UNA VISIÓN

¿Y si lo que estamos contemplando es mucho más que un simple comicio?

 

De chico, yo era miope. No veía tres en un burro a la distancia. Todavía recuerdo el momento en que me «descubrieron». Estábamos de viaje con mis viejos, parando en algún bodegón carne-pasta-y-pollo de esos que por aquel entonces —comienzos de los ’70— eran casi todo lo que había. Alguien se rió de lo que proponía un afiche y yo empecé a preguntar: «¿Qué dice, qué dice?» A coro, mi viejo y mi vieja me emplazaron: «¿No lo ves?» Y no quedó otra que confesar que mis ojos no daban para tanto.

Me avergonzaba no ver bien. Tanto era así, que aborté mis planes de entrar en el Liceo Naval sin confesar la verdadera razón. Por aquel entonces se me había metido que quería hacer la secundaria ahí. Tenía dos motivos, pavos pero por entonces convincentes: mi mejor amigo se había inscripto y además en el Liceo enseñaban esgrima. (No culpes a la noche, no culpes a la playa: la culpa era de Dumas, Salgari y compañía.) Por eso empecé a ir a una academia en Congreso, que preparaba para el examen del que dependía el ingreso al Liceo. (Camino a la academia pasaba delante del Savoy, donde Perón se hospedó durante una visita antes de su vuelta definitiva. Esa vez había un gentío delante de la puerta, que dio pie a mi primera aventura político-sexual. Pero esa es otra historia.) El problema era que, por los horarios vespertinos de mi escuela de Flores, llegaba siempre raspando al comienzo de las clases; para entonces el aula estaba hasta las manos y con suerte encontraba un asiento al fondo… ¡desde donde no veía ni las cifras dibujadas en el pizarrón!

 

 

Preferí decirle a mis padres que lo había pensado mejor y que el Liceo no era para mí. Esa vez, la miopía me salvó. Hasta entonces había sido una compañera ideal. La tele —donde todo estaba en nuestro idioma o doblado— la veía de cerca, en el cine buscaba siempre las primeras filas. No ver más allá era un modo de reafirmar que todo lo que importaba era aquello que tenía a mano: la familia, las amistades, los libros, las historietas, mis blocks para dibujar. Lo demás —lo que estaba lejos— era patrimonio del mundo adulto, que no podía serme menos atractivo.

Aprobé el examen para otra secundaria sin siquiera estudiar. Entré allí a los doce recién cumplidos, con un flamante par de anteojos. Que me permitían seguir usufructuando la miopía: cuando había algo a media o larga distancia que no quería o no me interesaba ver, todo lo necesitaba era quitarme las aparatosas gafas. De algún modo esta posibilidad colaboró a protegerme durante la dictadura, a reafirmar la seguridad que sentía dentro de la burbuja de mis afectos y mi vocación. Rodeado por mis libros —un castillo perfecto, con murallas y almenas— estaba a salvo.

 

 

Hasta que dejé de estarlo. Y llegó el momento en que, aun quitándome los anteojos, no podía evitar ver cada vez más lejos. Objetivamente no había nada para ver: las calles parecían las mismas de siempre, los diarios y los noticieros no revelaban nada. Pero, más allá de la falta de evidencia física, yo sentía que algo terrible estaba pasando; percibía la disonancia entre lo visible y lo real. Era una certeza angustiante, una corbata demasiado ajustada. Traté de sacar el tema con mis viejos —primero preguntándoles, después sugiriéndoselo—, pero no hubo caso. Eludían el asunto como si yo fuese un miura y ellos Manuel Benítez, aquel torero a quien llamaban El Cordobés. Admito que era difícil explicar que, aunque yo seguía siendo miope, lo que se desarrollaba junto con mi cuerpo era otro tipo de visión — una percepción más aguda que la de los ojos.

Más de una vez sentí la tentación de prestarles mis gafas. Pero no hubiese servido de nada porque, como dice el refrán, no hay peor ciego que el que no quiere ver.

 

 

El guiso de la Historia

Mi obsesión por ver más —ver mejor, verlo todo— data de entonces. Se me quedó pegada: no hay día durante el cual no me pregunte si estoy viendo lo que hay que ver, si se me escapará algo esencial o urgente. Mi madre, que vio demasiado tarde, pagó un alto precio. La recuerdo siguiendo compulsivamente el Juicio a las Juntas, incapaz de metabolizar todo aquello que había ocurrido bajo sus narices mientras seguía viviendo como si nada. Lo dije ya alguna vez, y lo repito: creo que esa culpa alimentó el cáncer que se la llevó en tres meses, cuando tenía una edad que ya superé hace rato.

