VÍSPERAS DE OKTUBRE

Estamos a tiempo de reescribir la moraleja de esta fábula

 

Semanas atrás HBO Max estrenó un documental sobre Paul Newman y Joanne Woodward que se llama The Last Movie Stars. (Literalmente, Las últimas estrellas de cine.) Dirigido por el también actor Ethan Hawke durante la pandemia, repasa la carrera, la vida en común y la militancia política y social de esta pareja de titanes a quienes les debemos films como Las tres caras de Eva (1957), Cool Hand Luke (1967), Rachel Rachel (1968), Butch Cassidy (1969), El golpe (The Sting, 1973) y Mr. and Mrs. Bridge (1990). Es una reflexión sentida y amorosa sobre lo que significa crecer delante de las cámaras. Al promediar el cuarto capítulo, Hawke incluye una entrevista a Newman durante la cual el actor de The Hustler (1961) y El color del dinero (1986) tira una idea que me dejó pensando.

Técnicamente, Newman habla sobre su oficio. Dice que a medida que trabajan y se desarrollan, los actores tienden a contagiarse de las criaturas que fueron escritas para ellos, al punto que a menudo tienen la sensación de ser «una colección de viejos personajes que interpretaron». En un estado de ánimo caviloso, rico en silencios, Newman acepta que «a veces pienso que me convertí en una especie de conector entre los personajes que me gustaron, y que los até a todos en una especie de ser humano».

 

Paul Newman y Joanne Woodward: las últimas estrellas de cine.

 

Lo que plantea es comprensible. Resulta lógico que el actor se apodere de características de los personajes que le dieron satisfacciones y que las adopte para su vida, aquella que transcurre fuera de los sets y lejos de los escenarios. Ni siquiera tiene que tratarse de un proceso consciente, de una decisión: seguramente les ocurre a muchos, sin que se den cuenta. Rasgos que, cuando los pusieron a prueba en el laboratorio del rodaje o la puesta —en ese container dentro del cual las variables están controladas—, les hicieron sentir que conectaban con algo que producía un efecto positivo en ellos mismos y también en derredor. Cierta forma de plantarse, de bromear, de seducir, de caminar, de mirar, que los convenció de haber dado con una versión más evolucionada, o al menos más exitosa, de sí mismos.

Este juego no es patrimonio exclusivo de los actores. Todos hacemos algo parecido, lo sepamos o no. Durante la creación de nuestra personalidad —un trance que puede durar la vida entera, en muchos casos—, vamos tomando elementos de las personas con las que nos cruzamos, embebiéndolos como esponjas. Más allá de lo genético, se nos pegan el lenguaje pero también los tonos e inflexiones de las personas que nos crían — y su forma de reír, de enojarse, de moverse. Cuando salimos al mundo y socializamos, la cosecha de rasgos se torna más selectiva: picoteamos aquí y allá, tomando cositas de compañeros, amigos y profesores a los que admiramos o envidiamos. Pero este proceso no se limita a las personas reales. Hacemos algo parecido con los personajes de las ficciones que nos impresionaron. Copiamos lo que está a nuestro alcance, mediante ensayo y error. Nos quedamos con lo que rinde y descartamos lo que no funciona. A veces se trata de una fase, nomás. Esto es común durante la adolescencia y juventud. Pero aunque superemos ciertos manierismos, conservamos otros que van añadiéndose como capas geológicas a nuestra personalidad.

En esta era de medios masivos (e invasivos), la influencia de las ficciones sobre la personalidad es inconmensurable. Algo muy distinto ocurría cuando, por ejemplo, interactuábamos tan sólo con las personas de nuestro pueblo y no disponíamos ni de libros. En aquel entonces no existían para uno más referentes que los de carne y hueso. Ahora somos moldeados por figuras de ficción, que nos enseñan cómo debe comportarse alguien popular, sexy, heroico, irresistible, divertido o profundo. Nuestras formas de relacionarnos y hasta de sufrir están condicionadas por la forma en que vemos actuar a personajes que nos deslumbran en películas y series.

 

Paul Newman en «Butch Cassidy».

