Violencia y conspiranoia preelectorales

En Estados Unidos crece la violencia racial entre civiles y las teorías conspirativas que favorecen a Trump

 

 

“¿Son conspiradores los que ves por la ventana, o es el espejo que refleja los parásitos charlatanes que tenés en la cabeza?” 
Stewart Stafford

 

"No vemos las cosas como son, las vemos como somos". Anais Nin

 

 

Cuatro de Julio, Día de la Independencia en tiempos de pandemia. En Indiana, un hombre negro se encuentra atrapado contra un árbol. Cuatro hombres blancos, borrachos y visiblemente alterados, lo atacan, gritando epítetos racistas. En California, seguidores de Trump vandalizan un mural de Black Lives Matter. Durante una protesta en Seattle, un hombre arrolla a una mujer causando su muerte. Un CEO de Silicon Valley insulta a una familia: “Chinos de mierda, Trump les va a cagar la vida, fuckers”. Estas son algunas de las escenas que, más allá de los fuegos artificiales y los desfiles militares, se viralizaron en el día de la patria. Un alguacil de Pensilvania llama a la “guerra racial y civil” en las redes. En Georgia, varios militantes afroamericanos marchan vestidos de fajina y armados con rifles semiautomáticos por si tienen que defenderse. En Salt Lake City se declara el estado de emergencia por “malestar civil”. Docenas de estatuas son derribadas por algunos, y defendidas con armas por otros. Los episodios de violencia racial entre ciudadanos, antes ocasionales, son moneda corriente. La posibilidad de paz parece cada vez más lejana en un país donde el 42% de la población dice tener por lo menos un arma en su casa. A pesar del evidente vuelco de la opinión pública a favor de la lucha antirracista, Trump, probablemente aconsejado por su asesor más xenofóbo y radicalizado, Stephen Miller, ha apostado por un discurso electoral identificado con la supremacía blanca y los valores del sur confederado, en un llamado a la “resistencia” ante el embate del “marxismo” y el “extremismo” del Black Lives Matter y las iniciativas progresistas.

Esta invocación al miedo tiene un correlato y un terreno afín en las teorías conspirativas, cada vez más politizadas y presentes en la vida cotidiana. Según Eric Olivier, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Chicago, la mitad de la población del país cree por lo menos en una teoría conspirativa. Podríamos ponernos algo conspiranoicos, y pensar que algún poder se esconde detrás de esta nueva ola surgida en Estados Unidos en un momento de pandemia donde todo se amplifica, y a poco menos de 100 días de las elecciones. 

Reproducidos tanto en los boudoirs de las cortes, en los márgenes de los ríos donde se lavaba la ropa, o en las reuniones deportivas del club, el rumor y el chisme —protagonistas fundamentales de la cultura oral— han sido desde siempre una efervescente fuente de transmisión de conocimiento. Saber secretos y transmitirlos produce una sensación de control y una complicidad entre “enterados”. Las conspiranoias se nutren de esa excitación que produce el rumor, la certeza de que el poder siempre te caga (idea que no parece tan descabellada) y la tendencia a la victimización. Surgen en tiempos de crisis y cambios políticos y sociales, y responden a la necesidad de organizar el caos percibido y de simplificar la complejidad de los hechos, los cuales se perciben como amenazantes.

 

 

 

 

“Las teorías conspirativas son una patología intrínseca de nuestra era, y el emergente directo de la evolución informática y las redes de comunicación”, dice Demián Aiello, autor del libro Conspiranoia para principiantes, y es que se reproducen por internet a la velocidad de la luz. Según las investigaciones de Goris y Voracek, los conspiranoicos son más proclives a la ansiedad y al sentimiento de impotencia, y sienten tanto una necesidad de reconocimiento grupal como de proyectar una imagen propia positiva, cosa que este tipo de red de pertenencia, donde absolutamente todo el “mal” está puesto afuera, les facilita. Aquellos que tienen ideas místicas y religiosas tienen más probabilidad de creer estas teorías. En general, se trata de personas que han desarrollado un gran cinismo en cuanto a la participación política. Hay más republicanos que demócratas en las filas conspiracionales, lo que no es sorprendente, ya que es un partido alérgico a la injerencia estatal y, desde la aparición de Trump, a la globalización. La mayoría de estas teorías conspirativas comparten estos idearios, y, como Trump, enfatizan la idea de una “élite” enfrentada al “pueblo”, lo que en el caso del Presidente —un símbolo de élite en sí mismo— no deja de ser una gran contradicción. 

