Durante las décadas de globalización neoliberal aprendimos que a la palabra imperialismo había que enterrarla junto con otros residuos ideológicos de los años ‘60. ¡Ya basta de consignas sin sentido!, había que ver la realidad “sin caducas anteojeras ideológicas”.
El diario El País, de España, publicó hace cuatro días declaraciones del Presidente de Francia, Emmanuel Macron, una de las figuras que en principio recibió con beneplácito el secuestro y aprisionamiento del Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, por parte del ejército norteamericano. Macron, uno de los mayores partidarios europeos del “atlantismo” pro norteamericano, señaló:
“Estados Unidos es una potencia consolidada pero que se está alejando progresivamente de algunos de sus aliados, y se desentiende de las reglas internacionales que promovía hasta hace poco, ya sea en materia de comercio, en determinados asuntos de seguridad o en algunos foros… Y China es una potencia en constante ascenso, que muestra una agresividad comercial cada vez más desinhibida… y que hoy está ejecutando una presión sobre la economía europea… Rechazamos el nuevo colonialismo y el nuevo imperialismo pero también rechazamos la vasallización y el derrotismo”.
Quién hubiera pensado que la posmodernidad, que había decretado la caducidad de los grandes relatos, de los intentos de encontrar explicaciones de alcance universal, iba a terminar desembocando en el uso de la fuerza bruta para hacerse con las riquezas de otros países en pleno siglo XXI.

El árbol de decisiones en el caso venezolano
La relación híper conflictiva de Estados Unidos con el proceso de la Revolución Bolivariana no es nueva, como en general ocurre con la aproximación que tienen los norteamericanos con cualquier proceso nacionalista o de izquierda en nuestra región.
Un buen ejemplo de esa “relación especial” con el chavismo es que Barack Obama, contracara civilizada de Donald Trump, designó a Venezuela en 2015 como una “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional de los Estados Unidos”.
Después de un año de gobierno, el mundo sigue tratando de descifrar hacia dónde va Donald Trump. Su política económica está lejos de crear las bases para que Estados Unidos sea grande nuevamente. Su política exterior es una mezcla de fantasía megalómana con crudo realismo.
El atrincheramiento norteamericano en el “hemisferio occidental”, en el caso de su política hacia Venezuela, se combina con la hostilidad hacia un gobierno con estrechos vínculos con Rusia, China e Irán, con la preparación para un eventual conflicto con China, con la hostilidad hacia cualquier propuesta de autonomía latinoamericana, y con la notable influencia que tiene el lobby petrolero en la gestión trumpista.
Si algo faltaba en esta ensalada anti-chavista era el lobby anticastrista, encarnado perfectamente en la persona de Marco Rubio, para que Venezuela fuera colocada inmediatamente en la cabeza de la fila de los “regímenes” a abatir por los adalides de la democracia.
Sin embargo, a pesar de la espectacularidad del ataque realizado el 3 de enero, de las decenas de muertos y el secuestro del Presidente de un país soberano, el gobierno de los Estados Unidos ha diseñado con cuidado los pasos a seguir y ha mostrado que existen algunos peligros que prefiere no asumir.
En contra de la masiva campaña de propaganda antichavista, la cúpula trumpista evalúa que no sería un hecho sencillo derrocar al chavismo –por su enraizamiento social y por los resortes de poder que maneja, incluso militares–, que eso arriesgaría una guerra civil de difícil pronóstico, y por eso no lanzaron un ataque militar frontal, coordinado con un levantamiento de la derecha opositora.
Los decisores norteamericanos evidentemente no confían en que una desestabilización generalizada en Venezuela terminaría rápidamente, y temen que desemboque no sólo en un caos local, sino también regional.
Por lo tanto, se ha abierto una situación ambigua, compleja, en la cual la potencia del norte amenaza con más ataques, más destrucción y más asesinatos si no logra la “convergencia de los intereses venezolanos con los norteamericanos”, parafraseando a Peter Lamelas.
El chavismo no ha sido derrocado, pero está gobernando con un arma norteamericana apoyada en su cabeza, y debe medir muy bien sus pasos.
Cada jugador de esta confrontación tiene con qué amenazar al otro, aunque son amenazas de muy distinta índole.
Estados Unidos puede amenazar con generar una guerra civil y sumir en un estado calamitoso a Venezuela por mucho tiempo. Es decir, arruinarles el país. Ya lo han hecho en Medio Oriente con evidente eficacia. A Trump no le interesa una invasión prolongada y masiva por tierra, ni tampoco embarcarse en un proceso de “nation building”, o sea, encargarse de reconstruir Venezuela y sus instituciones una vez destruidas a bombazos.
