Vivir para soñar, soñar para vivir

La implementación del IBU (Ingreso Básico Universal) evitaría el sufrimiento de millones

 

Mi mujer es economista, pero ha trabajado desde siempre en temas de seguridad social. Quizás sea por ello que hace mucho tiempo, cuando salía o salíamos a caminar por Buenos Aires y se encontraba a alguna persona en situación de calle, se interesaba por sus problemas. Si era viejo/a, si tenia jubilación o pensión, si tenía PAMI. Y si no contaba con cobertura, buscaba alguna forma de ayudarlo, dándole siempre algo de dinero que tenía repartido en distintos lugares de su vestimenta. Fuera o no viejo/a, anotaba en un papelito los datos de la persona para ver si podía hacer algo para ayudarla. Luego, en casa hacía los deberes y se ocupaba de averiguar cómo podía tenderles una mano solidaria.

Una vez que regresábamos a nuestra casa, vimos que en el zaguán de nuestro edificio había un muchacho dormido sobre unos cartones. Hacía frío y el chico estaba en remera. Ella subió al departamento a buscar una frazada, bajó y se la puso encima, sin que el muchacho se diera cuenta. En otra oportunidad encontró a un viejito que tenia una pierna muy lastimada, sentado en un banquito en la esquina de nuestra casa. Le preguntó si tenía PAMI y el viejito le dijo que sí. Mientras ella le hacía compañía, me paso los datos por WhatsApp y me pidió que llamara al PAMI para pedir asistencia. A los pocos minutos llegó una ambulancia y lo llevaron, ese día fue la última vez que lo vimos en el banquito, por lo que supusimos que lo habían curado y que era feliz. Muchas veces llegamos tarde a donde íbamos, porque nos encontrábamos con alguien que la estaba pasando mal y ella quería saber qué podía hacer: no importaba la demora porque “si se va mientras estamos adentro habremos perdido la oportunidad de darle una mano”, me decía.

No hace mucho tiempo, leyendo una nota periodística sobre la muerte de una persona en situación de calle, conoció una institución que se llama Amigos en el Camino, y aún con cierto temor por lo desconocido se interesó y se contactó para ver de qué se trataba. Allí conoció a Mónica Coro, quien coordina el trabajo con afecto y autoridad. Mónica tiene un gran manejo de la situación, sabe cómo tratar a cada uno, como organizar las donaciones y la distribución de las provisiones en los numerosos voluntarios que cocinan, organiza los grupos que diariamente salen de recorrida por distintos circuitos de la ciudad para asistir a “los amigos en situación de calle”, no sólo con comida sino con ropa, kits de limpieza, frazadas y ahora barbijos y alcohol en gel: nada se le escapa. Con un local cuyo alquiler también forma parte de las donaciones que reciben, Amigos en el Camino trabaja todos los días para materializar las recorridas nocturnas diarias. Incluso en ocasiones, esas recorridas alcanzan para compartir un plato de comida que les pide algún joven de los que pedalean con una caja en la espalda para entregar, por unos pocos pesos, algo a domicilio, al igual que con algún recolector de residuos o simplemente con alguien que pasa y tiene hambre. Todo se recolecta, se clasifica o elabora y se entrega, filantrópicamente y con mucho amor. Publican todas sus recorridas en las redes sociales de manera de dar a conocer a los donantes que las cosas llegan a sus destinatarios.

Pero el momento más feliz se siente cuando logran sacar a una persona de esa situación de calle. En estos días, y a partir de la ayuda y asesoramiento para gestionar subsidios o ayudarlos a buscar alojamiento, un amigo de la calle logró ingresar a una habitación con baño privado en un hotel, y con gran entusiasmo compartía con el grupo de la Asociación que el primer día se había bañado cinco veces porque era lo que más deseaba lograr y cuando terminaba cada baño llamaba a su amigo “el Pelado” (quien lo había ayudado) de Amigos en el Camino para contárselo, riendo como un niño. La mayoría de las veces las cosas más simples de la vida son las que nos regalan la mayor felicidad.