Nerón no incendió Roma mientras tocaba la lira y cantaba, tal como lo inmortalizó Peter Ustinov en Quo Vadis. Ese día ni siquiera estaba allí. María Antonieta jamás dijo: “Si no hay pan, denles tortas”, aunque probablemente esa frase sea fiel a su desdén ante el hambre ajeno. Es que algunas teorías se aferran a un grano de verdad. No es osado imaginar a la CIA involucrada en la muerte de Kennedy, ni es difícil suponer que las grandes compañías de alguna manera complotan en contra de los consumidores (basta pensar en Monsanto). Podría decirse también que cierto grado de “paranoia” (en el sentido coloquial) es usual —y normal— en los seres humanos, con tanto engañapichanga alrededor. Lo que no es normal es creer que una red marxista, global y pedófila está complotando para imponer una dictadura universal, como aseguran los seguidores de algunas de estas teorías. Pero, ¿qué es normal y qué es delirante hoy, cuando el mercado bursátil sigue en alza durante la peor crisis económica desde la Gran Depresión de los años '30, con récords de muerte, desempleo, destrucción de la riqueza y deuda pública? 

Nunca antes hubo tantas conspiranoias, ni tan variadas. El término paraguas que agrupa a la mayoría de ellas es el mentado Nuevo Orden Mundial, bajo el cual florecen las teorías Illuminatti, Pizzagate, Soros, Bill Gates, 5G, Qanon y Terraplanismo, entre muchas otras. Este “nuevo orden”, que se presenta como un plan para instaurar un gobierno mundial único, colectivista y burocrático, parece ser en realidad bastante antiguo. Sus adherentes mencionan, entre otras pruebas de su existencia, los enigmáticos símbolos que se encuentran en el billete de un dólar, que fueron ideados en 1977. La pirámide, el ojo, y la frase en latín Novus ordo seclorum (Nuevo orden de los siglos), visibles en el sello del reverso, son quizás las imágenes más repetidas en los posteos conspirativos que se replican en Internet.

 

 

 

El diseño del billete responde a la simbología que los padres fundadores sugirieron: el ojo de Dios significando la providencia, la pirámide como símbolo de la construcción, y la frase que inaugura el comienzo de una nueva era en el país. Los adeptos a esta teoría encuentran también una evidencia en la mención a un nuevo orden mundial por parte de dos Presidentes norteamericanos, específicamente luego de la Segunda Guerra y la caída del Muro de Berlín. Ciertamente hay momentos en los que el balance de poderes cambia, y han existido en el mundo alianzas oscuras e instituciones y administraciones corruptas y asesinas, pero esto no necesariamente prueba un complot internacional y totalitario. Hasta los años '90, la teoría de un Nuevo Orden Mundial se circunscribió a grupos marginales de ultraderecha y fundamentalistas cristianos. Desde que fue asimilada a la cultura popular, los académicos de ciencias políticas vienen alertando sobre la posibilidad de que la idea de una mega conspiración global promueva una “histeria de masas” y el surgimiento de demagogos ultranacionalistas autoritarios. Señoras y señores, con ustedes, Mr. Donald Trump, quien casualmente comenzó su participación en la política promoviendo furiosamente una falsa teoría según la cual Obama no habría nacido en Estados Unidos, y lleva casi cuatro años llamando al calentamiento global “una farsa”. 

La teoría Illuminati supone una confabulación siniestra de larga data que involucra a una fraternidad. Ciertamente, muchos personajes históricos, como Washington, San Martín o Voltaire pertenecieron a hermandades como la Masonería. La palabra Illuminati se refiere a una de ellas que surgió en Alemania en el siglo XVIII, cuya misión era combatir la influencia religiosa en la vida pública, denunciar los abusos del poder del Estado y promover la igualdad entre géneros. Poco sabrían estos señores de calzas, moños e ideas avanzadas, que luego de de 230 años una teoría conspirativa llevaría su nombre. Tampoco podrían haber imaginado que se encontrarían emparentados con otros improbables conspiradores, como los miembros del Pizzagate. En esta teoría, los cabecillas ahora serían no sólo poderosos, sino demócratas y pedófilos. Surgida en 2016 y vastamente utilizada en la campaña electoral de Trump, esta teoría sostuvo que Hillary Clinton, junto con algunos miembros jerárquicos del partido demócrata, operaban una empresa criminal de tráfico de niños en una pizzería muy concurrida de Washington D.C. llamada “Comet Ping Pong”.

 

 

 

La conspiranoia se viralizó y los dueños del restaurant fueron amenazados de muerte —diariamente—, hasta que vieron entrar por la puerta a un hombre armado que había viajado cientos de millas para “salvar a esas criaturas”. En estos meses preelectorales, la teoría “Pizzagate” ha resurgido, corregida y ampliada, ya que a la banda de los “demócratas pedófilos" se le han sumado celebridades, quizás por contagio mediático con el caso Jeffrey Epstein, De ahí a la próxima teoría hay un paso, y no es nada agradable. Según los seguidores de Qanon, los miembros de esta pandilla criminal se alimentan de fetos abortados. Como verán, investigar sobre conspiranoias es bastante desmoralizador, y es que, como dice Demián Aiello, “el conspiranoico se queda tranquilo poniendo nervioso a los demás”.

