VON HAYEK O PERÓN

Sin plan para que se dé vuelta la tortilla

 

Las derechas vienen reclamando un “plan económico”, pero la lectura rigurosa de los enunciados al respecto revela que en verdad se trata de un plan de estabilización. No puede dejar de producir interrogantes que un número de economistas del Frente de Todos se sumen al planteo de abordar la implementación de un plan de estabilización, en forma literal y, muchas veces, sin precisar los contenidos. En una mirada histórica, los planes de estabilización han constituido la herramienta de reordenamiento posterior a procesos inflacionarios desencadenados tanto por ciclos de ofensiva de los grupos concentrados de la economía para ensanchar su tasa de ganancia –mediante la suba de precios—, como de su resistencia al avance de los salarios, ingresos fijos y medidas generales de justicia social. Como la puja distributiva deviene en una economía de alta inflación, los planes de estabilización suelen bajar el telón sobre las dinámicas que operaron como determinantes del desorden económico y social que se desencadena, y logran excluir el abordaje de la corrección respecto del previo curso de potente redistribución regresiva del ingreso.

Sus impulsores sólo pregonan que la urgencia es parar la inflación, cuya preeminencia lo convierte en objetivo excluyente. Se lo presenta como un bien público – la categoría económica que sólo tiene beneficiarios sin perjudicar a nadie. Un plan de estabilización, entonces, significa un programa antiinflacionario. Resulta primordial esclarecerlo porque debe evitarse que se confunda con la idea de un “plan económico”. Abordado tal cual como es, el mismo supone postergar cualquier otra prioridad en función de ganar una calma en los precios. Si esta premisa predomina y el programa antiinflacionario resulta exitoso, se restaura el orden económico luego de haberse provocado un retroceso en la vida popular y en la justicia social.

 

 

 

El plan económico para el desarrollo

Abordar un “plan de estabilización” ya es cuestionable en su esencia. Siempre está asociado a la idea de “ajuste”, y ésta a que se gasta mucho. Esta deriva concluye en la necesidad de reducir el consumo y bajar el gasto público, recesiva la primera enunciación y regresiva la segunda, que además también debilita el poder del Estado. Las palabras cuentan y mucho, el lenguaje importa, tanto que en oportunidades se enunció la implementación de un “ajuste progresivo”, para intentar diferenciarlo del significado histórico del concepto. Pero el ajuste es ajuste, y fue también regresivo en esas oportunidades.  El plan de estabilización puede conseguir tranquilidad y respaldo —por un tiempo— de vastos sectores de la sociedad, lo que ocurre porque la restauración de un orden que, aunque defina un horizonte donde la mayoría vivirá peor que antes, lo haría con más certidumbre respecto del futuro. En general, el plan de estabilización tiene como mecanismo repetitivo el acuerdo con los grandes patrones para calmar a los empresarios. Es un discurso de líneas de acción que le habla a los mercados.

Un plan económico para el desarrollo es una cosa distinta. Es un instrumento democrático que tiene como estrategia construir una imagen-objetivo para el país, construida por gobiernos para los cuales el mandato programático es algo esencial, y que persiguen su cumplimiento movilizando la participación ciudadana. Carlos Matus en Estrategia y plan (1973) sostiene que “en el mundo subdesarrollado… la planificación… es indispensable, aunque no esencial para el funcionamiento del sistema… Para imponerse, debe ‘competir’ con el mismo mecanismo del mercado que desea alterar profundamente, alteración que en el plano de las relaciones entre los hombres significa modificar la estructura de poder en desmedro de quienes se benefician con el juego espontáneo de las fuerzas económicas”. No se trata de utilizar la macroeconomía para reorganizar un sistema mercantil, mediante mecanismos mercantiles utilizados para recuperar el orden de los equilibrios que los agentes más poderosos desquiciaron previamente, sino de construir el predominio de la decisión popular respecto del gran patronato en la conducción de la economía, y en la organización de la sociedad futura de una nación que incluye su vida económica.

“Hacia fines de la década del ’70 del siglo XX, los debates en torno de la posibilidad de planificar la economía para el desarrollo e, incluso, el rol estratégico del Estado en el crecimiento económico, fueron obturados. En su lugar, recobraron fuerza los argumentos de las corrientes más ortodoxas del pensamiento económico… son los diseños argumentales que las elites nacionales de los países utilizan para justificar la importancia de su existencia y los mecanismos de legitimación de su hegemonía. A pesar de las correcciones y agregación de supuestos, el planteo de la economía del  establishment siguió basándose en el sujeto con racionalidad maximizadora [el homo economicus] como unidad de análisis y como garantía de un equilibrio general que redunda en bienestar social.

