La edad no suele ser indulgente con nuestros recuerdos porque nos condena al olvido o, peor aún, al presente continuo. Así, aquellos que estén bordeando los 60 años tendrán presentes las frases de José Alfredo Martínez de Hoz de “achicar el Estado es agrandar la Nación” o el primer mandamiento del decálogo menemista: “Nada de lo que deba ser estatal permanecerá en manos del Estado”.
Como señalaba Karl Marx, los grandes hechos de la historia y de la Argentina se repiten primero como tragedia y después como farsa [1]; también pasamos de la alcurnia de Julio A. Roca, Marcelo T. de Alvear, Álvaro Alsogaray y el ya mencionado José Martínez de Hoz a los astrólogos, traficantes y cosplayers que hoy nos gobiernan desde el Poder Ejecutivo y desde algunas bancas en el Congreso. Entre ellos se destacan Martín Menem, que afirma sin sonrojarse que "los problemas de las empresas en la Argentina son por el exceso de Estado", y el desregulador Federico Sturzenegger, que facilitó la trata de personas con sus desregulaciones. Así fue en el caso de una menor de 15 años que, sin documentos, fue rescatada de un micro que se dirigía a Jujuy, con destino final a Perú, en un estado de “somnolencia aguda”.
Esta estética degradante no es casual. Walter Benjamin sostenía en 1936 que “el fascismo ve su salvación en otorgarles a estas masas no su derecho, sino la oportunidad de expresarse [y este] busca darles una expresión preservando la propiedad. El resultado lógico del fascismo es la introducción de la estética en la vida política”. Al respecto, Matt McManus agrega que “Benjamin sugiere que nos sumergiríamos tanto en la distracción de nuestros impulsos más oscuros que incluso los actos de destrucción y aniquilación desenfrenados se considerarían cada vez más aceptables porque sacaban a las personas de sí mismas durante un breve periodo. La conexión entre dicha estética y el apoyo a una cultura política cada vez más autoritaria y paranoica no es difícil de discernir”. Así, las nuevas tecnologías de la comunicación abrieron nuevos espacios que les han permitido a los libertarios argentinos, y a los seguidores de las alt-right en el mundo, vivir en una “burbuja comunicativa” sin preocuparse por “la relevancia intelectual de su ideología”. “En otras palabras —continúa Matt McManus—, se concibió como entretenimiento ideológico que avivaba los deseos psíquicos de los alt-righters de alimentar sus resentimientos”. Así, esta “estética de la distracción está diseñada para afectar a las masas; distrae los sentimientos de resentimiento e ira hacia las acciones reaccionarias en lugar de la evaluación crítica del poder (...) [De esta manera], las herramientas estéticas de distracción hacen más que simplemente dar salida al resentimiento: [le permiten a las Alt-Right la oportunidad de construir un relato histórico] que redime y resucita superficialmente la narrativa triunfalista anterior”. Tanto el "Make America Great Again" como la berreta copia de “Make Argentina Great Again”, o el retorno —mediante una interpretación superficial— al país de la generación del '80, pretenden hacerlo “eliminando a quienes [supuestamente] amenazan su credibilidad”.
De esta manera, hemos tenido en la Argentina la estética de distracción del tapado de piel de María Julia Alsogaray posando en la nieve y las vedettes de Carlos Menem en la década de los '90. Actualmente, es el caso de los disfraces y las incoherencias de Lilia Lemoine, y los envaselinados o el estar entre las sábanas de Javier Milei como telón de fondo de las privatizaciones, desregulaciones, apertura de importaciones indiscriminadas, despido de empleados estatales y retiros voluntarios, reformas laborales, desfinanciamiento de las universidades y las represiones a los jubilados cada vez que se implementaron políticas neoliberales en nuestro país.
