Vampiros

Al final, una novela de Stephen King que leí en el '76, cuando tenía catorce, estaba hablando de nosotros

 

No sé qué les pasa a ustedes, pero respecto de las mejores experiencias de lectura de mi vida yo suelo recordar —además de los libros per se, claro— la circunstancia en que los leí. Y no porque sea particularmente memorioso, no. Mi memoria es porosa y está tan agujereada como la integridad de Laura Alonso. Y aun así, de ciertos relatos que dejaron marca recuerdo además la experiencia física de leerlos: cuándo fue, dónde fue, qué pasaba alrededor mientras el niño que yo era se aferraba al libro que se había convertido en el único punto fijo de su universo.

 

Mi edición de bolsillo en inglés.

 

La novela que recuerdo ahora fue editada en 1975 en su país de origen, Estados Unidos. Es bastante gorda —650 páginas en su edición de bolsillo en inglés, en nuestro idioma ocupaba aún más—, y la publicó aquí la editorial Pomaire en 1976. Puedo calcular que la compré en septiembre u octubre de ese año, porque era la temporada durante la cual, tradicionalmente, mis viejos se tomaban unos diez días de vacaciones en La Falda y recalábamos en el hotel que formaba parte del menú de la obra social: el Molino de Oro. Tengo claro que esa vez arrastramos a mi abuela materna, la Leli, porque ella obló los morlacos que costó ese libro que destacaba en la mesa de novedades; y que lo compramos en una librería del centro de La Falda, ubicada sobre su vía principal, que si no me equivoco se llama Edén.

Sé que no elegí el libro porque fuese fan de su autor. Salem’s Lot era la segunda novela de Stephen King después de Carrie; y yo no había leído Carrie ni visto la peli, que ni siquiera se había estrenado en su país (se vio a partir de noviembre del ’76), así que para mí King y Mongo Picho eran lo mismo. Debo haber sido persuadido por mi debilidad por las historias de vampiros; y, en un distante segundo término, por el esbozo de argumento que figuraría en la solapa. (No tengo el libro físico a mano, creo que existe aún pero está secuestrado en la casa paterna, junto con otros objetos personales — como la Remington Rand de mi abuelo.) Lo que sí recuerdo es la tapa: los contornos de un pueblo de casas bajas sobre los que se cierne una sombra mayor, la de un gigantesco murciélago de alas desplegadas. Y el título en español —que no era Salem’s Lot, en aquella edición original—, en letras amarillas sobre fondo negro: La hora del vampiro.

 

La tapa de la edición que leí a los catorce.

 

El Molino de Oro quedaba lejos del centro, al otro lado de un arroyo que, cuando llovía mucho, crecía al punto de tapar el puentecito de piedra que conectaba el hotel con el resto del mundo. Ese día regresamos sin problemas, pero llovió la tarde entera. La crecida nos aisló y tornó imposible circular al aire libre, entre los sauces llorones cuyas ramas había usado de chico como lianas, pretendiéndome Tarzán. Pero además de su edificio central el Molino de Oro tenía otro, en el extremo opuesto del parque generoso, al que le decían el anexo: un enorme chalet de piedra que casi no cumplía función —no existía allí habitación alguna—, donde había un saloncito con mesa de billar, juego de sapo y mostrador de bar abandonado (ahora que lo pienso, muy al estilo del bar del Overlook cinematográfico, según El resplandor vía Kubrick) y, contiguo, un salón más grande coronado por un escenario de madera al que nadie se subía. El aguacero debe haber disuadido al resto de los huéspedes, porque ese día el anexo quedó reservado para mi uso exclusivo. Fue en uno de sus sillones donde me senté a leer La hora del vampiro, mientras la tormenta agrisaba el paisaje más allá de los ventanales. Aun a pesar de su extensión, la novela no me duró ni 24 horas.

