Unidos o refundados

EE.UU. desea un realineamiento interpartidario que respalde sus intereses económicos y geoestratégicos

 

Este es un artículo escrito en los comienzos de la gestión de Massa. Refleja la nueva expectativa generada, luego de la angustia provocada por la desorganización económica que se estaba viviendo en el segundo trimestre de 2022, producto del estilo de conducción política del albertismo. El peligro de un dólar descontrolado y de una inflación lanzada hacia el cielo llevaron al gobierno a resolver su pleito interno dándole poder a un político ambicioso, cuyo destino electoral se ataba a poder mostrar resultados aceptables de una gestión asumida en momentos muy difíciles. En el texto, tratamos de levantar un poco la mirada, y observar las presiones y condicionamientos que se ciernen sobre el sistema político argentino, tanto desde los intereses norteamericanos como desde la derecha local. Y las opciones que, en este camino confuso y complejo, le quedan a los sectores populares para incidir en la marcha de los acontecimientos.

 

A medida que pasan los días, se ponen a prueba las expectativas creadas en cuanto a la capacidad del Ministro de Economía Massa de enfrentar los temas más acuciantes de la coyuntura: dólar y precios.

En materia de precios parecen quemadas las apelaciones vinculadas al diálogo y la concertación, a las que es tan afecto el Presidente Fernández. Los extremistas de la Mesa de Enlace, por el contrario, reclaman medidas que llevarían a incrementar fuertemente los precios internos. Y no aparecen aún medidas más categóricas como para ofrecerle a la población perspectivas ciertas de alivio.

Mientras tanto, la actividad industrial creció un 3,5% interanual en julio, lo que significa un incremento que, comparado con los niveles registrados previamente a la pandemia, es mayor al que registra la media mundial. El desempleo sigue bajando y sectores medios y altos despliegan su capacidad de consumo.

A pesar del cambio de ministro, el gobierno sigue a la defensiva, hablando de un modesto horizonte de “estabilidad macroeconómica y paz social”. En cambio, la derecha se entusiasma cada vez más con propuestas de vuelcos dramáticos en todas las áreas de la vida económica y social: privatización de empresas y bancos estatales, despidos masivos en la administración pública en todos los niveles, reforma previsional para volver a darle negocios a los bancos, reforma laboral para precarizar y disciplinar más a los trabajadores y debilitar estructuralmente al sindicalismo argentino, garantías absolutas al capital extranjero para apropiarse de recursos naturales estratégicos, diversas formas de dolarización, política exterior derivada de las necesidades del Departamento de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica, liquidación de la integración regional para balcanizar definitivamente Sudamérica. En definitiva, el reinado indisputado del capital sobre todos los aspectos de la vida social.

La distancia de actitud política entre ambas coaliciones políticas es enorme, y es parte del problema que tiene el país hoy.

 

 

Hacer o no hacer, y para dónde ir

No cabe duda de que la irrupción de Massa apunta a introducir ejecutividad en las medidas económicas y sociales del gobierno. Para eso se está logrando que su ejecutor cuente con los avales internos necesarios para moverse en forma más determinada, como muestra, por ejemplo, el lanzamiento de la segmentación tarifaria, que tardó tanto tiempo y fue sujeta a tantas controversias internas bajo la gestión Guzmán.

La sensación de que hay alguien apurado por concretar medidas que produzcan alivio es importante, y hace una diferencia con la morosidad previa de la gestión.

Pero es evidente que no sólo se gobierna con “actitud”. Se gobierna con medidas concretas. El ambiente es de expectativa de anuncios y soluciones que salgan del terreno de la inefectividad.

La situación de las reservas sigue en un estado más que precario. Si bien se han acrecentado un poco las ventas de granos, y en la última semana el Banco Central pudo comprar todos los días algo de divisas, el cuadro es muy endeble, y no se avizora aún un salto cualitativo en el cual se vea un incremento sustancial del stock de divisas en poder de la entidad oficial, que disuada por completo al espíritu especulativo de actores minoritarios, pero que lideran a buena parte del cuerpo económico nacional. En el mes actual se fueron reduciendo las carísimas compras energéticas en el exterior, lo que se supone que continuará achicando la salida de dólares de las reservas. También la amenaza de investigación sobre importaciones dudosas puede estar jugando algún papel en detener la sangría de dólares “para importaciones”. La decisión de usar el monto del swap con China para cubrir faltantes de moneda extranjera, permite contar eventualmente con un pulmón adicional de 18.000 millones. A pesar de todo esto, en los últimos días se observaron repuntes en dos tipos de dólares marginales pero legales, el Contado con Liqui y el dólar MEP, en los cuales un grupo importante de agentes económicos hacen jueguitos que les permiten altos rendimientos de cortísimo plazo aprovechando brechas y desniveles coyunturales entre distintas cotizaciones.