El chavismo puede amenazar con una resistencia amplia y extendida, e impedir que se concreten los negocios rápidos con los que sueña Trump y las petroleras, que no podrían concretarse si el país entrara en una situación de caos parecida a Libia. La idea de la administración norteamericana es obtener muchos resultados con el mínimo esfuerzo, para que la opinión pública norteamericana valore el “logro” intervencionista.
El gobierno norteamericano parece haber decidido que es mejor y más rápido que un gobierno con legitimidad chavista vaya cumpliendo con los objetivos de Trump. O ese gobierno cumple con las exigencias del norte, para evitar mayores violencias externas, y por lo tanto se separa de las bases chavistas y de los sectores más convencidos ideológicamente, o no cumple y por lo tanto le hace la vida imposible y profundiza los padecimientos de la sociedad venezolana.
Uno de los riesgos para Estados Unidos radica en que un involucramiento militar más importante, con matanzas y destrucción de ciudades y pueblos, puede generar un clima anti norteamericano en toda América Latina, que a su vez incrementaría la resistencia interna a la intervención.
Por lo tanto, tiene que moverse con mucho cuidado para no afectar a la opinión pública propia, a la opinión pública latinoamericana, y acotar los daños de imagen que está sufriendo en este momento en la opinión pública internacional.
El tema de fondo es que el chavismo tiene raigambre popular. El chavismo hizo trabajo político de largo plazo, organizó, bajó línea y adoctrinó a una parte de la población. El “pueblo humilde” aprecia al chavismo, y le reconoce que no sólo hizo declamaciones, sino que en su momento de bonanza económica construyó una enorme cantidad de viviendas populares y puso en marcha planes diversos para mejorar la vida de las mayorías. Hay, por lo tanto, una masa poblacional que cree en ese proceso, a pesar de las duras caídas posteriores en el nivel de vida.

Marco Rubio ha realizado tres exigencias inmediatas al gobierno de Delcy Rodríguez:
- Terminar con el narcotráfico;
- Expulsar al Hezbollah y los iraníes de Venezuela y, principalmente
- Ceder el control del petróleo venezolano a las compañías petroleras norteamericanas.
Según el Wall Street Journal, el plan de Trump para Venezuela exige:
- Control total de la producción y exportación de petróleo crudo bajo el mando de Estados Unidos, por años, sin final establecido;
- Se le impondría a Venezuela un precio de exportación de acuerdo a las necesidades norteamericanas. Ahora podría ser de 50 dólares por barril, con lo que Estados Unidos ya se estaría quedando con parte de la renta petrolera del país;
- Veto comercial: Estados Unidos decidirá a quién se le vende el petróleo venezolano, de acuerdo a sus prioridades políticas y económicas globales.
¿Estados Unidos le está tratando de “mejicanear” la riqueza petrolera del país a la opositora burguesía venezolana, usando al chavismo en esa operación de arrebato?
En principio, por ahora, las dos partes apaciguan a sus seguidores, aunque se pudieron observar importantes manifestaciones chavistas reclamando por la liberación y el retorno del Presidente secuestrado.
Las exigencias norteamericanas parecen ir mucho más allá de lo que cualquier gobierno nacionalista y de base popular puede conceder.
¿Están diseñadas esas demandas norteamericanas para fracturar al chavismo, forzar una crisis interna y abrir el camino para una transición política hacia un gobierno más entreguista, sin gastar una bala ni un misil?
¿Cómo procesará el chavismo las perentorias demandas norteamericanas, hechas a punta de pistola y de bloqueo económico, sin traicionar los principios elementales que estableció en su momento el Comandante Chávez? ¿Será la actual cúpula chavista capaz de afrontar una nueva andanada de violencia norteamericana, sin abandonar el talante dialoguista?
Si se mira con detenimiento, la crisis de Venezuela no está resuelta en absoluto. No hay derrocamiento, no hay “cambio de régimen”, no hay entronización directa de un vasallo norteamericano, como sería María Corina Machado.
Pero ¿hasta dónde puede escalar la violencia el equipo de Trump, sin empezar a sufrir un serio desgaste político interno? Su urgencia por mostrar “resultados” de los cuales vanagloriarse, ¿no puede llevar a un tipo de enfrentamiento con Venezuela que preferirían evitar? Es que la situación interna de Trump no es precisamente floreciente.
Problemas tenemos todos
Según una reciente encuesta de la empresa Gallup, un 60% de los norteamericanos rechaza la gestión Trump, y sólo lo apoya en forma decidida un 36%. Son números muy malos para un gobierno que recién tiene un año de vida.
