Xi y Biden contra los monopolios

¿Qué hay detrás de la reacción similar de ambos gobiernos?

 

Recientemente, tanto el gobierno de Estados Unidos como el de China han explicitado medidas antimonopólicas. El 9 de julio de 2021, Joe Biden emitió una “orden ejecutiva” (decreto) sobre “promoción de la competencia en la economía estadounidense”, denunciando distorsiones y manipulaciones del mercado en sectores de finanzas, tecnología, transporte, sanitario y farmacéutico, agrícola y otros. La “consolidación” (monopolización) es resultado de la prolongada ausencia del Estado: “Sin embargo, durante las últimas décadas, a medida que las industrias se han consolidado, la competencia se ha debilitado en demasiados mercados, negando a los estadounidenses los beneficios de una economía abierta y aumentando la desigualdad racial, de ingresos y riqueza. La inacción del gobierno federal ha contribuido a estos problemas, y los trabajadores, los agricultores, las pequeñas empresas y los consumidores han pagado el precio”.

Hay que remontarse al período del New Deal de Franklin Delano Roosevelt para encontrar decretos con conceptos similares. Las últimas décadas aludidas involucran tanto a republicanos como a demócratas, incluidos los dos gobiernos de Barack Obama, que tuvieron al mismo Biden como Vicepresidente. La orden ejecutiva denuncia mercados no transparentes, precios injustos y discriminatorios, prácticas anticompetitivas en la distribución y barreras de entrada en determinados sectores, con especiales menciones a las prácticas en el sector tecnológico, donde las víctimas son los usuarios de plataformas minoristas, redes sociales y clientes de aerolíneas, entre otros. Los intercambios equitativos entre las partes –que repiten a pie juntillas los manuales de economía– dejaron lugar a arreglos muy desiguales entre clientes o proveedores que enfrentan a grandes corporaciones sin posibilidades de negociación alguna.

Las big tech controlan proveedores y clientes. Es común la adquisición preventiva de competidores potenciales. Amazon cobra tarifas elevadas a los minoristas sin opción y al mismo tiempo compiten directamente con ellos cuando su big data identifica el desarrollo de un nuevo filón independiente. Las big pharma son monopolios con patente (de corso). Sus “patentes innovadoras” son consecuencia de la investigación básica financiada por el gobierno [i] y regularmente tienen éxito al renovar las patentes, simplemente modificando algún compuesto secundario o innecesario. Aumentan fuertemente los precios de medicamentos recetados y bloquean la difusión de medicamentos genéricos, incluso durante la pandemia.

El sector financiero desregulado progresivamente entre 1980 y fin de siglo es la suma de las colusiones monopólicas, de conductas que inducen a la especulación y a la “acumulación por desposesión” [ii] de empresas y consumidores. Su unión con tecnológicas en las fintech es uno de los desarrollos más explosivos y desestabilizantes del capitalismo actual.

Biden no sólo denuncia las prácticas monopólicas en casa, sino también aprovecha para criticar a China en su decreto: “Mientras tanto, Estados Unidos enfrenta nuevos desafíos para su posición económica en el mundo, incluidas las presiones competitivas injustas de los monopolios extranjeros y las empresas que son de propiedad estatal o patrocinadas por el Estado, o cuyo poder de mercado es apoyado directamente por gobiernos extranjeros”.

El pasado 30 de agosto, Xi Jinping –en la 21ª reunión del Comité Central del Partido Comunista de China (PCCh)– expuso, en forma central, sobre las regulaciones antimonopolio y la competencia desleal. En su disertación –en la que también se refirió a la mejora del sistema de reservas estratégicas y a la lucha contra la contaminación– reafirmó el contenido de la nueva ley aprobada en diciembre de 2020: “La implementación de regulaciones y políticas antimonopolio que promueven la competencia leal es un requisito intrínseco para mejorar el sistema económico de mercado socialista”, expresó Xi, insistiendo en nivelar el campo de juego para todo tipo de empresas y proteger mejor el mercado, los derechos e intereses de los consumidores.

También enfatizó que China ha intensificado la supervisión antimonopolio y el castigo a empresas de “plataformas relevantes” (como Alibaba). Asimismo, focalizó en la protección de los derechos de propiedad, en la prevención de la “expansión desordenada del capital” y en la mejora constante de la competencia leal, mejorando el acceso al mercado y la regulación de la competencia en la economía digital y evitando el abuso del poder para excluir y restringir la competencia.