En mi caso, crecer significó ver cada vez más lejos, y de modo literal; descubrir lo que existía más allá de mi ombligo y preocuparme por ello. (Y por ellos, los Otros.) Ya adulto, me operé y perdí el reflejo que me compelía a manotear la mesa de luz en busca de los anteojos, no bien me despertaba. Con el tiempo, ver a lo lejos en el espacio ya no me alcanzó y esa preocupación se trasladó a la cuestión del valor histórico de ciertos hechos o circunstancias, a la necesidad de ver más allá del presente. Últimamente, y cada vez más, me pregunto si somos conscientes de que las cosas que están pasándonos son, además de experiencias personales, cinceladas que determinan lo que los libros del futuro considerarán Historia con mayúsculas.

Todos somos parte del elenco de la Historia, por definición. Pero vivimos como si la Historia fuese algo que le ocurrió a otros, en tiempos lejanos. Como lo nuestro está en trámite y no ha sido digerido —pensado, definido, sintetizado por los profesionales del asunto y expuesto ordenadamente en libros, o mejor aún: wikipediado—, lo vivimos como si fuese lo contrario de la Historia. Estaría la Historia, y en el rincón opuesto nuestra experiencia banal, desprovista de orden, de próceres, de gestas. La Historia sería todo y nosotros nada. Allá la épica y acá, en el presente, la gilada.

 

 

Yo, que venía arrastrando la necesidad de verlo todo y colocarlo en perspectiva, elegí una profesión que —inevitablemente— me ponía en contacto con hechos o gente que quedaría en los anales. De chico, lo más cerca que había estado de la Historia había sido la vereda del Hotel Savoy. Pero era muy joven todavía cuando entré a trabajar en la revista Humor, donde había que estar en las postrimerías de la dictadura si uno quería hacer periodismo. Con el correr del tiempo, tuve la fortuna de conversar con alguna gente que era Historia viva. Tomé té con Paul McCartney. Hablé de Evita con Madonna antes de que se decidiese a hacer Evita. Le hice a Woody Allen una pregunta que encontró interesante. Bebí de más con Mickey Rourke y con los Redonditos de Ricota. Charlé sobre Torre Nilsson con Scorsese y de Boca Juniors con Daniel Day Lewis. Hice reír a Julia Roberts. Me levanté y dejé plantada a Shirley McLaine —que es una señora tan talentosa como antipática— en mitad de la entrevista. Y me resistí a insultar la inteligencia de Arthur Miller preguntándole por Marilyn. (Aunque, por supuesto, me habría encantado saberlo todo.) Durante la segunda intifada en Palestina, a fines del año 2000, sentí las balas silbar alrededor y picar del otro lado de la pared que me protegía y descubrí otra variante de la Historia, esa que equivale a la más pura adrenalina.

Pero esas escaramuzas eran fugaces. Y siguieron siéndolo, hasta que empecé a colaborar con el Indio Solari en su autobiografía. Ya pasaron años de ese momento y a esta altura la relación añadió lo entrañable a lo profesional; sin embargo, por mucho que me distraiga y me relaje en su presencia, siempre hay un instante en que recuerdo que estoy hablando con el artista más influyente de su tiempo, sin el cual no hay forma de explicar la cultura popular y, por extensión, la Argentina contemporánea. En esos momentos recuerdo al protagonista de El perseguidor, de Julio Cortázar: Esto lo estoy tocando mañana, decía el saxofonista Johnny Carter, y yo siento que esto que pasa está pasando ahora pero al mismo tiempo yo lo veo mañana, desde el mañana, como quien contempla el diorama de un museo.

Ese juego mental —que no puedo reprimir: es una suerte de déjà vu pero al revés, no es que en mitad de una situación siento que ya la he vivido, sino que más bien la estoy mirando desde el futuro a sabiendas de que será relevante— se me ha vuelto un compañero constante. Algo inevitable, presumo, desde que los últimos tiempos me han acercado a más gente de esa de la cual se hablará mucho todavía dentro de veinte, sesenta e incluso cien años. Trabajar en El Cohete A La Luna significó y significa asociarme a un periodista legendario, el más grande de su tiempo, que además me trata con un afecto que me gustaría merecer. Y acompañar a Esta Mujer a la que tanto admiro —sinceramente— en las presentaciones de su libro, me arrimó todavía más a un lugar ideal desde el cual contemplar la rompiente de la Historia.

 

 

Lo que intento decir es que sé que estoy viendo las cosas desde un sitial privilegiado. Por eso tengo esta sensación que necesito compartir.