 

 

Aunque no seamos Paul Newman, todos somos actores de nuestras vidas. Vamos creando el personaje propio, día tras día: en este sentido somos escritores y guionistas, directores e intérpretes del relato de la existencia que llevamos adelante.

Pero lo que más me intrigó de esta idea no fue su aspecto individual, la forma en que va amasando a cada uno. Lo que me pregunté —porque se trata de un proceso sobre el que pesan las herencias pero también la voluntad, los condicionamientos pero también el trabajo para superarlos, los ejemplos y modelos pero también la síntesis propia— fue lo siguiente: esto que nos ocurre a todos en tanto personas, ¿le ocurre también a los países, a las naciones? ¿Se podría decir que hacen lo mismo que nosotros: absorber, imitar, tantear, descartar, asimilar elementos, perfeccionarse, tolerar accidentes y perseverar, hasta construir algo que pudiese ser definido como una personalidad?

 

 

 

Al otro lado del río

A primera vista —de volea, antes de pensarlo demasiado—, diría que sí: que las naciones atraviesan algo similar, parangonable al proceso de la formación de la personalidad humana. Al principio las naciones son uno con la entidad geográfica o geopolítica a la que ya pertenecen: indistinguibles de su matriz, como la criatura que crece en vientre ajeno. Cuando al fin se reconoce como ente individual, también imita conductas de naciones a las que considera próximas, al menos en espíritu: emula luchas, instituciones, usa Constituciones ajenas como modelos. Le falta mucho aún para saber quién es en verdad: todo lo que entiende es que quiere existir, dejar de ser indeterminada para determinarse; y que se enfrenta a múltiples condicionamientos armada con su voluntad y un puñado de buenos propósitos, tomados de manifiestos extranjeros que recrea a las apuradas en proclamas, leyes, himnos y banderas.

Al igual que pasa con cada uno de nosotros, una vez establecida la independencia de la nación comienza la tarea fina. Hemos dejado la casa familiar y encarado una tarea productiva mediante la cual deberíamos valernos solos. Pero en primer lugar, debemos probar en los hechos que eso es verdad, que podemos autoabastecernos y conservar nuestro espacio en condiciones habitables. Y en segundo término, aun cuando superemos esas pruebas, queda pendiente lo fundamental. Uno puede haberse cortado solo y ganar el pan cotidiano, y seguir sin tener idea de quién es en verdad.

 

Paul Newman en «El golpe».

 

Ese es el subtexto, entiendo, de la precupación que exhibía Paul Newman. Porque el mecanismo a través del cual nos echamos encima determinadas características está más o menos claro, seamos actores o ciudadanos de a pie. Pero aun cuando nos hayamos vestido de sobra con rasgos tomados aquí o allá, eso no constituye per se una personalidad. Puede tratarse de una impostura total, completa. Un disfraz que no representa sino que disimula quiénes somos de verdad, en lo más hondo. Porque una cosa es calzarse encima un montón de pilchas que manoteamos a la carrera de diversos estantes, y otra muy distinta portar un traje hecho a medida. De las dos formas estás vestido ante la mirada ajena, pero sólo una corresponde como se debe a las características del maniquí.

Prolongando el juego, me pregunto: ¿cuál sería la personalidad de la Argentina, de tenerla? O al menos: ¿en qué etapa del desarrollo de su identidad estaría? Porque de eso hablamos, cuando nos referimos a personalidad. «Diferencia individual que constituye a cada persona (o nación, en esta hipótesis) y la distingue de otra», dice el diccionario. Pero si le preguntás al mataburros que significa «identidad», te dice: «Conciencia que una persona o colectividad tiene de ser ella misma y distinta a las demás». Suena a que se trata de conceptos idénticos, pero no. Como lo sugería Paul Newman, todos tenemos algo parecido a una personalidad aparente, que puede no concordar con quien somos. Un patchwork de telas y tejidos constituye un vestido funcional, que sin embargo no tiene por qué corresponderse necesariamente con nuestra identidad.

 

Patchwork.

