Volveré y seré millones

A un siglo del nacimiento del poeta y político José María Castiñeira de Dios

 

Nació en Ushuaia, un 30 de marzo de 1920, un siglo atrás. Y a lo largo de una larga y fructífera vida recorrió como protagonista o como testigo – como él prefería llamarse—, la historia argentina del siglo XX.

Sus padres, gallegos inmigrantes, se habían encontrado en ese pequeño poblado del confín de América, cuya vida giraba en torno a la Base Naval y el tétrico penal. Su padre era tenedor de libros de La Anónima y su madre era hija de una pescadora de las rías – baixas. Fue en Ushuaia donde José María pasó sus primeros años antes de que la familia emigrara finalmente a la Capital, tras un corto período en Tres Picos, cerca de Torquinst, en el sur de la provincia de Buenos Aires. Lo austral fue su cuna original, como lo recordaría años más tarde en su bello poemario Campo sur.

Al llegar a la gran ciudad, la preocupación de su madre fue inscribirlo en la escuela primaria de su barrio, para salvar el retraso producido por tantos cambios y tantas escuelas rurales. Y allí se produjo el providencial encuentro que marcaría su destino: un maestro de delantal blanco se ofreció a prepararlo para que ordenara su escolaridad. Ese maestro de escuela primaria era Leopoldo Marechal.

Poeta, intelectual, político, periodista y hombre de Estado, figura central de la cultura argentina de la segunda parte del siglo XX, militante peronista de la primera hora e intelectual católico, Castiñeira de Dios recorrió  a lo largo de su vida cargos de significativa relevancia en la gestión pública: Director Nacional de Cultura en el primer gobierno del general Perón, colaborador de Evita en la Fundación, Secretario de Prensa y Difusión de Héctor J. Cámpora, Director de la Biblioteca Nacional, Secretario de Cultura y posteriormente de Ética Pública en el gobierno de Menem.

Su compromiso político lo marcó a lo largo de toda su historia como una figura relevante  del movimiento peronista. Participó en el fallido golpe del General Valle, dirigió publicaciones en la Resistencia, integró la comisión que en dos oportunidades acompañó a Perón en su regreso a la Argentina y organizó el diario La Voz a la vuelta de la democracia. Su permanente adhesión a la causa justicialista le valió persecuciones y falta de reconocimiento en su labor poética, que, sin embargo fue validada por el reconocimiento popular de algunos de sus poemas, como el que dedicó a Eva Perón, que concluye con el famoso volveré y seré millones.

No fue fácil ser el hijo de una estrella de primera magnitud con una trayectoria fulgurante como él. Dueño de una personalidad carismática, el don de la palabra y de las letras, poseedor de una cultura universal vasta y profunda, construida a fuerza de lecturas y de pasión por el conocimiento, representó una de sus más altas expresiones la figura del intelectual comprometido con su tiempo. Así lo pensaron Quinquela Martín cuando le otorgó la Orden del Tornillo y también la Real Academia Española de  la Lengua cuando lo ungió como miembro, y la Cámara de Diputados y el Senado de la Nación al premiarlo. Creó instituciones, las dirigió, escribió libros y fue amigo de las más importantes figuras de la cultura y la política de su tiempo. Era una fuerza de la naturaleza, con una capacidad de acción que lo llevó a enfrentar desafíos tales como la puesta en marcha del edificio de la nueva Biblioteca Nacional, o la organización del Congreso de Cultura, Educación, Ciencia y Tecnología en la recuperación de la vida democrática argentina.

Pero además se ocupó especialmente en ser el maestro más extraordinario que tuve en la vida, mi mentor intelectual, quien me fue dando los libros uno a uno para introducirme en el mundo de la cultura, quien me formó en sus charlas, en nuestras visitas a los museos o a los monumentos. Sólo la música fue mi campo personal —en parte compartido con mi madre, Elena y mi hermana, Elenita—, el terreno en el que elegí desarrollarme para poder crecer lejos de la sombra de semejante titán. Mi padre era sensible a la música, le gustaban mucho las expresiones folklóricas tanto como la poesía popular. Aunque intentaba comprender a los clásicos y fue un gran promotor para los creadores argentinos, ese no era su mundo. Así que elegí ser músico.

Por todo esto y por lo que significó su aporte a la cultura argentina y por su amor a su patria y al pueblo argentino —¡Mi pueblo, este signo mío, este amor sin más razones!—,  es que hoy lo recordamos, cuando todo es oscuridad y silencio. ¡Qué bueno hubiera sido tenerlo en estos momentos de dolor, para que, como le pide León Felipe al Quijote, nos hiciera un sitio en su montura de paisano surero, para que nos animara como cuando murió Evita, o el General Perón, y nos dijera que, “aunque la muerte me tiene / presa entre sus cerrazones / yo volveré de la muerte / volveré y seré millones”.     

 

 

 

 

 

 

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