Bajo esta noción, las relaciones sociales se producen por agregación de conductas optimizadoras [sólo guiadas por la ventaja económica máxima] sin ningún tipo de intervención ‘artificial’ que pueda distorsionar la libertad de los individuos en sus roles de empresarios y consumidores. El imperio del mercado, donde actúan los individuos libres de cualquier determinación histórica, no debe ser obstruido, sostiene, por políticas que se convertirían en exógenas por la introducción de variables y dimensiones ajenas al desarrollo de la economía. Por el contrario, problemáticas de la talla de la distribución y el bienestar deben resolverse de manera endógena. [Esto significa que el Estado debe permanecer ajeno a intervenir para mejorar la distribución del ingreso y atender la urgencia de los más vulnerables]”. Es lo que sostienen Claudio Casparrino, Agustina Briner y Cecilia Rossi en el documento de trabajo n° 38 del CEFID-AR, investigación coordinada por Enrique Arceo y agregan: “Desde una perspectiva histórica, que consiste en atender a las múltiples determinaciones que configuran la vida social, el problema es bastante más complejo. Efectivamente, aislar variables de corte económico sin atender a las formas que asumen las relaciones sociales constituye un problema en el punto de partida. Dicho de otro modo, escindir las relaciones necesariamente imbricadas entre economía y Estado imposibilita una explicación racional y consecuentemente, inhibe la posibilidad de alternativas a los modelos planteados desde fines del siglo XX. El producto probablemente menos grave de esta cancelación se refiere al estancamiento en la producción teórico política de alternativas; el más grave, masas crecientes de la población mundial sumidas en la pobreza como contracara de procesos crecientes de concentración de capital”.

El profeta del neoliberalismo Friedrich Von Hayek sostiene en Camino de servidumbre que “el «objetivo social» o el «designio común», para el que ha de organizarse la sociedad, se describe frecuentemente de un modo vago, como el «bien común », o el «bienestar general», o el «interés general». No se necesita mucha reflexión para comprender que estas expresiones carecen de un significado suficientemente definido para determinar una vía de acción cierta. El bienestar y la felicidad de millones de gentes no pueden medirse con una sola escala de menos y más. El bienestar de un pueblo, como la felicidad de un hombre, depende de una multitud de cosas que pueden lograrse por una infinita variedad de combinaciones. No puede expresarse adecuadamente en una finalidad singular, sino tan sólo en una jerarquía de fines, en una amplia escala de valores en la que cada necesidad de cada persona tiene su sitio”. Sigue Hayek: “La igualdad formal ante la ley está en pugna y de hecho es incompatible con toda actividad del Estado dirigida deliberadamente a la igualación material o sustantiva de los individuos, y toda política directamente dirigida a un ideal sustantivo de justicia distributiva tiene que conducir a la destrucción del Estado de Derecho. Provocar el mismo resultado para personas diferentes significa, por fuerza, tratarlas diferentemente. Dar a los diferentes individuos las mismas oportunidades objetivas, no significa darles la misma chance subjetiva. No puede negarse que el Estado de Derecho produce desigualdades económicas; todo lo que puede alegarse en su favor es que esta desigualdad no pretende afectar de una manera determinada a individuos en particular”. Discute también la cuestión de la planificación en estos términos: “Queda, por último, el problema, de la máxima importancia, de combatir las fluctuaciones generales de la actividad económica y las olas recurrentes de paro en masa que las acompañan. Este es, evidentemente, uno de los más graves y acuciantes problemas de nuestro tiempo. Pero, aunque su solución exigirá mucha planificación en el buen sentido, no requiere —o al menos no es forzoso que requiera— aquella especial clase de planificación que, según sus defensores, se propone reemplazar al mercado. Muchos economistas esperan que el remedio último se halle en el campo de la política monetaria, que no envolvería nada incompatible incluso con el liberalismo del siglo XIX”. El mainstream actual lo sigue a pie juntillas.

Como se ve mientras Matus y los economistas del CEFID-AR sostienen que el desarrollo requiere de una planificación, el padre de la ortodoxia se opone a ella. Pero rescata que el “plan” resulta necesario para reequilibrar la economía y no oculta su simpatía por el uso de la política monetaria.