El gobierno está complicado por varios frentes de tormenta: la amenaza de nuevas revelaciones de la relación entre el joven Donald Trump y el jefe de una red de pedofilia Jeffrey Epstein; la aparición de una exitosa corriente dinámica y más contestataria dentro del partido demócrata, con la emergente figura del flamante alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani; el creciente malestar en las fuerzas armadas y personal diplomático por la falta de profesionalismo y respeto por parte del gobierno; las salvajadas que comete la Gestapo anti inmigrantes llamada ICE, que mató gratuitamente esta semana a otra persona, lo que indignó a la opinión pública; la insólita extensión de la epidemia de gripe que ya ha producido la muerte de 5.000 personas y la hospitalización de 120.000…

Probablemente sea ese contexto el que explique la decisión del Senado de Estados Unidos de aprobar una resolución para impedir que Trump emprenda más acciones militares en Venezuela sin autorización del Congreso. La medida no garantiza que el gobierno no encuentre la forma de realizarlas, pero refleja una creciente oposición a Trump dentro de las propias filas del Partido Republicano, que empieza a preocuparse por las elecciones de medio término de este año.
Trump ha abierto numerosos frentes de conflicto en forma muy chapucera, convencido de su propia genialidad, y rodeado por obsecuentes de escaso nivel. Un paso en falso en relación a Venezuela –que no cabe duda sería muy dañino para el país sudamericano– puede arrastrar al Presidente megalómano a un severa crisis política interna.
El caso venezolano y el caso argentino
En Venezuela, país bloqueado y largamente boicoteado, Estados Unidos debió ejecutar el secuestro y aprisionamiento del Presidente del país, bajo acusaciones como la ya descartada pertenencia al inexistente Cartel de los Soles. Esta agresión sólo pudo realizarse luego de un largo período de preparación en términos comunicacionales a nivel global. La estigmatización de Maduro, de Chávez, de la Revolución Bolivariana, ha sido un factor fundamental para hacer posible la operación de ataque y arrebato del petróleo venezolano.
Todo lo sembrado en las últimas décadas en materia cultural, ideológica y mediática es lo que permite entender la levedad de la reacción internacional a la intervención norteamericana en un país soberano, con acusaciones de una sorprendente vaguedad.
En la Argentina, país en el que está en marcha un proceso de entrega de los recursos naturales y de las principales palancas de desarrollo a las corporaciones norteamericanas, la estigmatización de Cristina y del kirchnerismo nunca tuvo por objetivo real la defensa de la República, ni de la decencia administrativa.
Cristina Kirchner, que no protagonizó una experiencia de la profundidad del chavismo, fue percibida sin embargo como un factor molesto y peligroso no sólo por la elite dominante local, sino también por los Estados Unidos, que se ha encargado a través de la promoción del lawfare de desembarazarse de todos y cada uno de los líderes autonomistas latinoamericanos que se destacaron en los años 2000.
En ese sentido puede decirse que Cristina Fernández de Kirchner es también una presa del imperialismo, detenida y juzgada a través de sus socios locales, para sacarla de circulación y amedrentar a toda la dirigencia que sostiene posiciones soberanas.

Cristina es una presa castigada por haber formado el “Cartel” de los gobiernos patrióticos y populares de América Latina, que fueron capaces de ponerle algunos límites a las tropelías del golpismo latinoamericano (en Venezuela, Bolivia y Ecuador, aunque fracasando en Paraguay y Honduras). Ese golpismo que siempre estuvo asociado a los países centrales, no sólo a Estados Unidos. Nunca hay que olvidarse del lamentable papel de gobiernos de la Unión Europea en el golpismo latinoamericano, que en las últimas décadas fungieron como “apoyo” al liderazgo norteamericano, confiriéndole la conveniente tapadera del “consenso” de la “la comunidad internacional”.
La pésima y sesgada información que está recibiendo el público argentino en relación a lo que acontece en Venezuela es una radiografía perfecta de la extensión del aparato comunicacional pro norteamericano en nuestro país, y del grado de lavado de cerebro colectivo con el que se está vaciando cualquier perspectiva de un sistema político pluralista y democrático.
Si bien el gobierno de Javier Milei es un activo norteamericano en Sudamérica, los asuntos concretos de la relación entre el amo y el esclavo no terminan de cerrar satisfactoriamente, desde la perspectiva del imperio del norte.