La anécdota era simple. El escritor Ben Mears vuelve al pueblo de (Jeru)Salem’s Lot, en Maine, USA, después de 25 años de ausencia. Su intención es abocarse a un libro sobre la Casa Marsten, un edificio emblemático donde había vivido una experiencia traumática cuando niño. Pero su retorno coincide con una visita nefasta. La Casa Marsten ha sido adquirida por un inmigrante austríaco, Kurt Barlow, que además planea instalarse en el pueblo y abrir una tienda de antigüedades. A modo de avanzada el socio de Barlow, Richard Straker, se presenta primero para poner en marcha la tienda. Es entonces cuando desaparece un niño del pueblo, Ralphie Glick, y a continuación muere su hermano Danny. Las autoridades policiales se muestran confundidas y no se privan de sospechar del recién llegado Mears, porque claro, el tipo es escritor — ¿y quién ser puede ser más sospechoso que alguien que inventa historias?

 

 

Como ven, nada del otro mundo. Barlow es un vampiro europeo y Mears combatirá el virus que difunde en el pueblo con la ayuda de un grupo improvisado: su flamante enamorada, Susan Norton; el profesor de secundaria Matt Burke; el joven doctor Jimmy Cody; el cura del pueblo, padre Callahan; y el pequeño Mark Petrie, compañero de clase de Danny Glick, que es el primero —siendo, como King y como yo lo era también por entonces, un devoto de las historias de vampiros— quien primero comprende la naturaleza de la amenaza.

El libro debería ser una novela de horror más, montada sobre una tradición literaria más larga que ristra de ajos. Y sin embargo es mucho más que eso. Una de las razones de la fascinación que me despertó desde entonces la pesqué relativamente rápido. Pero la otra —la fundamental— la entendí recién ahora, a 43 años de mi lectura original.

Ya les cuento ambas. Ténganme paciencia.

 

 

 

Nuestro pueblo (transilvano)

Lo que hace King en Salem’s Lot es mezclar tradiciones literarias que no podrían ser más opuestas. Una es la que ya mencioné: el relato de vampiros, de naturaleza fantástica y origen europeo, que durante décadas —siglos, ya— tendió a ser abordado en un estilo melodramático y sobrecargado. La otra tradición es el realismo (o naturalismo, dirían algunos) que cultivó en su país gente como Theodore Dreiser, autor de Sister Carrie —¿entienden?— y Una tragedia americana. Relatos que hacen foco sobre vidas individuales de gente común, a partir de las cuales podemos extrapolar una visión de la sociedad que las hace posible y hasta las determina.

 

Mi admirado Stephen King.

 

«Me pregunté —dijo King en 1980— si sería posible inventar un pueblo donde hubiese suficiente realidad prosaica para balancear la amenaza digna de un cómic que supondría un grupo de vampiros». Mis herramientas de análisis literario eran escasas a los catorce, pero esto lo percibí de todos modos. El libro se tomaba todo el tiempo del mundo para presentarte un reparto coral de personajes y la vida cotidiana de Salem’s Lot. Te acostumbrabas a frecuentar a esa gente, decidías quién te caía gordo y con quien te identificabas —en mi caso, inevitablemente me sentí cerca a la vez del escritor Mears y del pequeño Mark Petrie— y empezabas a creer que conocías ese pueblo, que casi podías verlo. («La buena descripción —reflexiona King en su libro en torno al oficio que se llama Sobre la escritura— consiste en unos pocos, bien elegidos detalles a partir de los cuales se puede inferir todo lo demás». King nunca va a poner: «Encendió un cigarrillo» o «Subió a su auto». Más bien pondrá: «Encendió un Lucky» y «Subió a su Chevrolet Impala». Siempre específico, nunca genérico: eso ayuda a inscribir la historia, por fantástica que sea, en el mundo de lo verosímil.)

Creo haber leído esta definición alguna vez, pero no sé cuándo ni quién se la atribuía. Sea como sea, la hice mía desde entonces: la idea es que, en Salem’s Lot, King cruzó Our Town de Thornton Wilder —esa clásico de la dramaturgia de Estados Unidos que cuenta la vida de un pueblo entero a través de viñetas protagonizadas por sus habitantes— con el Drácula de Bram Stoker.

