Vientos contrarios: 'Detroit' contra 'The Post'

Hollywood revisa la historia reciente de EE.UU., con resultados dispares

 

En las obras de Shakespeare y en las crónicas de las Guerras de las Rosas que consultaba Shakespeare, se suele hablar de los “vientos contrarios” que provocan grandes derrotas. La de Ricardo II, cuando le reunían un ejército en Cheshire para hacerle frente a su primo Bolingbroke y lo retuvieron en Irlanda. La de Margarita de Anjou, que venía de Francia con un ejército de escoceses y Lancaster para hacerles frente a los York, y se demoró en el mar turbulento del Canal de la Mancha, el mar angosto. Se podría decir que a Detroit (foto principal), la impresionante película de Kathryn Bigelow, la perjudicaron también los “vientos contrarios”, ni pampero ni zonda, sino ventarrones llamados Trump, Chocobar y la Hollywood que alguna vez le dio un Oscar. Porque en el duelo con The Post gana por lejos, pero si alguien quiere verla tiene que irse urgente hasta el cine Premier en la calle Corrientes hoy, y ya puede ser tarde.

The Post es una peliculita hecha de apuro por el cada vez más demagogo Steven Spielberg. Tiene todos los componentes para ser políticamente correcta —en este triste período—: medios de prensa que simulan defender a investigadores cuando en realidad son canales de la élite y atacan a un gobierno que no les es afín, por medio de soplones del aparato estatal. Una señora dueña de un diario que organiza muchas fiestas de VIPs y CEOs y de repente, en una de ellas, mirando al secretario de Defensa McNamara que es su invitado, toma la crucial decisión de dejar correr las rotativas con los escandalosos Papeles del Pentágono, que muestran que varios presidentes norteamericanos venían ocultando la pavorosa derrota en Vietnam. Porque es una mujer que ya no se dejará dominar por la junta de socios. Qué lejos está la balbuceante, catatónica Meryl Streep de aquella atribulada mujer que dejaba todo por su libertad en Kramer vs Kramer. Ni ella ni Tom Hanks, que habla con la boca cerrada —tal vez porque el editor del Washington Post, Ben Bradlee, tenía algún problema bucal que no se especifica— creen en lo que representan. Por momentos es tan indignante que esta espectadora está a punto de convertirse en una fan de Nixon. El grupo de periodistas reunidos en la casa del editor del diario en bancarrota (que rivaliza con The New York Times y deja de ser un diario menor porque al Times le prohíben publicar lo que ELLA decide publicar) se siente heroico porque compagina unas páginas sueltas que el Assange del FBI les ha entregado. ¡Es todo tan hollywoodense! En algún diario argentino se la califica de “épica, emocionante sin golpes bajos, conmovedora”, en otro se habla de “la libertad de expresión, la solidaridad y el deber ser” en homenaje a una profesión que no practican. Hasta el final es hollywoodense, porque no muestra que Nixon no fue derrotado en las elecciones por esta filtración. Entonces, ¿cómo forzar la caída de Nixon, que ocurrirá años más tarde? En la película será con la consabida entrada a linterna en el Hotel Watergate para espiar a los demócratas. Give me a break, como dicen los gringos.

En cambio Bigelow reconstruyó una historia con un final nada hollywoodense. Los policías racistas de Detroit, autores de torturas, asesinatos por la espalda y violaciones de derechos humanos en el Motel Algiers, desde donde creen haber sido atacados por un francotirador, son absueltos. El agente de seguridad privada negro que intenta evitar su locura criminal tendrá que irse a vivir a otro estado porque no estará seguro en Detroit por el resto de su vida. El cantante de Los Dramatics, versión masculina de las Supremes, no podrá recuperarse del trauma que le provocaron estos pichones de Ku Klux Klan, renuncia a cantar para la discográfica Motown y será el humilde director del coro de una iglesia parroquial el resto de su vida. A los agentes que torturaron y mataron los levantan en peso en una auditoria interna pero la Justicia no reconocerá su responsabilidad. Al demente Krauss, que había asesinado a un joven en los saqueos antes de la irrupción en el Algiers, el agente de Asuntos Internos que lo interroga le grita: ¿Usted no sabe que no se mata a alguien por la espalda, a alguien que va desarmado y que no es una amenaza? Krauss le contesta: Señor, estamos en guerra, si no actuamos, qué pasará. Desde ahora, tranquilo, le dice el otro, y lo deja volver a la calle. Pero no se queda tranquilo, desata la masacre. Se la critica en The New Yorker como fracaso moral, o aquí porque no retrata la compleja situación política. El científico siempre mira a través del microscopio para focalizar un gran problema.

Es verdad que los superiores y la justicia de aquel año 1967 protegieron a los agentes asesinos. Pero el presidente Lyndon Johnson no los recibió en audiencia especial. Los torturadores y asesinos se diluyeron en la historia, y nunca volvieron a ejercer como policías.

 

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