En julio de 1983, en la etapa postrera de las últimas dictaduras militares de la Argentina (1976-1983) y Brasil (1964-1985), Guillermo O’Donnell presentaba su célebre ensayo ¿Y a mí, qué me importa? Notas sobre sociabilidad y política en Argentina y Brasil [1]. El trabajo fue expuesto inicialmente en un seminario internacional en Nova Friburgo (Río de Janeiro). Su objetivo central era desentrañar cómo las pautas de sociabilidad y las microinteracciones de la vida cotidiana operan como obstáculos culturales para la consolidación de una democracia sustantiva.
O’Donnell postulaba que el reconocimiento —o la negación— de la autoridad y la igualdad en el espacio público moldean el ejercicio de la ciudadanía, vinculando las expresiones subjetivas de poder con los modelos macropolíticos de organización estatal. Mientras que en la Argentina identificaba una suerte de plebeyismo nivelador desafiante de la autoridad, en Brasil observaba una verticalidad estamental donde la ciudadanía era, en el mejor de los casos, un fenómeno "regulado".
Las categorías de O’Donnell mantienen vigencia 43 años después de aquel diagnóstico. Nos encontramos ante una Argentina que, bajo la administración de Javier Milei, parece querer restaurar una jerarquía estamental y una sumisión al poder real (externo e interno) que colisiona de frente con el ethos igualitarista de la sociedad. En paralelo, el Brasil de Luiz Inácio Lula da Silva transita un camino de búsqueda sostenida de autonomía y mayores estándares de horizontalidad social.
Este avance brasileño desafía el viejo privilegio de quienes solían recurrir al clásico “Você sabe com quem está falando?” [2]. En el análisis de O'Donnell, esta expresión cristaliza la reafirmación del privilegio estamental y la irrupción de la jerarquía privada sobre la ley pública. Es el recurso de quien apela a su estatus económico o político para situarse por encima de la norma común. Refleja una sociedad que no se autopercibe como un conjunto de ciudadanos iguales, sino como una red de dependencias y rangos donde el "derecho" es una concesión del estatus y no una atribución universal.

La bandera y el mapita
La reciente semifinal del Mundial 2026 contra Inglaterra no fue solo un evento deportivo. A pesar de las bienintencionadas declaraciones de Lionel Scaloni, enfatizando que “solo se trataba de un partido de fútbol”, resultó un escenario donde la “sociabilidad plebeya” argentina volvió a impugnar la jerarquía que el poder establecido pretendía imponer.
Al finalizar el encuentro, tres jugadores (Giovani Lo Celso, Lisandro Martínez y Cristian “Cuti” Romero) —herederos de esa tradición horizontal descrita por O’Donnell— desplegaron una bandera con la inscripción “Las Malvinas son argentinas”. Había sido fabricada con una sábana de hotel y arrojada desde la tribuna por hinchas que desafiaron la prohibición de la FIFA. Este acto “irreverente” ocurrió a pesar de que la obediente ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, había recibido instrucciones del FBI sobre la prohibición de cualquier mensaje "político". Además, la ministra se había referido despectivamente a nuestras islas usurpadas como "el mapita de Malvinas".
La reacción espasmódica del gobierno fue la de un defensor de las jerarquías que teme irritar al superior. Javier Milei tildó el gesto de los jugadores de "patrioterismo barato y berreta" y de "eslóganes nacionalistas rancios". Según la expresión del Presidente, admirador de Margaret Thatcher, la soberanía es una cuestión de "diplomacia sabia" (ahora entendemos por qué colocó en el Palacio San Martín a un canciller tan versado en la materia como Pablo Quirno) y no una expresión del sentimiento popular, al que clasifica como propio de "personas intrascendentes" que no deberían generar "ruidos" en el plano internacional.
Ver esta publicación en Instagram
Una publicación compartida por Crónica Política Online | Argentina (@cronicapolitica)
En la misma línea antipopular, Mauricio Macri, desde su cargo en la Fundación FIFA, cuestionó a los futbolistas argentinos. Afirmó que "no era el momento" y que "con lo de Malvinas hicieron una de más", frase cargada de desprecio hacia quienes no respetan los límites de la "normalidad" impuesta por los de arriba para no "mezclar política con fútbol".