Este hoy que estamos viviendo no es sólo hoy; también es para siempre.

El guiso de la Historia se está espesando ante nuestras narices. ¿No lo huelen?

 

 

El precio de la esclavitud

Hace pocos días murió Toni Morrison. Acá no es muy conocida, pero eso no le quita relevancia —espesor histórico, si prefieren— a su figura, aunque más no sea porque fue la primera escritora afroamericana en ganar el Nobel de Literatura.

 

Toni Morrison.

 

Su libro más conocido es Beloved (1987), para el cual se inspiró en una esclava real que huyó de Kentucky en 1856 y se refugió en Ohio, que ya era un Estado libre. La novela contiene una escena casi imposible de leer: aquella en la cual la esclava Sethe, que fugó con sus hijos pero se sabe a punto de ser recapturada, toma una decisión fatídica. Agarra a sus criaturas, corre hacia la cabaña donde su suegra guarda las herramientas y procede a matarlas. Pero sólo lo logra con la más grande, de dos años, a quien le corta el cuello con un serrucho. Cuando intenta explicar lo que hizo, Sethe dice: «Sólo estaba tratando de poner a mis bebés en un lugar donde estuviesen a salvo».

En el presente de la historia, Sethe ya ha sido liberada. Vive con su hija menor, Denver, cuando encuentra a una joven en el umbral de la casa que dice llamarse Beloved. Eso la convence de que se trata del fantasma de su hija muerta, en versión adulta; después de todo, la lápida que coronaba la tumba donde enterró a la niña sólo decía eso —beloved, que quiere decir amada, querida porque no tuvo dinero para grabar debajo su nombre verdadero.

 

 

El hecho de que Morrison narre desde el presente de los esclavos liberados pone el acento en el peso que la experiencia ejerce aún sobre sus almas. Uno puede haberse despojado de las cadenas físicas y ya no responder formalmente a amo alguno, pero cuando ha vivido casi siempre siendo un siervo sin derechos, no se convierte en un individuo libre de la noche a la mañana. El trauma persiste. Todos los personajes lidian con las dificultades de adaptarse a la libertad después de haber sido humillados durante años. Paul D, el pretendiente de Sethe —que conserva el nombre que le dieron sus amos, que llamaban «Paul» a todos sus negros—, no consigue articular una masculinidad que no sea tóxica. Denver, la hija menor de Sethe, vive aislada del mundo. Ambas se someten a los crecientes caprichos de Beloved, a modo de purga por aquel pecado original — fantasma o no, Beloved les permite regresar a la tranquilidad del esclavizarse nuevamente.

 

Denver, Sethe y Beloved: la esclavitud después de la esclavitud.

 

Por supuesto que el crimen de Sethe suena horrendo, es puro tabú, algo que contraría la esencia de nuestra humanidad: ¿cómo va una madre a asesinar a su criatura a sangre fría? El tema es que Morrison pretende que miremos esa escena desde otro lado. No niega nunca el crimen y su espanto, pero arma el relato para que entendamos que, en ciertas condiciones, la muerte es preferible a una vida sin dignidad, brutalizada por el poder. Si apela a un hecho que nos resulta tan repulsivo, es para marcar que una persona que ha vivido esclavizada sabe muy bien por qué no querría nunca que sus hijos padeciesen lo mismo — y que preservarlos de la esclavitud vale pagar el precio, cualquier precio, por demencial que parezca.

Hay situaciones que sólo asociamos a la Historia, y por ende confinamos al pasado. Por ejemplo, la esclavitud. La sóla mención hace que acudan a nuestra mente imágenes de negros encadenados en los Estados Unidos y, en el mejor de los casos, a nuestra Asamblea del Año XIII que la prohibió legalmente. ¿Por qué deberíamos estar familiarizados con el concepto, si aquí no hay siervos desde hace más de dos siglos? Sin embargo, la esclavitud es un tema que deberíamos tener presente porque está muy lejos de estar cerrado.

 

 

Era ya un problema mucho antes de que la institución cuajase como tal, en tanto responde a dinámicas inherentes a la especie: muchos de nosotros sienten la compulsión a dominar, mientras que la mayoría siente tendencia a complacer. Con los siglos, esa explotación se nos volvió tan repugnante —somos un bicho dañino hasta lo indefendible, piensen en las mil y una maneras que creamos para matarnos: decapitación, descuartización, horca, crucifixión, hoguera, sacrificio en altares, foso con leones, garrote vil, fusilamientos, bombas atómicas, sillas eléctricas, gases venenosos, inyecciones letales… y no olvidemos las guerras, claro— que se la prohibió expresamente. Pero la prohibición no acabó con nuestra inclinación a dominar y ser dominados. Tan sólo puso fin a una de sus formas institucionalizadas.

