Victoria secreta

La Argentina viene saliendo de las sucesivas crisis a costa de menos salario y más pobreza

 

A las presiones que somete a la inflación argentina la tendencia alcista de los precios mundiales de las commodities hay que sumarle el potencial ruido de los precios de los insumos industriales importados, por los indicios de que supuestamente se están alineando los planetas en la órbita del incremento del índice de precios mayoristas norteamericano. Cuestiones de costos asociadas a la salida de la pandemia y el programa de estímulo del Presidente estadounidense Joe Biden, dispuesto a gastar en infraestructura humana y física como ningún antecesor en el cargo, aún en tiempos de guerra, estarían aunando esfuerzos en dirección a los incrementos generalizados de precios.

Es que, de finalmente suceder, resulta esperable que la subida se trasmita al resto de los países desarrollados casi en simultáneo a través de los vasos comunicantes que se han establecido entre los mismos al menos desde la posguerra. Así en sintonía funciona el núcleo conformado por los países más desarrollados (el G-7 para hablar en plata), al que el historiador francés Fernand Braudel y el sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein categorizaron como economía-mundo. La economía-mundo abarca a la minoría de territorios nacionales donde se define la deontología de la acumulación de capital. Por esa razón le marca el paso a la economía mundial, la que reúne al resto de los países que quedan fuera de ese hato, siendo materia de observación cómo se comportará China. No hay experiencia al respecto, debido a que el más o menos reciente asenso del Panda ocurrió durante unas décadas casi deflacionarias.

Esta situación global, o mejor dicho lo que destella como perspectiva alcista, impulsa la gran contradicción política argentina generada por la dictadura y aún no resuelta. La lucha de clases en la Argentina arribó a las vísperas de aquel golpe de Estado prácticamente sin desempleo y con un salario promedio cuyo poder de compra determinaba una sociedad con 8% de pobres. 46 años después, la pobreza alcanzó al 40% de la población. Como se señala habitualmente, y conviene siempre tenerlo presente, llegamos de los 26 millones de argentinos de 1976 a los 46 millones de hoy con todo el crecimiento demográfico explicado por la pobreza. Ese país de 20 millones le sobra a los liberales, ese mismo país le falta al movimiento nacional. Para realizar semejante hazaña, la reacción liberal desde José Alfredo Martínez de Hoz pasando por Domingo Felipe Cavallo hasta la recidiva del gobierno anterior, se dedicó a demoler la industria.

La contradicción se produce porque en la cultura nacional sigue instalado el salario que se alcanzó en los ’70, para el cual el país necesita una base productiva que no tiene porque la que había se la llevó puesta la reacción liberal. Desde entonces, la amenaza del déficit comercial (importaciones mayores a las exportaciones) es una certeza ni bien repunta el nivel de empleo. Ante esa realidad, la reacción quiere seguir bajando las remuneraciones aún más o, como mínimo, estabilizarlas en el paupérrimo nivel en que se encuentran, mientras –si puede– se endeuda en el exterior al solo efecto. Que de ocurrir el endeudamiento el zafarrancho concluya en fuga de capitales es una consecuencia necesaria. Cuando esa desgraciada alternativa pierde todo espacio porque al mostrar su verdadero rostro deviene en culturalmente inaceptable, la legitimidad política de los gobiernos que la suceden proviene de subir las remuneraciones, pero al hacerlo se encuentran con que los espera un déficit comercial creciente que lo impide. Si encima ahora las importaciones suben de precio y el prospecto es que sea por unos cuantos años, el estropicio cierra su círculo.

El análisis de los factores objetivos de la inflación en los países centrales (léase los Estados Unidos) y el debate que abren allí las diferentes percepciones subjetivas sobre el tópico, en conjunto con el prieto abanico de respuestas disponibles que tiene la política económica argentina si deja a un lado la tradición enteca que la caracteriza, se amalgaman para calibrar un esbozo del impacto político de estas tendencias entre nosotros que a priori luce muy considerable.