Ver esta publicación en Instagram
Una publicación compartida por Crónica Política Online | Argentina (@cronicapolitica)
Esta actitud antinacional, el despliegue de la “bandera maldita” por parte de los jugadores argentinos y la negativa de "Cuti" Romero de estrecharle la mano a Donald Trump durante la entrega de medallas tras la final con España representan la cristalización del "¿y a mí, qué mierda me importa?" de O’Donnell. Se manifiestan como ritual de rechazo a la autoridad que se pretende incuestionable. Es el plebeyismo nivelador que no reconoce distinciones de estatus frente a la dignidad nacional.
Como señaló el gran escritor uruguayo Eduardo Galeano al referirse a Diego Armando Maradona, el "Diez" fue el "más humano de los dioses" precisamente por esa misma tradición plebeya. Un ídolo que "rompió lanzas en defensa de los jugadores que no eran famosos ni populares" y que nunca olvidó que venía de una barriada en Villa Fiorito donde "pasó más que frío". Según el autor de Las venas abiertas de América Latina, Maradona encarnó ese sueño de justicia frente a los poderosos, esos mismos poderosos a los que hoy Milei satisface con su experimento libertario.
La campaña anti-Argentina de Milei
La política exterior de “occidentalización dogmática” de Javier Milei se ha transformado en un catálogo de agresiones que asemejan al jefe de Estado a un energúmeno incapaz de distinguir entre el interés nacional y sus fijaciones ideológicas personales.
El reciente conflicto diplomático con Brasil escaló a niveles inéditos cuando Milei, en un acto de campaña de Flávio Bolsonaro en San Pablo, llamó a Lula "ladrón", "corrupto", "basura socialista" y "presidiario". No contento con agredir al tres veces Presidente de nuestro principal socio comercial, insultó al juez del Supremo Tribunal Federal, Alexandre de Moraes, calificándolo de "basura calva". La respuesta de Itamaraty fue contundente: el llamado a consultas del embajador Julio Bitelli, un paso diplomático de gravedad que, en situaciones extremas, suele preceder a la ruptura formal de relaciones.
Para justificar su agresividad, Milei ha denunciado una “campaña antiargentina” orquestada desde Brasil, utilizando datos de informes digitales que, según expertos y los propios autores de los estudios, no prueban ninguna operación centralizada.
Consultoras como Inteligencia Analítica aclararon que el volumen de publicaciones sobre la Argentina se explica por la rivalidad futbolística y el tamaño de la población brasileña, pero de ningún modo por una "operación coordinada". Esta cruzada contra supuestos enemigos externos ha derivado en una manifiesta sobreactuación del gobierno con la emisión del reciente DNU 681/2026, que prohíbe el ingreso al país a extranjeros que expresen “mensajes de odio” contra la nación.
La primera personalidad que podría ser objeto del DNU es Rosalía. Recientemente, la cantante pidió perdón a los argentinos tras compartir un video de Mia Khalifa que chasqueaba a la selección tras perder la final del Mundial, y aseguró que “solo siente amor por el país”. Este fin de semana, Rosalía debería iniciar una serie de shows en el Movistar Arena. Por el momento, la voz del gobierno en contra de la incitación al odio y a favor de la concordia la expresó el comunicador digital de las Fuerzas del Cielo, Alejandro Sarubbi Benítez, quien le respondió a Rosalía llamándola “gorda, puta y lesbiana”. Como siempre, los libertarios siguiendo la línea argumental sofisticada y el decoro del Presidente.
Lo cierto es que la verdadera campaña contra la imagen del país la lleva adelante el propio gobierno con sus desmesuras. Esto ha provocado que personalidades internacionales como el actor español Javier Bardem deban aclarar que su rechazo no es hacia la Argentina —a la que considera una inspiración por su proceso sin parangón a nivel mundial de “Memoria, verdad y justicia”—, sino hacia el alineamiento de Milei con políticas belicistas y con figuras como Benjamin Netanyahu, a quien el actor calificó como un “criminal de guerra”.
