Violencias invisibles

La organización escolar en tiempos de pandemia, una invitación a la huelga mundial de madres

 

¿Hablamos de violencias invisibles? Somos miles las madres que aún hoy no sabemos cómo será la escolaridad los primeros meses del año o que hemos recibido, a último momento, una agenda de horarios estrambóticos absolutamente incompatibles con la vida laboral de cualquier mortal. Todo esto deja en evidencia, una vez más, la invisibilización de lo que implican las tareas de cuidado y planificación en el hogar.

El menosprecio de lo que significa organizar nuestras vidas personales, laborales y familiares en base a los horarios de la presencialidad escolar, es violencia. Hasta que podamos verlo y nos hagamos cargo, no habrá igualdad que valga.

Para quienes alegan que “esto no es una cuestión de género, también les pasa a los papás”, les recuerdo que estadísticamente hablando, por ahora, el peso de estas tareas recae sobre las mujeres casi con exclusividad. Para aquellos otros que sostienen “esto no es cuestión de género, estamos en pandemia”, les refresco que muchísimos rubros que afectan a otros sectores de la sociedad se han organizado muy bien y en tiempo record (comercio, entretenimientos, gastronomía, etc.). Al parecer, nosotras, siempre podemos esperar un poquito más que el resto.

Las mujeres madres somos el 53% de la población femenina y –en el 75% de los casos– tenemos a cargo la organización de la casa y de las agendas de nuestros hijos e hijas, además de nuestra propia vida, de la que con suerte nos podemos ocupar en algún momento.

Me pregunto: ¿cuánto aguantarían los varones de nuestra sociedad que se los tuviera en suspenso, a esta altura del año, para organizar sus vidas laborales y personales de los próximos meses? ¿Cómo reaccionarían? ¿Cómo funcionaría el sistema si se les exigiera a los padres adaptar sus vidas, sus horarios y sus ambiciones a las necesidades de sus hijos e hijas?

Las violencias invisibles son la base, la raíz de las violencias explícitas y alevosas de las que nos horrorizamos. Son molestias a las que nos acostumbramos desde que nacemos, que aceptamos como lógicas, desventajas que parecen ser inevitables por el solo hecho de haber nacido mujeres. ¿Vos querías trabajar mucho? Y bueno… no hubieras tenido hijos… ¿Vos querías tener hijos? Y bueno… te va a costar trabajar.

El varón decide tener hijos y su mundo social y laboral cambia módicamente. ¿Cuánto importa para un cargo si el varón tiene o no tiene hijos? Pero sos mujer y decidís ser madre y “ay, qué pena… este cargo implica demasiada responsabilidad, los chicos se te van a enfermar, se te va a complicar organizarte, bla bla”. Y vamos a poder, claro, porque siempre podemos, pero nos va a costar el doble que a un tipo. El precio de realizarnos es muy alto y, aun así, si lo logramos, nos sentimos privilegiadas, o peor, orgullosas. Sentimos orgullo del sacrificio que implica la desigualdad de género. ¿No es insólito?

La sociedad entera naturaliza un sistema que deja a las mujeres madres en absoluta desventaja siempre, como si los hijos e hijas que criamos fueran bienes personales, como si no fueran a formar parte de este mundo y de este sistema que los tiene de consumidores desde el primer día de vida. A veces imagino una huelga mundial de madres, dejar de tener cría por cinco años por ejemplo… ¿Cuánto tardaría el sistema en nivelar estas desigualdades para que volviéramos a reproducirnos? Este planteo suena a delirio, sin embargo, desde mi punto de vista, es más delirante la naturalización que existe de estas desigualdades que imaginar un hecho semejante.

Una vez me dijeron que plantear estos temas en un contexto pandémico en el que hay un femicidio por día era pretensioso e inoportuno. Sin embargo estoy convencida de que si no nos ocupamos nada va a cambiar nunca. No habrá cárcel ni castigos capaces de hacer que el abuso y la violencia desaparezcan porque es acá donde se gestan y reproducen.

Por el momento, pareciera que nuestro tiempo, nuestras necesidades, deseos, proyectos y ambiciones, nuestro descanso, bienestar y placer no valen tanto. En definitiva, pareciera que lo que no vale tanto es nuestra vida. Y después nos preguntamos por qué nos matan.

 

* La autora es comunicadora y comediante. Referente en materia de parto y nacimiento respetados en Argentina, feminismo y maternidad. Madre de dos. FB/IG @parimosconciencia TW @alu_petrella