“Vos tenés tus muchachos y yo los míos”

Testimonio del sobreviviente Walter Docters en el juicio a represores de las “Brigadas” del sur del Conurbano

 

Es la mañana del martes y Walter Docters, de 65 años, está sentado en el living de su casa esperando que se solucione una imperfección técnica para empezar a hablar. De fondo, en su cuadrado virtual, aparecen un pañuelo con la consigna “Son 30.000”, una bandera de Palestina, una Whipala. En el centro de una mesa, la foto de Lili, la hermana de su esposa que fue desaparecida por los militares. Lo de hablar frente a un Tribunal no es algo que desconozca, aunque ahora por Zoom se pierde el acompañamiento de los familiares y dice que lo siente en el cuerpo, que permanece estático en un punto de la pantalla durante horas. De hecho es la vez 34 que declara en la justicia como víctima del genocidio de la dictadura. Un número que parece no sorprenderlo.

–Nunca un relato es igual al otro, siempre hay cosas nuevas que aparecen. La memoria es algo indescifrable –dirá el día después a El Cohete a la Luna, reflexionando sobre su nuevo testimonio.

Y luego: “Este juicio es importante porque hay policías que nunca fueron condenados, como Juan Miguel Wolk. Lo esperamos 45 años. La abuela que declaró después mío, Delia Giovanola, por suerte pudo hablar, tiene 95 años, cuando otros quedaron en el camino. La impunidad biológica ha hecho estragos”.

La audiencia transcurre en el día 27 del juicio de lesa humanidad conocido como “Brigadas”, donde se agrupa a los centros clandestinos que funcionaron en las brigadas de investigación policial de Banfield, Quilmes y Lanús. “El juicio tiene un ritmo muy lento, tenemos tres jueces que son subrogantes y estamos en etapa de testimoniales –dice Guadalupe Godoy, abogada querellante–. Entonces avanzamos solamente con una media jornada semanal y los testimonios se suspenden, se cortan”. El juicio concentra una causa demorada durante casi una década y cuyo eje es el circuito conocido como Los Pozos, núcleo de la represión ilegal en la zona sur del Conurbano. Son tres voluminosos expedientes integrados ahora en un único juicio con 18 imputados –entre ellos, una vez más, Miguel Osvaldo Etchecolatz–, 443 víctimas y 400 testigos: Pozo de Banfield, Pozo de Quilmes y El Infierno, a la vez puntos paradigmáticos de los 230 centros clandestinos del denominado Circuito Camps.

Docters habla tranquilo, por momentos se dispersa, pero los hechos que cuenta son claros, minuciosos y contundentes. Nunca se quiebra, salvo cuando menciona cómo sufrió su madre, donde la voz se ahoga: “Así como un familiar padecía horrores por alguien que estaba detenido, como en mi caso, a nosotros también nos pasaba lo mismo con ellos. A mi vieja la requisaban cada vez que venía a verme, humillándola. Eso era un peso emocional fuertísimo”.

 

Una testimonial en la era pandemia: sobreviviente y jueces por zoom y con fondos hogareños.

 

Su historia tiene detalles muy singulares, como la batalla ya desde joven con su padre policía y hasta ribetes de la literatura de espías. Cuando lo secuestraron tenía 19 años, salió en libertad a sus 27. Estuvo secuestrado en Arana, el Pozo de Quilmes, después Arana nuevamente, en otras comisarías, en la Unidad 9, en Devoto y después de vuelta en la Unidad 9 hasta 1983. “Me secuestraron pensando que era monto, me pegaron, me dieron por todos lados. Y cuando se dieron cuenta quién era, me dieron más”, cuenta.

Ante los jueces hizo una larga exposición de su vida en cautiverio: cómo los fajaban en cada traslado, el encierro en calabozos pequeños, la escasez de comida, las visitas de sus padres para llevarle ropa y comida; de cómo tuvo compañeros devastados por la tortura y la inanición; de cuándo sufrió la picana y las quemaduras en el cuerpo; de cómo un dentista que lo atendía en la cárcel se asombró con su dentadura destrozada por los golpes cuando él, ante el ruido del torno, similar a la picana, lo empujó como reacción espontánea; de cómo lo entrevistaba gente del servicio para pedirle colaboración de forma diplomática; de la humillación cuando iba al baño y los represores le abrían la puerta y le charlaban, impidiéndole ir de cuerpo; de las pocas horas en las que podía ver la luz y el cielo, escuchar el canto de los pájaros.

–Era un acoso permanente. Es increíble cómo hemos sobrevivido.

Hace un par de años, Walter Docters sufrió una descompensación por arritmia cardiaca. Cuando salió de la clínica, miró a su mujer y le dijo, con la barba blanca crecida: “Silvia, siento que me escapé de lo más profundo de un pozo”. Las fallas cardíacas empezaron después del Juicio a las Juntas, en 1985, cuando Walter rompió la relación con su padre, Guillermo Roberto Docters, policía bonaerense de la División de Arquitectura, hombre con jerarquía y amigo personal del comisario Etchecolatz.

Militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), Docters fue detenido ilegalmente en septiembre de 1976 en la terminal de ómnibus de La Plata, donde vivía. Un mes más tarde un comando de policías fue hasta su casa, golpearon la puerta y salió a atender Guillermo Docters.

–Jefe, tenemos a su hijo detenido por unos días. No se preocupe, los vamos a tratar bien.