Durante décadas creí que lo de King había sido ante todo un truco de escritor, maravillosamente ejecutado; que, a sabiendas de que debía venderle a sus lectores una píldora difícil de tragar —¡vampiros europeos en nuestro mundo pop!—, había optado por echar la carnada del naturalismo y engancharnos a esa gente, convencernos de que los conocíamos, de que podrían ser amigos nuestros, para recién entonces pegar el tirón y clavarnos el anzuelo de lo fantástico. Está muy bien pensado, considérenlo: una vez que te enamoraste de esos personajes, que sentís el disfrute de su compañía —que empatizaste con ellos—, vas a querer saber qué es de sus vidas pase lo que pase. Aunque a priori detestes las historias de vampiros (o de zombies, o de extraterrestres), a esa altura querrás enterarte de todos modos de qué le pasa a Ben Mears, y a Susan, y a Mark, y a Jimmy, y al viejo profesor Matt Burke. Ya se han convertido en parte tuya: ¿cómo vas a sustraerte al deseo de saber cómo terminan?

 

El prototípico pueblito (norte) americano estilo Salem’s Lot.

 

Una vez que ancló el relato en un mundo que resulta verosímil y echó a andar personajes que te sedujeron, el escritor —King, en este caso— puede introducir el elemento más fantástico que se le ocurra y aun así te lo vas a tragar. Eso es lo que percibí entonces y lo que sigo creyendo. Lo que no entendí a los catorce pero descubrí ahora es que King había intentado hacer algo más que vender una buena historia de terror, remozando un viejo subgénero para el disfrute de un paladar contemporáneo.

«Cada novela es, hasta cierto punto, un retrato psicológico que el novelista produce de sí mismo, sin advertirlo del todo», reflexionó King en 1980. El tema es que, cuando ese relato resuena en un lector, la novela también se vuelve un retrato psicológico suyo, aun cuando no esté en condiciones de articular las razones de esa conmoción.

Pero ahora, claro, estoy por fin en condiciones de hacerlo.

 

 

 

Satan’s Lot

Yo desconozco el temor a la página en blanco. Siempre tengo historias en mi cabeza para la siguiente novela y no me cuesta encontrar tema para el siguiente artículo. Esta semana, sin embargo, venía atrasándome considerablemente. El jueves ya se había consumido y yo seguía sin norte, con el deadline del cierre del sábado cada vez más cerca. Se me ocurrió plantarme delante de mi biblioteca, a la espera de que el lomo de algún libro sugiriese una idea. El anaquel que quedó a la altura de mi vista fue aquel que reúne las novelas de King. Pero, a pesar de que justo ese libro no estaba a la vista —tuve que ponerme en puntas de pie y remover otros ejemplares, hasta encontrarlo—, el primero que acudió a mi mente, aquel que empecé a buscar deliberadamente, fue Salem’s Lot.

Al revisarlo y recordar cómo lo había leído por vez primera, concluí que mi alma necesitaba reeditar aquel placer; usar Salem’s Lot como una magdalena proustiana que reviviese un tiempo idílico, cuando mis viejos y mi abuela estaban vivos, vacacionábamos en pleno año lectivo en un hotel que era digno de una novela y un libro podía convertirse en el mundo entero. Pero entonces hice cuentas, busqué fecha de edición y el recuerdo ensoñado adquirió un número que remitía a un año cargado de simbolismo: 1976. Y al buscar información en los anaqueles virtuales de la aún hoy novedosa internet, descubrí algo que no había sospechado: que King escribió Salem’s Lot bajo la influencia de la turbia historia contemporánea de su país.

 

Daniel Ellsberg, el Edward Snowden de su tiempo.

 

«Aquel fue el tiempo —rememoraba King en 1980— en el cual funcionaba el Comité Ervin (que investigó Watergate). También nos enteramos por entonces de los documentos que (Daniel) Ellsberg había difundido (los Papeles del Pentágono, que desnudaron la forma lamentable en que el gobierno conducía la guerra de Vietnam y que le valió a Ellsberg una acusación como espía parecida a la que hoy existe contra Assange y Edward Snowden), de las grabaciones de la Casa Blanca, de la conexión entre (el agente del FBI) Gordon Liddy y la CIA, la existencia de listas negras y otra temible info que seguía filtrándose. Durante esa primavera, verano y otoño del ’73 (King trabajó en la novela entre octubre del ’72 y junio del ’75), parecía que el gobierno había estado involucrado en tanta mugre y tantas operaciones de inteligencia que, como los cuerpos sin rostro de los inmigrantes por cuyo asesinato condenaron a Juan Corona en California, el horror parecía no tener fin».