Nuestro mundo contemporáneo, y especialmente aquellas regiones más rezagadas (pensemos en África, en la India y por supuesto en América Latina), es como es porque alienta formas modernas de la esclavitud. Nadie habla en esos términos, pero en la vida de millones de personas ciertas diferencias formales —a las que tantos parecen tan sensibles, en estos tiempos— no cuentan como diferencias reales. Está claro que ya no existen las cadenas de hierro, el confinamiento y el castigo físico a mano de los amos. Pero el empleado que sueña pesadillas ante la posibilidad de perder el empleo por el que le pagan algo que no alimenta a sus hijos hasta el día 30, ¿cuán libre es? El desocupado que no puede permitirse un techo fijo donde arrumbar las cosas que le quedan, ¿cuán libre es? El niño que no come lo suficiente para que su cerebro sea full y por ende verá limitadas sus opciones, ¿cuán libre es? La mujer que no dispone de su cuerpo cuando queda embarazada sin quererlo y ni siquiera recibe igual paga por igual trabajo, ¿cuán libre es?

 

 

Dirán ustedes: pero esa gente tiene derechos, puede acudir a los tribunales para hacerlos valer. Yo les recomiendo que revisen el proyecto de reforma laboral que el gobierno difundió en estos días y me digan cuál sería la diferencia que subsistiría, en caso de que lo impusiesen, entre nuestros laburantes «modernos» y los siervos de la gleba. (Que «carecían de cualquier derecho individual y no tenían más garantías legales que las que el amo de los territorios quisiera otorgarles», según la enciclopedia.) Si el empleador contrata y «descontrata» cuando y como quiere, fija la remuneración y la forma de pago que se le cantan, descuenta del sueldo para que el laburante banque su propia indemnización, o no se hace responsable por los accidentes que sufra mientras trabaja, ¿qué diferencia a ese empleado del semiesclavo medieval? Del único lujo que el empleador se priva es el de darle latigazos, pero conserva la certeza de que la calle se encargará de castigar al ex empleado rebelde y no durante el breve lapso que exponga su espalda a los golpes, sino constantemente.

No queda aire aquí para reflexionar sobre las razones por las cuales tantos toleran las formas modernas de la esclavitud. (Aun aquellos que se desentienden del destino de los otros son a su vez esclavos, y de múltiples formas: de su dificultad para pensar con independencia, de los medios y redes que le proporcionan el 99% de su discurso —sin el cual se quedarían sin explicaciones—, de sus prejuicios sociales, de sus fobias, de su genuflexión instintiva ante las clases que creen superiores.) Digamos nomás que el hecho de haber vivido tanto tiempo entre dictaduras e hiperinflaciones dificulta para todos esto de saber ser libres. Lo que resta del texto quiero dedicarlo a preguntarme si lo que está pasando —y que se cristaliza en la elección de hoy— puede ser, como intuyo, un nuevo episodio de la Historia grande donde se dirime la voluntad de la especie por ser verdaderamente libre del sometimiento del hombre por el hombre. Basta levantar la cabeza y revisar las características de los movimientos encabezados por los Trump, los Bolsonaro y los Macri, para entender que se trata de un embate orquestado para retrotraer las conquistas que tanto costaron a padres y abuelos a niveles propios —con suerte— del siglo XIX.

La tentación sería frivolizar las PASO, tratarlas como un juego televisivo conducido por Del Moro donde apostamos contra el Gato o la Yegua, reímos con piel de maníes entre los dientes y esperamos la nueva ronda después de la tanda. Yo creo —yo creo ver— que por el contrario, se trata de una hora decisiva para la humanidad y en especial para nuestrxs hijxs, por la cual pasa la oportunidad de poner límites a Los Nuevos Amos que acumulan riqueza desprovista de toda proporción mientras le quitan al resto manguitos y derechos y hacen lo que se les canta mientras se cagan de risa, porque tienen a los jueces en sus bolsillos. Si no frenamos este embate, lo que veremos de aquí en adelante cada vez que enfrentemos un espejo —con anteojos o sin ellos— será un Esclavo o Esclava Modelo Siglo XXI. Votar por gente que jibariza la Nación para convertirla en una plantación moderna con un puñado de capangas y millones de braceros equivale a abrazar como máxima aspiración la posibilidad de usar relojes Bolex, remeras Laboste y perfumarnos con Chatel No. 5.

