Va siendo hora de darse cuenta

La política no parece advertir la necesidad de un cambio para revertir la declinación del nivel de vida

Si se trata de la economía, todo parece indicar que el año evoluciona para peor y así va a terminar. Reflejo de este estado de cosas es la poca capacidad que se observa en los referentes políticos para expresar ideas atractivas sobre la crisis socio-económica que tienen que resolver. Es conveniente detenerse a analizar algunos datos recientes que dicen mucho sobre el porvenir inmediato y los problemas a los que tiene que enfrentarse la sociedad argentina.

 

 

Qué esperar de los precios

La evolución del Índice de Precios Internos al por Mayor (IPIM) correspondiente al mes de agosto se dio a conocer el martes. Arrojó una variación mensual del 18,7 %. Dadas las presiones inflacionarias que se originaron en el tipo de cambio entre julio y agosto, tiene sentido que el incremento del IPIM supere al del Índice de Precios al Consumidor (IPC), porque el impacto pleno de la devaluación alcanza primero a los costos de los insumos (el IPIM está asociado a las materias primas y al costo de reposición de bienes manufacturados) y luego a los bienes para la venta.

El IPIM se divide entre productos nacionales, que aumentaron en un 17,6 %, y  productos importados, que tuvieron un incremento del 30,2 %. Por la relación que mantienen estadísticamente el IPC y el IPIM, puede inferirse que el 18,7 % del aumento en agosto se correspondería con una variación del IPC del 15,7 % sobre el nivel de precios establecido con la base de los costos previos a este cambio.

Más allá del comportamiento que se pueda deducir, el efecto de los aumentos bruscos sobre los precios no es inmediato. Cuando se producen, como fue el caso de la devaluación del mes pasado, los precios se actualizan paulatinamente, porque por encima de ciertas magnitudes su efecto depresivo sobre la demanda puede volverse más perjudicial para los productores que la disminución del margen por unidad vendida. Sabiendo que el IPC de agosto tuvo una variación menor a la tasa de devaluación y a la del IPIM, se confirma que las presiones inflacionarias estarán presentes al menos en los próximos dos meses.

Estas conclusiones son previsibles, pero de implicancias sustantivas. La Canasta Básica Alimentaria se elevó en agosto a 42.262 pesos, lo que implica un crecimiento de un 17 % con respecto a su valor de julio. Con lo cual acumula un incremento del 94,4 % en el año y del 146,4 % frente al mismo mes del año anterior. La Canasta Básica Total se elevó a 92.132 pesos, lo que significa un incremento del 14,3 % frente a julio, una variación del 86,7 % en el año y del 137,7 % en términos interanuales. Con subas de semejante magnitud, toda forma de afrontar los efectos del aumento de precios que no se oriente directamente a recomponer el salario es de carácter parcial, mas no compensatoria. Por lo que continuará el empeoramiento en el nivel de vida de la población argentina, tornándose una característica de esta política económica rayana en lo bizarro.

 

 

Actividad y empleo

También se conocieron los datos sobre el avance del nivel de actividad y el mercado de trabajo en el segundo semestre de este año. Por lo que ya se conocía de la actividad, revelado por el Estimador Mensual de Actividad Económica y otros indicadores orientados a medir el avance de la industria manufacturera, se estaba al tanto de que se produjo una caída en el PBI durante la primera mitad de 2023, explicada por la merma en la producción agrícola-ganadera y la desaceleración del resto de la economía.

En conjunto, el PBI del segundo trimestre se redujo un 4,9 % en términos interanuales. En esta disminución incide la rama de agricultura, ganadería, caza y silvicultura con 4,38 puntos porcentuales, por lo que, si se la excluye del cómputo total, aun queda un aminoramiento del PBI de 0,52 puntos. Indagando con mayor profundidad, podemos constatar que el promedio del PBI en los dos trimestres del año es un 1 % inferior al de todo 2022 y un 1,9 % menor que el de los dos primeros trimestres de ese año.

De los componentes de la demanda global, el consumo privado mostró una variación estática frente al segundo trimestre de 2023, del 0,8. En el total de 2022, fue del 9,7 %, lo cual pone en evidencia el efecto macroeconómico que comporta la declinación en los ingresos de los asalariados. La formación bruta de capital fijo se redujo en un 1,1 %, y las exportaciones en un 10,9 %.