 

La Argentina está vestida como Dios manda. Tiene su territorio delimitado, su Constitución, un sistema de gobierno (democrático, republicano, federal) y recursos para sostenerse. ¿Pero le queda bien esa pilcha, es la adecuada? ¿O se la chantó porque la vio en otras vidrieras y le encantó, pero le queda como el culo? ¿Es una nación hecha y derecha, o una especie de nación, en el mismo sentido en que Newman se cuestionaba a sí mismo si él no era «una especie de ser humano»?

A juzgar por la historia reciente, la Argentina no se siente cómoda con su pilcha. La vemos fastidiarse a diario, no como quien lidia con tareas concretas a coronar en pos de un objetivo mayor, sino como quien yuga mal, a los tirones, sin convicción, y mientras tanto se pregunta qué está haciendo, si tiene sentido, si lo suyo no será un disparate.

Si me viese forzado a redondear el diagnóstico imaginario, yo diría que la Argentina no arribó a su madurez. Que sabe quién es, que es consciente de su identidad, pero que se ha pegado tantos palos últimamente —en especial, desde que buena parte de esa identidad logró ser articulada y expresada por cierto movimiento político—, que ha empezado a dudar de la conveniencia de intentar ser genuina. Y por eso se pregunta si no le convendría resignarse, decir ma sí, bajar la cabeza y dejar de llamar la atención, de protestar, de reclamar cosas que creía justas. ¿No sería ese un precio a considerar, con tal de que nos dejen de hinchar las pelotas y podamos vivir en paz?

Un planteo falaz, porque depende de dos imposibilidades. Para empezar, uno no puede dejar de ser quien es. Aun cuando lo reduzcan a la esclavitud y se limite a cumplir órdenes sin chistar, por debajo de las cadenas —esto es: aún frustrado, resentido, silenciado— seguirá siendo el mismo. Aun cuando mastique bronca a diario y su alma sufra de bruxismo, seguirá siendo el mismo.

Pero incluso si nos aceptásemos como vencidos, resignados, sometidos, los explotadores nunca dejarían de hincharnos las pelotas. Nunca nos permitirán vivir en paz. Porque siempre considerarán que pueden sacarnos unas gotas de jugo extra, exprimirnos un poco más. Porque creen que todavía amarrocamos una libra de carne que en realidad es suya y reclamarán como parte de pago de lo que les adeudamos. Es que así son, esa es su identidad: la del escorpión de la triste fábula.

Por eso habría que recordarle, a la atribulada nación que no consigue estabilizarse en su madurez, que la rana de la fábula tiene opción.

Si se blinda a la labia del escorpión —si no entra en su juego, si no se deja empaquetar—, podría dejar atrás a la alimaña, preservándose de su ponzoña al otro lado del río.

 

 

 

 

 

 

Mestiza, plebeya e independentista

Hay varios hilos conductores que hilvanan nuestra historia. Esta nación ya hizo el laburo que había que hacer para destilar su identidad y, acto seguido, asumirla. Existe un continuum que liga a los pueblos originarios con las luchas independentistas que los morenos llevaron a la victoria, con la tarea revolucionaria de Moreno —tanto en lo político como en lo periodístico—, con Belgrano, San Martín y Rosas, con Hipólito Yrigoyen y los Perón. Durante este proceso se echó mano a experiencias previas de naciones extranjeras que sirvieron de inspiración. («Tengo que modelarme a imagen de alguien», dice Isaac Davis, el personaje de Woody Allen en Manhattan.) Pero lo indiscutible es que, más allá de los matices, este trámite y sus protagonistas apuntaron con notable consistencia en dirección a la identidad común: una nación democrática, republicana, federal, respetuosa de la pluralidad de voces y de los derechos de todas y todos, de puertas abiertas a los inmigrantes y además integrada, por origen y vocación, a la guirnalda de naciones latinoamericanas.

 

Woody en «Manhattan»: «Tengo que modelarme a imagen de alguien».