Pero, por suerte, no somos ciegos. Sí un tanto miopes o astigmáticos, hay que admitirlo, porque de otro modo no habríamos llegado a esta situación. Pero no más. Una condición que en estos días, medicina y tecnología mediante, se corrige con facilidad. Lo único que hace falta es la voluntad de enmendarse. A pesar de la propensión a meter la pata apenas bajamos la guardia, nuestra especie es capaz de acceder a estaciones de la gracia —somos un bicho capaz de producir bellezas deslumbrantes, piensen en las mil y un modos a través de las cuales demostramos que no somos sólo un virus que arrasa su planeta: nuestros embajadores son los filósofos griegos, el Jesús revolucionario que despreciaba la hipocresía y decía que los ricos tenían la admisión difícil a gloria alguna, Gandhi, Eva, Rosa Parks y MLK, Miguel Ángel y Mozart, Lennon y Frida, Shakespeare y Billie Holiday, Walsh María Elena y Walsh Rodolfo— que prueban que aún merecemos la oportunidad de ser mejores.

«No hay tiempo para la desesperación, no hay lugar para la autoconmiseración, no podemos darnos el lujo del silencio, no hay espacio para el miedo», supo decir Toni Morrison, que algo sabía de todo esto. «Nosotros hablamos, escribimos, creamos lenguaje. Es así como sanan las civilizaciones».

 

 

 

 

 

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27 Comentarios
  1. Beatriz D'Angelo Rodriguez dice

    Figueras, brillante el artículo, me hizo llorar y me avergoncé de no tener idea de Toni Morrison aun cuando una de mis ídolas es Rosa Parks. Pero ahora sabiendo lo que pasó el domingo pasado su artículo tiene una mayor significación porque como dijo Jorge Alemán tambien hoy en Página sucedió un milagro, algo extraordinario y el peronismo volvió a ser como alguien dijo que no recuerdo es una contruacción cultural de resistencia a la opresión. Y eso fue. Yo tuve la suerte de nacer en una familia peronista , milité desde los 15, cesante en el 76 y acostumbrada al ninguneo por peronista en el San Luis de los 50 a pesar de que mi padre era juez, así que comprendo muy bien su ansiedad por ver más allá de todo. Un gran cariño y compraba la revista Humor cuando la encontraba en algun kiosko media escondida.

  2. Augusto Parma dice

    Escuchando a E. Feinmann dando su editorial en A24 y tratando de pensar en lo que escribo, pienso que esto que estamos viviendo es historia pura, visible, palpable. Tuvimos que aprender a descartar la basura que nos venden por TV, y estamos aprendiendo a descartar la basura que nos venden por internet. Gracias a la internet lo que antes era una voz insignificante de un hombre común hoy no es más una voz insignificante. Es ina idea, un pensamiento, un grito de deseperación o alegría que de repente cobra forma y entidad para cualquiera que a través de un teléfono o una pc quiera atender.

    Muy buenao su artículo Sr. Marcelo. Larga vida a este Saturno 5.

  3. Carlos dice

    Con los resultados que nunca imaginé, ahora sí me permito hacerlo. Nunca el Frente de Todos podía ganar, y menos de esta forma. Nunca. El planisferio está brutalmente inclinado hacia el poder económico y financiero. Todas las bolitas corren hacia allí, al hoyo de los pueblos. No hay manera de pensar otra cosa. Tanta lectura sobre el dominio de la subjetividad, el control de la inteligencia, Facebook, Amazon, los algoritmos, las lecturas de Byung-Chul Han, Srnicek, Paula Sibilia, Bifo Berardi, no impidieron seguir mi recalcitrante tarea de militar en el campo nacional y popular por instinto alimentado en mis 78 (pasados) añitos, pero con la idea que me cuidaba de transmitir a mis compañeros por no querer ser derrotista, y menos ante esta batalla. Pero la idea de utopía me brotaba del cerebro como una chinche. Con el subtítulo de este formidable escrito de Marcelo «¿Y si lo que estamos contemplando es mucho más que un simple comicio?» se me ríe el alma. Siempre pensé que el peronismo, que es el pueblo argentino aunque no todos se resignen a serlo, podía dar vuelta la historia. Perón, en el ’45, con el Imperio rejuvenecido y fortalecido con la victoria sobre el Eje, con la Unión Democrática y el Embajador Braden, la prensa, con tiza y con carbón, elegimos a Perón. Entonces me preguntaba ¿podría serlo ahora con esa monstruosa maquinaria del Imperio que perfora los cerebros con una ferocidad inimaginada por Orwell? Y sí, es posible. Sí Marcelo, esto es «mucho más que un comicio». En el triunfo del domingo, el mundo está viendo, que hay alternativas y que Doña Thatcher y Dn. Reagan, otra vez, tienen un serio problema con este país sudamericano. Y en la fabulosa correntada de mujeres, una de ellas, destacadísima, se levantó a la faz de la miseria mediático-judicial como una fortaleza, una belleza, un coraje y una inteligencia deslumbrantes. Gracias Marcelo Figueras por ayudarla tanto, con esa austera y medida forma de acompañarla en la presentación de su libro. Sinceramente. Y también cabe esta pregunta: ¿y si ese libro fuera algo más que un texto y pudiera ser una bandera? El planisferio detuvo el correr de las bolitas violentando la Ley de Gravedad.