Con absoluta cortesía, Guillermo Docters los hizo entrar y les permitió revisar su cuarto. Se llevaron ropa y documentos que consideraron “subversivos”. Cuarenta años después, en 2015, con su padre ya fallecido y apenas asumido el gobierno de María Eugenia Vidal, Walter Docters perdió su empleo como director de Asistencia a la Víctima de la Municipalidad de La Plata y en mayo de 2017 volvió a sufrir una crisis cardiorrespiratoria que lo dejó en cama.

Tiene tres hijos –Héctor, Mario y Gustavo–, se reconoce como un “militante del campo popular” y uno de sus mayores logros, dice, fue la gestación de su familia después de permanecer ocho años detenido en condiciones inhumanas. “Hasta tengo nietos y todo. Y ellos, que se creían tan dueños de la vida y la muerte, hoy están siendo juzgados”, agrega quien escribió Arana, centro de tortura y exterminio, un libro donde cuenta su propia experiencia de cautiverio en el Destacamento de Arana, el primer centro clandestino de detención de la policía bonaerense en el que se comprobó que hubo enterramientos clandestinos.

–Lo que tengo de bueno lo aprendí de mi vieja, que venía de raíces anarquistas. Lo que tengo malo nació conmigo y lo pulió mi viejo.

Hace poco integró el grupo Historias Desobedientes, hijos e hijas de represores que salieron a la luz para contar sus rechazos ideológicos, políticos y afectivos hacia sus padres. Dice que su padre era fanático del fascismo, escuchaba a todo volumen las óperas de Richard Wagner y en la biblioteca exhibía como libro de cabecera Mi lucha, de Adolf Hitler.

–Mi viejo nos fajaba y a mi vieja también. Jamás nos dijo un te quiero ni a mí ni a mi hermano. Y cuando empecé a pensar diferente a él, varias veces nos fuimos a las manos. Una vez le puse un revólver en la cabeza.

“Mi padre trabajaba en la Dirección de Arquitectura de la Policía de la Provincia de Buenos Aires –escribió en su libro–. Su tarea era diagramar las construcciones de las nuevas dependencias policiales. Justamente él diagramó la construcción de la Brigada de Investigaciones de Quilmes, donde luego pasé meses hacinado con otros compañeros cuando me detuvieron”.

Por la relación de su familia con la fuerza –Walter era hijo, sobrino y hermano de policías–, el PRT le encomendó tareas como infiltrado. Con la colaboración de su padre, que creyó “salvarlo” de su ideología, entró a la policía como secretario en una oficina dedicada a seleccionar perfiles de futuros ingresantes. Walter logró filtrar datos de centros clandestinos de la policía a su organización política hasta que sus superiores lo descubrieron. Lo torturaron con saña por “traición”. Le pegaban con una goma en la boca y lo estaqueaban para aplicarle picana eléctrica. Un día lo llevaron a una oficina y allí se encontró con su padre. “Pichón, ahí lo tenés con vida. Ahora dejate de joder”, le dijo Etchecolatz, que apareció por una puerta, a su subalterno Guillermo Docters.

Su padre evitó que le armaran una causa judicial y lo mataran. Al tiempo de recuperar la libertad, sin embargo, Walter declaró contra él. “Mi hijo se equivoca. Sólo cumplí tareas administrativas en la Dirección de Arquitectura, nunca diseñé ningún centro clandestino”, respondió su padre ante la Justicia, en 2001. El tiempo pasó hasta que una tarde, después de almorzar, Walter le preguntó sobre aquella vez que lo llevaron hasta la oficina de Etchecolatz. “No recuerdo nada. Se me hizo una laguna”, contestó Guillermo Docters secamente.

–Decime la verdad –insistió Walter.

–Walter, los muchachos me prometieron que te iban a dejar con vida. Y estás acá. No voy a decir nada.

–Pero esos muchachos me metieron preso siete años. Y me torturaron.

–Mirá, vos tenés tus muchachos y yo los míos –respondió su padre, dando por terminada la discusión.

En la audiencia del juicio de “Brigadas”, Walter contó que su familia le había tramitado varias visas, pero los militares también le negaron salir del país. Cuando le dieron la libertad, meses antes de la vuelta a la democracia en 1983, sintió que entraba en una cárcel más grande: la de un país devastado, que encontraba enrarecido y sin brillo.

“Los daños que nos han dejado son enormes, pero por algo seguimos acá buscando justicia. En lo personal, con el tiempo me hice una profunda autocrítica y creo que cometí muchos errores. Lo que nunca dejé de sentir es el dolor de los demás como propio. Y mantuve siempre la convicción de que un mundo mejor es posible”.

Antes de despedirse, los jueces se sorprendieron con una petición.

–¿Le puedo hacer una pregunta, señor presidente? –dice Walter Docters en el Zoom de la audiencia.

–Si puedo respondérsela… –contesta el presidente del Tribunal.

–¿Hasta cuándo vamos a permitir como sociedad que esta gente siga en prisión domiciliaria mientras se mueren las víctimas y sus familiares y encima siguen callados, sin decir dónde están los desaparecidos? ¿Por qué tenemos que aguantar que pongan un cartelito que dice “Qué lindo es estar en casa” mientras nosotros hablamos, contando el horror que crearon durante años?

 

Bandera de Palestina, Whipala y pañuelo blanco, el telón de fondo para declarar.

 

 

 

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