 

 

Si esa identidad hubiese sido impuesta contra natura, debería haber quedado alguna evidencia en la cultura popular. De sentir que se los forzaba a cabalgar por un sendero inapropiado, los grandes artistas argentinos habrían corcoveado para quitarse esa montura de encima. Pero, por el contrario, el repaso por nombres distinguidos de nuestra cultura —José Hernández, Gardel, Discépolo, Arlt, Alfonsina, Borges, Oliverio Girondo, Homero Manzi, Oesterheld, Hugo del Carril, Antonio Berni, Silvina Ocampo, Rodolfo Walsh, Piazzolla, Alejandra Pizarnik, María Elena Walsh, Julio Cortázar, Juan Gelman, León Ferrari, Alberto Breccia, Leonardo Favio, Quino, Fontanarrosa, Mercedes Sosa, Charly, Spinetta, el Indio Solari y así, ad casi infinitum— parece refrendar la opción por la identidad democrática.

Unos pocos de estos que acabo de mentar se acomodaron bajo el paraguas dictatorial, lo sé. Los tranquilizaba la protección militar, pero al mismo tiempo el tufo bananero que se desprendía de ese tipo de régimen les daba asquito, y por eso se preocupaban por expresar su admiración por las grandes democracias de Occidente. Lo cierto es que, más allá de la divisoria peronismo-antiperonismo, toda esta gente aceptó enmarcarse dentro de los parámetros establecidos por la Constitución y los principios que consagraba. Y que, con la excepción de algún nombre disonante, la mayoría de los artistas que hicieron roncha y destacaron aquí y en el mundo no reflejaron una herencia clasista y excluyente sino mestiza, plebeya e independentista.

Nuestra cultura está en las antípodas de lo tradicionalista y conservador. Los grandes artistas argentinos han sido y son cuestionadores, crean formas nuevas, se juegan por la evolución constante. Y el único sistema político que permite y alienta tanto la experimentación como la expresión libre es la democracia moderna.

No la dictadura que vigila contenidos y censura, no el imperio de mercado que sólo valora y promueve lo que gana guita. Únicamente la democracia moderna, que cuida de la cultura local, defiende la libertad de palabra y garantiza el derecho de las minorías a ser oídas.

 

 

Pero entonces, si sabemos quiénes somos y la experiencia histórica transparentó el valor de ciertas opciones innegociables —por mencionar sólo dos: el rechazo a toda violencia y la apuesta por la justicia humana—, ¿por qué pasa lo que nos pasa? ¿Sería el de Argentina un caso de identidad bien definida, que simplemente tiene mala suerte en el concierto del mundo? ¿O, por el contrario, se trata del caso de quien sabe quién es y qué pretende, y sin embargo no termina de asumirlo —y asumirse— del todo, de ser fiel a sus mejores instintos y defenderlos?

¿No es la naturaleza cíclica de nuestra historia la muestra de un conflicto mal resuelto, o de un trauma original no superado? La alternancia de procesos populares y regímenes represivos que viene teniendo lugar desde hace ya casi un siglo —y, dentro de este contexto, el tipo de persecución desatado por el poder real contra toda figura que encarne anhelos populares— significaría eso mismo: las dificultades de la nación para acceder a un nivel de madurez que impida que cada veinte años se arrase con las conquistas sociales y políticas que tanto costó obtener.

Yo estaba convencido de que la última dictadura representaba un trauma de dimensión tan bestial que había creado —sin querer, por supuesto— una frontera infranqueable, aquello que quedó acuñado en la fórmula nunca más. Es lo que se desprendía de la extensión de la masacre, de la perversidad con que la manejaron y de la profundidad de nuestra herida psíquica. Pero hoy en día miro en derredor y me pregunto si aquella frontera sobre la cual no estábamos dispuestos a regatear era tan innegociable como pretendíamos. En el contexto de la inflación galopante, la democracia argentina es la única mercancía que se ha depreciado.

 

 

Porque eso es exactamente lo que ocurre, sin que nadie reaccione. Los ladrones de guante blanco que se encuentran entre los hombres más ricos de nuestro país nos birlaron la democracia sin que nos diésemos cuenta.

No sé cómo llamar a este sistema en el cual vivimos hoy, pero está claro que democracia no es. Porque no hay democracia si no se respeta la voluntad de las mayorías. Y en nuestra situación actual, las únicas voluntades que se imponen son las de la Embajada, la de los empresarios más poderosos y la de un puñado de agrogarcas.

 

 

 

¿Quién gobierna la Argentina?