  4. Maria dice

    ¡Qué pluma Figueras!

  5. Luis Juan dice

    Estimado Marcelo:
    Brillante como de costumbre. ¡Chapeau!
    Una digresión.
    Dijo Albert Einstein: “Solo una vida vivida para los demás es una vida que ha valido la pena” (Citado en el New York Times, 1932) y también “La palabra progreso no tiene ningún sentido mientras haya niños infelices” y advirtió: “La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”. También: “Estamos para los demás. Ante todo para aquellos de cuya sonrisa y bienestar depende nuestra felicidad; pero también para tantos desconocidos con cuyo destino nos vincula una simpatía.”. Y esto otro: “Las banales metas de propiedad, éxito exterior y lujo me parecieron despreciables desde la juventud.”… “El dinero no lleva más que al egoísmo y conduce irremediablemente al abuso. ¿Podemos imaginar a Moisés, a Jesús, a Gandhi subvencionados por el bolsillo de multimillonarios como Carnegie?”.
    (http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20160210054906/EinsteinElGranCuestionador.pdf).
    En el último escrito de Eva Perón, leído por el locutor oficial desde los balcones de la Casa de Gobierno en presencia del general Juan Domingo Perón el 17 de Octubre de 1952, a 82 días de su muerte desde los balcones de la Casa Rosada, en Plaza de Mayo, refería entre otras cosas:
    “…Quiero demasiado a los descamisados, a las mujeres, a los trabajadores de mi pueblo, y por extensión quiero demasiado a todos los pueblos del mundo, explotados y condenados a muerte por los imperialismos y los privilegiados de la tierra. Me duele demasiado el dolor de los pobres, de los humildes, el gran dolor de tanta humanidad sin sol y sin cielo como para que pueda callar. Si, todavía quedan sombras y nubes queriendo tapar el cielo y el sol de nuestra tierra, si todavía queda tanto dolor que mitigar y heridas que restañar, cómo será donde nadie ha visto la luz ni ha tomado en sus manos la bandera de los pueblos que marchan en silencio, ya sin lágrimas y sin suspiros, sangrando bajo la noche de la esclavitud! Y como será donde ya se ve la luz, pero demasiado lejos, y entonces la esperanza es un inmenso dolor que se rebela y que quema en la carne y el alma de los pueblos sedientos de libertad y justicia! Para ellos, para mi pueblo y para todos los pueblos de la humanidad es «Mi Mensaje».
    “…Los dirigentes del pueblo tienen que ser fanáticos del pueblo. Si no, se marean en la altura y no regresan. Yo los he visto también con el mareo de las cumbres.”
    “…Existen en el mundo naciones explotadoras y naciones explotadas. Yo no diría nada si se tratase solamente de naciones, pero es que detrás de cada nación que someten los imperialismos hay un pueblo de esclavos, de hombres y mujeres explotados. Y aún las mismas naciones imperialistas esconden siempre detrás de sus grandezas y de sus oropeles la realidad amarga y dura de un pueblo sometido. Los imperialismos han sido y son la causa de las más grandes desgracias de una humanidad que se encarna en los pueblos. Esta es la hora de los pueblos, que es como decir la hora de la humanidad. Todos los enemigos de la humanidad tienen las horas contadas. ¡También los imperialismos!”
    “…A Perón y a nuestro pueblo les ha tocado la desgracia del imperialismo capitalista. Yo lo he visto de cerca en sus miserias y en sus crímenes. Se dice defensor de la justicia mientras extiende las garras de su rapiña sobre los bienes de todos los pueblos sometidos a su omnipotencia. Se proclama defensor de la libertad mientras va encadenando a todos los pueblos que de buena o de mala fe tienen que aceptar sus inapelables exigencias.”
    “Pero más abominable aún que los imperialistas son los hombres de las oligarquías nacionales que se entregan vendiendo y a veces regalando por monedas o por sonrisas la felicidad de sus pueblos. Yo los he conocido también de cerca. Frente a los imperialismos no sentí otra cosa que la indignación del odio, pero frente a los entregadores de sus pueblos, a ella sumé la infinita indignación de mi desprecio. Muchas veces los he oído disculparse ante mi agresividad irónica y mordaz. «No podemos hacer nada», decían. Los he oído muchas veces; en todos los tonos de la mentira. ¡Mentira! ¡Sí! ¡Mil veces mentira…! Hay una sola cosa invencible en la tierra: la voluntad de los pueblos. No hay ningún pueblo de la tierra que no pueda ser justo, libre y soberano. «No podemos hacer nada» es lo que dicen todos los gobiernos cobardes de las naciones sometidas. No lo dicen por convencimiento sino por conveniencias.”