Pero lo que motiva esta nota es algo que pasó hace muy pocos días y que, cuando mi esposa me lo contó, disparó la idea de escribir estas líneas. En una de las recorridas, el grupo se encontró a dos hermanos muy jovencitos, acomodados como para dormir en un cajero automático. No tenían nada porque los habían echado de una pensión, al no tener plata para pagar el alquiler. El más grande estudiaba en la UBA y había conseguido trabajo, pero en ese momento no tenía dinero para pagar el alojamiento. El más chico había empezado a trabajar en febrero pero al llegar la pandemia no pudo mantener su contratación precaria, por lo que perdió su empleo. La conjunción de problemas personales de documentación como inconvenientes administrativos hicieron que no pudieran acceder ni al subsidio habitacional del gobierno de la ciudad de Buenos Aires ni al IFE, en una especie de alineación negativa de los planetas que afectaban su suerte.

Mónica, de Amigos en el Camino, tomó nota de esta situación a la una de la mañana de un jueves de recorrida, e inmediatamente se puso en campaña para conseguirles alojamiento, buscando hoteles que tuvieran habitaciones disponibles para dos personas y que, además, estuvieran dispuestos a alquilar en medio de la situación de cuarentena que estamos viviendo. Luego de sortear varios contratiempos, encontraron una posibilidad gracias a la voluntad de una mujer que les ofreció una habitación para dos personas por $ 13.500 al mes. Lo último que quedaba por conseguir era el dinero concreto para pagar, y ello fue posible gracias al aporte solidario de varios colaboradores de Amigos en el Camino: lo necesario era conseguir el dinero para entrar, ya que luego el hermano mayor podría afrontar el costo con el sueldo de su trabajo recién iniciado. Esa noche los chicos durmieron en una cama, pudieron bañarse y, al día siguiente, ir a trabajar y continuar estudiando. El milagro se había hecho realidad. El amor había ganado una nueva batalla. Como una forma de agradecer la mano tendida y en un gesto de empatía total, hoy los hermanos colaboran en Amigos en el Camino para organizar las recorridas para asistir a aquellos que aún están en la calle

Esta historia no saldrá en ningún medio dominante, ninguna noticia se contará en la televisión, como dice la canción de Sabina, porque el amor al prójimo no es noticia y menos aún si ese prójimo es pobre. De lo que sí se seguirá hablando, y mucho, es que el “gasto” social es excesivamente alto y que en la situación económica actual el Estado no puede gastar ese dinero. Claro que nadie criticará que el grupo Clarín o Techint paguen el 50% de los salarios utilizando el programa ATP, es decir, que utilicen dinero del Estado para mantener su actividad productiva y además, se animen a echar miles de trabajadores en el marco de la pandemia.

Pero quizás la enseñanza más importante que deja la historia de los dos hermanos es que muchas veces no hace falta demasiado para sacar una persona de la angustia que representa la pobreza extrema. Algunas veces, un pequeño esfuerzo y mucho amor y empatía resuelve lo inimaginable.

Hace pocos días el diario La Vanguardia de Barcelona mostró lo que denominaba “el mayor experimento de renta básica universal del mundo”. Allí se cuenta que una ONG de Estados Unidos de Norte América, llamada GiveDirectly, desarrolla una experiencia en Kenia. El programa se desarrolla en 295 aldeas para estudiar los efectos del Ingreso Básico Universal (IBU) sostenido en el tiempo para casi 20.000 personas. Se dividió ese universo en tres grupos: por un lado, alrededor de 5.000 personas reciben 22 dólares mensuales durante 12 años; por otro lado a 7.300 beneficiarios les ingresan la misma cantidad durante dos años, es decir 132 dólares mensuales durante 24 meses; y finalmente, un tercer grupo de 8.500 personas recibieron de una sola vez 3.168 dólares. Las premisas son que todos los vecinos reciben el dinero y todos pueden gastarlo como quieran, sin restricciones, a cambio de contestar de manera sincera en los estudios de control que se realizan durante el proceso. Lo importante es que a pesar de lo magra de la cifra que se repartió, una primera evaluación concluyó con que “la inmensa mayoría de los receptores usaron el dinero para trabajar más y generar más ingresos. También hubo un aumento de la escolarización, una reducción en la violencia doméstica y un incremento en negocios liderados por mujeres”. Según los primeros datos, un 90% de los receptores declararon que habían continuado trabajando tanto o más que antes de recibir las ayudas, mientras que un 6% había usado el dinero para aliviar su situación al estar enfermo o ser demasiado anciano para trabajar.