De repente, el estado de ánimo del King adulto del ’73 y el mío adolescente de la Argentina del ’76 se superponían, descubriendo zonas en común. «Creo —seguía diciendo King— que la obscenidad inefable de Salem’s Lot derivaba de mi desilusión y consecuente miedo por el futuro. La novela tiene más que ver con La invasión de los usurpadores de cuerpos que con Drácula. El miedo que está por detrás de Salem’s Lot es el miedo a que el gobierno nos haya invadido a todos».

Bajo esa luz nueva entendí que los personajes que King volvía tan asequibles no eran tan sólo un recurso narrativo para involucrarnos en la historia: más bien representaban aquello que estaba en peligro, la comunidad amenazada. Con Salem’s Lot encontró el prototipo de los protagonistas que desarrollaría de allí en más, porque la Carrie de su novela inicial ya está rota, no tiene retorno, es una bomba de tiempo activada; en cambio, Mears y compañía —así como los protagonistas de los libros que siguieron: los Torrance de El resplandor, Stu Redman y amigos en The Stand, el Johnny Smith de La zona muerta y así sucesivamente— son gente de una decencia esencial, con sus fallas como todos pero en general capaces, cuando suena la hora, de estar a la altura del costado luminoso de nuestra especie. Ellos encarnan los valores que no deben perecer, aun cuando la oscuridad parezca permearlo todo.

 

 

¿Habré intuido, a mis catorce todavía infantiles, que la amenaza que se cernía sobre mi comunidad era tan peligrosa —y contagiosa— como la que se describía en Salem’s Lot? Porque el folklore vampírico es claro al respecto: su mal progresa de modo viral, se transmite por contacto y convierte a aquel que hasta entonces creías conocer —tus compañeros, tus amigos, tu familia— en enemigo. Y en la Argentina de entonces el mal también se propagaba por las noches, mientras mucha gente perdía definitivamente su decencia esencial fingiendo que nada había visto y nada sabía.

En ese sentido Salem’s Lot no reflexiona sólo sobre la comunidad amenazada, sino también sobre la naturaleza del mal que la asedia. Porque Barlow —el vampiro prototípico, el Nosferatu de King— es la amenaza internacional, que en condiciones normales desconocemos: no sabemos su nombre, qué hace ni dónde vive, opera entre las sombras que le granjea el anonimato. Pero no podría hacer el mal que hace si no contase con la complicidad de los Richard Strakers: sus socios nacionales, aquellos a quienes sí conocemos porque operan a la luz del sol y por ende figuran en el directorio de ciertas empresas y ocupan cargos como funcionarios — ¡hasta electos!

Llevo al menos cinco años embretado en una novela de terror que empecé con la idea de jugar a Stephen King. En el medio publiqué otros dos libros, la novela El negro corazón del crimen y la biografía a cuatro manos del Indio Solari, Recuerdos que mienten un poco. Cada vez que me pregunto qué me impide terminarla, llego a la misma conclusión: me cuesta asumir del todo la noción del mal que vive entre nosotros. Porque con la idea del Mal con mayúsculas no tengo problemas: Satán y su descendencia en materia de Príncipes de la Oscuridad, villanos operáticos, más grandes que la vida misma — de Calígula a Moriarty, del Fantasma de la Ópera a Hitler. (En materia de Mal con mayúsculas, mi villano favorito es el Joker de The Dark Knight, porque produce la inquietud que deviene de lo azaroso, de lo impredecible: no sabemos cómo se llama, ni cuál es su historia, ni por qué hace lo que hace —no es por codicia, eso está claro—, y por ende no podemos prever su próximo movimiento y ni siquiera justificarlo a posteriori — el Joker como principio de entropía hecho carne.)