Esta derecha que supimos conseguir no destruyó ni está destruyendo el Estado, sino que, tras esas estéticas de la distracción, lo está reconfigurando para modificar las relaciones de poder, para sostener y profundizar las relaciones de producción de este capitalismo de valorización financiera. Todo ello enmascarado también detrás de la construcción de enemigos diversos que se extienden desde un menor con autismo hasta el feminismo, Montoneros y el ERP, la comunidad LGBT+, el comunismo y los inmigrantes.
Verano del '96
Al cierre de esta nota, la mal llamada reforma laboral estará aprobada, pero aún no tendremos certeza sobre lo que ocurrirá con el financiamiento universitario, cuya ley el gobierno ha incumplido y que ahora intenta reemplazar con un nuevo proyecto que afectaría el funcionamiento de las universidades y sus proyectos de investigación. Además, cristalizaría el atraso salarial de casi un 50% de los docentes y no docentes. En palabras de un funcionario universitario, el sistema está expulsando a nuestros jóvenes que solicitan, como no pasaba desde los '90, que se les firme una carta de recomendación para conseguir una beca para ir a estudiar e investigar en el exterior.
Pero, como adelantábamos, nada nuevo bajo el sol. Treinta años atrás, un grupo de amigos debatía estas mismas problemáticas en una pizzería de Villa Luro en febrero de 1996. Casi un año atrás, en abril de 1995, se había realizado una gran marcha federal universitaria contra el proyecto de Ley de Educación Superior que introducía cambios en el financiamiento, evaluación y gobierno del sistema universitario. Luego de ella, de tomas de facultades, paros docentes y clases públicas, la Ley N.º 24.521 fue aprobada el 20 de julio de 1995. Recién esta sería reformada por la Ley N.º 27.204 el 28 de octubre de 2015.
Pero eso no era lo único que se debatía en esa mesa. El ingeniero aeronáutico Blanco, el ingeniero industrial Salerno y el estudiante de Ciencias Políticas, el Turco, no se limitaban a reflexionar sobre la problemática educativa, sino que, como militantes de esos años de retorno a la democracia y de la década del '90, criticaban la corrupción y las reformas menemistas que estaban destruyendo el tejido social del país.
En efecto, la primera reforma de 1989/1990 y la segunda reforma de ese año 1996 implementaron un amplio proceso de transformación estructural del Estado orientado a reducir su tamaño, transferir empresas públicas al sector privado y reorganizar la administración pública. Así, por ejemplo, la Ley 23.696 de 1989 declaró la emergencia administrativa del sector público, autorizó a privatizar empresas estatales estratégicas, intervino organismos descentralizados, implementó programas de retiros voluntarios y la reducción del empleo público. Por su parte, la Ley N.º 23.697 de Emergencia Económica de 1989 dispuso la suspensión de regímenes de promoción industrial, desreguló la economía, efectuó una apertura indiscriminada a las importaciones, reformó el sistema financiero y autorizó la apertura al capital extranjero. Por último, la segunda reforma del Estado, instrumentada a través del Decreto 558/96 (1996), fusionó, eliminó o reestructuró organismos públicos, redujo el empleo público y, nuevamente, se implementaron retiros voluntarios y jubilaciones anticipadas.
Paralelamente, como anunciaba el diario Clarín en su tapa del 2 de mayo de 1993, las “reformas laborales” introdujeron los contratos temporales y modalidades de empleo flexible, se ampliaron los períodos de prueba para los nuevos trabajadores, se redujeron las indemnizaciones, se descentralizó la negociación colectiva, se redujeron las contribuciones patronales y se privatizó el sistema jubilatorio a través de las AFJP.
Todo esto avanzó bajo la estética del 2x1, los viajes a Miami, los Globetrotters jugando con Carlos Menem y las novias-vedettes del Presidente que enmascaraban la transferencia de poder de las clases trabajadoras y medias a los sectores más ricos de la Argentina.