Caroline Teti, la coordinadora del programa, advierte que probablemente no se podrán extrapolar los resultados a otros países, pero sí cree que una renta básica universal u otros sistemas similares podrían funcionar. “Los seres humanos somos muy parecidos, sobre todo en situaciones desesperadas. La pobreza iguala”, manifiesta. “La inmensa mayoría de los receptores usan el dinero para trabajar más”, reafirma la organización por su parte. Para Caroline, aunque la matriz del proyecto es caritativa, el objetivo se vincula a observar los efectos en una población empobrecida. “La renta básica universal no es solo una cuestión de dinero, es un cambio de mentalidad. Es un sistema que permite despertar la capacidad de la gente de construir su futuro. Tiene que ver con la dignidad o la capacidad de pensar más allá de la supervivencia e imaginar de manera productiva”, indica.

Esta experiencia distribuye, entre gente pobre, 5.280.000 dólares anuales. Con esa insignificante cifra se logró resolver el problema de pobreza extrema de 20.000 familias. Sin duda, los viáticos que usaron los profesionales, los funcionarios, las auditorias, los pasajes de avión, etc., insumieron más fondos de lo que llegó a los beneficiarios. A pesar de ello y habiendo pasado 225 años de la primera experiencia de implementación de un Ingreso Universal [1] que relatara junto con otras experiencias a lo largo del tiempo y a lo ancho del mundo, de manera detallada Rutger Bergman en su libro Utopía para realistas, donde todas logran resultados idénticos a los expresados por la coordinadora en Kenia.

A la luz de los hechos, me pregunto: ¿hay que seguir probando o llegó el momento de pasar a la acción? ¿Es posible que lo único que promuevan las experiencias exitosas relevadas sean nuevas experiencias? ¿Es posible que ante nuestros ojos ocurran situaciones como la que cuenta Amigos en el Camino, y que solo atinemos a mirar impávidos una situación tan dolorosa? A esta altura, es evidente que la implementación del IBU evitaría el sufrimiento y desesperación a millones de compatriotas, lo cual debería avergonzarnos. El costo de implementar un programa como este es similar a lo que Cavallo les regaló a los empresarios con la disminución de las contribuciones patronales, y sin embargo, ese mismo monto parece una locura cuando se trata de distribuirlo entre los más vulnerables.

Hace pocos días se cumplió el décimo aniversario de la promulgación de la Ley de Matrimonio Igualitario. Cristina Fernández de Kirchner recordó ese día contando lo que dijo el día de su promulgación: “Hoy somos una sociedad un poco más igualitaria que la semana pasada. […] al otro día de una sanción tan importante de una ley, me había levantado exactamente con los mismos derechos que había tenido antes de la sanción. […] yo estaba con los mismos derechos y había cientos de miles que habían conquistado los mismos derechos que yo tenía”.

Ojalá dentro de diez años podamos festejar los diez años del IBU, y Alberto Fernández recuerde que el día que promulgó la ley, millones de compatriotas conquistaron los mismos derechos que ya disfrutábamos el resto.

 

 

 

[1] Experiencia en Speenhamland, véase la nota en El Cohete a la Luna “Para ser mejores”, publicada el 5 de Julio 2020.

1 comentario
  1. Jorge dice

    total mente de acuerdo con IBU para ayudar a lox q más necesitan

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