El 23 de agosto, Alfredo Serrano Mancilla —doctor en Economía y director del CELAG (Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica— publicó un textito en Twitter que describe la situación actual con una lucidez que no he visto en otra parte. (Razón por la cual huelga subrayar que la idea que plantea allí no obtuvo la repercusión que merecía.) «Se rompió el pacto institucional en Argentina», escribió. Y agregó, cerrando el diagnóstico: «Se terminó el Estado de Derecho».

Cuando leí ese mensaje me quedé helado, porque decía algo gravísimo. Para las generaciones que sobrevivimos a la dictadura y apoyamos nuestra sobrevida sobre un trípode que creíamos sólido —la democracia es irrenunciable, la violencia es intolerable y la justicia efectiva es imprescindible—, las palabras de Serrano Mancilla equivalen a la apertura del suelo debajo de nuestros pies. Lo tremendo es que tiene razón. Para probarlo no necesitaríamos más evidencia que el bloqueo que Horacio Noolvides Larrenta montó alrededor de la Vicepresidenta de la Nación, convirtiéndola en una isla inaccesible, varada en un mar de vallas y policías; o la agresión que sus uniformados dirigieron al gobernador de la provincia más grande de la Argentina, Axel Kicillof, cuyo auto fue golpeado en Recoleta ayer por la tarde. Pero hay mucho más.

Serrano Mancilla lo explica así: «Se tambaleó la Democracia porque no gobierna quien es electo, lo hace el Poder Judicial». Y es así.

De los tres Poderes sobre los que se funda el Estado —otro trípode—, el Legislativo está bloqueado por el desempeño de la oposición, que se dedica a frenar cada iniciativa presentada por la bancada oficialista. El Poder Judicial, liderado por la Corte, hace lo que se le canta el culo aun cuando ello signifique cagarse en su propia jurisprudencia. El hecho de que tolere prisiones políticas, de que aliente tácitamente la persecución a Cristina, de que no investigue hechos como el endeudamiento macrista mientras habilita a los poderosos el juego que les resulta más conveniente —porque este Poder Judicial interviene en la economía de forma decisiva, no olviden el caso del juez que avaló a un empresario en su reclamo de obtener 20 palos verdes a precio oficial para comprar… toallas—, significa que quien gobierna es la Corte, o por lo menos co-gobierna, dejando abierta la cuestión de quién gobierna más y más efectivamente, si el Judicial o el Ejecutivo.

 

Los cuatro jinetes de la Corte.

 

 

Difícil de medir el precio que pagarán en el futuro aquellos jueces que permitieron que el poder real nublase su entendimiento. Pero deberían mirarse en el espejo oscuro de las Fuerzas Armadas de los ’70, que en su momento se creyeron señores de la vida y de la muerte y al fin entendieron que habían sido sirvientes glorificados, a quienes les soltaron la mano apenas cambió el viento. Es lo que pasará con los jueces de hoy, convencidos de que son la hostia porque a los poderosos de verdad les conviene que hoy se lo crean. Pero cuando Magnetto y Rosenkrantz se cruzan, no hace falta que se digan nada para que esté claro quién manda y quién obedece.

Mientras el Poder Judicial (co)gobierna, los que juzgan y condenan son los medios al servicio del poder. Y el Poder Ejecutivo, que fue votado para cumplir con el mandato popular, brilla por su impotencia. Se le dificulta hacer aquello para lo cual lo votamos, por las condiciones de las que veníamos hablando; pero además le suma al combo su falta de convicción. Por eso me guardé otro mensaje de Twitter, que sintetiza la circunstancia. (En estos días las tribus de la calle hablan a través de lo que se pinta en las paredes, y también en las redes. Que son territorio enemigo, así como las paredes suelen ser propiedad de otro, pero que del mismo modo aprendimos a utilizar en beneficio de la causa. Nadie me quitará la idea de que el agite que miles sostuvimos en las redes fue la previa indispensable para la marea humana de los últimos días.)

