas de Estados Unidos producido por fracking al tiempo que promovía el belicismo, mientras que mantuvo el superávit a costa de dañar la actualización de los servicios básicos y relegar la renovación digital del país.

Alemania, según ciertas interpretaciones, se suicidó económicamente con su seguidismo a Estados Unidos en la guerra de Ucrania. La alucinada concepción de mantener el superávit fiscal al precio de sacrificar la modernización del país y el mantenimiento de sus infraestructuras fundamentales corre por cuenta del dogma ordoliberal que jamás abandonó la mentalidad de sus clases dominantes. Una combinación fatídica para el país: sumisión estratégica y fanatismo económico. Atlantismo más ahorro a toda cosa da como resultado una perspectiva de decadencia.

 

No son lo mismo

Ambos oficialismos nacionales, el francés y el alemán, apoyan con ahínco la causa de la OTAN en Ucrania, para desgracia de los ucranianos. Alemania es el mayor contribuyente militar europeo a los esfuerzos de guerra; Francia, ahora altisonante con Macron, apenas asistió con módicos envíos de armamento a Kiev. La presidenta de la Unión Europea, Ursula von der Leyen, ex-ministra de defensa de Merkel y promovida por arte de magia a su actual posición, que incluso busca renovar por otro período, declaró que las extremas derechas de su continente son aliadas de Putin. Claro que hay que marcar unas diferencias. La alemana AfD, el RN de Le Pen y el Partido Popular danés son claramente proxys de Putin, o sea delegados o representantes, según von der Leyern. En el parlamento europeo se agrupan bajo el nombre Identidad y Democracia. Si las encuestas funcionan, podrían convertirse en el tercer grupo de diputados en Estrasburgo. Pero por otro lado se ubica la formación de Conservadores y Reformistas Europeos que congrega a los españoles de Vox, a los polacos de PiS y al partido gobernante de Meloni en Italia, una congregación abiertamente atlantista. Von der Leyen está dispuesta a deponer su republicanismo en caso de que los necesite para consolidar sus propuestas políticas.

 

A las armas ciudadanos

Macron también deslizó en sus declaraciones a The Economist una comparación peculiar. Sostuvo que, tal como sucedió en África, Francia acudiría presurosa en auxilio de quienes le soliciten ayuda militar para enfrentar el autoritarismo. Esas cínicas definiciones pretenden exhibir valores donde cunde la ignominia. Ocultan lo esencial: Francia intervino militarmente en el Sahel, la franja subsahariana del norte África que se extiende de costa a costa marcando la separación del Sahara de la sabana, donde se formaron diez países a partir de sus antiguos dominios. El objetivo francés era asegurar el poder de gobiernos adictos y consolidar su control poscolonial sobre ellos.

Francia no depende, como hasta hace poco Alemania, del gas ruso, porque la mayor parte de su energía se genera en plantas nucleares. Pero carece del combustible esencial que las alimenta, el uranio, que debe explotar, entre otras fuentes, del Sahel. “Explotar” tiene un sentido amplio: no sólo lo extrae, también reduce a quienes trabajan a condiciones miserables pagando un tributo a los jerarcas locales que garantizan esas condiciones. París acudió a protegerlos con fuerzas militares cuando la situación de la zona se alteró.

El problema es que su despliegue fue repelido por milicias autóctonas, grupos musulmanes y mercenarios rusos dependientes de Moscú aliados a ellas e interesados en el mismo asunto: el control del uranio, el oro y otras materias primas. China es otro actor principal en este complicado escenario. La asistencia que Macron promete a Kiev quizá no tenga mejores resultados que la ofrecida a los oligarcas africanos en el poder de sus antiguas colonias. Y es de esperar asimismo que las balandronadas verbales de Macron no se originen en el resentimiento por sus reveses militares en África a manos de rusos, actores locales y de otras potencias. Su reacción sería humanamente comprensible aunque políticamente irreflexiva.

 

Formen sus batallones

Francia es el principal poder nuclear de Europa. Supera en cabezas atómicas al Reino Unido y su ejército tiene una experiencia de combate superior al de cualquier otra nación del continente. Esta aptitud no es para enorgullecerse: su ejército está fogueado en intervenciones neocoloniales. Alemania, en contraste, posee una fuerza ineficiente, como ahora comprueban con alarma los políticos de Berlín, quienes pensaban que las glorias pasadas, no todas dignas de celebración, asegurarían por siempre las futuras. Además, París siempre mostró ínfulas de independencia respecto del amo estadounidense y pretendió rivalizar con él en la disputa por la hegemonía en Europa.

En 1966, el Presidente Charles De Gaulle retiró a su país del mando de la OTAN porque Estados Unidos pretendía controlar su política en temas nucleares. Ahora un pequeño “gaullista” tiende a pensar que puede rivalizar con Washington a través de Ucrania para evitar un desastre electoral en los comicios europeos y, en el mismo movimiento, hacerse hegemónico a nivel continental enfrentando a Moscú y, secundariamente, a China. Su billar a varias bandas juega con fuego. Del otro lado de sus amenazas banales y especulativas se encuentra Putin sentado en el mayor arsenal atómico del mundo. La mejor hipótesis, nada descartable, es que nadie lo tome en serio. Ni siquiera su electorado. Pero –paradoja– eso sólo sería otro desastre político porque Marine Le Pen tiene las de ganar.

 

 

 

 

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