Vuelve la teoría de los excesos

La justicia de Córdoba condona los crímenes de ayer y de hoy

La memoria del 24 de marzo arraigó más allá de las contingencias políticas. Aunque en el fervor oficial se perfilen distintas consideraciones, una porción destacable de la sociedad sabe lo que quiere para su destino colectivo de hoy cuando conmemora la más significativa violación de los derechos humanos de nuestra historia de los últimos siglos. Creció el valor de la vida y de la libertad, individual y comunitaria. Y con ello la valorización de la condición humana, que no puede escindirse de su inserción y convivencia con los otros vivientes de la naturaleza. A cuarenta y dos años puede considerarse una adquisición encarnada y consolidada, capaz de sortear los zigzagueos de la historia.

La mediación de los acontecimientos podrá afianzar o debilitar en la conciencia esas concepciones de fondo. Y estas circunstancias nos posibilitan cada 24 de marzo sumar y restar lo acumulado en la experiencia colectiva, que siempre estará mediatizada por los poderes, ya sean los establecidos por las leyes o por las hegemonías dominantes.

Cuando la Corte Suprema de Justicia aplicó el 2×1, la multitud en las calles obligó —más allá de partidismos — la reacción del Poder Legislativo poniendo límites. Pero también impidió la repetición; aunque luego las debilidades del Poder Judicial hayan encontrado resquicios para que buena parte de los condenados por delitos de lesa humanidad fueran a sus casas, tal como estalló con el emblemático genocida Etchecolatz en Mar del Plata; y se intenta ahora escudarlos en la sobrepoblación carcelaria.

En Córdoba, en este aniversario, debe valorarse el juicio a los magistrados que finalizó en diciembre pasado. Esta vez fue 2×2: dos condenados y dos absueltos. Aunque las dilaciones y maniobras corporativas lo demoraron por años, el juicio se hizo; y tanto los funcionarios judiciales imputados como los hechos delictivos se conocieron, superando cierto esfuerzo mediático por ocultarlos.

Los entretelones de este primer juicio a la complicidad civil explicaron la solidez de ciertas redes del poder no sólo institucional, sino fáctico que opera en la sociedad cordobesa. Y eso también quedó reflejado en la sentencia. Por eso debe valorizarse la realización de este juicio, que logró horadar a ese poder poniendo en escena las acciones de los funcionarios judiciales (jueces, fiscales, secretarios y defensores oficiales) que facilitaron la impunidad criminal de los ejecutores militares y policías. Porque ésta no fue una complicidad pasiva. Sin las actuaciones judiciales de los funcionarios de entonces muchos de los crímenes no podrían haberse consumado. Esta complicidad activa con el Terrorismo de Estado, del que algunos funcionarios judiciales se mostraron fervientes militantes, fue decisiva en la profundidad de la herida social que causaron las violaciones a los derechos humanos.

Pero este juicio fue mucho más que recuerdo del pasado. Porque más allá de las tramitaciones que venciendo obstáculos posibilitaron su realización, fue demostrativo del peso de la herencia corporativa. Y lo funcional que puede resultarle al poder político de turno la actuación de una justicia que lee las leyes condicionada por las circunstancias cambiantes de los procesos socio-políticos.

La sentencia restringe el rol constitucional de los funcionarios judiciales a ser “contrapeso para evitar –por vía de las investigaciones respectivas– los excesos de poder que podían surgir por el uso inadecuado de las fuerzas por parte de las fuerzas de seguridad” (pag. 1017). Parece grave que el Tribunal de este juicio haya retomado el lenguaje de los “excesos”, rebrotando una concepción represiva que hoy pareciera reencantar a quienes están prestos no sólo a justificar asesinatos por la espalda por parte de las fuerzas de seguridad, sino a permitir la instalación en el país de bases de instrucción a especialistas, que se han destacado en el mundo por un rol criminal (antes que preventivo) del delito.

Igualmente sugestiva y preocupante –por la proyección que se viene verificando en la actual política represiva— es la sentencia cuando analiza el accionar de la policía desconectado de la responsabilidad judicial. Los jueces afirman que, en “la doctrina de la época” (p. 935), “el despliegue policial, desde sus inicios se orientaba a obtener datos en los interrogatorios que les permitiera continuar la investigación sin control de parte. Lo que permitía que los preventores se excedieran, coaccionando física o psicológicamente a los detenidos” (p. 936). Curiosa manera de encubrir lingüísticamente las torturas, apremios ilegales y tratos degradantes. Más en la sentencia de un juicio donde la mayoría de las imputaciones fueron la omisión por parte de los funcionarios judiciales de denunciar o investigar este tipo de delitos criminales.

Pero lo más grave es que al volver al léxico de los “excesos” y “coacciones físicas o psicológicas” se retoman expresiones anodinas que sirvieron ayer para ocultar y no investigar los tormentos; y hoy reverdecen hasta en boca del Presidente de la Nación para justificar un asesinato que la justicia aún sigue investigando. Los acomodamientos judiciales a los tiempos políticos resultan precedentes nocivos para la independencia de poderes y la consolidación de las instituciones democráticas, que debieran servir para garantizar los derechos de los ciudadanos. La lista del “debe” para esta conmemoración es sin duda mucho más larga. Añadiendo la muerte de genocidas (Menéndez, Bignone) sin ruptura del silencio encubridor, que desnudó su cobardía. Cada uno de los individuos y sectores sociales deberá completar los “debe”. Y anotar también los “haber”.

La memoria viva del 24 de marzo nos remite a hechos y actuaciones de quienes protagonizan de distinto modo situaciones de hoy que, ahuyentando la regresión, debieran enmarcarse en los progresos que la humanidad en su conjunto, en las diversas instancias internacionales, ha consolidado como conciencia común de los habitantes de este planeta. Hacer lo que el Cura Brochero enseñaba con el cuento de los cangrejos –que siguieron caminando para atrás— sería vergüenza para los humanos.

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