 

 

Pero al fantasear sobre una versión contemporánea del infierno, no me está quedando otra que asumir que es posible que estén allí los Calígulas, los Hitlers y los Stalins, pero como excepción a la regla, la ruptura del molde. Ni siquiera estoy seguro de que merezcan estar ahí asesinos seriales como el Juan Corona que mencionaba King y el Ottis Toole al que recurro como personaje, en tanto se trata de gente que tenía el cerebro roto y mal soldado y probablemente no controlase sus actos. De existir algo como el infierno, lo imagino superpoblado de gente como uno. Caras con las que nos cruzamos a diario, en el edificio, la calle, el subtrenmetrocleta y (muy especialmente, ahora que lo pienso) la tele. Colegas, amigos, parientes, parejas. Personas que en un momento tomaron una decisión a sabiendas de que hacían mal, que se convencieron de que la joda les salió joya y desde entonces no pudieron parar. (Estoy convencido de que cierto Presidente está tan mandado en la dirección de su capacidad de generar daño, que debe hacer el mal aun cuando cree estar haciendo un bien.) El mío es un infierno abarrotado por la gente común sin cuyas omisiones y acciones los Calígulas, Hitlers y Stalins no habrían conocido nunca el poder — ellxs son el mal con minúsculas, pero el mal al fin.

Salem’s Lot comienza y termina en el mismo lugar (como Kamchatka, ahora que lo pienso): con Ben Mears y Mark Petrie al otro lado de la frontera con México, asumiendo que todo lo que hicieron para acabar con el mal en su pueblo (¡y todo lo que perdieron durante esa lucha!) no alcanzó; y entendiendo que mientras no completen la tarea, no habrá paz verdadera. Razón por la cual deben regresar, desandar sus pasos, hacer de tripas corazón y volver al pueblo —al pasado— para acabar con un mal que si no se elimina del todo, o sea a fondo, volverá a multiplicarse.

Por alguna razón pensé ahora en este libro de Stephen King que compré en un Edén del pasado, cuya tapa le ponía título al horror en letras amarillas sobre fondo negro.

Vos y yo, le dice a Ben Mears el ex niño Mark en la página final. Y cierra su puño, un gesto que rubrica la promesa que se están formulando el uno al otro.

Tanto entonces como ahora como en octubre, vos y yo significa nosotros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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23 Comentarios
  1. Luis Juan dice

    Estimado Marcelo:
    Una digresión.
    Siempre me gustaron los libros de vampiros y las películas, especialmente en la adolescencia, aunque sigo viendo películas si aparece alguna. No obstante, no podría comentarlos mejor de lo que usted lo hace. Además, jamás incursioné en las cuestiones que circundan la vida del escritor o me interesé en los mensajes que intentaba transmitir más allá de la propia historia del libro.
    Tal vez, ahora -demasiado más grande que entonces- si los releyera, encontraría algo más allá de la propia historia. Algún mensaje oculto.
    De hecho, fíjese que solo el título de su artículo automáticamente me llevó a pensar si esos vampiros, en realidad no fueron la forma de ocultar -por parte de los autores- una representación y advertencia al mismo tiempo, de lo que significaba el capitalismo.
    Al cabo de su narrativa, no pude más que sorprenderme. Cosas veredes.

  2. Susana dice

    Buena, Marcelo. Yo tengo en mi memoria desde fines de los ’50 «Los Thibault» de Martín Du Gard y «la peste escarlata» de Jack London. Un abrazo.

  3. Marcelo Foti dice

    Es que como bien canta Serrat en una de sus canciones más recientes, a mi gusta recordar aquello de que: «Dios echó al hombre del edén, por confundir lo que está bien, con lo que le conviene»

  4. Aldo Birgier dice

    Marcelo, no lo sabía pero qué notable sintonía. Me quedé pegado a tu excelente análisis sobre todo porque a principio de año (fue presentado en la Feria Internacional del Libro en la CABA, y una semana después LA Cristina me quitó un montón de público –Jé!– ) publiqué en CICCUS una novela de c-f, apelando a ’22/11/63′. Estoy seguro que te va a encantar, por lo que (si es que tenés ganas de leerla) le aviso a Coco Manoukian que te mande un ejemplar. Claro que el mismisimo Stephen King aparece impúdicamente como personaje. ¡Si esto no es sintonía entónces dónde está!.
    Un abrazo y gracias por coincidir justo ahora.
    (avisame si te interesa y te mando EL DISPOSITIVO KING (CICCUS, BS AS, 2019) como sea.

