Viva Chile, mierda

El país hermano vive el estallido final del modelo neoliberal aplicado a sangre y fuego desde 1973

 

La situación que está viviendo el pueblo chileno representa el estallido final del modelo neoliberal aplicado a sangre y fuego desde el 11 de septiembre de 1973, vigente más allá de los gobiernos que se fueron alternando en el poder, fueran pinochetistas, de la derecha residual o de la concertación de centroizquierda. Numerosas entidades y personalidades se han pronunciado al respecto.

Al adherir a la huelga general del miércoles 23 de Octubre, la CTA condenó «la brutal represión ejercida por el gobierno de Chile contra las manifestaciones populares de estudiantes y trabajadores/as, que pacíficamente expresaban su oposición al paquete de medidas de corte neoliberal impulsadas por el Presidente Sebastián Piñera. Exigimos la inmediata derogación del decreto de Estado de Excepción, que militarizó las calles de Chile; el urgente esclarecimiento de los asesinatos y el castigo a los culpables; la liberación de todos los compañeros y las compañeras detenido/as y el llamado al diálogo por parte del Estado con las organizaciones sociales, sindicales y civiles, a fin de encontrar una salida pacífica a la crisis que está atravesando la sociedad chilena. (…) Hacemos nuestra la declaración y petitorio de Unidad Social, que contiene las demandas de la ciudadanía toda, bajo el lema: Nos Cansamos, Nos Unimos”.

Los medios oficialistas transandinos reconocen decenas de muertos, cientos de heridos, miles de detenidos, desaparecidos, torturados y demás calamidades que antes eran patrimonio exclusivo de los golpes de Estado militares. La huelga general convocada por la CUT y el resto del movimiento sindical se hizo sentir en las principales ciudades. La reacción popular fue la expresión local de un fenómeno regional. Ayer nomás fue el pueblo ecuatoriano y antes el peruano quienes se rebelaron contra las medidas de ajuste extremas que está requiriendo el neoliberalismo aplicado en América Latina. Los trabajadores de la Central Obrera Boliviana (COB), entre otras organizaciones y movimientos sociales en Bolivia, emprendieron este jueves una jornada en estado de emergencia para defender la democracia en el país, tras el pedido de la OEA de convocar a una segunda vuelta, aunque el Presidente Evo Morales obtenía los votos necesarios para consagrarse sin balotaje.

 

Los trabajadores de la Central Obrera Boliviana (COB).

 

“Un día debatiremos el papel que jugaron sindicatos y organizaciones sociales como colchón de la protesta en el gobierno de Macri. Seguramente evitaron una crisis con derramamiento de sangre a lo Chile pero también dieron gobernabilidad y resortes de daño a Cambiemos hasta hoy”. El periodista especializado en temas sindicales y políticos Mariano Martin editorializó este desafío con la crisis chilena en pleno desarrollo. Es interesante y movilizador el análisis del tema.

Ni la hiperinflación de 1989 ni los saqueos de 2001, incluidas la jornadas del 19 y 20 de diciembre, dejaron saldos organizativos ni la consolidación de una vanguardia consciente capaz de conducir el proceso posterior. No se debe desconocer que en la base de la resistencia a las políticas neoliberales de Macri estuvo el movimiento obrero con mayor o menor acompañamiento de las cúpulas sindicales. Es menester citar aunque sea en desorden y con omisiones que hubo derrotas durísimas en las gráficas de Clarín y La Nación, en el diario Crónica: en algunas con lucha y en otras no se pudo. Prolongadas acciones gremiales por la reincorporación de los despedidos de Télam. Este fue el paisaje que caracterizó el cotidiano del período macrista. Sectores de la oposición a la burocracia de la UTA desplegaron luchas en el sector del transporte de colectivos, como los choferes de la Línea 60 o los trabajadores de la línea Este platense o el Expreso Lomas.

Del duro combate de los mineros de Minera Aguilar que caminaron a San Salvador a los paros petroleros por la muerte de trabajadores en Vaca Muerta o las luchas de los herederos de Agustín Tosco contra la privatización de EPEC en Córdoba, dimos cuenta semana tras semana. La conclusión es que para comprender el fenómeno de conjunto debemos mirar al movimiento sindical de abajo hacia arriba, de las bases a las cúpulas, de la periferia al centro y no al revés. La era macrista registró las movilizaciones más importantes de las últimas décadas. No hubo una semana de ese período en que un colectivo de trabajadores no fuera reprimido por el gobierno o sancionado con despidos y suspensiones patronales. Hubo marchas federales que culminaron en la Plaza de Mayo o en el Congreso con enormes columnas sindicales en primera línea de fuego. Hubo duros enfrentamientos callejeros como el sucedido durante el tratamiento parlamentario de la reforma previsional.

Capítulo aparte merecen los docentes, que mantuvieron en muchas provincias luchas prolongadas, soportando represiones como el caso actual de los maestros chubutenses que aún no han terminado el conflicto y se han transformado en el sector más activo de todo el movimiento obrero por sus paritarias y sus salarios y sus muertos en la escuela de Moreno. Los docentes universitarios transformaron los actos académicos por los cien años de la reforma universitaria en una de las marchas más numerosas aquel día del diluvio, dándole el mismo carácter de lucha y de ruptura que tuvo el hecho que se recordaba.