 

 

Precios relativos

Los defensores del plan Biden aducen que el aumento en los precios al consumidor se debe a momentáneos cuellos de botellas y de ninguna manera a exceso de gastos. Por ejemplo, a medida que la pandemia disminuye, los consumidores comienzan a realizar compras retrasadas. Los precios de los automóviles nuevos han subido un 8,4%, mientras que los valores inmobiliarios, los precios de la energía y los mercados de valores están aumentando. Esto está exacerbando los cuellos de botella generados por la cuarentena en las redes de proveedores, haciendo subir los precios del transporte y originando ganancias extraordinarias para los transportistas de carga. El proceso condujo a una escasez global de contenedores que se espera persista durante el próximo año, lo que significa que las empresas que fabrican o alquilan contenedores a las líneas navieras también se están beneficiando. Las navieras están vendiendo más del doble que el año pasado. Los balances de las gigantescas empresas del sector, que no las tiene de otro tamaño, informan ganancias que aumentaron entre 90 y 150% para el primer trimestre, sin una desaceleración a la vista. En un examen de los precios relativos no puede faltar el del barril de Brent, referencia argentina que hoy ronda los 70 dólares. Se espera que en unas semanas ande por los 85 dólares, según cierto consenso entre los analistas del sector a partir de las decisiones que viene tomando la OPEP. En estas semanas se incrementó fuerte el precio del mineral de hierro agregándose al tono alcista de los productos primarios como la madera y el cobre, en tanto los precios mundiales de los alimentos continúan ascendiendo. Naturalmente, los precios aletargados del turismo están reaccionando.

En defensa de que el aumento de precios es momentáneo y el plan Biden es lo adecuado, Paul Krugman, afamado de ser uno de los ideólogos de la actual administración, en su habitual columna del New York Times (06/05/2021) afirma que “definitivamente hay un auge en marcha […] las economías en auge a menudo se topan con cuellos de botella temporales, que se manifiestan en el aumento de los precios de determinados productos. Por ejemplo, el precio del cobre se triplicó entre diciembre de 2008 y febrero de 2011, aunque la recuperación de la recesión de 2008 fue bastante lenta […] El problema del cuello de botella es especialmente severo ahora […] La gran escasez de madera es un ejemplo de ello […] La lección abrumadora de los últimos 15 años más o menos es que las fluctuaciones a corto plazo en los precios de las materias primas no dicen nada sobre la inflación futura, y que los responsables políticos que reaccionan exageradamente a estas fluctuaciones […] siempre lo lamentan en retrospectiva”.

En cuanto a la supuesta escasez de mano de obra que se ha producido tras la pandemia, Krugman refiere que “los empleadores en una economía deprimida se acostumbran a poder cubrir vacantes fácilmente. Cuando la economía mejora, la contratación se vuelve un poco más difícil; a veces hay que atraer trabajadores ofreciendo salarios más altos. Y los empleadores experimentan eso como una escasez de mano de obra […] ¡Pero así es como se supone que funciona la economía! Los empleadores que compiten por los trabajadores aumentando los salarios no son un problema, es lo que queremos ver […] ¿Significa todo esto que no hay límites para la expansión de la economía y que la inflación nunca puede convertirse en un problema? Por supuesto que no. Pero detectar la escasez de algunos bienes y un mercado de trabajo sólido no son motivos para entrar en pánico”.

Haciéndose eco de estos argumentos, Martin Sandbu, el analista de temas europeos del Financial Times (23/05/2021) señala que “a medida que las cifras de inflación suben a niveles que parecen pertenecer a otra era, la inquietud en algunos rincones de los mercados y la economía está al borde del motín. Casi puedes escuchar los murmullos de ‘¡están locos!’ sobre los líderes gubernamentales que mantienen el pie en el acelerador […] La explicación más central de las presiones actuales sobre los precios es que la pandemia ha provocado estrangulamientos en las cadenas mundiales de abastecimiento. La noción de una ‘economía de cuello de botella’ capta muy bien cómo en la actualidad están agobiados los mercados de bienes y de mano de obra”. Sandbu cree que los que aprietan el acelerador “tienen argumentos para no desanimarse. Las razones por las que la inflación se está recuperando ahora también son las mismas por las que deberíamos esperar que las presiones desinflacionarias salgan a la luz”. Esta última observación de Sandbu evidencia la perplejidad que les produce esta dinámica. La deflación es sinónimo de crisis, no de reequilibrio de la inflación. Posiblemente lo que esté implícito en todo esto sea el recuerdo del efecto del “shock” petrolero de 1974, que llevó a un alza general de los precios acompañando la recesión –ambos en simultaneidad a escala mundial–, que únicamente el encarecimiento de un insumo tan universal como la energía puede explicar.