 

 

El mensaje era de la colega Flavia Frejman, y decía: «Vivimos sometidos por unos pocos poderosos angurrientos que deberían estar presos». Le discuto la última parte, ya que hasta un Poder Judicial democrático de verdad se las vería complicadas para encontrar pruebas de actividad criminal de parte de esta gente, que redundase en prisión efectiva. Pero es indiscutible que vivimos sometidos, y que los tiranos que determinan por qué estamos viviendo como el culo, contando el mango o pasando hambre son, sí, unos pocos poderosos angurrientos.

¿Qué sugiere todo esto, en términos de la analogía que desarrollábamos sobre la personalidad de la nación argentina? Que vivimos de tropiezo en tropiezo porque no nos animamos a elevarnos a la altura de nuestros sueños. Y en consecuencia, inseguros, nos dejamos intimidar mientras le damos cabida a nuestros peores instintos, a las voces interiores que justifican la tibieza o la mezquindad. Hay una parte muy vocal de nuestra sociedad que no entiende hasta qué punto se autoengaña, es deshonesta consigo misma. Lo expresaba bien por Twitter un platense llamado Hernán Mazza —hoy estoy muy twittero, sepan disculpar—, al hablar del sector vocinglero que «se cree inteligente pero no agarra un libro, se hace el republicano y apoya la dictadura, se cree de la alta sociedad pero se anota en los subsidios, critica la asistencia social y se anota en el pre-viaje, dice odiar la corrupcion y vota a Macri».

Este grupo de gente, que existe en todas las ciudades grandes del país, venía primando sobre la discusión pública porque se comunica con la enjundia de quien se siente asistido por un privilegio de clase; están convencidos de ser los ciudadanos comme il faut, el modelo de la civilidad. (Aun cuando incurren a diario en esas bajezas de las que habla Mazza en su twitt, y otras miles que ni les cuento. ¿Alguien vio esta semana el video de la Mrs. Cocker que estacionó su camioneta bloqueando una parada de colectivo y carajeó al señor que se lo señaló respetuosamente? «¿Por qué no te comprás una vida?», replicó la mujer, sin advertir que la frase desnudaba su ideología profunda, la noción de que la vida es algo que sólo posee gente como ella, porque está en condiciones de comprarse una.)

 

 

 

 

Como se consideran gente calificada, se animan a hacer cosas que creen parte del set de sus derechos dorados, como formular un deseo de muerte a ciudadanos concretos en un país presuntamente democrático donde no hay pena de muerte, o salir a la calle blandiendo un Tramontina. Y nosotros seguíamos en el mazo, porque ante todo nos consideramos bien educados en el sentido profundo y porque, admitámoslo, no levantábamos cabeza de la sucesión de derechazos que supuso la derrota de 2015, el macriato, la pandemia y la ineficacia de los primeros tres años del gobierno del Frente de Todos para cuidarnos de todo otro mal que excediese al Covid. Con nuestro silencio, permitíamos que pareciese que esa era la personalidad de nuestra sociedad, que ese sector representaba el todo — la vox populi.

Pero, como quedó de manifiesto en estos últimos días, la siesta terminó.

 

 

 

 

 

 

 

Un último secuestro, no

El diagnóstico de Serrano Mancilla —que ahora está haciendo suyo Leopoldo Moreau, al acusar a Juntos por el Cambio de «romper el pacto democrático»— está vigente. La realidad argentina sigue digitada por «los pocos poderosos angurrientos» que son los patrones de la Corte y sus amanuenses. Hasta Ted Cruz mete la cuchara pidiendo condena para Cristina, a pesar de que como senador tiene menos prestigio en su país que Nik entre los humoristas locales.

Además de un saludable ejercicio democrático, las escenas de los últimos días certifican la debilidad del Poder Ejecutivo. A quien votamos para que ejecute el programa de gobierno que le valió el triunfo de 2019, porque en teoría la nuestra es una democracia representativa y el mandato popular deberían llevarlo adelante nuestros elegidos. El hecho de que no haya quedado otra que apelar a métodos de expresión política más propios de la resistencia que de una fuerza con representación en la Rosada (medios alternativos, redes, protestas, vigilias y manifestaciones callejeras) revela que nos lanzamos al terreno público para redibujar el campo de la realidad, extraoficialmente, cuando quien debería estar dibujándolo es el gobierno, oficialmente. Todo lo cual sugiere, en los términos más paradójicos, el fenómeno simultáneo de la fragilidad de una coalición armada para las elecciones y de la vitalidad de un movimiento político que tiene una líder indiscutida, de popularidad y ascendiente arrasadores.