Xi Jinping hizo hincapié en fortalecer la conciencia de las empresas sobre la competencia y en orientar a toda la sociedad para formar un entorno de mercado que defienda, proteja y promueva la competencia leal. Reiteró la necesidad de aplicar las leyes antimonopolio en “áreas clave, incluidas la economía de plataformas, la innovación científica y tecnológica y la garantía de los medios de vida de las personas”.

¿Qué hay detrás de esta reacción similar de ambos gobiernos frente a las prácticas monopólicas? En el caso de China, es la reafirmación de una política que se ha venido acentuando durante los últimos años. China ha definido su sistema como una “economía socialista de mercado”, reconociendo al capital privado que, actuando en competencia, tiene la capacidad de revolucionar las fuerzas productivas. Simultáneamente, reserva al Estado la administración de los monopolios naturales, el manejo de las empresas estratégicas y el control de las fuerzas que pueden desbalancear el sistema, en especial las tecnologías de la información y la comunicación (TICs) que, alentadas por el Estado, crecieron de la nada hasta su elevado nivel actual.

Por su parte, el decreto de Biden es un cambio significativo de las políticas estatales, luego de cuarenta años de haber acicateado, con sus desregulaciones, el progreso del neoliberalismo, en especial en el área financiera. Hubo un episodio en el turbulento período posterior a las últimas elecciones que debe mencionarse, más allá de quién fue el castigado. A raíz del ataque al edificio del Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero pasado, tanto Twitter como Facebook e Instagram decidieron congelar las cuentas del Presidente en ejercicio Donald Trump, indicándole que si continuaba violando sus reglas –sobre qué está bien y qué mal– la suspensión sería permanente. No saldremos en defensa de los exabruptos de Trump, ni de su insistencia sobre el supuesto robo de votos que lo perjudicaba. Pero sí cabe destacar el hecho grave: que monopolios privados le cerraron las cuentas al Presidente de los Estados Unidos, el hombre que se suponía más poderoso en la Tierra. Es probable que Biden haya tenido en cuenta esa amenaza al poder político cuando autorizó los párrafos que mencionan explícitamente el accionar de los monopolios tecnológicos.

 

Monopolios tecnológicos con capacidad de condicionar al poder político.

 

 

 

Competencia y monopolio

El capitalismo industrial comenzó con empresas pequeñas enfrentadas en competencia más o menos perfecta. Focalizado sobre ese primer estadio de desarrollo del capitalismo competitivo, se han erigido las catedrales del pensamiento económico. En su vertiente neoclásica, nunca ha tomado en consideración el crecimiento irrefrenable de los monopolios, así como tampoco puede explicar la reiteración de crisis periódicas que contradicen “los ajustes automáticos por la mano invisible del mercado”.

En el curso del capitalismo, las empresas más hábiles que desarrollaron nuevos productos y procesos de producción fueron desplazando a las que no lograban igualar sus novedades y productividad. Luego de cada crisis de superproducción, la concentración fue avanzando en distintas ramas productivas. A fines del siglo XIX, este proceso se aceleró con los avances científicos y la unión de las cúpulas industriales con el capital bancario, dando origen al capital financiero.

Hay dos elementos monopolizables: los recursos y las nuevas ideas. En la historia abundan las guerras por la apropiación de recursos, para los Estados en tiempos más remotos y para sus empresas nacionales a partir del capitalismo industrial. El otro elemento clave en el desarrollo de los monopolios está basado en la “propiedad intelectual”. Este concepto es mucho más reciente que el de la propiedad en general, que también es una construcción social. Los antecedentes más antiguos de registro intelectual se encuentran en Venecia en 1474, Alemania en 1501 e Inglaterra en 1518, todos relacionados con impresión de libros (el beneficiario era el impresor, no el autor).

El registro legal de propiedad intelectual se había impuesto en Inglaterra durante la Revolución Industrial y comenzó a ser reconocido por el conjunto de los países más avanzados recién a partir del Convenio de París sobre Protección de la Propiedad Industrial de 1883. La protección de las obras literarias y artísticas se instituyó en el Convenio de Berna en 1886.

Así como el acaparamiento de tierras, mares, puertos, minería y petróleo es la base de monopolios basados en recursos naturales por países y empresas, las patentes de propiedad intelectual son un punto crucial para el desarrollo de las ramas industriales en el siglo XX y muy especialmente de las TICs a partir de la segunda mitad del siglo pasado.