    “El arma de los imperialismos es el hambre… El talón de Aquiles del imperialismo son sus intereses… Veo el panorama del mundo y en todas partes hay pueblos sometidos por gobiernos que explotan a sus pueblos en beneficio propio o de lejanos intereses. Y detrás de cada gobierno impopular he aprendido a ver ya la presencia militar, solapada y encubierta o descarada y prepotente… Lo único que debemos hacer es adquirir plena conciencia del poder que poseemos y no olvidarnos de que nadie puede hacer nada sin el pueblo, que nadie puede hacer tampoco nada que no quiera el pueblo. ¡Sólo basta que los pueblos nos decidamos a ser dueños de nuestros propios destinos! Todo lo demás es cuestión de enfrentar al destino. ¡Basta eso para vencer! ¡Y si no que lo diga nuestro pueblo!”
    “…El pueblo sólo tiene que elegir a sus gobernantes para que ellos hagan lo que el pueblo quiere… Los generales deben servir al gobierno del pueblo con plena y absoluta conciencia de que nada en la Nación puede sobreponerse ni oponerse a la voluntad del pueblo… La patria no es patrimonio de ninguna fuerza. La patria es el pueblo y nada puede sobreponerse al pueblo sin que corran peligro la libertad y la justicia. Las fuerzas armadas sirven a la patria sirviendo al pueblo. El gran error de algunas fuerzas armadas consiste en creer que servir a la patria es una cosa distinta. Entonces, en aras de lo que ellos creen que es la patria, no les importa sacrificar al pueblo, sometiéndolo a las reglas de la prepotencia militar. En todos los siglos de la historia ha sucedido lo mismo. El espíritu militar ha considerado que el gran ideal de su existencia consistía en alcanzar la grandeza de la Nación y que, ante ese objetivo supremo se justificaba todo, incluso sacrificar la felicidad del pueblo.”
    “…Debemos convencernos definitivamente de una sola cosa: de que el gobierno debe ser del pueblo y que nadie sino el pueblo puede ocuparlo, porque, si no, no será tampoco para el pueblo… Es lindo vivir con el pueblo. Sentirlo de cerca, sufrir con sus dolores y gozar con la simple alegría de su corazón. Pero nada de todo eso se puede si previamente no se ha decidido definitivamente encarnarse en el pueblo, hacerse una sola carne con él para que todo dolor y toda tristeza y angustia y toda alegría del pueblo sea lo mismo que si fuese nuestra…. Por eso el pueblo me alegra y me duele. Me alegra cuando lo veo feliz y cuando yo puedo añadir un poco de mi vida a su felicidad. Me duele cuando sufre. Cuando los hombres del pueblo o quienes tienen obligación de servirlo en vez de buscar la felicidad del pueblo lo traicionan. También tengo para ellos una palabra dura y amarga en este mensaje de mis verdades. Yo los he visto marearse por las alturas. Dirigentes obreros entregados a los amos de la oligarquía por una sonrisa, por un banquete o por unas monedas… Los ambiciosos son fríos como culebras pero saben disimular demasiado bien. Son enemigos del pueblo porque ellos no servirán jamás sino a sus intereses personales. Yo los he perseguido en el movimiento peronista y los seguiré persiguiendo implacablemente en defensa del pueblo. Son los caudillos. Tienen el alma cerrada a todo lo que no sean ellos. No trabajan para una doctrina ni les interesa el ideal. La doctrina y el ideal son ellos… Los pueblos deben cuidar a los hombres que elige para regir sus destinos. Y deben rechazarlos y destruirlos cuando los vean sedientos de riqueza, de poder o de honores.”
    “…Los dirigentes sindicales y las mujeres que son pueblo puro no pueden, no deben entregarse jamás a la oligarquía. Yo no hago cuestión de clases. Yo no auspicio la lucha de clases, pero el dilema nuestro es muy claro: la oligarquía que nos explotó miles de años en el mundo tratará siempre de vencemos. Con ellos no nos entenderemos nunca, porque lo único que ellos quieren es lo único que nosotros no podremos darle jamás: nuestra libertad…. El camino es convertir a todos los oligarcas del mundo: hacerlos pueblo, de nuestra clase y de nuestra raza. ¿Cómo? Haciéndolos trabajar para que integren la única clase que reconoce Perón: la de los hombres que trabajan. El trabajo es la gran tarea de los hombres, pero es la gran virtud. Cuando todos sean trabajadores, cuando todos vivan del propio trabajo y no del trabajo ajeno, seremos todos más buenos, más hermanos, y la oligarquía será un recuerdo amargo y doloroso para la humanidad. Pero, mientras tanto, lo fundamental es que los hombres del pueblo, los de la clase que trabaja, no se entreguen a la raza oligarca de los explotadores. Todo explotador es enemigo del pueblo. ¡La justicia exige que sea derrotado!