 

 

Los salarios

Los que hacen hincapié en los precios relativos alterados por la pandemia tienen un punto, porque no hay ningún elemento a la vista que amague a operar como en su momento fue el factor petróleo. Lo único universal en todo esto como factor de costo son los salarios y es ahí donde parece que se produce un acuerdo tácito entre tahúres con naipes marcados y todo, que no incluye a las multitudinarias almas bien predispuestas como las de Sandbu; que en cualquier caso adornan el arbolito del debate. La reacción no quiere aparecer a la luz del día impugnando mejoras en la distribución del ingreso. Los decididos partidarios de las mejoras no quieren decir que están buscando inflación después de tres décadas de maldecirla y que las deudas pública y privada se la coma el aumento de precios tal como pasó en los ‘50 y lo capitalizó la inversión reproductiva. Es cuestión entonces de augurar inflación y negar inflación.

Como el sistema únicamente es capaz de invertir en función creciente del consumo final esto implica una función de ahorro decreciente. ¿Pero cómo más inversión a cambio de menos ahorro? Es ilógico. En el mundo parado sobre su cabeza que es el capitalismo, eso es lo único posible. El economista greco-francés Arghiri Emmanuel señala que el registro de esa contradicción entre menos ahorro para más inversión “constituye el sentido más profundo de la Teoría general que ni Keynes ni los keynesianos –creemos– consiguen hacer resaltar con claridad. La inversión es ex post igual al ahorro efectivo, pero, al ser este último la suma del ahorro voluntario y el forzado, la inversión se encuentra en su punto máximo cuando la propensión al ahorro se encuentra en su punto mínimo. En otros términos, para invertir es preciso finalmente que alguien ahorre de una u otra forma, pero para promover las inversiones no es necesario que la gente ahorre por su propia voluntad: es menester que se vea obligada, en términos reales, como consecuencia del alza de los precios”. La inflación pude que no sea el arma infalible del capitalismo, pero ¡qué pedazo de arma!

El que entiende bien de que va todo esto y toma partido por el temor reverencial a la inflación es Martin Wolf, el economista jefe del Financial Times, al puntualizar (18/05/2021) que “Milton Friedman dijo que ‘la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario’. Esto está mal: la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno político. La pregunta es si las sociedades quieren una inflación baja. Es razonable dudar de esto hoy. También es razonable dudar de que las fuerzas desinflacionarias de las últimas tres décadas actúen ahora con tanta fuerza. Es difícil creer que estas políticas monetarias de emergencia continúen durante años, como piensan muchos en la FED (N. de R.: la Reserva Federal de Estados Unidos). Dudo que deban continuar incluso ahora”. Los conservadores no logran amedrentar con sus amenazas y por enésima vez auguran que por la inflación el dólar va camino a dejar de ser la moneda mundial. No lo fue con el shock petrolero, pero ahora sí dicen. Independiente de la debilidad o fortaleza de esos argumentos, todo el mundo da por sentado que sería una consecuencia indeseada porque le pasarían el privilegio de pagar las importaciones con la propia moneda a otro país. China es el candidato con más adeptos. ¿Y si eso no es así? ¿Y si es una decisión profunda del núcleo de la dirigencia norteamericana de ir a una verdadera moneda mundial como la que proponía Keynes en 1944? Difícil saberlo porque, por la conformación del poder interno, si en el tema inflación no hay más remedio que dar batallas subterráneas para lograr victorias en secreto, en este más todavía.

Mientras tanto, entre nosotros la sustitución de importaciones clama por hacerse presente a fondo, como también la gente seria que en medio de la malaria y la insultante pobreza reclama el imposible disparate de aumentar el ahorro para aumentar la inversión. Esa contradicción hasta ahora se resolvió con más pobreza, porque la enfermiza política económica se aplicó a hacerle pagar la factura a los trabajadores. El criterio de la renegociación del pasivo externo debería ser la sustitución de importaciones y si falta a la cita y la inflación mundial se desata, la estabilidad política interna no contaría con la solidez que haría falta para que sea preservada.

 

 

 

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