 

 

 

 

Estamos lejos de haber salido del pantano. Muy. Seríamos ingenuos si creyésemos otra cosa. La historia demuestra que cada reacción conservadora ha sido peor que la anterior, y además los líderes conservadores del presente están diciendo con todas las letras que cuando ganen no tendrán piedad. Así que nadie estará en condiciones de fingir que no sabía. Cuando Macri habla de «sacrificar» gremialistas como a caballos incurables no está recurriendo a simbolismos, porque el de la metáfora es uno de los tantos dones que le han sido negados: está siendo literal. Y tampoco vale pretender que él y los suyos no se animarán a hacer determinadas cosas. Si algo ha demostrado en los últimos años es que casi no existe nada a lo que no se anime. Pero además, no olvidemos que eso era lo que muchos se decían en el ’76: que era imposible que los militares hiciesen las cosas que se decía que hacían.

Episodios como el reciente de los dos productores de TN que ingresaron al Congreso con un arma de utilería parecerán menores, pero producen el tipo de ruido ensordecedor que caracteriza a las alarmas. Si pensamos que la clase que Walsh definió como «temperamentalmente inclinada al asesinato» va a tolerar un revés como si estuviese compuesta por ingleses devotos del fair play, mereceremos todo lo que nos pase.

 

 

Pero el espectáculo de estos días y el desarrollo que sin duda tendrá durante los que vienen es un signo saludable, de todos modos. Demuestra que no olvidamos nuestra identidad y que no hemos perdido personalidad. Cuando entendemos qué es lo que está en juego, somos capaces de convertir agosto en Oktubre. Nuestra historia es una de insumisiones ante los designios que el pueblo no consiente: pacífica, eso sí, y apostando a la construcción de un Poder Judicial que no sea enemigo de la voluntad de las mayorías. Porque no puede estar más claro quiénes han pagado todo el precio, ¡completito!, de la lucha por un país más humano para todos, sin excepciones.

Como decía la compañera MarceOzz días atrás —y con esto completo mi cabalgata twittera de la semana—, somos nosotros quienes a escala masiva sufrimos persecución, bombardeo, prohibición y censura, cárcel, tortura, fusilamientos y desaparición. (A lo que yo agregaría el resto del rosario de la violencia que es la especialidad de los poderosos: hambre, enfermedad evitable, falta de educación adecuada y de oportunidades, discriminación, déficit de vivienda, transporte público inaccesible, desocupación, explotación laboral, bardeo policial, sometimiento al menudeo delictivo como única salida económica.)

 

 

La demostración callejera de que al cabo de semejante historia y de semejante precio no nos convertimos en una rana crédula, ha hecho maravillas por mi estado de ánimo y por el de ustedes, imagino. (Y ya sabemos, desde que nos lo enseñó el Quetejedi, cuán importante es evitar el secuestro de nuestro espíritu mejor.) Siempre hemos escrito la historia con el cuerpo, y me alegra entender que seguiremos siendo fieles a la identidad que nos define. No somos un guiso de imposturas ni un rejunte de pilchas viejas, así como tampoco somos un pueblo manso al pedo ni una sociedad que bascula hacia la derecha. Somos ranas dispuestas a reescribir la fábula.

Como en el relato original, estos escorpiones nos dirán lo que presuman que queremos oír, con tal de montársenos encima. (¿Alguien ha olvidado, acaso, aquel: «No van a perder nada de lo que ya tienen»?) Como en el relato original, estos escorpiones son capaces de romper el pacto que tornaba viable nuestra democracia, aun al riesgo de ser arrasados ellos también por las corrientes de la historia.

Pero nosotros somos ranas. Criaturas anfibias y poco pretensiosas, que sin embargo —en los dominios de la fábula pero también en el mundo real, como se vio esta semana— estamos en condiciones de alumbrar otra moraleja.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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