Y EN EL PRINCIPIO FUE LA MUJER

Inés Arteta teje una novela políticamente correcta que aplasta el canon con cánones del feminismo

 

Fórmula imbatible para inventar una historia es buscar, o perseguir. El tiempo perdido, un tesoro (con o sin isla), un bolazo (y la verdad que encubre), culpables, una ballena blanca, un grial, una joya, una carta robada, la tumba vacía de un dios muerto, una ciudad (escondida, desconocida, hundida), una doncella atrapada en una torre, el amor, un pasadizo secreto, revancha, la piedra filosofal, un origen.

No por recorrida menos eficaz, tal es la herramienta con la que vuelve a la novela Inés Arteta (Buenos Aires, 1968), licenciada en la carrera de Historia de la UBA y profesora de Literatura en una universidad confesional. En La otra mitad del universo se adscribe al canon pesquizante bajo la forma de un y sólo un origen. Pregunta denodadamente perimida según lo han ratificado varias ciencias, sin que ello le reste eficacia a la hora de sostener una ficción. En esta oportunidad se trata de hallar el origen del patriarcado a fin de hacerlo pelota. Lo sitúa sin esfuerzo en el canon bíblico con Adán machirulo y Eva sometida, a lo que la autora contrapone la escamoteada historia de Lilit, primera mujer confeccionada en pie de igualdad con el mismo barro que Adán. La misma que se negó a ir abajo al momento del tradicional uno-dos, ni le creyó al varón el verso de que a él le correspondía ir arriba para tener el culito más cerca de dios. Con el tipo ya se sabe qué sucedió, mientras que con Lilit diversas versiones la cuentan gozando de su cuerpo a troche y moche. Toda una diva con la que el canon escrito hace once siglos juega a las escondidas, cuando no la transforma en demonio.

 

La autora, Inés Arteta.

 

Heroísmo que el personaje mitológico, en la novela de Arteta, se subsume en la figura de Luisa Castelli Ortiz. Treinta y ocho años, buena presencia, licenciada en Historia de la UBA, doctoranda en ídem, madre de dos niñas de secundaria, profe en dos colegios paquetes, hija de madre ultracatólica, nieta de abuela pizpireta, legítima esposa de cirujano con el que hace el amor, fortuita amante de pares académicos con los que coje, que ha de ser la forma en que cogen los cojos. Abocadas a los cánones, autora y protagonista cumplen a rajatabla con ese, pergeñado en el edificio que alberga las carreras de Historia y Letras (entre otras), la facultad antes conocida como Filo y hoy perpetuada como la calle en que mora: Puán. Precepto que impone la narración en primera persona, en la ilusión de que desata cierta intimidad, proclive a la identificación de lectores plebeyos. Efectos realistas que requieren de la autorreferencia: “Lo que me gustaba de estudiar o investigar era la reunión conmigo misma en clausura, guarecida del mundo donde impostaba avenencia e incluso en las conversaciones”. Palabras adecuadas, gramática precisa, puntuación perfecta, la simbiosis puanesca replica —o burla— un lenguaje que acaricia lo infantil: “Se me ocurrió que el mundo humano era una muñeca rusa, repleta de pequeños submundos, un dentro de otro, todos herméticos”. Con el mismo espíritu, la autora hace de la sugerencia una anticipación para regocijo del lector impertérrito; ante una situación con un caballero, refiere: “Un par de grillos cantaban, y sentí una paz como hace tiempo no sentía, como si allí se hubiese creado una cápsula transparente que nos aislara del mundo y detuviera la velocidad del tiempo”. Y varias páginas más adelante, para regocijo de la inteligencia previsora del lector, eso que había intuido que habría de suceder, sucede. Uno-dos…

 

Lilit en un bajorrelieve babilónico.

 

Superpuestas, autora y protagonista, perfilan personajes representativos de una oligarquía en decadencia o bien de una pequeño-burguesía en anhelante ascenso, aunadas en lo que para esa rara clase resultante es lo políticamente correcto. En primer lugar, un feminismo de autoayuda o divulgación: “Una mujer libre de todos los represores predispuestos por la sociedad puede ser todopoderosa, ¿no? Una amenaza a la moral convenida y a la estructura familiar tradicional”. Autarquía de la mujer que, en la misma senda, ha de complementarse con el combate a todo prejuicio racial, religioso en particular. Así es como Luisa acude a lo más tradicional de la comunidad judía, zambulléndose en la Torá no menos que en las pesquisas de los cabalistas. Allí encuentra la punta del ovillo, que la lleva a un erudito serbio que había zafado de no uno sino dos campos de exterminio nazi y a quien, años más tarde, oh casualidad, había conocido durante la infancia en la mansión de aquella abuela librepensadora.

En este punto La otra mitad del universo da un giro. Surge en forma paralela al memorial de Luisa un texto que narra parte de la vida del mentado estudioso exiliado en estas pampas. Renovadas pistas emanan de esa biografía, sorprendiendo en la novela con un lenguaje igualmente cuidado pero de mayor profundidad, capaz de despejar la pátina de tilinguería que tiñe el relato narcisista y pone de manifiesto otros recursos narrativos de Arteta. Aliviante encuentro para el lector, sin desmedro de la continuidad de los parámetros en boga en la calle Puán que dictan, sin ir más lejos, comienzos de capítulo con alusiones subjetivas que cruzan lo emotivo con lo meteorológico.

 

Lilit, en la versión del romanticismo.

 

Lo que resta del relato se dedica, ya no tanto a la busca sino al encuentro de los documentos que resuelvan la paradoja camuflada de oposición: “Pensé en una enorme contradicción: una mujer había sido la autora en gran parte del texto sagrado, el que, mal leído, había modelado la conciencia occidental, la misma conciencia que, en pleno siglo XXI, continuaba bajo el dominio machista”. Tapizada con los mismos adoquines que llevan a las puertas del infierno, y por ende mucho más divertida, La otra mitad del universo abjura de toda salvación celestial mediante el constante embate de un canon contra otro canon. Eso sí, apenas apartándose de los más actuales cánones.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

La otra mitad del universo

 

 

 

 

 

 

 

Inés Arteta

Buenos Aires, 2020

222 páginas

 

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