Obviamente, esa reconfiguración del Estado estuvo acompañada necesariamente de numerosos casos de corrupción que (casi) nunca tuvieron una sentencia judicial. Estos incluyen el caso de la Ferrari, el Yomagate, el escándalo de IBM-Banco Nación, el contrabando de armas a Croacia y Ecuador, el atentado a la Embajada de Israel, a la AMIA y a la fábrica militar de Río Tercero, los guardapolvos de Bauza, la leche contaminada, las escuelas shopping y los sobresueldos, entre otros.
La memoria la perdemos y es también presente continuo, pero con hechos y fechas travestidos, porque el entramado cultural e ideológico impone una hegemonía que sostiene esas relaciones de poder y producción. Por eso, si bien Blanco y el Turco se sorprendieron cuando Salerno dijo, de la nada y pese a todo lo que habían debatido, que “el problema es el tamaño y los ñoquis del Estado”; no supieron entonces que el triunfo ideológico de la dictadura se había manifestado ante ellos en la conciencia política de un militante universitario “progresista”.
El Estado que (no) queremos
Uno que sí la vio fue el politólogo argentino Oscar Oszlak, que escribía en 1993: “La luz del semáforo se ha apagado súbitamente. El cruce de las dos avenidas está ahora librado a la racionalidad individual de cada peatón, de cada automovilista, de cada conductor de autobús, camión o ambulancia. No más luces que guíen alternadamente sus movimientos (…) Tratarán de hacerlo ordenadamente (…) Nadie intentará ganar de mano a los demás ni aprovechará el porte de rodado para apresurar la operación de cruzar”. A continuación, Oscar Oszlak traslada el escenario a las “reformas del Estado” implementadas en esos incipientes años '90: las privatizaciones se han completado, se han desregulado los mercados, el Estado nacional ha visto reducidas sus capacidades de administrar justicia, brindar seguridad, proveer a la defensa común y relacionarse con otros países.
Mientras que los mercados regulan automáticamente la oferta y la demanda, los ciudadanos cumplen voluntariamente con sus obligaciones impositivas y colaboran con las raleadas burocracias estatales nacionales, provinciales y municipales para que continúen funcionando los servicios ya señalados y los de salud y educación transferidos a las provincias. Estas “visiones utópicas (…) impulsan hoy en día los esfuerzos de transformación del Estado y la sociedad” que se basan en discursos sobre la hipertrofia e ineficiencia de este o sobre la grasa militante y los ñoquis que pulularían en el aparato estatal. Finaliza el autor: “No son estas las reglas que gobiernan ni el mercado de peatones automovilistas ni el mercado económico. Y aunque el discurso neoliberal dominante nos indique que la maximización del interés individual maximiza el interés colectivo, sabemos de sobra que si pretendemos maximizar nuestro interés personal como automovilistas-cruzadores-de-avenidas, solo contribuiremos a un caótico congestionamiento de tránsito. Peor aún (…), si somos débiles peatones y el tránsito es totalmente delegado a la decisión individual”, correremos el riesgo de ser atropellados. En otro texto de ese mismo año, Oscar Oszlak precisa que no niega la necesidad de una reforma del Estado “para afrontar otras circunstancias históricas. [Pero considera] que el camino para lograrlo es fortaleciendo y no demoliendo al Estado. Nadie defiende ya la existencia de un sector público sobreexpandido; pero lo contrario a 'obeso' o 'flácido' no es 'raquítico' (…), lo que se requiere es un "Estado atlético".
Esta no es la visión que ha impulsado las “reformas” de la dictadura, del menemismo, del macrismo y de los libertarios. Por el contrario, estas han estado dirigidas —como adelantamos— a reproducir las relaciones de producción, transferir ingresos de los trabajadores y clases medias a los sectores más ricos de la población y “capturar el Estado” para continuar haciendo negocios.