Lo último es consecuencia de los efectos que trajo aparejados la sequía, y no es necesario entrar en detalle sobre estos, que son bien conocidos. Pero la relación entre el consumo privado y la formación de capital tiene un rasgo de interés. En la medida en la que el primero caiga, la segunda disminuye, porque la inversión —formación de capital es el nombre técnico que se le da en las cuentas nacionales— responde a la necesidad de ofrecer bienes y servicios para abastecer  la demanda. El nivel de consumo casi estancado y la inversión declinante explicarían, por su parte, el menor nivel de actividad en la industria manufacturera que se observa a medida que transcurre el año.

Por el momento, el desarrollo del círculo vicioso que significa el empobrecimiento de la población no repercutió en los indicadores concernidos con la ocupación. La tasa de actividad, que mide el porcentaje de la población total que se encuentra ocupada o en búsqueda de empleo, permanece en el 47,6 %, que es menor al 48,3 % del primer trimestre, pero converge con los niveles del año anterior. La tasa de desocupación abierta (población demandante de empleo/población económicamente activa) cayó del 6,9 % en el primer trimestre al 6,2 % en el segundo.

La presión sobre el mercado de trabajo, que se define como la suma entre la desocupación abierta, la tasa de ocupados demandantes de empleo en relación con la población económicamente activa y la tasa de ocupados que sin alcanzar el total de horas considerado normal (45 por semana) no busca trabajo, es del 27,9 %, un guarismo más bajo que el de todo 2022. Como la caída de la actividad económica todavía es incipiente, no está a la vista un salto en el desempleo.

 

 

El presupuesto que supimos conseguir

La política no parece darse por notificada de que es necesario un cambio proactivo para utilizar todos los medios disponibles en pos de revertir la debacle experimentada durante este año y los anteriores. La falta de lucidez de la que hacen gala algunos sectores que hoy integran la oposición y la desorientación del oficialismo impiden que se formule un debate razonable sobre este tópico definitivo para el bienestar de la sociedad argentina, lo que lamentablemente lleva a que no se pueda establecer un acuerdo sobre política económica y las pretensiones que se expongan sean mínimas.

Por lo pronto, el presupuesto público de 2024 se debatirá con posterioridad a las elecciones, por la insistencia de Javier Milei y la evidente incapacidad de enfrentarlo del mutado Frente de Todos, que no registra que esto denota un desinterés en reconocer ciertas situaciones y necesidades que deberían tomarse lo suficientemente en serio como para poner límites a las discrepancias políticas.

Las proyecciones macroeconómicas que lo acompañan mantienen el mismo espíritu que las que se presentaron en 2023, con la salvedad de que se espera una caída del 2,5 % del PBI en este año, cuando antes se preveía un crecimiento del 2 %. En 2024 se pronostica un crecimiento del 2,7 % originado en la recuperación de la actividad agrícola y el consecuente aumento de las exportaciones. Permanece el pronóstico de un aumento del consumo privado muy modesto (0,8 %) y siempre un mayor incremento, aunque también modesto, de la inversión (1,6 %).

Llama la atención que se espere un crecimiento del IPC del 69,5 % en todo el año con el tipo de cambio oficial pasando de valer 365,9 pesos por dólar (lo que se espera para 2023) a 607 pesos, que equivale a una devaluación de poco más de dos tercios. Infunde sospechas sobre los fundamentos de la política anti-inflacionaria (¿o será inflacionaria, a secas?). Pero despejar dudas sobre la relación entre los precios, el mercado interno y la salud económica de la población nacional parece imposible en un contexto en el que los rasgos generales de su evolución dependen de quién sea el próximo presidente. 

La única certeza es que el debate sobre economía está tan adocenado, que con la actividad camino a contraerse y las consecuencias lesivas que eso significa para una población castigada por el empeoramiento del nivel de vida, a lo cual se puede sumar un incremento de la desocupación que por ahora no se cuenta entre las causas del enrarecimiento colectivo, la resolución más acabada que tiene la dirigencia es la de una vaga ensoñación con la estabilidad macroeconómica. De eso debería tomarse nota para la reorganización del campo popular.

 

 

 

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