Esta degradación de la política externa ocurre en paralelo a una caída significativa del gobierno en la consideración pública nacional. Según el último Índice de Confianza en el Gobierno (ICG) de la Universidad Torcuato Di Tella, la confianza pública en la administración Milei disminuyó un 6,5% solo en el mes de julio de 2026. Se sitúa así en apenas 1,94 puntos. Desde diciembre de 2025, el desplome acumulado es del 21,5%. Esto marca una curva que sigue, de manera fiel, el recorrido de la gestión de Mauricio Macri. La desaprobación del Presidente, según Poliarquía —una de las consultoras que hasta ahora ha arrojado mejores números para Milei—, ya alcanza el 57%. El deterioro es más profundo para otras consultoras como la cordobesa Delfos, que sitúa al Presidente perdiendo por 12 puntos en un eventual ballotage, a la vez que registra una desaprobación récord que alcanza el 75%.
Lula vis-à-vis Milei
Al contrastar la realidad de Brasil y la Argentina, los datos revelan trayectorias decididamente encontradas. Lula da Silva, a lo largo de sus tres mandatos, ha liderado una transformación social profunda en Brasil. Durante sus dos primeras presidencias (2003-2010), el lema "ningún brasileño pasará hambre" se tradujo en que 30 millones de personas salieran de la pobreza y surgiera una nueva clase media. El PBI per cápita creció un 32% y la desigualdad disminuyó un 9,4%, logrando metas sociales con responsabilidad fiscal.
En su tercer mandato, iniciado en 2023, Brasil volvió a salir del Mapa del Hambre de la ONU (FAO). Además, redujo en dos años un 25% el número de familias en situación de vulnerabilidad, con 14 millones de personas que salieron de la pobreza. Con una tasa de desempleo en su nivel histórico más bajo (5,2%) y una política de revalorización real del salario mínimo, Brasil exhibe indicadores de movilidad social que contrastan con la durísima realidad de cada vez más argentinos —como señaló Lionel Messi— que “la pasan mal, que no tienen trabajo, que no llegan a fin de mes".
En este contexto, los datos económicos del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) muestran una verdadera tragedia para la economía real. En los primeros 29 meses de gestión de Milei, se perdieron 341.396 puestos de trabajo registrados (385 trabajadores menos por día) y cerraron 28.262 empresas (30 por día), afectando en un 99,7% a las pymes. El salario real de los trabajadores registrados acumula una caída del 18,7% si se aplica la canasta básica real. Esto ha empujado a las familias a un endeudamiento desesperado: la morosidad saltó del 2,5% en octubre de 2024 al 12,3% en mayo de 2026, con un desplazamiento masivo de deudores hacia billeteras virtuales ante la reticencia de préstamos por parte de los bancos.
A este descalabro económico se suma el retroceso en el plano de los derechos y de las libertades, en lo que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en su informe de 2025, denomina un “escenario de debilitamiento de la democracia”. El informe denuncia una reconfiguración autoritaria del Estado, caracterizada por la criminalización de la protesta social y los ataques directos contra los periodistas y la libertad de expresión. Este cuadro se completa con un sinfín de recortes en las políticas sociales (la eliminación de la política de medicamentos gratuitos para jubilados y el despliegue de una crueldad sin precedentes en el abordaje de las políticas dirigidas a las personas con discapacidad, por ejemplo). De esta manera se compone un escenario de fragilidad extrema en el acceso a derechos elementales.
Símbolos y soberanía
La dimensión simbólica de estos contrastes se torna evidente al observar la relación de ambos gobiernos con el poder político y financiero internacional. En un hecho que lesiona gravemente la investidura presidencial, Milei recibió a la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, permitiendo que participara en una reunión del gabinete ampliado como si fuera una funcionaria más de la Casa Rosada. La fotografía del encuentro es elocuente: Milei se sentó a un costado de la mesa, dejando la cabecera vacía ante Georgieva, en una imagen de sumisión total ante el organismo financiero que apuntala su experimento socioeconómico.