    un abrazo

    Aldo Birgier

  5. Rubén Padula dice

    Admiro tu capacidad de sentir, Marcelo. De relacionar, de penetrar en las historias, en los libros y extraer el sentido último del texto. Claro está, son testimonios inigualables que pasan para la inmensa mayoría desapercibidos, nos quedamos con una historia de vampiros que continuará, porque el Bien tiene que triunfar sobre el Mal, etc. Admiro tus lecturas, ya no tendré tiempo para tanto y por más que se lea y lea tal vez leamos solo para entretenernos. Entonces, agradecemos aquellos que ya no lo leeremos a King y a tantos otros que venga un tipo con la grandeza tuya y nos ponga en evidencia lo que quiso decir King detrás de un vampiro y lo que el adulto que leyó allá en la Falda cuando casi niño ve en ese mensaje final que si no lo hacemos vos y yo, (ya lo dije la canción, la que cantamos allá en esos años, “lo haremos tu y yo , nosotros lo haremos, labremos la arcilla, para el hombre nuevo”. Uno queda ahíto, cada domingo nos pasa eso, es un diálogo con un tipo formidable que desde la perspectiva del escritor, desde el arte, nos desenraja la realidad que nos agobia. Ya lo hiciste con el Indio, andás ahí con la Jefa, (tendrás material para rato y tal vez tengas que atrasar esa novela inconclusa), te falta, (no lo sé) meterte con el Diego y ahí estamos con todo:Todos los grandes de este lado y ese tu y yo se hará más grande, y ese nosotros será tan grande que pensamos, queremos, soñamos que nunca más, pero nunca más vendrán los vampiros a quitarnos la sangre.

  6. Cuca Rapoport dice

    Cómo está maestro, su nota más las vueltas del quehacer literario ya me habían amigado por el gusto que sentía al leer a King, de todos modos era esa lectura de “vacaciones” y los libros más baratos en las librerías en las recorridas por Av Corrientes. Esa metáfora que usted, no mienta, descubre ahora y la explica como ningún escritor (usted sabe que soy su admiradora y alumna) es ,lamentablemente, validada por los hechos.La presencia del Mal y del Bien en la estructura de las sociedades fue excusa predilecta ,recuerde a los que desataron la guerra de Vietnam y otras calamidades, se dicen de sí mismos que encarnan el Bien.Tema difícil que se engancha con los creyentes de diversas religiones y que se encarna en los modernos Vampiros.Cuando chica, alrededor de ocho agnos ,una compañera de grado me había fascinado con estampitas, yo les pedía a los santos y santas, escondida entre las sábanas que terminarán con el diablo, el maldito. Yo dormía en el comedor del departamento chico, al lado de mi sofá cama había un cristalero, cuando me acostaba evitaba mirarlo porque veía un reflejo , justo,justo, la cara del diablo.Hoy, está de moda, la literatura de terror, horror,fantástica, creo que el éxito de esos géneros acompañan una situación de desamparo que se alaaargaaa, para los que sufrimos de consumos de supervivencia, entre los que contamos los ansiosos que no fuimos mordidos por el Mal.

  7. El Fede dice

    ¡Van de vampiros de arrabal! …nos contaron una vez.

  8. Daniel Olivares dice

    Lo bueno de los libros, es que cada uno puede encontrar en ellos lo que desea. Como fanático de King, puedo agregar que «La zona muerta» es un terrorífico antecedente de lo que fue y es Trump, y, ya que está en cartelera, recordar que los globos también pueden verse como la encarnación del mal. «Desde pequeño, recuerda Andy Muschietti, ha sido fanático de la literatura de Stephen King y en su mente está presente que en el libro los globos de Pennywise no son rojos, sino de muchos colores. Sin embargo, en el camino de su búsqueda de una correcta estética, decidió utilizar un solo color.» No estoy seguro, lo leí hace mucho tiempo. Pero creo que en los globos del payaso maldito en la novela predominaba el amarillo. Así que en octubre, la misión es doble. Lograr que el payaso maldito de los globos se vaya para siempre.

    1. Daniel Olivares dice

      Eso sí, cuando entierren al gato, por favor no lo hagan en el Cementerio de Animales!