Qanon es quizás la teoría de la derecha alternativa más obviamente entramada con la campaña política de Trump. En 2017 el usuario anónimo llamado Q, un supuesto empleado del gobierno de alto rango con acceso a secretos de Estado, comienza a postear en foros de extrema derecha. Q define a Trump como una suerte de profeta que viene a salvar a la humanidad del control total por parte de los mencionados pedófilos marxistas. Qanon es ahora, en la práctica, una secta religiosa que espera ansiosamente las llamadas “migas” de información codificada que Q les aporta para marcarles un camino. Un movimiento del brazo de Trump, una frase al azar en un discurso o el número de la camiseta que le da a un jugador se transforman automáticamente en señales celebradas y compartidas fervorosamente. Cada vez es más común ver en los eventos de Trump participantes con remeras y carteles con el signo de Qanon. Los juramentos de fidelidad a la organización, que consisten en una declaración solemne ante una biblia, se reproducen prolíficamente en las redes, sumando esta semana el del ex-director de la CIA y ex-consejero de Seguridad Nacional de Trump, Michael Flynn, quien ya desde las anteriores elecciones había replicado con entusiasmo cuanta teoría conspiracional pudiera apoyar al Presidente.

 

 

 

Las candidatas republicanas Marjorie Greene (Congresista), y Jo Rae Perkins (Senadora) han declarado públicamente su adhesión a la causa. El mismo Trump retwitteó cuentas relacionadas a Qanon 72 veces en 2019. Los hashtags relacionados,  #Q,  #Qpatriot y #Thegreatawakenig (#Elgrandespertar), han producido durante 2019 un promedio de 61.000 tuits mensuales, una presencia mayor en esa red que el #Metoo o #climatechange. Es un fenómeno nuevo, pero cada vez más organizado, radicalizado e intenso. “Donde va uno, vamos todos” es el lema. Y todos van contra Hillary, Obama y Soros, presuntos golpistas y caníbales de niños, una mujer, un negro y un judío, respectivamente. Sepan disculpar, pero aquí veo algo más que una casualidad. ¿Me estaré poniendo paranoica?

De ese trío "maléfico" (al que no intento defender, sino describir como objeto de las conspiranoias), el más mencionado es Soros, y merece, junto con Bill Gates, un párrafo aparte. George Soros es un millonario y filántropo de origen húngaro, sobreviviente del Holocausto y fugado del régimen comunista, reconocido por su apoyo a las causas progresistas. Caracterizado a través de las redes como “demonio marxista”, es probablemente el personaje más odiado de la ultraderecha norteamericana. La razón más visible es probablemente religiosa: el movimiento anti-aborto ha encontrado en Trump y su elección de nuevos miembros de la Corte Suprema una esperanza. Ante la ofensiva de estos grupos, Soros ha dedicado una parte de su fortuna a asegurar la permanencia de Planned Parenthood, una antigua institución que brinda aborto gratuito o a precios reducidos, lo que ha causado animosidad en su contra, e incluso el envío de una bomba a su casa.

No es casual que su nombre haya comenzado a viralizarse en la Argentina en el momento de la presentación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Soros también sostiene organizaciones de salud, ambientalistas y educacionales, siempre con impronta progresista, las cuales tienen poder de lobby para empujar legislaciones. La mención de su nombre junto a la de los Rotschild, familia que supo tener poder real en épocas pasadas, destila cierto tufillo antisemita. Soros comparte con otro millonario, Bill Gates, la oleada de odio por parte de este incipiente grupo conspiranoico que sale a manifestarse en Buenos Aires desde hace unos pocos meses. Su preocupación por las pandemias y su apoyo a la producción de vacunas (sólo en estos 4 meses donó 300 millones de dólares al desarrollo de una para el Covid-19) ha vuelto a Gates objeto de sospecha: aparentemente estaría interesado en implantar microchips junto con la vacuna para establecer un control poblacional.

Gates también donó 5.000 millones de dólares para combatir la pobreza en África en los últimos cinco años. Tanto Gates como Soros se han pronunciado a favor de impuestos más altos para los más ricos. Imagino que si buscamos a millonarios conspiradores, podríamos estar mirando a Mark Zuckerberg, que tan poco hizo para evitar la proliferación de las conspiranoias en Facebook, o a Paul Singer, que tanto hizo para hundir a algunos de los mismos países a los que Gates brinda ayuda. Pero bueno, son millonarios, y encima progresistas: una combinación explosiva para las teorías conspirativas de moda.