  6. Pedro dice

    Si, es posible que sea más que un simple comicio y aunque vendrán pasos para atrás y para los costados sabemos que estamos ajustando la sintonía fina. Es de desear que este aprendizaje no sea interrumpido o retrasado por conflictos sangrientos. Gracias Señores de Cohete a la luna y gracias Sr. Marcelo Figueras

  7. Daniel Boone dice

    Bellísimo texto Marcelo. Lo he leído en la madrugada del lunes, cuando los nervios de estas elecciones y los gritos de alegría de les compañeres se fueron apaciguando, y ya con los impactantes resultados que he visto puedo confirmar tu visión desde este día siguiente. Gracias.

  8. Gabriela dice

    Excelente, completamente excelente nota.

  9. Silvia Perdiguero dice

    Preciosa y preciada reflexión. Ideal para leer esta tarde cargada de ansiedad y esperanza.Gracias.

  10. Alfredo Salvatori dice

    Admiro y amo a ese periodista legendario, el más grande de su y mi tiempo, admiro y amo a Esta Mujer —sinceramente— en las presentaciones de su libro, y te admiro por tu lenguaje para poder contemplar la rompiente de la Historia. Un abrazo desde el alma Marcelo toda mi admiración¡¡¡¡

  11. Hugo dice

    Gracias Marcelo!!

  12. Walter dice

    Magnífica columna! Es un deleite leerte, como siempre…

  13. natalia martinucci dice

    Hermoso, gracias

  14. Lucho dice

    Gracias Marcelo. Un abrazo

  15. Miguel freidias dice

    emocionante Marcelo!!! lo voy a guardar para que mis hijas lo lean cuando sea necesario. Te quiero mucho y te admiro. (te escucho en la radio todos los dias) abrazo fraternal

  16. Pablo Zacchino dice

    Brillante! muchas gracias.

  17. miguel gonzalez dice

    Excelente texto, nivel Figueras, Gracias Marcelo!

  18. Javi-Z dice

    Me encantó, ahora salgo a votar!

  19. Chabela dice

    Ver la altura de los días. Y ayudar a ver. Gracias por compartir visión. Pasado, presente y futuro de hoy. Bellisimo y profundo. Tan cierto.

    1. Maria Graciela dice

      Cuantas cosas vividas, con qué claridad nos las contas. Gracias.

  20. Isa requejo dice

    Maravilloso. Profundo. Cero miopia. Escritura que enmancipa. Decia don atahualpa Yupanqui :» para el que mira sin ver, la tierra es tierra nomàs». Pensar que en las escuelas, tierra sigue siemdo un » sustantivo común». (!!) ¿ Común ? Para quiènes?
    Ver para comprender desde nuestra historia procesos sociales, economicos y políticos, nos libera en màs de un sentido.
    Ojalà [email protected] lean tu artículo.
    Gracias x compartirlo.

  21. Jotaele Andrade dice

    Conmovedor.

  22. Gabriel Méraud dice

    Maravillosa tu nota Compañero. Gracias por estos minutos de belleza Che. Me voy a dormir para fiscalizar mañana. Hasta La Victoria Siempre.

  23. Silvia dice

    Buenisímo Marcelo Figueras

    1. Leonor dice

      Me hiciste llorar de emoción. Entiendo porque el indio y Cristina te eligieron y eligen.

  24. Carmen dice

    Aplaudo tu pluma Figueras!!!

    1. NGFalco dice

      Cruda. Totalizadora. Determinante como la jornada de hoy. Y la de octubre, claro. Ojalá pudiéramos multiplicarla por millones y lograr que millones la lean y la internalicen. Felicitaciones, Marcelo.

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