En las antípodas, Lula defiende la autonomía política y económica de Brasil. El mandatario brasileño ha denunciado en una reciente columna de opinión en The Washington Post las tarifas de Estados Unidos como un "error estratégico", y afirmó que América Latina no necesita "portaaviones rondando sus aguas ni castigos arancelarios". En un gesto de independencia que contrasta con la genuflexión argentina, la cancillería de Brasil recientemente negó las visas a dos altos funcionarios del Departamento de Estado norteamericano que pretendían interferir en el proceso electoral brasileño. Para Lula, el destino de Brasil compete solo a los brasileños, "sin interferencia externa ni subordinación", y la única guerra indispensable es contra el “hambre, la pobreza y la desigualdad”.
Este compromiso con la horizontalización social se patentiza en el último jingle de campaña de Lula, inspirado en el clásico "Rap do Silva". La canción original de 1995 de MC Bob Rum era un símbolo de la tragedia y la precariedad de los habitantes de las periferias, narrando la muerte de un trabajador que regresaba de un baile funk. Lula se reapropia de esa identidad popular para transformarla en una narrativa de búsqueda de prosperidad colectiva para Brasil.
Mientras Milei impone una visión del Estado donde los sectores populares son apenas un factor de ajuste al servicio de una arquitectura financiera global, Lula —cuyo jingle habla de casa, comida y empleo como algo sagrado— refleja lo que O’Donnell delineaba como uno de los desafíos de Brasil en 1983. Esto es, horizontalizar las identidades para que el ciudadano común deje de ser una víctima de la jerarquía estamental y pase a ser un sujeto con plenos derechos. Lula expresa, en definitiva, el despliegue de políticas “rebeldes” que procuraron, con un grado considerable de éxito, quebrar la lógica del “você sabe com quem está falando?”, expresión histórica de los privilegios de las élites.
Cuatro décadas después
Retomando las conclusiones de O’Donnell de hace más de cuatro décadas, es posible afirmar que el Brasil de Lula ha logrado gran parte de los objetivos que el politólogo argentino planteaba como desafíos para la futura democracia en tiempos todavía autoritarios. Brasil ha avanzado con los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) hacia una sociedad más horizontal y menos injusta, luchando para que la ciudadanía no sea una concesión de estatus o una "protección" paternalista, sino una realidad material.
Como contracara, el proyecto de Milei representa un esfuerzo anacrónico por retrotraer a la Argentina hacia la sociedad estamental e injusta anterior a la década de 1940. El Presidente libertario procura reinstalar una lógica de jerarquías sociales que considera a la soberanía popular como un "eslogan berreta" y a la igualdad plebeya como un obstáculo para su subordinación dogmática a los intereses externos.
Sin embargo, como bien describía O'Donnell en 1983, la tradición popular argentina tiene un núcleo de resistencia irreductible. El "¿y a mí qué mierda me importa?" de los jugadores de la selección a Monteoliva, de los jubilados reprimidos los miércoles en el Congreso, de las víctimas de los recortes en discapacidad y de los trabajadores que se resisten al cierre cotidiano de fábricas, es la respuesta espontánea de sectores populares que no se someterán a que su destino sea dictado desde cabeceras de mesa vaciadas de soberanía nacional.
Una democracia plena solo es posible cuando el poder real deja de intentar "poner a todos en su lugar" y empieza a reconocer la legitimidad del reclamo de igualdad social y soberanía nacional.
[1] O'Donnell, G. (1984). ¿Y a mí, qué me importa? Notas sobre sociabilidad y autoritarismo en Argentina y Brasil. University of Notre Dame. Disponible online. Intuimos que, por una cuestión de decoro académico, O’Donnell no utilizó en el título del paper la expresión “¿Y a mí, qué mierda me importa?”, aunque sí la empleó repetidamente a lo largo de todo el ensayo.
[2] O’Donnell alude a esta frase cuando refiere al libro de su entonces colega de la Universidad de Notre Dame, el antropólogo Roberto DaMatta. Ver DaMatta, R. (1978). Carnavais, malandros e heróis: Para uma sociologia do dilema brasileiro. Zahar Editores.
* Luciano Anzelini es doctor en Ciencias Sociales (UBA) y profesor de Relaciones Internacionales (UBA-UNSAM-UNQ-UTDT).
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí