Vivir en la incertidumbre

Las certezas mínimas que supondría vivir en democracia no paran de desvanecerse

 

Desde hace dos años venimos perdiendo en Argentina las seguridades básicas del vivir en democracia que se fueron consiguiendo, aún polémicamente, con la construcción colectiva que siguió al terrorismo de Estado. Cada día observamos con asombro la repetida disociación ideo-pragmática con la que los discursos gubernamentales convocan a la confianza en un futuro del “sí, se puede” mientras las políticas públicas consagran un compendio de medidas que generan temores y dudas crecientes en la población.

Esas inseguridades se han ido extendiendo por todo lo ancho del mundo de la vida y abundan en diversas categorías: políticas (avasallamiento de la independencia de poderes, persecución y cárcel de la oposición), económicas (déficit y endeudamiento), judiciales (persecución de jueces y causas sin fundamento fáctico), laborales (despidos, desempleo, precarización, reducción de salarios), sanitarias (desfinanciamiento y recorte de prestaciones), educativas (persecución de docentes y quita de paritarias), culturales (estigmatización y persecución de las comunidades indígenas), sociales (empobrecimiento, reforma previsional, desprotección de los vulnerables), éticas (conflictos de interés, favoritismos con los propios y anticorrupción selectiva), de libertad de información (monopolios mediáticos y persecución al periodismo independiente), y de la integridad (represiones ilegales y desproporcionadamente violentas).

Es la sociedad del riesgo en un estado que alejado del bienestar se transforma en maleficente y en el que la modernización se vuelve o un anacrónico regreso sin presente ni futuro a la idea de sujetos sin derechos propia del conservadurismo oligárquico, o una demagógica ilusión de un futuro desvinculado de todo pasado y presente que promete sin verdad y sin memoria una felicidad que nunca llega.

Pero esta realidad incierta marcada por el hacer ya había sido anticipada tempranamente por el decir de un ministro que, con total transparencia, sostuvo que el problema (del gobierno) era educar a los niños y niñas para “que sean capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla” y “entender que no saber lo que viene es un valor”. Y sin embargo cuesta entender que tanta incertidumbre sea un valor cuando, por el contrario, la captamos como un disvalor frente a esa abundancia de ejemplos que nos lo confirman.

Hay que considerar que ese decir pueda no ser más que otro intento de un gobierno pragmático en querer   reformular el significado tradicional de las palabras, vaciándolas de contenido e invirtiendo su sentido como modo de instaurar una naturalización de las desigualdades y las injusticias. Y es por eso que debemos preguntar: ¿de qué incertidumbre estamos hablando al hablar de incertidumbre?, y ¿en qué incertidumbre pretende el gobierno educar a nuestros niños y a todos nosotros para vivir con ella?

 

El gato de Schrödinger

En 1927, el físico alemán Werner Heisenberg presentó una serie de fórmulas sobre el comportamiento de las partículas subatómicas en la mecánica cuántica y entre ellas la que se llegó a conocer como “principio de incertidumbre” o “relación de indeterminación”. La fórmula afirmaba que cuanto con mayor exactitud se determina la velocidad o momento de una partícula con tanta menor exactitud se puede determinar la posición de esa partícula, y viceversa.

Hay que aclarar que si la teoría cuántica refiere al mundo microfísico y las relaciones políticas pertenecen al mundo macrofísico, iríamos muy lejos si pasáramos la función de una palabra en una categoría a otra categoría distinta, y usáramos la incertidumbre cuántica para pensar que es la incertidumbre en la que quieren educarnos. Cometeríamos lo que se llama una “metábasis”. Sería algo semejante a lo que hacen quienes pasan a las relaciones sociales la función de la palabra “relatividad” en la teoría de Einstein, sin considerar que esta teoría trata de objetos que toman como criterio comparativo la velocidad de la luz mientras que las personas interactuamos a una escala mucho más modesta que aquella. Y sin embargo, aunque no debemos confundir una categoría con otra, tampoco debemos ignorar los aspectos en los que, como veremos, se pueden llegar a relacionar entre ellas.

En 1935 otro físico austríaco, Erwin Schrödinger, planteó también en mecánica cuántica un problema relacionado con la incertidumbre: si en una caja cerrada y opaca en la que hemos encerrado a un gato vivo, ponemos una botella de gas venenoso con un dispositivo que contiene una partícula radioactiva cuya probabilidad de desintegrarse en un tiempo dado es del 50%, cuando se haya cumplido el tiempo dado, ¿cómo estará el gato? ¿Vivo o muerto?

 

Alberto Giacometti, ‘Le Chat’, 1954

 

Cualquiera dirá, intuitivamente, que el gato estará o vivo o muerto, y que sólo hace falta abrir la caja para comprobarlo. Pero lo que postula el experimento es que antes de abrir la caja, con independencia de lo que resulte una vez abierta, el gato estará vivo y muerto a la vez. La explicación es que los electrones de esa partícula radioactiva tienen la propiedad de estar al mismo tiempo en dos lugares distintos, lo que se llama “superposición”, con lo que un receptor del electrón lo captará en la posición “vivo” y otro en la posición “muerto”. Al abrir la caja pasamos de la escala de medida microfísica (estadística, probabilística)  a la escala de medida macrofísica (determinista, fáctica). Hechos y probabilidades: ¿de qué incertidumbre hablamos?

 

La incertidumbre del mal radical

La incertidumbre de la mecánica cuántica merece ser enseñada a nuestros niños aunque no parece que aquel ministro educador pensara en ella. Hay razones de formación teórica y ojalá tengamos en Argentina más y mejores físicos teóricos. Pero también hay razones de orden práctico. En la escala de la mecánica cuántica el no saber en qué posición están o a qué velocidad se mueven los electrones es simplemente un dato descriptivo probabilístico sin relevancia moral, pero después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki la incertidumbre sobre el estallido de un conflicto nuclear abrió un interrogante radical sobre la continuidad de la especie.

Los físicos más relevantes del siglo XX que descubrieron la mecánica cuántica y la fisión del átomo llegaron a ver, antes o después de la fabricación de las armas nucleares, el peligro que se abría para la especie humana con esa comunicación entre los mundos macro y microfísico. La incertidumbre teórica de la verdad en un campo podía transformarse en incertidumbre moral de las consecuencias prácticas en otro.

Einstein fue uno de los tempranos pacifistas perseguidos por Hitler. Niels Bohr, el físico danés que se unió al proyecto Manhattan para conseguir la bomba atómica en Estados Unidos, trabajó después del final de la guerra para el uso pacífico de la energía nuclear. Heisenberg declaró que no había avanzado con sus investigaciones sobre la bomba en Alemania por razones morales y su pedido a Bohr en el encuentro que tuvieron en 1941, de congelar las investigaciones nucleares hasta después de la guerra, parece confirmarlo. Por eso debemos educar a nuestros niños para que aprendan a vivir conociendo esta realidad. Pero como no es para disfrutarla, no es de esta incertidumbre de la que nos debe hablar el gobierno.

Treinta años después, y como ya es sabido, en una conferencia de prensa el dictador Jorge Rafael Videla respondió sobre los desaparecidos diciendo: “En tanto esté como tal, es una incógnita el desaparecido, si el hombre apareciera, bueno, tendrá un tratamiento X, y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tiene un tratamiento Z, pero mientras sea un desaparecido no puede tener ningún trato especial, es incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido.”

 

Alberto Giacometti, ‘La tête’, 1934

 

En esta versión macabra del experimento de Schrödinger en la que cualquier parecido se presume es pura coincidencia, se va lo suficientemente lejos como para convertir la incertidumbre en el mundo macrofísico de las intervenciones sobre los cuerpos humanos, en la incertidumbre de una categoría cuasi metafísica acerca del estar vivo o muerto. En el Legajo N° 2819 de la Conadep, un testimonio dice: “Esa muerte que era como morir sin desaparecer, o desaparecer sin morir. Una muerte en la que el que iba a morir no tenía ninguna participación: era como morir sin luchar, como morir estando muerto o como no morir nunca”.

No se trata ahora, como en la física cuántica, de estar a la vez vivo y muerto, sino que se trata de no estar a la vez (por no ser) ni vivo ni muerto. En el primer caso es un problema de “estar” vivo o muerto en relación a un ser dado (el gato), en el último es un problema de “ser” ya que no tiene sentido predicar si está vivo o muerto alguien que no tiene entidad (el desaparecido), y cuyo estar es no ser. Pero hay otras diferencias: aunque el componente aleatorio de la partícula radioactiva de desintegrarse en un tiempo dado pudiera ser comparado al componente aleatorio de la mente de un represor psicópata en matar o no a su víctima en un tiempo dado, la incertidumbre de vida o muerte por la partícula no merece juicio moral alguno pero la incertidumbre de vida o muerte por el represor psicópata y sus cómplices sí merece juicio y castigo. Por eso debemos educar a nuestros niños para que aprendan a vivir conociendo esta realidad. Pero como no es para disfrutarla, no es de esta incertidumbre de la que nos debe hablar el gobierno.

 

Certeza del creador e incertidumbre del creado

La frase completa del entonces ministro de Educación Esteban Bullrich, enunciada en el Foro de Inversiones y Negocios en septiembre de 2016, fue: «El problema es que nosotros tenemos que educar a los niños y niñas del sistema educativo argentino para que hagan dos cosas: o sean los que crean esos empleos, que le aportan al mundo esos empleos, generan, que crean empleos… crear Marcos Galperin (fundador de Mercado Libre) o crear argentinos que sean capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla. (…) De entender que no saber lo que viene es un valor...». Creadores y creados, esta es la cuestión.

Al observar el problema planteado en modo disyuntivo podemos entender cómo la educación para el vivir en la incertidumbre que “se tiene” que realizar, cobra su sentido  específico al asociarse con el vivir creando empleos. Los niños y niñas argentinos habrán de ser educados para uno u otro vivir. Por un lado el vivir de  los hacedores, los creadores, los sujetos de la génesis en el mundo, que son la certeza misma. Por otro el de los sujetos creados para vivir en la incertidumbre, entendiendo que el no saber lo que viene es un valor.

La respuesta a las preguntas: ¿de qué incertidumbre estamos hablando y en qué incertidumbre pretende el gobierno educar a nuestros niños y a todos nosotros para vivir con ella?, queda clara. No se trata de enseñar  lo que debe enseñarse: las paradojas de la mecánica cuántica, las incertidumbres sobre la sobrevivencia de la especie y la incertidumbre radical sobre la vida y el vivir que impuso el terrorismo de Estado en la Argentina y que ha de ser el metro-patrón para medir todo sentido de la incertidumbre en democracia (no olvidemos que imprevisibilidad e incertidumbre son los rasgos más característicos del totalitarismo). Y mucho menos, por tanto, las incertidumbres del vivir generadas por el gobierno.

 

Alberto Giacometti, ‘L’homme au doigt’, 1947

 

Se trata de educar para que broten los creadores de libre mercado y los consumidores o excluidos del sistema. Es un concepto económico que otorga competencia al mercado y no al Estado para alcanzar el bienestar individual. El mundo funciona así (es la globalización neoliberal del capitalismo), y debemos aceptar este hecho que nos sujeta a un destino para el que debemos educarnos. No hay libertad exterior pero en nuestro interior somos libres, como los estoicos, para aceptar la incertidumbre y a partir de allí disfrutarla. Hay que ser insensibles ante el sufrimiento e imperturbables para disfrutar la felicidad.

Pero como el gobierno sabe que la incertidumbre genera desconfianza, en sus discursos hará llamados a la confianza. Como sabe que la incertidumbre oscurece todo futuro, se repetirán sus invocaciones al futuro. Y como sabe que en la incertidumbre, la probabilidad encuentra su límite en el número de emprendedores triunfantes en relación al número de candidatos que buscan triunfar, entonces “se tendrá” que educar en la aceptación de vivir en esa incertidumbre de ser o no ser el emprendedor exitoso.

Llama la atención el ver, en un enfoque de matriz económica, cómo se reformula un concepto que en la economía clásica hacía referencia a las decisiones empresariales sobre los beneficios a futuro tomadas en condiciones de incertidumbre y ajustadas por un cálculo de probabilidades. Ahora la incertidumbre es para la población. La concentración monopólica reduce la incertidumbre empresarial mientras maximiza la inseguridad social. Los empresarios del nuevo liberalismo ya no asumen riesgos y sólo exigen certezas de beneficios. Y si asumen “riesgos”, como los fondos-buitre, tienen la certeza de un sistema jurídico garante.

Entre los problemas mayores que tiene y que nos causa este gobierno de empresarios es que piensan el mundo como un mercado en el que todo se vende y tiene un precio creyendo que la libertad no es más que la conciencia de la necesidad. Pero la libertad también es aspiración de bienestar. Las personas no son “autómatas” resignados a moverse en la incertidumbre laboral, sanitaria, judicial, ética o social. Las personas son sujetos “autónomos” que cuando su indignación ya es suficiente como para disipar toda neblina de alienación, salen a denunciar tanta incertidumbre y a exigir las certezas que garantiza el vivir en una verdadera democracia. No están educados para ello, es un imperativo categórico.

  • La imagen de portada pertenece a la obra de Alberto Giacometti, ‘El hombre que mira’

 

Juan Carlos Tealdi en médico y filósofo de la ciencia.

Dejá tu comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.