Novedades complicadas
Luego de más de 25 años de negociaciones, la Unión Europea aprobó el Acuerdo de Libre Comercio con el Mercosur. Resta aún alguna instancia formal para que tenga vigencia legal, pero da la sensación de que la aprobación europea apunta, en el contexto de declinación de la influencia internacional de ese bloque, a aprovechar una posibilidad de presencia en la región sudamericana, antes de que los norteamericanos procedan a obstruirla en forma más terminante.
El acuerdo es malo para la región latinoamericana, porque refuerza su perfil agro exportador, en detrimento del desarrollo y consolidación de la industria y de las capacidades de los Estados del Mercosur para apalancar el progreso productivo de sus países.
Hoy, en el contexto planteado por la gestión Trump (“el hemisferio Occidental es nuestro”), ese acuerdo aparece como una intromisión europea en los asuntos norteamericanos. Pertenece a otra época, en la que los países centrales occidentales parecían disfrutar mancomunadamente de la globalización.
Pero ha pasado un cuarto de siglo, en el que emergió Asia de una forma espectacular y crecieron gigantescas empresas tecnológicas fuera de Europa. En todo ese proceso, no sólo América Latina no pincha ni corta, sino que tampoco lo están haciendo los europeos, colonizados ideológicamente por la diplomacia norteamericana, y rezagados económicamente frente a los otros colosos.
Lo gracioso es que este acuerdo choca hoy con la actual y salvaje política norteamericana de “ustedes hacen lo que yo digo”. Hay que ver cómo reaccionarán los norteamericanos al vínculo preferencial entre la Unión Europea y el Mercosur. No cabe duda de que no está en sus planes compartir “sus riquezas y mercados” en lo que considera su patio trasero con potencias externas, incluso si se trata de los ex queridos aliados del otro lado del Atlántico.
La otra novedad es el anuncio de que la Argentina reembolsó por completo 2.500 millones de dólares que había utilizado del swap de divisas concedido en octubre pasado por el Tesoro norteamericano, por 20.000 millones de dólares.
Es decir: el gobierno argentino no sólo no activó una parte nueva del swap para pagar los vencimientos con los acreedores privados por 4.300 millones de dólares (pidió 3.000 millones a un consorcio de bancos), sino que debió saldar la parte que había tomado prestada del swap norteamericano.
Scott Bessent, secretario del Tesoro de Estados Unidos, se congratuló por las ganancias obtenidas por su país en la operación, y aclaró que su entidad “ya no mantiene pesos”. Según rumores circulantes en el mercado financiero, el gobierno habría utilizado un nuevo préstamo tomado al BIS (Bank for International Settlements, léase Banco de Pagos Internacionales), que es un organismo especializado en préstamos a bancos centrales. Se ignoran las tasas y plazos de este nuevo préstamo.
Lo que sí queda claro es que la Argentina canceló el tramo del swap urgida por los propios norteamericanos, que quieren reducir al mínimo cualquier posibilidad de críticas internas vinculadas a problemas de exposición financiera a las eventualidades que pueda tener la gestión económica de Javier Milei.
Clarificaciones
La asertividad norteamericana en relación con América Latina ya está llegando a niveles de ultimátum, cuyo extremo es lo ocurrido en Venezuela, pero con amenazas de toda índole que incluyen a México, Colombia y Brasil. Se acabó esa farsa de la soberanía.
Estados Unidos aceleró su ofensiva militar diplomática, tratando de tomar agresivamente por sorpresa a todo el mundo y generando hechos consumados que luego defenderá con la fuerza militar. Por ahora pudo avanzar sin obstáculos significativos, lo que no significa que no vaya a haberlos.
Detrás de la gestión Trump, aparte de los negocios deseados por petroleras, fabricantes de armas y oligarcas tecnológicos, está la lectura estratégica de que Estados Unidos está en retroceso, y si no reacciona rápida y vigorosamente puede ser sobrepasado por “el resto del mundo”. Esa situación podría incluso terminar estimulando la insubordinación de sus aliados-vasallos de la Unión Europea, y hasta de los países del patio trasero.
El despliegue de la brutalidad sería una forma de la desesperación norteamericana ante el peligro de tener que abandonar la cima del mundo.
La cultura política que se inauguró en la Argentina a la salida de la dictadura se basó en negar hechos de la realidad como la existencia de la lucha de clases, el papel relevante del imperialismo en la escena internacional, el rol político de los medios de comunicación. Una democracia que nacía con la cancha inclinada a favor de las corporaciones requería dar por finiquitado el conflicto social.
Si algo bueno tienen personajes dañinos y peligrosos como Trump y Milei, es que expresan con una claridad sorprendente las viejas verdades del funcionamiento de la sociedad contemporánea, extraviadas en los devenires periféricos del sometido capitalismo latinoamericano.
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