Anclado en la historia de la Europa moderna y autor de libros claves sobre el totalitarismo, el rol de los intelectuales, la crisis de las izquierdas, el sionismo y las nuevas caras de la derecha, el notable historiador italiano Enzo Traverso visitó nuevamente la Argentina: acaba de ser distinguido con el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de La Plata. Cultor de la historia crítica y de revisar cuidadosamente los usos de la memoria, no deja de ser un lúcido observador de los fenómenos políticos actuales: ha dicho más de una vez, y en forma enfática, que la memoria del Holocausto le sirve a Israel para legitimar un nuevo genocidio en Palestina –lo analiza profundamente en uno de sus últimos libros, Gaza ante la historia– y se ha desmarcado de los que ven la irrupción de la ultraderecha en los últimos tiempos como un espejo del fascismo clásico. Lo considera como un fenómeno intelectual de moda.

Traverso, en tal caso, prefiere hablar de un “posfascismo”: algo en permanente transición y con diferencias regionales, encarnado en diversas personalidades y liderazgos. Una constelación heterogénea marcada por tensiones y contradicciones, con temporalidades, triunfos y traspiés alternados, entre movimientos y partidos de derecha tradicional y moderada, extrema derecha, fascistas y nacionalistas radicales, cuyas nuevas manifestaciones están apenas surgiendo en la historia y desarrollándose a escala global. A Milei, sin ir más lejos, lo definió como un posfascista neoliberal. Dijo en un reciente reportaje: “Lo que Milei pretende es hacer del modelo neoliberal el núcleo de una nueva civilización. Pero no es un proyecto nuevo. No es el «hombre nuevo» del fascismo clásico. Es una versión radicalizada de un modelo antropológico que ya domina el mundo global: individualismo, competencia, mercado. Lo que hace Milei es empujarlo hasta el extremo, y pretender que de ahí surja una nueva sociedad. Pero se trata de una intensificación de lo ya existente, no una alternativa histórica”.
Así es que observa al líder libertario como gestor de un modelo de sociedad neoliberal que pretende convertirse no solamente en una experiencia política sino en algo mucho mayor: una civilización. En otra de sus últimas intervenciones, reflexionó de forma expansiva: “La mutación más notable no es solo el fortalecimiento de la derecha radical, sino su nueva legitimidad. Lo que cambió respecto al análisis que hice hace diez años es que hoy la derecha radical se ha convertido en un interlocutor legítimo —y en muchos casos privilegiado— de las élites dominantes a nivel global”.
Entre su profusa bibliografía se encuentra la reciente reimpresión por Fondo de Cultura Económica de La violencia nazi. Una genealogía europea, uno de sus textos más extraordinarios. Graduado en la Universidad de Génova, con un doctorado en Francia, Traverso es catedrático en la Universidad de Cornell, en Nueva York, y, entre otros títulos, publicó también La historia desgarrada. Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales, Melancolía de izquierda, El pasado: instrucciones de uso, Revolución. Una historia intelectual, y Las nuevas caras de la derecha.

Hace décadas que una de las obsesiones más orgánicas de Traverso es el nazismo y su herencia cultural, política e ideológica. No casualmente lo trata en seminarios, conferencias, coloquios y textos, y La violencia nazi, publicado originalmente en 2002, nació como un ensayo corto que fue creciendo a lo largo del tiempo y encontró nuevas ediciones. Los nazis, en su singularidad histórica, decidieron quién debía y quién no debía habitar el planeta, tal como lo entendió Hannah Arendt. Más que cualquier otro genocidio, Traverso piensa que la memoria y las representaciones del siglo XX, tan vigentes en los discursos contemporáneos, se siguen recostando en Auschwitz como topos emblemático por ser el que introdujo la palabra genocidio –sin Auschwitz, no podría hablarse del genocidio en Gaza, por caso–, comparable al de la caída del Imperio romano, la Reforma o la Revolución Francesa por el lugar que ocupa en la conciencia histórica. Las cámaras de gas, en efecto, como signo de ruptura de la civilización: la firma de toda una época.
Pasaron varias décadas para que se asumieran esos crímenes: el negacionismo, hoy un ejercicio tan en boga de la ultraderecha para con las dictaduras de los ‘70, predominó en Europa durante un tiempo prolongado pese a las evidencias históricas de las que nadie podía sustraerse. “Un genocidio es, precisamente, el desgarro de ese tejido histórico hecho de una solidaridad primaria subyacente a las relaciones humanas, que permite a los hombres reconocerse como tales, más allá de sus hostilidades, conflictos y guerras. El reconocimiento de esta singularidad fue tardío, tanto desde el punto de vista de nuestra conciencia histórica como desde la historiografía del nazismo, pero logró dar por terminado un largo período de indiferencia, ocultamiento y negación”, escribe Traverso en La violencia nazi. Decenas de documentales, películas y una extensa literatura relatan cómo entre el verano de 1941 y fines de 1944, en apenas tres años y medio, el nazismo borraba a una comunidad inscripta en la historia de Europa desde hacía más de dos mil años. Con los campos de concentración y la “solución final” llegó prácticamente a erradicarla por completo en ciertas regiones, tal el caso de Polonia.

Traverso analiza el uso público de la historia, la confluencia del anticomunismo y el antisemitismo, y el surgimiento de un sistema planificado de producción industrial de muerte, “un engranaje creado por una minoría de arquitectos del crimen, puesto en práctica por una masa de ejecutores a veces afanosos, otras inconscientes, en medio de la silenciosa indiferencia de la gran mayoría de la población alemana, con la complicidad de Europa y la pasividad del mundo”.
Vigilar, castigar y matar: la muerte anónima en masa, la acumulación infinita de vidas sin valor. El ansia de clasificar y reprimir para luego exterminar. Un apetito de destrucción y de conquista que se edificó en una “guerra total”. El historiador italiano disecciona el nazismo y los lazos con el racismo y el imperialismo del siglo XIX, toma la influencia de Edward Said y su visión sobre las formas de dominación simbólica de la civilización occidental, estudia el faro del fascismo italiano, los modelos eugenistas y la “higiene de la raza”, el avance de la investigación científica, el darwinismo social y la imagen del judío como metáfora de una enfermedad del cuerpo social –hoy se trata a los palestinos de igual modo, como “subhumanos”, escribió en un artículo reciente–. “El nazismo era un producto bien europeo por la fusión de antibolchevismo y antisemitismo, de contrarrevolución y exterminio racial”, ensaya Traverso, promediando la mitad del libro.
No dejará de decir que la memoria de los crímenes atroces del nazismo está completamente pervertida, y que Israel fue una creación de la ONU en compensación por el Holocausto. Sin caer en el vicio de todo historiador por quedarse en “la obsesión de los orígenes”, La violencia nazi arma una genealogía pero inserta el fenómeno dentro del contexto de época y en su momento social y cultura. Traverso todavía se pregunta por las huellas que el nazismo y sus cómplices dejaron como experiencia de síntesis entre las diferentes formas de violencia occidental, con Auschwitz como hijo legítimo, producto de la civilización y no de la barbarie bajo una Europa liberal entendida como laboratorio de violencia del siglo XX, algo que el agite libertario de estos tiempos sólo entiende bajo un alineamiento genuflexo con la Israel genocida.
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