 

 

¿Qué estamos buscando en la Argentina?

Queda palmariamente claro que no contamos con un plan de desarrollo. Este necesariamente supone limitar y establecer el perímetro de funcionamiento e influencia de la lógica mercantil. La ausencia del plan para el desarrollo es una carencia que el Frente de Todos no resolvió y que hubiera sido fundamental para cambiar la distribución del ingreso y, además, revertir la Argentina que había sido sometida a un sistemático e intencional objetivo de pérdida de independencia económica y soberanía política por parte de la Alianza PRO-UCR-CC. La política económica no ha disciplinado la esfera mercantil, que se constituyó en la principal asignadora de recursos. A medida que el avance del período gubernamental actual se fue encontrando con las dificultades de los destrozos que dejó el gobierno de Juntos por el Cambio, privilegió el acuerdo con el FMI, el que restringió la posibilidad de la dominancia fiscal (que habilita grados de libertad para el gasto público) y ahora se apresta a llevar a cabo un programa de estabilización que incluye:

  1. Una suba de las tasas de interés de carácter intenso.
  2. El cumplimiento de las recesivas metas de política monetaria (no emisión por este año).
  3. Medidas ofertistas (rebaja de impuestos y costos) a los sectores de la exportación tradicional del país y que se extiende a la producción minera, sectores que no las necesitan, pero que sí las reclaman.
  4. Un dispositivo que eleva el tipo de cambio para las liquidaciones de divisas de la cadena agroexportadora.
  5. Congelamientos y recortes en el gasto público.
  6. Aumentos significativos de las tarifas de los servicios públicos, aunque segmentadas.
  7. Una política de precios cuidados, que logra resultados si es bien implementada, pero limitados, porque se construye con una lógica de consenso y no de coerción sobre los sectores concentrados, que son muy hostiles a un gobierno que no sienten como propio.
  8. Un bono importante para los jubilados y una mesa de discusión entre sindicalistas y dirigentes patronales.
  9. Probablemente un aumento de suma fija para los asalariados.

Este programa tiene una matriz ortodoxa, aunque hay elementos de política de ingresos que mitigan la centralidad de las otras medidas. Tiene un hito de resistencia valorable, a la vez que irrenunciable: no devaluar. Pero los tipos de cambio diferenciales para la liquidación de cosechas son la inversa de la política de derechos de exportación. El modelo de Diamand de subsidiar a las ramas más inmaduras con menos productividad, reasignándoles recursos sustraídos a las que gozan de rentas diferenciales, ¿se ha dado vuelta como una media? ¿Dónde se debe debatir esta cuestión? No hay programa para el desarrollo económico, y entonces tampoco participación para discutirlo.

El país llega a esta situación porque no tiene un nivel de reservas que le permita una mayor potencia a la acción gubernamental. No tiene reservas porque no disciplinó el comercio exterior como hubiera requerido la situación de emergencia en que se encontraba la economía. No hay disciplinamiento de esa esfera porque no hay un plan económico para el desarrollo con objetivos cuantificados de importaciones y exportaciones, con regulaciones de precios y cantidades que atiendan a la imagen-objetivo que plantee la ciudadanía. Tampoco hay definiciones de la ruta y los tiempos para que se recomponga la capacidad adquisitiva de la población y acoten las extralimitadas rentas y ganancias. No hay objetivos precisos de industrialización intensiva y diversificada del país. Falta un elemento organizador de todas estas metas que quede abierto al debate popular, excelente forma para imprimir otro nivel de participación, conciencia y movilización.

Resulta necesario un viraje en un sentido determinado, que independice al gobierno de la presión de las derechas. La concesión a éstas no conduce a ningún atajo con retorno y no tiene límites. La política de señales a los mercados es una reiteración de historias ya vividas que puede ilustrar el título del tango Cuesta abajo.

 

 

 

Humanismo y Nación.