Verano del 2026
El lugar de encuentro cambió de una pizzería a un café de especialidad, como indican los tiempos posmodernos. Pese a que les ofrecen latte, iced coffee, macchiato o cold brew, entre otras "delicias", Blanco y el Turco insisten con café con leche con medialunas; aunque deben explicar cuál es el tamaño adecuado de una taza para este. Debaten, como han hecho toda la vida, el ataque a Venezuela, la situación en Gaza y la amenaza de Estados Unidos a Irán, y la sinuosa realidad de la política nacional: la estafa cripto; el 3% de Karina; los 3.000 millones de dólares que serían administrados por el Fondo de Asistencia Laboral con una comisión del 2,5%; el contrato que la Cancillería otorgó a la esposa de Federico Sturzenegger para enseñarles inglés a los diplomáticos (¿?) por un monto de más de 114 millones de pesos y en el que solo se inscribieron diez cursantes; el contrato del ministro de Defensa, Carlos Presti, para proveer de alimentos a la Armada Argentina con una empresa sospechada de corrupción; los fondos extras para los F-16 —autorizados por Gran Bretaña y Estados Unidos— que con suerte se adiestrarán alguna vez en el año, pero que no podrán entrenarse y operar en el Atlántico Sur; la represión a los jubilados; la desindustrialización; las privatizaciones; la reforma laboral; fusilamiento y golpizas a periodistas; y la jubilación anticipada de empleados estatales.
La angustia y la tristeza los invade. Blanco ya es gerente de ingeniería y sufre con el industricidio, aunque no afecte el sector económico al que pertenece la empresa en la que trabaja, y el Turco sobrevive al recorte presupuestario de los salarios docentes y no docentes universitarios. Por ello derivan la conversación a la familia y los amigos. “¿Y qué sabés de Salerno?”, pregunta Blanco. “Mirá —respondé el Turco—, la historia es larga y sorprendente. Entre el 2000 y 2001, cada fin de año rezaba para que no lo echaran. Siguió siendo radical, bah, básicamente antiperonista; salió a manifestarse a favor del campo; se rasgó las vestiduras con Nisman; votó a Macri; protestó contra la pandemia; se enarboló con Vicentin…”. “Pero si tenía dos mugrosas macetas en el balcón”, interrumpe Blanco, riendo. “Votó a Milei —continúa el Turco entre risas— todas las veces que pudo; se quejaba de las licencias por enfermedad de los trabajadores de la empresa donde trabajaba. Lo último que supe es que en diciembre de 2025 lo despidieron”. “¿Se quedó en bolas?”, pregunta Blanco. “No, afortunadamente aún sigue dando clase en la materia Modelos Productivos Argentinos de la Facultad de Ingeniería”. “Che, le faltaban dos años para jubilarse, ¿no?”, pregunta Blanco. “Sí, pero no se queja porque considera que, si bien algunos pueden quedar en el camino, lo hace por sus hijos y porque estos ajustes son necesarios para cambiar la economía, fortalecer el capitalismo y terminar definitivamente con el comunismo y el peronismo”.
“Siempre es la disputa por el Estado y no por su destrucción”, piensan y recuerdan en silencio y vagamente a Julio de Grazia en la película Plata dulce:
“—Sabés cómo le viene esta lluvia al campo —dice Ruben [2] mirando el aguacero que cae a raudales afuera de la cárcel.
—¿Tenés campo? —pregunta Bonifatti [3] detrás de las rejas.
—No, pero está el país. La cosecha, viejo… con una buena cosecha nos salvamos todos —responde Rubén—. ¡Cómo llueve! No hay nada que hacerle: Dios es argentino. ¿Qué, no me creés? Dios es argentino”.
Por eso, sólo agregarían irónicamente a ese diálogo que todavía está el Estado para salvar al sistema financiero con una devaluación y a los empresarios con una estatización de la deuda. Pero ojo, primero hay que reformarlo.
[1] Marx, Karl (2005 [1852]). El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Buenos Aires: Longseller, p. 17.
[2] Julio de Grazia.
[3] Federico Luppi.
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