Existen otras conspiranoias que se centran en Covid-19, y se basan también en el Nuevo Orden Mundial. Para algunos el virus fue diseñado por un grupo siniestro, para otros en realidad es un invento, y hay hasta quien piensa que los tests se utilizan para infectar a la gente, y que las vacunas tendrán ese mismo objetivo. En todas estas teorías, la meta es el control sobre la población y el establecimiento de un gobierno único. El rastreo de contactos que se intenta en casi todos los países para poder frenar al virus significa, sin duda, que más ciudadanos estarán “controlados”, pero toda teoría sobre un virus intencional se cae cuando observamos que las consecuencias de la inestabilidad, la muerte  y la destrucción de la riqueza son sufridas por todos los “poderes”.

Una conspiranoia similar es la que se refiere al 5G (quinta generación de tecnología celular). Si bien tiene la posibilidad de cubrir más espectro u ofrecer más rapidez que sus antecesoras, utiliza una radiofrecuencia que no difiere de las anteriores versiones, 3G y 4G. Desde la aparición de Covid-19, el miedo que ya había sido instalado en algunas personas respecto de la peligrosidad de la tecnología escaló hasta la idea  de que las torres que se utilizan para su transmisión están propagando el virus, certeza que llevó a algunos fanáticos en Inglaterra a destruir varias de estas torres y a agredir a los trabajadores de las compañías telefónicas que las instalan. Uno diría que son tiempos para estar unidos y promover la  paz, pero aparentemente, los tiempos difíciles no nos inmunizan de esa tendencia a romper, entorpecer, culpar y demonizar que tanto pero tanto mal nos causa. Si lo sabremos los argentinos. 

Dejamos para lo último la conspiranoia más nerd y, aparentemente, la menos ideológica: el Terraplanismo. Esta sostiene que ciertas instituciones (especialmente la NASA) y algunas grandes figuras de la ciencia son parte de una gran mentira. Sus seguidores tienen la particularidad de discutir la redondez de la tierra con gráficos y ecuaciones complicadas, y ese lado pseudocientífico los diferencia de otros “conspiranoicos”. Denuncian a Newton, a Einstein y hasta la empresa Boeing como impostores. Si bien hemos crecido pensando que la creencia de una tierra plana era lo habitual en la antigüedad, esto ha sido largamente refutado. Desde Anaximandro a San Agustín, la tierra ha sido descrita regularmente como una esfera, aunque un grupo de excéntricos del siglo XIX, basados en alguna referencia de la Biblia, le hayan dado a la tierra plana una mayor entidad. Si intentamos explicarle a un terraplanista que Sebastián Elcano volvió al mismo punto navegando hacia el oeste, responderá con teorías sobre la atmósfera y el magnetismo. También niegan la gravedad, la llegada a la luna y la existencia de Australia. En lo que sí creen definitivamente es en ese Nuevo Orden Mundial que nos convence, desde tiempos inmemoriales, que la tierra es redonda, sólo para dominarnos a través de la diseminación de una ciencia completamente falsa. 

"La loba, la loba vendrá por aquí / si esta niña linda no quiere dormir”, cantaba mi abuela española. La estimulación de la imaginación en la infancia es pura fantasía, y hemos crecido habitados por princesas vaporosas y hombres de la bolsa. Son las imágenes del miedo las que más excitan la mente infantil. Federico García Lorca, en su conferencia sobre las nanas infantiles, dice: “La fuerza mágica del coco (cuco) es precisamente su desdibujo. Nunca puede aparecer, aunque ronde las habitaciones”. El cuco que obsesiona a los conspiranoicos es eficiente porque, si bien le ponen nombre, no es tangible. “El miedo que produce es un miedo cósmico, un miedo en el cual los sentidos no pueden poner sus límites salvadores, sus paredes objetivas que defienden, dentro del peligro, de otros peligros mayores”, dice el poeta. Hoy los peligros mayores son muy concretos y demasiados reales. Cualquier conspiranoia parece banal frente a los cientos de miles de muertes por Covid-19 en sólo cuatro meses. La manipulación política del miedo parece aún más miserable ante tanto dolor e incertidumbre.

 

 

Miro fotos de la manifestación del 9 de Julio en Buenos Aires: frente a la Casa Rosada aparece un sólo cartel, con la imagen de Bill Gates y la leyenda “Control Poblacional”. Desde el parabrisas de un auto, un cartel reza “Fase uno: fusilar políticos, Fase 2: fusilar sindicalistas. Fase 3: Argentina despega”. Me pregunto porqué será que estos pueblos, al  sur y al norte, no parecen capaces de estar a la altura de los inverosímiles tiempos que nos toca vivir, promoviendo la unión, controlando los niveles de agresión y descartando información descabellada como la de las conspiranoias, esas que en realidad causarían mucha risa por su nivel de delirio, si no provocaran también tanto espanto.  

 

 

 

 

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