 

 

Posando la lupa en la actividad de base de organizaciones obreras para garantizar las medidas de fuerza de todo el período macrista, hay que sacarse el sombrero ante las comisiones gremiales internas y los delegados que, en todo el país, sostuvieron las banderas de lucha y llevaron adelante la resistencia. En muchos lugares de trabajo enfrentaron, no solo a las empresas, sino también a las conducciones traidoras: abundan casos de dirigentes sindicales avalando aprietes empresarios, como la alianza del paradigmático Alfredo Coto con el Gitano Cavalieri o las patotas vinculadas a la UOCRA en Vaca Muerta o La Plata, con tiroteos incluidos para imponer la ley del más fuerte.

La CGT apareció maniatada por los dineros manipulados por el gobierno que pertenecen a las obras sociales y otros privilegios, así como su por su rol de control sobre la clase trabajadora a la que empujan a la negociación a la baja una y otra vez. El descontento social y la ofensiva desde el gobierno no dejaron en paz a los apoltronados en los mullidos sillones y Dante Sica tuvo un ajetreado ir y venir, en demanda de la quita de derechos y salarios depreciados. La sombra ominosa del atril volador retorna cada vez.

 

 

El poder desplegado por millones de trabajadores y trabajadoras durante los paros generales conjuntos o sectoriales lanzados desde la CGT o el Movimiento 21F obliga a hacer un seguimiento sobre la continuidad necesaria de las medidas de lucha contra el ajuste. Los gremios que se presentan más opositores, como Camioneros, la Corriente Federal o la CTA (T), golpearon el plan del Gobierno sin lograr el KO, con empates agónicos y duras derrotas. El triunvirato no tuvo sin embargo otra opción que seguir la huella. En el recuerdo quedaron las enormes concentraciones del 21F y el 25M. Un horizonte de creciente lucha por la recuperación de aquellos derechos conculcados espera el eventual desarrollo de un proceso de organización a amplia escala de esos sectores combativos.

Debate necesario, desafío interesante mirando hacia el futuro. Los movimientos sociales también aportaron lo suyo. Sabiendo que su destino, si son exitosos, es la desaparición, porque la Argentina alguna vez fue un país de pleno empleo, mantuvieron una presión social movilizada que a su vez impidió como a fines de los ’80 y de la década del ’90 explosiones sociales y represión indiscriminada. En la Argentina no pasó lo de Chile porque la resistencia fue constante y los triunfos relativos de la lucha permitieron trasladar la batalla final a las urnas y explica el grado de polarización extrema que arrojarán cuando se abran. Nuestra América Latina muestra una vez más su destino de coexistencia entre políticas de dominación y luchas de independencia y de liberación. Tres de los seis candidatos tienen su paradigma anclado en el modelo chileno.

El desafío que deberá enfrentar el próximo Presidente será el de enhebrar los distintos intereses para abortar definitivamente la posibilidad de la reinstauración de ese modelo aplicado por diferentes caminos por tres dolorosas veces en nuestro suelo. A la mesa de los necesitados a la que está convocando Alberto se sentará un empresariado agobiado por la falta de consumo interno, el alto costo de los créditos y la mega concentración de la obra pública en manos de los amigos presidenciales y de su propia familia. Un inmenso colectivo de trabajadores empobrecidos por la incesante inflación que fue minando su poder de compra por la pérdida de empleo (un tercio del empleo privado). Un universo de pequeñas y medianas empresas que viven directamente del mercado interno y que contratan alrededor del 70 por ciento de los puestos de trabajo vinculados a la producción, comercio y servicios. El éxito de esta empresa depende de la posibilidad de sostener en el tiempo las medidas que se acuerden para reactivar el consumo, reparar el salario y restablecer el crédito. Si esto sucediera, antes, durante o después se impondrán las reformas políticas necesarias para que este acuerdo económico y social sea el basamento de un país diferente y sus diversas expresiones políticas lo sostengan como cuestión de Estado, con un carácter de Pacto Social de difícil concreción.

El fin de la etapa macrista no significa que acabe la lucha. Nadie quiere perder en el tira y afloja de la manta corta. Cambia el escenario y cambia la forma de la disputa. Todo está nuevamente en discusión con una nueva generación de jóvenes incorporados a la política, con una arrasadora presencia de mujeres movilizadas rompiendo cadenas y enfrentando dogmas. La Argentina que viene exige otra manera de mirarla. Nuestra Latinoamérica no es la misma, el otrora “patio trasero” del imperio está sublevado como hace setenta y cinco años lo hizo el subsuelo de la patria argentina.

Aunque por el año 1900 Julio A. Roca dispuso barrer bajo la alfombra imperial las referencias a “los bravos [argentinos] que unidos juraron su feliz libertad sostener”, las estrofas del Himno Nacional Argentino en su versión original recobran su vigencia:

¿No los veis sobre México y Quito

arrojarse con saña tenaz?

¿Y cuál lloran, bañados en sangre

Potosí, Cochabamba, y La Paz?

¿No los veis sobre el triste Caracas

luto, y llanto, y muerte esparcir?

¿No los veis devorando cual fieras

todo pueblo que logran rendir? (…)

San José, San Lorenzo, Suipacha,

ambas Piedras, Salta, y Tucumán, (…)

Son letreros eternos que dicen:

aquí el brazo argentino triunfó;

aquí el fiero opresor de la Patria

su cerviz orgullosa dobló.

 

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