El último libro que escribió Horacio González, Humanismo, impugnación y resistencia, es un cántaro de reflexiones y opiniones. Afirma que “las naciones quieren ser un efecto mimético de las tradiciones humanísticas, desde luego pasadas por el cedazo de la gloria y de los actos sublimes contra la sumisión. La leyenda que ronda su pasado tiene victorias exaltadas y derrotas justificables… y una emotividad en disputa para perdonar agravios y mantener bajo cautelas y moderaciones los odios del pasado, con excepciones diversas, porque tampoco podría cortarse el hilo que conduce el legado que muchos preferimos, antes que los que consideran a la Nación un acto de propiedad privada extensa”. Este es el acto del apriete del FMI, es el acto salvaje del gran empresariado concentrado que somete al pueblo a la pobreza y la indignidad.

Más adelante Horacio González hace una pintura que indaga al peronismo, imprescindible para una mirada actual sobre el mismo: “¿Con el peronismo importaba más que el país tuviera una doctrina nacional o jugara sus cartas a una comunidad organizada? La primera parece actuar en el plano de las ideologías, la otra en el plano de las organizaciones sociales. Lo cierto es que ambas no lograron conjugarse de manera eficaz, por los impulsos autónomos con que cada consigna era creada, una de espaldas a la otra. La primera daba una derivación geopolítica que no tenía prácticamente acompañamientos mundiales… La segunda daba una derivación sindicalista movilizadora, que se basaba más en los criterios de un consenso sobre la justicia social en una sociedad en que fuertes sindicatos negociaban sobre posiciones favorables con los empresarios…Inevitablemente el peronismo recreaba con otro lenguaje las luchas sociales sobre la renta económica agraria, industrial y urbana, pero su filosofía oficial indicaba que había que pensar comunidades sin fisuras, con su contrato social garantizado de antemano por el reparto de los bienes, asegurando con el sello del Estado la parte que le correspondía a los que no tienen parte”. En la mirada de Horacio la tercera posición de Perón no fue una moda de época, sino una convicción doctrinaria. Y de su texto se desprenden interpelaciones inevitables al discurso del ministro de economía Sergio Massa: ¿qué hay de reparto de la renta y de los bienes para esta época de tanto despojo que vivimos? ¿Dónde está el sello del Estado para asegurar la parte de los que no tienen parte? ¿No hay volumen político para esos desafíos? ¿ Cuál será la utilidad que se le dará a ese volumen declamado?

Milita Horacio cuando propone: “Reafirmación, ocurrencia y expurgo deben ser las nuevas consignas de una reparación de un tejido demasiado herido como para poder pensarse en tanto historia total… porque la destrucción de lo que el peronismo enunciaba fue posible porque el peronismo concebido ‘más allá del bien y del mal’, permitía que lo habitaran personajes como Menem, un típico impostor con un sentido teatral de la política, pero en la manera del disfraz… y no de la tragedia… Menem tenía una sola filiación, la del converso, con su mimetismo ínsito en sus cavernosas seducciones, y se convierte en la aciaga y novedosa materia plástica del movimiento popular. Quedan a la luz… sombrías acciones que parecían olvidadas. El remate alevoso del patrimonio nacional hecho con la alegría del estafado premiado, ejecutado con la petulancia del simulador que muestra su travestimiento desde el palco porque piensa que hay un pueblo que necesita un turbio espectáculo… Impregnó Menem hasta hoy la idea de que una política de soberanía de la sensibilidad social y política para una nación democrática no sería posible ante los poderosos que ofrecen su imaginaria protección imperial, a cambio de una sumisión presentada con el ropaje del posibilismo”.  Son conceptualizaciones que merecen ser tenidas presentes en la actualidad. El pragmatismo conlleva un alto riesgo de implosión.

 

 

 

El posibilismo como sumisión

La presentación de los límites de la acción política puestos al nivel de abdicar del combate y de la confrontación, y la mímesis con el programa del enemigo, colocan a quien la practique en el borde de la conversión. Cómo llamar a esa estrategia si no se lo hace como una lógica de sumisión. Uno de los mayores estudiosos y conocedores del peronismo, Horacio González, hace una advertencia respecto del destino de un movimiento político en el que deposita la posibilidad del rescate del Humanismo en la Argentina. La saga del menemismo se manifestó en otras situaciones clave, como el retaceo de apoyos durante el gobierno de Cristina Fernández cuando la resolución 125, o el respaldo de un número de sus legisladores al vergonzoso acuerdo con los buitres en tiempos de Macri. Humanismo en la Argentina también es activar la Unidad Latinoamericana, confrontando con el proyecto panamericanista de sometimiento al Imperio. Objetivo difícil, pero necesario, que lleva un siglo y medio de intentos.

 

 

 

 

 

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