    2. Gabriel dice

      Justo ayer terminé de leer «A veces vuelven» (cuento corto de Night Shift y tiene peli propia) donde Jim se hace de una Invocacion de Demonios para librarse de «los malos» (en agosto) y terminar así con la pesadilla. Termina asi;
      Pero a veces volvían.
      Reanudó la marcha por la escalera, preguntándose si la pesadilla había concluido, después de todo.(..octubre)

  9. Sergio dice

    El vampiro, es el chupa sangre o el sanguijuela, en el lenguaje de los explotados cuando se refieren al explorador. Es el capital , trabajo «muerto», que se nutre del trabajo vivo. Y nada más «muerto» y que se nutre de la vida, que el capital financiero en el contexto del neoliberalismo. Y digo «muerto» (entrecomillado) porque también puede ser interpretado como «lo no vivo». En las sociedades donde quienes producen las riquezas no las poseen, y los que las poseen y las concentran no las producen, la imagen del nosferatu flota en el inconsciente colectivo.

  10. ALEJANDRO dice

    Cuando era chico Stephen King estaba considerado un escritor menor por la crítica. Se decía que escribía mucho y mal. Sin embargo sus libros nos proporcionaban mucho placer. Hoy, con más de 70 años, ya todos lo reconocen, porque los críticos de ahora crecieron disfrutando de sus libros. Es otra batalla ganada.

    1. Carmen dice

      La patria es el Otro!!
      Una vez más me encanta leerte. Admiro a Stephen King. Leyendo tu nota recordé la canción Hotel California.
      Carmen

  11. Ernesto dice

    Estimado
    En el B.C.R.A. y sus alrededores en el microcentro porteño esta lleno de adoradores de » vampiros » , formaron el club BELA LUGOSI y están instalados desde siempre .
    La lucha continúa
    LIBERACIÓN o DEPENDENCIA .
    ¡ VIVA PERÓN !

    Ernesto

  12. Luján dice

    Nunca leí a S Kong, me dió ganas de hacerlo!!! Me encanta que termines la nota con un mensaje esperanzador. Es sobre el nosotros que debemos reconstruir nuestro mundo, haciendo fuerza para que triunfe el bien sobre un mal que este cada vez más devaluado.

  13. Alejandro dice

    Marcelo, sencillamente extraordinario, la noción, con la que acuerdo, del mal en minusculas, que es la condición de posiblidad de que el Mal, éste sí con mayúsculas, se derrame sobre toda la Vida, humana y no humana, amplificandose, de ser posible, hasta tomarlo Todo. Ese momento trascendental y tragico en el que, teniendo una mínima llama de lucidez que te permite entender que estás procediendo mal, los individuos anónimos igual hacemos el mal y nos dedicamos a justificarnos y es ahí, en ese momento, en que empezamos a perder nuestras vidas. Porque, al perder las nuestras, nos llevamos con nosotros montones de vidas inocentes. Si algo como el pecado existe, es ese momento exacto en el que el mal, con minúsculas pero con insistencia, vence al amor, a todo lo Bueno como posibilidad.
    Leí El libro dos años después que vos, mientras las máquinas de la imprenta en la que trabajaba para pagar mis gustitos de adolescente, como este libro, traqueteaban en el silencio absoluto del taller vació y en penumbras. En resumen, mi lectura fue una catarata de nucas erizadas, piel de gallina, y temblores varios, mientras buscaba apariciones en todos los puntos ciegos del taller. Extraordinario.

  14. Jorge h barbich dice

    ¡Bhué!

    1. Gabriel dice

      Justo ayer terminé de leer «A veces vuelven» (cuento corto de Night Shift y tiene peli propia) donde Jim se hace de una Invocacion de Demonios para librarse de «los malos» (en agosto) y terminar así con la pesadilla. Termina asi;
      Pero a veces volvían.
      Reanudó la marcha por la escalera, preguntándose si la pesadilla había concluido, después de todo.(..octubre)

  15. Elba Norma Rojas dice

    Me llevaste a desear encontrar este libro. Muchas gracias¡¡¡

  16. Andrés Diéguez dice

    Querido, querido, querido Marcelo Figueras

  17. sergio dice

    1. Karina dice

      Maravillosa nota

  18. Cristina dice

    Domingo temprano para ver el partido de basquet y sentir ese sentimiento de hermandad patriótica que me levanta el animo leí tu nota y descubrí agrandado ese sentir sin olvidar el infierno de los minúsculos y con la fuerte convicción de volver para empezar de nuevo

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