Este sector económico está revolucionando las fuerzas productivas en general, con transformaciones en todas las esferas. Tanto en Estados Unidos como en China, las bases científicas y tecnológicas que las han posibilitado provienen en gran medida de las investigaciones financiadas por ambos Estados.

La construcción social que es el reconocimiento del derecho de propiedad intelectual a las empresas (no necesariamente a los inventores dentro de ellas), ignora o no pondera las distintas contribuciones que aportan los Estados. En el caso de las TICs, ha dado origen a monopolios que desbordan permanentemente sus esferas originales, impregnando con sus aplicaciones todo el aparato productivo, distributivo y financiero. La fijación de estándares que hacen estos monopolios, tanto americanos como chinos, les garantizan increíbles ganancias. Una vez logrado un estándar, es como fijar un derecho de peaje permanente. No hay diez Internet, ni muchas opciones a Google, a Microsoft o a cualquiera de los mamuts del sector en Estados Unidos y en China. Son empresas que por su peso económico y posición estratégica obtienen ganancias monopólicas y, como se ha mencionado, pueden condicionar al poder político.

En el caso de China, ya hay ejemplos del rigor de la nueva ley antimonopolio, de aplicación rápida y no disputada legalmente. En marzo multaron a cinco compañías de envíos de comida, incluidas Didi Chuxing, Nice Tuan (de Alibaba) y Meituan, por el equivalente a 200.000 dólares cada una. En abril fue impuesta la multa récord a Alibaba, de Jack Ma, quien pagó un equivalente a 2.750 millones de dólares por prácticas anticompetitivas, tras el intento de ingresar por la ventana en el negocio bancario, sin aceptar sus regulaciones. En noviembre, su controlada Ant Group, matriz de AliPay, vio abortado su intento de oferta pública inicial en Estados Unidos por 34.500 millones de dólares, por órdenes del gobierno chino. En julio, ordenaron retirar de los negocios la app de Didi (el Uber chino) luego que esa empresa cotizara sus acciones en los Estados Unidos. Los socios de Didi en Estados Unidos no son chinos y el gobierno de Xi Jinping no quiere, por seguridad nacional, que los datos personales de su país caigan en manos extranjeras.

 

Multa récord para Alibaba por prácticas anticompetitivas.

 

 

Las empresas sancionadas y muchas otras importantes o sus dueños –siguiendo los lineamientos de la consigna oficial de “prosperidad compartida” y curándose en salud– han anunciado proyectos para compartir su riqueza. Jack Ma invertirá 15.500 millones de dólares y Tencent utilizará un monto similar en programas de ayuda social, mientras Wang Xing (Meituan) transfirió 2.000 millones de dólares a su fundación filantrópica [iii]. El Estado tiene más poder que las empresas, incluidos los monopolios privados.

Las restricciones antimonopólicas en Estados Unidos deberán probar, en la práctica, que tienen la misma incidencia que sus equivalentes en China. No es muy fácil que así sea, porque en ese país el poder de los monopolios ha colonizado a sus dos partidos como para limitar, inclusive, una orden ejecutiva. En China, el PCCh interpreta que hay segmentos de monopolio natural (infraestructura, energía, industrias básicas y estratégicas) que deben ser empresas del estado (SOEs), por lo que el verdadero objetivo de las restricciones son las TICs, cuyo poder puede comprometer la dirección del desarrollo chino, y marginalmente, otros monopolios privados en sectores no estratégicos.

De todas maneras, habrá que seguir con detalle esta iniciativa americana, que se suma a otras para cambiar su imagen ante aliados y, especialmente, ante la población nacional. A la disconformidad con la situación social actual, que se manifestó abiertamente durante el turbulento periodo de Trump, se suma, más recientemente, la retirada forzada de Afganistán. Es que Estados Unidos no puede enfrentar el desafío de largo plazo que le presenta China si no tiene su casa en orden, y está bastante lejos de lograrlo.

 

 

 

[i] Mariana Mazzucato (2019). The Value of Everything, Public Affairs, New York.
[ii] David Harvey (2004). El “nuevo” imperialismo, acumulación por desposesión, CLACSO.
[iii] The New York Times (08/09/2021), “‘Prosperidad compartida”: el plan de China para que los millonarios compartan sus riquezas”.

 

 

 

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