El ingreso de los 7.000 millones mencionados por Sergio Massa en su primer anuncio, se va produciendo en una forma muy limitada hasta el presente.

 

 

Los deseos de Estados Unidos y la configuración partidaria argentina

Nadie debería darse por sorprendido por una nueva actitud injerencista del embajador norteamericano Marc Stanley, ya que ejerció ese comportamiento aún antes de ser admitido como representante estadounidense en la Argentina. Ahora reapareció, instando a crear ya –y no a fines de 2023— una “coalición de gobierno”. Mirado a simple vista, se podría suponer que el señor embajador que todavía no está familiarizado con el sistema político argentino, muy polarizado entre una derecha muy definida, y un espacio bastante confuso, pero más popular, y que no le hace bien a su prestigio lanzar afirmaciones sin sustento en la historia local.

 

 

Pero conviene no tomarse a la ligera las declaraciones de un país que tiende a soñar con reorganizar países, regiones, continentes y hasta planetas en función de supuestos altos ideales. Si bien no logra construir los modelos deseados, ha demostrado su capacidad para destruir naciones que tenían cierto orden propio que les permitía funcionar.

Entonces, ¿en qué está pensando Estados Unidos en relación a nuestro país? No cabe duda que desea un alineamiento de fuerzas políticas que tenga a los intereses económicos y geoestratégicos norteamericanos entre los puntos centrales de un acuerdo interpartidario.

¿Quiénes serían esas fuerzas en términos concretos? En destacadísimo primer lugar, todo Juntos por el Cambio, más los libertarios. Pero también otras fuerzas que los politólogos de derecha llaman “moderadas” que no están incluidas. Ahí entrarían sectores del peronismo, de partidos provinciales, sindicalistas cercanos a la Embajada, etc., etc.

¿Será la coalición del 70% del electorado que sueña Larreta? Probablemente. ¿Se parecerá a la ancha avenida del medio del Sergio Massa de otro momento? También.

Pareciera que Stanley también empuja en esa dirección mencionada reiteradamente por los amigos Horacio y Sergio. No cabe duda que esa convergencia de derecha pro-norteamericana redefiniría el mapa político nacional, quebrando las actuales coaliciones, tanto oficialista como opositora. La derecha tiene la ventaja de que los lineamientos emanados de Estados Unidos son leyes para ellos, y finalmente todos tenderían a cuadrarse, aunque no les gusten los peronistas –únicos corruptos del país–, como señala la destacada actriz Elisa Carrió. En cambio el desgarro sería grave para el Frente de Todos, incapacitado mayoritariamente para asumir como propias las necesidades de la potencia del norte. En todo caso, no es un problema para el señor Stanley.

La siguiente pregunta es para qué se necesita tal coalición, y tan urgentemente que no se puede esperar hasta 2023. ¿Cuál sería la función de contar con tan alto apoyo parlamentario, que garantizaría incluso mayorías calificadas capaces de producir cambios muy profundos en materia institucional? ¿Avanzar con un aval parlamentario a la proscripción de Cristina Fernández de Kirchner y a las tropelías insólitas del Poder Judicial? ¿Avalar ajustes económicos más fuertes y estructurales, que impliquen quebrar toda expectativa popular de mejora en las condiciones de vida en el corto plazo? ¿Consolidar legalmente la cesión de recursos naturales estratégicos a “occidente” a cambio de algún alivio en el pago de la deuda enorme contraída por el macrismo? ¿Promover el alejamiento diplomático y económico argentino de China y de América Latina en función de la actual reconquista norteamericana de regiones que se le estaban escurriendo entre los dedos?

Sólo en un contexto de total pasividad popular, de amplio aplastamiento de la conciencia y voluntad de las grandes mayorías, una reconfiguración del espectro político local diseñada en un laboratorio puede tener alguna chance de concretarse.

 

 

La perspectiva de mediano plazo

Hay que seguirlo recordando todo el tiempo: una Argentina bien conducida puede desplegar un enorme potencial productivo, tanto como para reducir drásticamente sus problemas de endeudamiento como para ingresar en un sendero expansivo de largo plazo, marco en el cual se pueden resolver drásticamente sus problemas sociales.

Vale insistir en esto por el clima subjetivo generado por la derecha social, y los sufrimientos reales de una parte de la población logran hundir a toda la sociedad, incluida la dirigencia, en un cuadro depresivo que favorece la aparición y propagación de las peores ideas y propuestas, muy compatibles con lo que “el mundo” requiere de nuestro país. Vender Argentina por una libra.

Lamentablemente en este punto el Frente de Todos ha declinado tener un discurso inspirador y motivante. También aquí se percibe un espíritu de achicamiento y falta de fortaleza político-cultural que no se condice con las reservas humanas que tiene este espacio.

La derecha sabe de las perspectivas importantes del país, sabe de la artificialidad de las penurias coyunturales, sabe del boicot político concertado de las finanzas internacionales hacia Argentina, y quiere hacerse cargo del país, aprovechar la coyuntura difícil pero transitoria, presentándose como la portadora de la famosa magia de los mercados y llevarse los lauros del esperable despegue.

Lo de las finanzas internacionales hay que interpretarlo políticamente: participan en el cerco financiero a la Argentina, país al que colocan calificaciones “técnicas” más graves que las que recibe Ucrania en plena guerra con la Federación Rusa, o Sri Lanka, en pleno cataclismo económico y social. Insólito, técnicamente insostenible, pero muestra de qué forma le tienen la “rienda muy corta” a la Argentina, para que se avenga finalmente a las apetencias del capital global. Si votamos a la derecha, sueltan la rienda.

En eso coinciden con la Mesa de Enlace, que también le quiere tener la rienda muy corta al gobierno del Frente de Todos, para que renuncie a las retenciones y devalúe fuertemente la cotización oficial de nuestra moneda.

La mirada desde el capital concentrado es que hay muchos negocios para hacer en nuestro país, pero aún hay que remover los pruritos patrióticos e igualitarios que permanecen en una parte no menor de sus habitantes. Ese sería el “30%” que quedaría afuera de la propuesta del embajador Stanley y sus amigos.

 

 

Las trampas que nos da la vida

A medida que transcurría el tiempo, y se acumulaban desaciertos o inacciones gubernamentales, se podía interpretar que el kirchnerismo estaba “atrapado” en un gobierno en el cual aportó el diseño electoral ganador y parte significativa de los votos, pero en el que sólo tenía una injerencia muy parcial en medidas, tiempos y estilos, además de una clara diferencia discursiva. Sin poder diferenciarse abiertamente, debía sufrir el desgaste incesante de una gestión que tendía a auto-debilitarse.

El peligroso deterioro que provocó la actitud albertista en relación a los grandes tiburones de la economía doméstica, obligó a todos los componentes del Frente a adoptar un criterio de premura salvacionista, acudiendo a Sergio Massa y dotándolo de márgenes más importantes de decisión para superar la coyuntura crítica.

Lo interesante de la nueva situación es que por el giro de las circunstancias, es ahora Massa el que parece “atrapado” en una responsabilidad pública en la cual necesita a su ex enemiga y a otros sectores a los cuales en su momento trató de dejar de lado, o de derrotar abiertamente.

Esos momentos no son tan lejanos. Gran debilitador electoral del kirchnerismo, ya aceptaba complacido en 2016 su candidatura a construir el bipartidismo neoliberal que Macri presentó en la cumbre del poder global de Davos. Ese armado político institucional tenía la misma inspiración que el sistema bipartidista chileno implantado por la dictadura pinochetista, formalmente plural, pero económicamente neoliberal sin alternativas, que terminó estallando en 2019.

Finalmente, por la resistencia social al neoliberalismo, la derecha se decidió a concentrar sus fuerzas electorales en torno al macrismo, priorizando a una sola fuerza para lidiar electoralmente con el kirchnerismo. El fracaso gubernamental macrista fue tan estrepitoso, que generó una realineación de fuerzas, momento en el cual Massa evaluó que tenía más futuro político dentro de un espacio en el cual su vieja enemiga tenía un gran peso electoral. Lamentablemente para él, la incompetente derecha había logrado fidelizar el voto “anti-k” en torno a Macri.

No cabe duda que la incorporación de Massa a la actual coalición oficial no tuvo tanto significado en términos del menguado aporte electoral que traía, sino por la sensación de “reunificación” peronista que aportaba a la imagen del Frente, y del ingreso de algunas fracciones empresarias que se acercaban a la nueva gestión.

Quiso el destino que ahora Massa requiera del apoyo y la colaboración de todo el Frente –incluidos los ex despreciables K— para poder introducir gobernabilidad en la economía, y ni que hablar si desea triunfar en las elecciones de 2023 o posteriores, ya que su nombre es rechazado por una parte importante y vocinglera de la derecha macrista.

Massa es ahora quien está “atrapado” en la tarea de consensuar con gente a la que en otras épocas decía querer meter presa, y limitado por un electorado que no espera de él reformas neoliberales pro empresariales, o instrucciones para meter bala a los delincuentes, sino soluciones concretas a sus problemas cotidianos.

El incipiente comienzo de la movilización popular, en la medida que se continúe y profundice, contribuirá a empoderar a una conducción popular no carcomida por el abatimiento, y a enviar al olvido las fantasías refundacionales que pueblan las mentes del país semicolonial.

 

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